13. Iris #2
Para hacer realidad sus deseos y los de los fans, juntamos nuestros labios y una ráfaga de flashes nos envuelve.
A continuación, nos despedimos de las cámaras y abandonamos la alfombra roja cogidas de la mano porque es el turno de otro artista.
Regreso con mis compañeros, que no dudan en saludar a Gabrielle con un abrazo y dos besos (se han hecho amiguísimos del alma), y nos volvemos a separar de la francesa para atender a los fans, firmarles autógrafos y hacernos fotos con ellos; también participamos en más entrevistas cansinas de otros medios, repitiendo las mismas respuestas que antes.
Y, durante el resto de la noche, asistimos a la fiesta para mezclarnos con los demás famosos.
Gabrielle se me acerca en varias ocasiones, con unas cuantas copas de más, para que bailemos juntas y nos besemos, acaparando las miradas de cada uno de los presentes; me vuelve a preguntar si quiero descubrir lo que esconde debajo de la falda, pero yo solo me río como si estuviera atontada porque también he bebido.
—¿Quieres que lo averigüe aquí mismo?
Gabrielle se aproxima a mi oído para susurrarme:
—Mejor en la habitación, ¿no? Que aquí nos van a hacer fotos. —Su voz me produce un cosquilleo que me recorre el cuerpo entero y termina con un calambre en el coño.
—No pienso caer en tus provocaciones —le respondo, convencidísima, negando con la cabeza—. De eso nada, monada.
¿Monada?
Estoy dando vergüenza ajena; lo sé yo, lo sabe Gabrielle y lo sabe hasta Kurt Cobain.
Creo que ninguna de las dos va a estar fresca mañana, sobre todo yo, que tengo que ensayar con la banda y tocar la canción de EuroStars delante de todo Madrid.
Ella lo tiene peor porque, en teoría, debe cuidar su voz para cantar y su cuerpo, para moverse como una serpiente venenosa por el escenario; yo solo me dedico a aporrear cuerdas, que lo hago hasta dormida.
Una vez que nos echan del local y regresamos a nuestro hotel en un taxi (yo, con mi banda en uno y ella, con su lameculo y Bruna en otro), intento respirar hondo para no marearme con el viaje.
—No se te ha visto el pelo en la fiesta —me dice Candela en el asiento de atrás; yo estoy sentada entre ella y Dani, y Rober se encuentra en el del copiloto—. Has estado todo el rato pegada a la francesa. Esto ya se está volviendo serio.
—Ha sido ella, que es una pesada y se ha pegado a mí; yo solo he estado tan borracha que no he sabido lo que hacía —me defiendo, aunque sea mentira.
Para eso existe el alcohol: para echarle las culpas cada vez que haces algo que sí quieres hacer.
—Pues el que va a representar a Italia ha intentado ligar conmigo —interviene Dani, y advierto en su tono que está ofendido—.
No paraba de llamarme «bambino» con ese acento tan sensual que tienen los italianos.
Le he repetido varias veces que tengo pareja, y el muy descarado me dice que, si estoy en otra ciudad, no se consideran cuernos.
Me han entrado ganas de ponerme violento y bañarlo con mi copa.
—Hostia, Dan, menos mal que no lo has hecho, si no, provocáis una guerra en las redes y tenéis que fingir una relación —se mete Rober en la conversación, que hasta hace un segundo estaba con los ojos pegados al móvil, y yo le doy una patada a su asiento porque no me ha hecho ni pizca de gracia.
—Te voy a depilar con cera ese cabezón que tienes —le espeto.
—Que haya paz; no destrocéis el taxi del pobre taxista, que es muy tarde y tengo sueño —nos pide la mediadora de Candela, y el pobre hombre suspira mientras conduce, porque estará harto de lidiar con personajes como nosotros y peores.
Cuando llegamos a la puerta del hotel, me aproximo al taxi que ha aparcado detrás de nosotros y le abro la puerta a Gabrielle para que salga, siguiendo con el teatro, pero por dentro me estoy riendo.
Y por fuera también, igual que ella, porque es el gesto más ridículo que he hecho con una novia.
—Gracias, mon amour —me dice, y me da un pico.
Entramos al hotel agarradas del brazo y subimos a nuestra planta en el ascensor, acompañadas de mi banda y de nuestros niñeros; todos, agotados.
Luego, cada uno se mete en su respectiva habitación y a mí me falta tiempo para tirarme en plancha sobre la única cama que hay, ocupándola casi entera con cada una de mis extremidades estiradas.
—¿Me ayudas a quitarme la falda, que yo no puedo? —me pide Gabrielle con voz melosa y su acento francés, que ahora me parece sexi y no sé por qué—. Tú ya tienes experiencia quitándomela, y así descubres que no te miento.
Giro la cabeza hacia ella y me percato de que me está mirando con expresión juguetona. Me incorporo a toda prisa sobre el colchón y le enseño la palma de la mano para que se detenga.
—Vale, vale, te creo. No es necesario que me obligues a pasar por esa tortura.
Gabrielle enarca una ceja y me dedica una sonrisa triunfal.
—¿Quién es la muerma ahora? —Se pone de lado y se desabrocha poco a poco la cremallera lateral de esa falda del demonio, dejando la piel de su cadera a la vista y sin ninguna otra tela encima, lo que me confirma que no lleva nada debajo—. Esta noche he ganado yo.
No comprendo por qué, pero mi mente alcoholizada está deseando que se quite ese trapo y las demás prendas.
—Qué va, flipada. No he caído en tus absurdos encantos franceses, así que quedamos en empate.
Ella, sin eliminar esa sonrisa de «no ganadora», se vuelve a subir la cremallera de la falda.
—Te juro por el último grano de café del mundo que no vas a abandonar Madrid sin que caigas.
—Se da media vuelta, acompañada de un ligero movimiento de melena, y se encamina hacia la puerta de la habitación mientras oye de fondo mis carcajadas—.
Voy a salir a por un café. —Se gira de nuevo para lanzarme un beso por el aire—. Chaoooo.
A ver si se pierde por el hotel y me deja la cama para mí sola.
O que alguien la rapte para pedir un rescate.
Bueno, mejor no, que los secuestradores no la aguantarían y me la devolverían a los cinco minutos por lo insoportable que es.
Mejor que coja una barquita y se pierda por el Retiro. Con suerte, los patos del estanque estarán tan hambrientos que no dudarán en atacarla para zampársela.