15. Iris #2
Gabrielle regresa junto a mí para repetir lo mismo que hace unos segundos y, en los momentos en los que no le toca cantar, me come la oreja y me roba un par de besos.
Tras un minuto más de martirio, por fin, ¡por fin!
, la canción concluye y por poco lloro de alegría, aunque la francesa, en vez de despegarse de mí, me susurra al oído:
—¿No te han entrado ganas de tocarme como si yo fuera esa guitarra?
Lloriqueo en mi interior, pero decido no contestarle, y se separa de mí con una sonrisa victoriosa.
—Muy bien; lo vais a bordar esta noche —nos felicita Lucien, y su mirada viaja hacia nosotras—.
Y vosotras, procurad que esto no parezca tan…
—Hace una pausa para pensar las palabras adecuadas mediante una mueca—.
Pornográfico. No queremos que esta escena acabe subida en páginas de contenido adulto. Gracias.
—Yo tengo que ir al baño —suelto de sopetón—. Ahora vengo.
—Estás hoy muy meona, ¿no? —inquiere Candela.
—Ay, normal —interviene Lucien—. Si con lo pequeñita que es, tendrá la vejiga del tamaño de un guisante y se le llenará con una diminuta gota.
Tras enseñarles mis dos dedos corazones, dejo la guitarra en el suelo del escenario con cuidado y huyo hacia los baños del recinto.
Por suerte, no hay nadie en su interior y aprovecho para echarme agua en la cara y por la nuca para intentar que se me pase el calentón, que llevo todo el puñetero día cachonda y no entiendo cómo sigo viva.
Gabrielle entra detrás de mí, con su asquerosa sonrisa triunfal estampada en la cara, y yo la miro con ganas de estamparla a ella contra la pared.
—¿Cuándo te vas a dar por vencida? —me pregunta sin dejar de sonreír.
Esa sonrisa se la pienso quitar ahora mismo.
No le respondo con palabras, tan solo la agarro del brazo con brusquedad sin que se lo espere, y a ella se le escapa un ridículo chillido de sorpresa, pero no se resiste.
La arrastro conmigo hacia uno de los habitáculos y nos encierro con pestillo para después aprisionarla entre la pared y mi cuerpo, y devorarle la boca como si estuviera hambrienta de comida francesa.
Como se ha puesto unas zapatillas de deporte y no sus preciados zapatos con tacones de medio metro, estamos casi a la misma altura, así que ninguna tiene que encorvarse ni ponerse de puntillas para llegar a los labios de la otra.
Entre tanta desesperación besándonos, porque parece que estábamos deseando hacerlo en privado y sin mirones, la una acaricia el cuerpo de la otra y cuelo mi mano por la cinturilla de sus leggins para ir directa a su coño, que lo noto empapado.
¿No quería convertirse en mi guitarra? Pues que se prepare, porque soy la mejor tocándola.
Mis dedos se apoderan de su clítoris y comienzan a rozarlo como si tuvieran vida propia; Gabrielle gimotea en mi boca y yo me siento poderosa por tenerla en estas circunstancias, donde no hay ni rastro de la diva francesa, estirada y creída.
Me encargo de devorarle el cuello y de repartirle besos por el hombro, embriagándome con el aroma de su perfume conforme le dibujo círculos con mis yemas.
Ella consigue conectar un par de neuronas entre tanto placer, me desabrocha el botón de los shorts y me baja la cremallera, mordiéndose el labio inferior para aguantarse los jadeos.
Cuando la descubro con las intenciones de meterme mano, pauso el ajetreo de su entrepierna para decirle, en tono jocoso:
—¿Con esas uñas de Eduarda Manostijeras? —Esbozo una sonrisa traviesa—. Voy a acabar con el coño en carne viva.
Gabrielle me mira, sonriendo con coquetería, y en sus ojos puedo leer la excitación.
—Sé usar mis manos bastante bien; no te preocupes.
—Va, venga. La que se corra antes, pierde.
Nos retamos con nuestras miradas, y ella cuela sus tijeras en mis pantalones a la vez que reanudo los movimientos. Sin embargo, cuando me restriega las yemas de los dedos por los labios de la vulva y hace presión en el clítoris, una corriente eléctrica me recorre el cuerpo entero.
Como no me ayude mi poca fuerza de voluntad, me voy a correr en un santiamén por lo caliente que he estado durante las últimas horas con sus provocaciones.
Pero debo ser fuerte, que necesito ganar.
Ambas nos volvemos a besar con desesperación y nos acariciamos mutuamente con más ímpetu, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantenernos en pie, porque siento que las piernas me flaquean.
Gabrielle introduce su otra mano por debajo de mi camiseta para pasearla sobre la piel de mi cintura y tocarme un pecho por encima del sujetador; yo me concentro en meterle y sacarle mis dedos índice y corazón para continuar deslizándolos por su clítoris.
Se le escapan varios gemidos, con su boca pegada a la mía, y me regala movimientos circulares más intensos y salvajes con los que me está costando un mundo no estallar.
Con nuestras respiraciones entrecortadas y aguantándonos las ganas de llegar al final para no perder, nos enzarzamos en la competición más placentera de la historia, pero yo me cago en los franceses, en la Torre Eiffel, en la tortilla francesa y en Gabrielle Leroux, porque soy la primera en correrse gracias a esas garras.
Cuando experimento las últimas sacudidas del orgasmo sin dejar de masturbarla, noto que su cuerpo también se tensa, llegando al clímax, y admiro su expresión mientras mis dedos se quedan atrapados en su interior con cada una de sus contracciones.
—Te dije que no ibas a irte de Madrid sin haber caído rendida a mis encantos franceses —me dice, con la voz entrecortada y dedicándome otra sonrisa victoriosa.
Reprimo una risita y saco la mano de sus leggins; ella hace lo mismo con la suya.
—Tus encantos franceses… —me cachondeo de ella, y me alejo unos centímetros porque no soporto que estemos tan cerca—. Lo que pasa es que eres una tramposa que no ha sabido jugar limpio.
—Te aconsejo que aprendas a perder. Tenlo en cuenta para el día en el que concurses en EuroStars con tu banda.
—Con sus ojos cafés clavados en los míos, se chupa los dedos que ha usado para torturarme y da un par de pasos hacia la puerta del cubículo para abrirla; pero, antes de irse, se despide de mí con esa misma mano, sin borrar su sonrisa de ganadora insoportable—. Chaoo.
—Chaoo —la imito haciendo muecas de burla cuando desaparece de mi vista—. Francesita ridícula.