14. Gabrielle
—¿Quién entra primero en la ducha? —me pregunta Iris cinco minutos después de que la alarma de su móvil nos haya despertado.
Anoche se me olvidó poner a cargar el mío y mi amigo ni siquiera ha tenido la decencia de venir a sacarme de las sábanas sabiendo la hora a la que me levanto.
—Yo, que voy tardísimo y Lucien no ha venido a despertarme. —Abandono la cama de un salto para adelantar a Iris, que la veo capaz de colarse en el baño, a pesar de que siga abrazada a la almohada que hemos puesto entre las dos, con los ojos cerrados.
Son casi las siete y media de la mañana y tenemos que bajar a desayunar a las nueve para comenzar este día tan ajetreado. No me va a dar tiempo de arreglarme.
—¿También te tiene que despertar tu lameculo? ¿No puedes hacerlo tú solita? —se cachondea de mí—. Además, eres francesa, y los franceses no pisáis la ducha nunca.
Suelto un bufido y entro corriendo en el baño, dejando a esa rubia tirada en la cama.
Tras media hora debajo de la alcachofa y achicharrándome con el agua caliente, me envuelvo el cuerpo en una toalla y salgo, rodeada de vapor.
Iris todavía está acostada pero entretenida con el móvil y, en cuanto se percata de mi presencia, desvía la vista hacia mí.
—Ya era hora, tía. Casi me duermo otra vez —me dice, y arruga el entrecejo al recorrerme con su mirada—. Se te ha puesto la piel rojísima. ¿Qué vienes? ¿De una sauna?
—¿Puedes desaparecer? Necesito vestirme.
—Ahora, espera. —Bosteza y se vuelve a centrar en su teléfono sin moverse de la cama.
Suspiro, poniendo los ojos en blanco, y le echo un vistazo a mi móvil, que lo he dejado cargándose en la mesita de noche antes de meterme en el servicio, para contactar con Lucien, que no se conecta al WhatsApp desde las tres de la mañana.
Este se ha quedado dormido. Menudo profesional.
Como no le veo a Iris la intención de levantarse por su propio pie y a mí me urge vestirme, vuelvo a colocar mi móvil donde estaba y dejo caer al suelo la toalla que llevo, provocando que mi cuerpo se quede al descubierto.
Ella se lo ha buscado. No iba a comenzar tan pronto con mis provocaciones, pero no he tenido otra opción.
—¿Te importa si me visto delante de ti? —inquiero fingiendo voz de inocencia pura.
—No —me responde con sus ojos clavados en la pantalla mientras teclea.
Me echo mi larga melena húmeda hacia atrás y coloco los brazos en jarras.
—¿Estás segura?
—Clar… —Despega su vista del maldito teléfono y la posa en mí sin terminar de pronunciar esa palabra, porque no se esperaba tropezarse con mi cuerpo desnudo.
Entonces, se pone en estado de alerta y sus iris se pasean por cada rincón de mi piel—.
Hostia, tía. —Y los aparta de mi figura de inmediato para cubrírselos con las manos mientras se ríe—.
Estás jugando muy sucio. —Se levanta de la cama como un resorte y se marca una pedazo de maratón hacia el baño sin destaparse los ojos, con mis carcajadas malévolas sonando de fondo, aunque se choca con una de mis maletas.
He vuelto a ganar.
En lo que Iris se ducha, me centro en vestirme con algo sencillo y, cuando ya estamos arregladas de una manera decente, abandonamos nuestra estancia.
—Voy a ver a estos —me dice en el pasillo, refiriéndose a su banda.
—Y yo voy a comprobar si Lucien está vivo. Nos vemos en el desayuno. —Me acerco a sus labios con raudeza y le robo un beso—. Chaooo. —Me despido de ella con la mano y me encamino hacia la habitación de mi mánager.
Ella me contesta que la tengo harta y toca varias veces en la habitación de los lapislázulis; yo hago lo mismo con la de mi amigo.
Son los demás los que le abren a Iris primero, y ella se cuela en el interior cerrando con un sonoro portazo.
Al cabo de un par de minutos en los que me he dedicado a golpear con los nudillos la puerta sin parar, preocupadísima, Lucien da señales de vida.
Al parecer, lo he interrumpido en la ducha, porque solo lleva una toalla rodeándole la cintura y ni se ha secado; aún tiene gotas de agua adornando su torso.
—¿Dónde te metes? —Lo aparto a un lado para autoinvitarme a pasar—. Pensaba que te habías muerto.
—Perdón, ma chérie; me he quedado dormido. Dame cinco minutos para que me vista. —Junta las manos a modo de disculpa y se vuelve a meter en el servicio.
—Aquí te espero, eh.
Me siento en un extremo de su cama, que sigue deshecha, y me entretengo curioseando mis redes sociales y lo que la prensa y los fans han publicado sobre mí.
Algunos artistas me han etiquetado en las imágenes que han subido a sus stories, donde aparezco yo, y una revista rosa ha compartido las fotos que nos hicieron a Iris y a mí en el photocall, en las que salimos divinas, así que me las guardo y se las paso a la susodicha por WhatsApp.
Luego, levanto la vista del móvil para cotillear la habitación de Lucien, que se asemeja a la que comparto con la rubia, y mis ojos se detienen en algo negro que hay olvidado en el colchón.
Parece una pulsera.
Estiro el brazo para cogerla y comprobarlo y, efectivamente, se trata de una pulsera.
De cuero negro, decorada con tachuelas y con el nombre de dicha banda grabado en una tipografía de grafiti.
El nombre de Lapislázuli.
Y esta misma pulsera la llevan todos los integrantes de ese grupo del demonio; lo sé, porque se la he visto a Iris.
Ay, mi pobre Lucien… Me tiene que poner al día. Con lo inocente que es, alguno de esos me lo está corrompiendo.
—Ya estoy, bombón. —Mi amigo sale del baño, vestido con un traje naranja adornado con un estampado de dibujos de soles—. ¿Nos vamos?
No le respondo nada y, todavía sentada en la cama, le muestro la pulsera, sosteniéndola en el aire con una ceja enarcada. Lucien la contempla con el ceño fruncido.
—¿Por qué me enseñas eso?
—Estaba tirada en tu cama.
—Ah, ¿sí? —cuestiona con extrañeza, como si me lo estuviera inventando, y me arrebata el complemento de las manos para esconderlo en el bolsillo interior de su chaqueta; supongo que para devolvérselo a su dueño—.
Qué raro. —Y decide cambiar de tema, dando una palmada—: ¿Desayunamos? Me muero de hambre.
Me pongo en pie y lo miro, molesta.
—O sea, que no me lo vas a contar.
—¿El qué? —Él continúa haciéndose el tonto.
—Lo del dueño de esa pulsera.
—¿Qué pulsera? —Su rostro se mantiene serio—. Yo no veo ninguna pulsera, ma chérie. —Se lleva un dedo a la sien—. Definitivamente, la cafeína te está afectando.
¿Por qué tanto secretismo? No le veo ningún sentido cuando siempre me ha relatado su historia con cada una de sus conquistas. ¿Porque ha sido con una figura pública? ¿O porque el otro le ha pedido ser discreto? ¡Venga ya!
—Ya te vale —le recrimino, y me giro sobre mis talones para esfumarme de esta habitación, que la ha invadido el pecado roquero.
En el restaurante del hotel, nos reunimos con Iris y compañía. Como hay bufé libre, me sirvo un delicioso café con leche y tres cruasanes, pese a que no me fascinen tanto los que fabrican en España; prefiero los franceses, que están más ricos.
Mi amigo y yo nos sentamos en la misma mesa que Lapislázuli (porque, según nuestros mánagers, tenemos que planear cosas) y me acomodo al lado de mi querida novia de mentira.
—La gente en redes está pidiendo que toquéis una canción juntos —suelta Bruna a bote pronto—. Esta noche.
Todos los presentes en esta mesa casi nos atragantamos con el desayuno, excepto Candela, que le ha entrado un ataque de risa y se ha puesto a aplaudir ella sola; yo me percato de la pulsera que descansa sobre su muñeca.
No sé para qué me fijo en ella, si desde el minuto uno estaba descartada como posible amante de Lucien.
—¿Cómo que juntos? ¿Lapislázuli con esta? —interviene Iris señalándome con asco—. ¿Y sin preparación ni nada?
—Tenéis la tarde entera para ensayar un tema —habla Lucien haciendo aspavientos con las manos—. Alguno habrá que os sepáis. La gente necesita veros; a vosotros y a Gabrielle Leroux. Juntos.
Pero ¿solo existimos nosotros o qué? ¿Y los demás artistas?
—Si tenemos estilos muy diferentes —le responde Daniel, que lo tengo enfrente—. No entiendo el experimento que quieren que hagamos.
—Habrá que contentar a nuestros fans —Ahora es Rober el que toma la palabra—. ¿Votos a favor? —Y alza el brazo izquierdo, sacando a relucir su pulsera de Lapislázuli y produciendo que mi única opción se vaya al traste, porque toda mi confianza estaba puesta en ese melenudo.
Solo me quedan dos candidatos como su presunto amante: Daniel e Iris, y dudo mucho que sea esta última, porque ni ella ni mi amigo se han cambiado de acera mágicamente.
—Qué remedio. Habrá que hacer un esfuerzo. —Cojo el brazo de Iris, con su pulserita a juego con las de los demás, para levantarlo junto al mío y votar a favor, aunque ella se zafa de mi agarre con brusquedad.
—Ni de coña. No voy a permitir que mi banda sea una copia de One Direction.
—Cuidadito con lo que dices de One Direction, que estás al lado de una directioner —le advierto.
—Venga, tía —Daniel intenta convencerla, y yo estudio sus dos muñecas, que contienen un montón de pulseras, incluida la de la vergüenza en la derecha—. A mí tampoco me hace demasiada gracia, pero hay que hacerlo para que nos voten en el festi y podamos ganar.
—Podríais tocar alguna canción de Katy Perry o Lady Gaga —propone Lucien—. Beyoncé, Taylor Swift…
Los roqueros de la mesa arrugan la nariz como si estuvieran oliendo heces de caballo y, mientras desayunan y debaten sobre la canción que podríamos interpretar, mi mano viaja hacia el muslo casi desnudo de Iris, gracias a sus shorts cortísimos, y se lo acaricio con sutileza.
Ella da un respingo en cuanto mi palma entra en contacto con su piel y gira la cabeza hacia mí para lanzarme una miradita de advertencia sin que nadie se dé cuenta.
—A ver cuánto aguantas —le susurro al acercar mis labios a su oído, y noto cómo se estremece.
—Cabrona —me insulta en voz baja.