Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 15. Iris
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15. Iris

Qué vergüenza siento por ver en lo que se ha transformado mi banda por culpa de la aparición de Pili y Mili en nuestras vidas, con sus colorines horteras y el brillibrilli de los cojones.

Desde que hemos vuelto de nuestra trágica cita en el Retiro, estamos metidos en una sala de ensayo, preparando la maldita actuación que nuestros fans han exigido, que ya les vale por pedir algo así. ¿Son masoquistas? Vamos a desgraciar el rock con el estilo popero de la francesa.

Para elegir la canción, cada uno ha propuesto una (yo, de Nirvana); hemos escrito el título en un papel, y la que ha salido mediante la mano no tan inocente de Lucien ha sido la mía, por sorprendente que parezca.

Sin embargo, como la señorita gabacha no se la sabía (no la ha escuchado en su vida y me parece un sacrilegio), hemos repetido el proceso y la que finalmente vamos a interpretar es I Kissed a Girl, de Katy Perry, sugerida por ella.

Estoy segura de que la ha propuesto con segundas intenciones.

Por suerte, mi banda y yo nos la sabemos; nos la aprendimos en nuestros primeros años para tocarla en locales en versión roquera y gay, aunque ha pasado ya mucho tiempo desde que la ensayamos por última vez y hemos necesitado refrescarla.

Pero con la payasa se va a convertir en un desastre, porque llenará el escenario de purpurina, tutús y arcoíris, y la reputación de Lapislázuli se irá a tomar viento.

Como si no tuviéramos bastante con tocar nuestra propia canción para EuroStars, que para eso hemos venido al dichoso evento.

Lo peor es que la francesa no ha parado de provocarme desde que se ha levantado.

Cuando ha salido de la ducha, se ha desprendido de la toalla y se ha quedado en bolas en la habitación; yo me he obligado a mirarla lo menos posible y me he tapado los ojos a toda pastilla.

Mientras desayunábamos en el restaurante del hotel, me ha metido mano delante de todos y me ha restregado sus dedos por el coño, con mis shorts como barrera; he aguantado como una campeona y he sabido disimular lo mejor que he podido, hasta que he salido disparada hacia el baño para limpiarme, porque la muy cabrona me ha dejado las bragas chorreando.

En el Retiro, la veía capaz de hacer exactamente lo mismo, pero el chapuzón que nos hemos dado en el estanque me ha salvado.

Aunque menudo ha sido el numerito que hemos montado: nos hemos vuelto a subir a la barca, Gabrielle ha remado hasta la orilla y los trabajadores se han acercado a nosotras para traernos toallas; todo, bajo las miradas curiosas y los móviles de los turistas, de las cámaras de la prensa, de las risas de mi banda y de Lucien hiperventilando con una bolsa de plástico.

Luego hemos regresado al hotel para cambiarnos, he apagado el teléfono porque no quería saber nada del mundo y hemos comido en el restaurante de esta mañana, ya sin tocamientos de la franchuta.

Y por la tarde, ha sacado a relucir otra vez sus inexistentes encantos franceses.

Ensayando la canción de Katy Perry, no ha parado de acercarse a mí para robarme besos (según ella, para hacer el paripé, aunque solo nos vieran los lapislázulis, Bruna y su lameculo) y, en los descansos, se ha sentado en mi regazo y no me ha dejado en paz; he tenido que usar mi autocontrol para no revolearla por los aires.

Me estoy sintiendo hasta acosada por esta mujer. Socorro.

—Me gustaría proponer una cosita —anuncia Gabrielle, entusiasmada, cuando nos preparamos en el escenario para ensayar la canción por última vez; Bruna y Lucien se encuentran delante de nosotros para darnos órdenes—.

Mientras canto, podría besar a Iris, como he hecho durante los ensayos de hoy, y podría bailar pegada a ella en el estribillo, por ejemplo.

Así, nuestra relación será mucho más creíble y la gente del público se pondrá eufórica.

—O nos abuchearán… —murmuro—. Y nos tirarán tomates pochos.

—Qué grandísima idea has tenido, ma chérie.

—Su lameculo la aplaude feliz, como siempre, y yo suspiro; después nos mira a ambas—.

Pero debéis sonreíros con complicidad, sobre todo tú, Iris —continúa hablando, dirigiéndose a mí—.

Has estado poniendo cara de culo cada vez que Gabby se acercaba a ti y te besaba.

Eso no lo puede ver la gente, que van a empezar a especular.

¿Y qué cara quiere que ponga? No me sale otra. Bastante tengo ya con aguantarme las ganas de atizarle con la guitarra a la francesa, pero me esfuerzo en contenerme porque la aprecio.

A la guitarra, no a la pesada. Por si había alguna duda.

—¿Y por qué no se restriega contra Dani, que los dos son los vocalistas? —Apunto con el dedo a esos dos y los aludidos me miran con las cejas enarcadas—. No lo entiendo. Yo quiero estar tocando a gusto mi guitarra; no necesito que venga una cansina a molestarme durante la canción.

—La cansina eres tú —me responde Lucien—, que siempre estás quejándote con esa cara de pescado caducado que tienes.

¿Qué me ha llamado el de los trajes cutres?

—Mejor me tranquilizo y me callo porque, aunque parezca mentira, no me gusta la violencia, ni física ni verbal —suelto tras respirar hondo para calmarme—, y no quiero herir los sentimientos de nadie.

Oigo que Gabrielle disimula una risita y yo ladeo la cabeza hacia ella para convertirla en papilla con mi mirada.

—Perdón —se disculpa—. Me picaba la garganta.

—A ver, tampoco nos insultemos. —Rober se coloca delante de nosotros, con los brazos extendidos, para dar por finalizada esta absurda discusión—. Son solo tres minutos de canción; no montéis tanto drama por esa tontería.

—¡¿Tontería?! —La Iris verdulera se apodera de mí—. ¡Que se restriegue contra ti, a ver si te va a parecer una tontería!

—Si ella quiere, no se lo voy a impedir. —Rober se encoge de hombros con inocencia.

Gabrielle desvía sus ojos hacia él, con la nariz arrugada.

—No eres mi tipo, cariño. —Se echa la melena hacia atrás, una expresión de estirada que ya me pone de los nervios—. Me van más las rubias gruñonas.

—Una pena. —Él le sonríe y finge quitarse una lágrima—. Te podría hacer la mujer más feliz del mundo.

Bruna da una fuerte palmada para poner orden y la gabacha, Rober y yo damos un respingo.

—Ya está bien de tantas peleas de niños pequeños —nos regaña—.

Poneos a ensayar la canción. —Dirige su vista hacia Dani y Candela, que están a lo suyo con sus móviles, y lo señala a él con el índice—.

Tú, deja de mandarle mensajes a tu maromo, que se os va a romper el amor de tanto usarlo.

Y tú —añade, apuntando ahora a Candela—, deja de hacerte fotitos, que tus seguidores están hartos de ver tu careto.

Los dos la contemplan, ofendidos, y terminan obedeciéndola, pero Dani se atreve a mostrar su desacuerdo con una parte de la canción:

—¿Y si cuando me toque decir en el estribillo I kissed a girl and I like it, lo cambio por I kissed a boy? Es que no me siento representado con esa frase tan sáfica y la voy a cantar sin sentimiento, porque me gustó entre cero y nada la experiencia de besar a una chica.

La francesa y el cutre contemplan a Dani, atónitos.

—¿Has besado a una chica? —quiere saber ella.

—A esas dos cuando éramos adolescentes. —Dani nos señala a Candela y a mí con una mueca de asco—. Fue traumático.

—Tranquilo, que el trauma fue mutuo —le espeto, y Candela me da la razón.

—Yo no he besado a ninguna chica, pero te entiendo, bro —interviene Lucien todo españolizado, dándole una palmada en el hombro a Dani como si fueran colegas de toda la vida.

—Entonces, ¿puedo cambiar esa frase?

—No —le contesta el lameculo, tajante, y da una fuerte palmada—. Todos a sus puestos.

A continuación, cada uno ocupa su lugar: Candela, al fondo, con la batería; Rober, en el extremo izquierdo, con su bajo; yo, en el derecho, con mi guitarra eléctrica; y Dani y Gabrielle en el centro, con sus micrófonos.

Yo soy la encargada de romper el silencio tocando los primeros acordes, para luego unirse la voz de Dani en la primera estrofa y los demás instrumentos, y la voz de Gabrielle en la segunda.

Todo va viento en popa hasta que los dos cantan juntos el estribillo y comienza mi tortura.

La francesa viene hacia mí contoneando su culo, marcado a la perfección por esos leggins celestes, y revolotea por mi alrededor, bailando con sensualidad como si fuera una avispa y me quisiera clavar su aguijón venenoso.

Yo intento no prestar atención a la letra, porque tampoco ayuda, y me esfuerzo en concentrarme en la melodía que sale de mis dedos, pero no surte efecto porque, hace un rato, Gabrielle se ha deshecho de su jersey y se ha quedado con un top ajustado con el que se le marcan los pezones, ya que parece que también ha decidido prescindir del sujetador.

Maldita la hora en la que le dije que no llevara bragas.

Ella me rodea el cuello con el brazo y se balancea pegada a mi espalda mientras canta, con su boca prácticamente rozándome la oreja. Noto sus pezones deslizándose por mi piel, porque llevo una camiseta de tirantes con la tela demasiado fina y debería haber elegido un traje de astronauta.

Voy a tener que rezar alguna oración digna de catequesis para que se esfumen los pensamientos impuros que estoy teniendo.

Una vez que el estribillo finaliza, la tipa me da un poco de tregua y se separa de mí para cantar las siguientes estrofas junto a Dani; yo me obligo a mantener la vista alejada de ella, de su trasero, de sus pezones y de sus malditos movimientos, porque me estoy poniendo malísima, y aporreo mi guitarra con la mente en blanco, pero no lo logro porque solo se cuelan imágenes de ella.

Son los tres minutos más interminables que he vivido nunca.