14. Gabrielle #2
Yo vuelvo a mirar hacia el frente para proponer canciones a la vez que sigo paseando mi mano con delicadeza por su muslo, incluida la cara interna, una de las zonas más sensibles.
También vigilo mi alrededor por si alguien se fija en lo que estoy haciendo, pero todos están distraídos discutiendo sobre el plan de nuestra canción improvisada.
En los primeros minutos de mi tortura, Iris no luce tan incómoda; sin embargo, durante los siguientes, no para de removerse en su asiento.
Cierra las piernas un par de veces, causando que mi mano se quede atrapada entre sus muslos, y se obliga a respirar hondo conforme devora su crepe de chocolate.
Luego, me atrevo a ir más allá, ascendiendo mi palma, y percibo la calidez que nace de su entrepierna.
Deslizo los dedos por encima de la tela que cubre su sexo, haciendo una ligera presión, y disimulo dándole un sorbo a mi café.
Me está dando mucho morbo esta escena. No imaginaba que provocar en público a esta mujer me excitaría tanto. Ella está aguantando mis manoseos con estoicismo, pero sé que por dentro está deseando arrancarme la cabeza.
O la ropa. Quién sabe.
Cuando todo el mundo termina de desayunar y se levanta de la mesa para comenzar con las tareas del día (una es pasear de forma romántica en una barca del Retiro), aparto mi mano de la entrepierna de Iris y ambas también nos ponemos en pie.
—Yo tengo que ir al baño antes de que nos vayamos —nos dice la rubia con el semblante repleto de sufrimiento—. Me estoy meando a chorros. Esperadme fuera.
—¿No has podido hacer pis antes de salir de la habitación, cariño? —le pregunto con ternura pero con un toque divertido.
Ella me regala una última mirada amenazadora y leo en sus ojos que me está dedicando un sinfín de insultos españoles en su mente. Por último, sale del restaurante para encaminarse hacia los baños del hotel.
Otra victoria más para Gabrielle Leroux.
—Ni se os ocurra empujaros la una a la otra al estanque ni desaparezcáis con la barca hacia el País de Nunca Jamás, que os conozco —nos ordena Lucien, apuntándonos con su dedo índice cuando estamos a punto de montarnos en uno de los botes del Retiro—.
Y tampoco hagáis manitas en público, que menudo espectáculo habéis montado cuando estábamos desayunando.
—Se santigua—. Jesús, la vergüenza que he pasado no es normal.
¿Cómo? ¿Se ha dado cuenta?
Iris y yo intercambiamos una breve mirada.
—No sé de qué estás hablando —le respondo a mi amigo haciéndome la despistada, y él me contempla sin creérselo.
—No sabéis disimular. Pero, tranquila, que nadie más se ha enterado.
¡Si yo he sido muy disimulada! Lo que pasa es que el listo de Lucien tiene ojos en todas partes y estaba sentado a mi lado, así que no es raro que nos haya visto.
—¿Nos subimos a la dichosa barca ya o qué? —Iris interrumpe nuestra conversación mirándose las uñas—. Se nos va a hacer tarde, Maripilis.
Lucien me sujeta de los hombros, me obliga a girarme hacia la barquita que hemos alquilado y nos desea buen viaje. Después, se marcha a saber dónde y nos deja a solas, porque los demás lapislázulis y Bruna se han ido a dar una vuelta por el parque.
Yo soy la primera en montar en la barca como si fuera algo que hago cada día, aun llevando tacones. Cuando le toca a Iris, se queda parada unos segundos sin saber qué hacer ni qué pie poner en primer lugar, y eso que calza unas deportivas.
—¿Es para hoy, cariño? —le pregunto con los brazos cruzados, impaciente—. ¿Nunca has venido al Retiro a subirte a una barquita?
—Pues no, la verdad. Me parece un plan demasiado moñas.
Extiendo el brazo hacia ella, ofreciéndole mi mano con una sonrisa enorme adornando mi rostro.
Iris me mira con una ceja enarcada, pero al final acepta mi ayuda y junta su palma con la mía.
Primero mete el pie derecho y luego el izquierdo; todo, a cámara superlenta, con muchísimo cuidado y siendo consciente de cada uno de sus movimientos con miedo.
Al notar que la barca tiembla ligeramente, se le escapa un pequeño chillido y se abraza a mi brazo.
—Dios mío, voy a ser el hazmerreír de los salseos de los paparazis.
—Tampoco es para tanto —me burlo de ella—. ¿No sabes nadar?
—Sí, pero mi intención no es caerme al agua y morir devorada por los patos o algún ser extraño que viva en el fondo de este estanque.
Me echo a reír ante sus ocurrencias.
No sabía que a esta mujer, tan dura por fuera, le daba pánico hacer cosas tan simples.
—Vamos a sentarnos.
—Vale, porque me estoy mareando con la puñetera barca tambaleándose, que parece que estoy borracha sin haber bebido ni una gota.
Además, ¿has visto el número que nos ha tocado?
—Me mira con los ojos muy abiertos, como si estuviera poseída—.
¡El trece! ¿Y sabes lo que pasa con ese? ¡Que da mala suerte!
Aprieto los labios para evitar reírme otra vez y que esta chica me empuje al agua, porque de verdad lo está pasando fatal con esta actividad.
Le echo una mano a la pobre para que tome asiento y yo me coloco enfrente de ella para encargarme de remar.
—¿Aquí no hay cinturón de seguridad? ¿Y tú sabes llevar este trasto? ¿Es necesario algún tipo de carnet?
—No a todo.
—¡¿Qué?! —exclama, y hace el amago de levantarse con ganas de huir de la barquita, que se tambalea aún más—. Joder.
Pero yo he empezado a remar conforme hacía esas preguntas, así que ya nos hemos alejado unos metros de la ribera y no tiene escapatoria, a no ser que quiera lanzarse al agua.
Iris, al percatarse de que estamos en movimiento, vuelve a su posición, se pone más recta que una modelo y se agarra a su asiento con una fuerza con la que va a acabar haciéndole agujeros a la madera: cinco en cada lado.
—Relájate; son solo cuarenta y cinco minutos, exagerada.
Me lanza una mirada casi letal y yo le sonrío con malicia mientras continúo remando.
—Ojalá aparezca un tiburón y te coma.
—Aquí no hay tiburones. —Al descubrir que soy la única de las dos que está sonriendo y que ella está con el cuerpo y la mandíbula tensos, añado—: ¿Puedes sonreír para parecer que estás disfrutando de la cita? Con esa cara, van a pensar que estamos peleadas o que te estoy torturando.
Me estoy imaginando a Lucien escondido detrás de un árbol, sin quitarnos el ojo de encima y con una úlcera, viendo nuestra interacción nada romántica.
—Si desde que he llegado a Madrid no has parado de torturarme.
—Y lo que te queda, querida.
Una barca interrumpe nuestra conversación y se detiene al lado de la nuestra; Iris y yo desviamos la vista hacia ella.
Son los lapislázulis con Lucien; Candela es la que está remando.
—A ver si sonreímos un poquito —comenta mi amigo mirando a Iris, y curva los labios hacia arriba para enseñarle cómo se hace—. ¿Ves? No es tan difícil.
—Pedirle a esa que sonría es como cuando alguien me pide que le comparta mi yogur de galleta —interviene Dani—. Ni de coña.
—O a mí cortarme el pelo —suelta Rober.
—O a mí que no me haga el eyeliner —se les une Candela.
La rubia se esfuerza en respirar hondo con los ojos cerrados.
—Gabrielle, te ruego que arranques la dichosa barquita, porque si no, voy a acabar ahogando a las Supernenas.
—Las Supernenas eran tres, no cuatro —la corrige Lucien.
Iris abre los párpados y dirige su mirada hacia mi amigo con hostilidad.
—Tú eres la Supernena bastarda, tío cutre, que más feo no puede ser ese traje que te has puesto, que pareces una zanahoria.
Él apoya la mano en su pecho, dolido, y yo me pongo a remar de nuevo para alejarnos de ellos y que esta situación no acabe en tragedia, con Iris abalanzándose sobre Lucien y los dos precipitándose al estanque mientras miles de flashes capturan el momento.
—¿Sabes lo que me gustaría? —inquiero para hablar sobre algún tema de interés mutuo, porque es evidente que la rubia no está por la labor por andar practicando la meditación para no caerse al agua—.
Tener una cita como la del cine, pero sin prensa ni fans persiguiéndonos, y sin tener que adherirnos a ningún planning ni publicar nada en las redes.
Que seamos solo tú y yo, Iris y Gabrielle a secas.
—Ah, qué bonito —me responde ella, que ha vuelto a cerrar los ojos, y advierto en su voz la ironía—. ¿En plan amiguitas? ¿O como algo más porque ya te has enamorado de mí?
—Como amigas —especifico—. Me lo pasé genial ese día improvisando contigo. Por no hablar de lo simpática que estabas… Eras otra Iris durante un ratito.
—La culpa fue de los bizcochos borrachos.
Suspiro, exasperada.
—Tú siempre echándole las culpas al alcohol.
—¿Y a qué ha venido lo que has montado durante el desayuno?
Dejo los remos dentro del bote para hacer una pausa y nos quedamos flotando en el agua.
Como Iris no es capaz de abrir los ojos, me aventuro a desplazarme hasta su banco con cuidado para no provocar una catástrofe acuática, y la barca se balancea con suavidad.
Me siento a su lado y ella da un brinco.
—¿Qué haces, loca? —pregunta, y echa un vistazo al bote, descubriendo lo que acabo de hacer—. Nos podríamos haber volcado.
Me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja y la miro, aleteando mis pestañas.
—Llevamos un rato subidas aquí y no hemos hecho nada de novias. —Hago una mueca con los labios, pensativa—. Bueno, sí que lo hemos hecho: discutir como si lleváramos cincuenta años casadas.
Iris alza una ceja.
—¿Qué quieres? ¿Que nos lo montemos en esta barca?
Esbozo una sonrisa juguetona y acerco mis labios a su oído para susurrarle con voz sensual:
—Te puedo hacer lo mismo que te he hecho en el desayuno. ¿No te da morbo que te excite delante de todos los visitantes del Retiro?
Ella vuelve a cerrar los ojos y toma aire; imagino que para no acabar arrancándome la sonrisa con sus propias manos.
—Joder, con la maldita francesa —murmura para sus adentros.
Apoyo mi palma sobre su muslo para comenzar con mi tortura, pero ella se sobresalta y huye de mí con la intención de acomodarse en el asiento que he ocupado yo.
Sin embargo, a causa de sus movimientos tan bruscos, la barca se balancea de una manera agresiva y no sé en qué momento acabamos las dos perdiendo el equilibrio y dándonos un buen baño en el estanque con los patos.
—¡Mira lo que has conseguido con tus provocaciones francesas! —me grita Iris chapoteando, y a mí me entra un ataque de risa mientras nado para agarrarme a la barca.
—¡No haberme llamado aburrida!
Vamos a batir el récord del mayor número de citas desastrosas de la historia de las citas.