Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 11. Iris #2
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11. Iris #2

—Espero que cuides muy bien de mi Bartolamiau —rompe el silencio entre ambas, sonriendo—. Chaooo, Tiffany. —Se despide de mí con un gesto de la mano y se da la vuelta para marcharse con su lameculo antes de que me dé tiempo a contestarle algo decente.

Y, siendo sincera, tampoco he podido articular palabra, porque me he quedado atontada.

Lo achacaré a que es demasiado temprano.

—Qué ganas tengo de que sea junio para que se acabe esta jodida pesadilla —me quejo acomodada en el sofá del garaje de la casa de mis padres, con cerveza en mano y las piernas estiradas hacia Dani; Candela y Rober están sentados en el suelo.

Hoy hemos venido a ensayar aquí, como en los viejos tiempos, porque necesitábamos un ambiente relajado y tranquilo para desconectar de tanto ajetreo, de las cámaras y de la seriedad que desprenden los estudios de grabación y las salas de ensayo profesionales de Barcelona.

—Ay, pobrecita, lo que está sufriendo con esto —suelta Candela en tono divertido, y su hermano le ríe la gracieta.

Desvío la mirada hacia los dos y me río con sarcasmo.

—En verdad es una putada enorme lo que está haciendo Iris por el grupo y no lo estamos valorando —interviene Dani, y mis ojos viajan hacia él por si también se ha tragado a un cómico, pero no; lo está diciendo en serio, algo que me extraña, porque él es el que tuvo esta grandiosa idea—.

Si no estabas de acuerdo con esta ida de olla, te tendrías que haber seguido negando y no hubieras firmado nada, aunque entiendo que te estábamos presionando entre todos.

—Tienes razón, Dan —le responde Rober—. Hubiéramos hecho una colaboración con la francesa para calmar a ambos bandos y ya estaría.

—O solo fingir una amistad —agrega Candela—. Es que somos unos payasos y lo hemos hecho por las risas sin pensar, pero es un sacrificio enorme por parte de Iris.

Suelto un suspiro.

—Ya da igual. Es poco tiempo, y tres meses pasan volando.

—Ya queda algo menos de tres meses, por suerte—.

No lo estoy pasando tan mal, eh, que estáis contando la película como si yo estuviera encerrada en un matadero.

Lo importante es que lo estoy haciendo por Lapislázuli, porque sois mi vida, y para que media Europa no nos odie y quedemos en el último puesto en EuroStars por haber dejado en bragas a la gabacha.

¿Qué tengo que hacer? ¿Darme cuatro besitos tontos en público con esa Maripili y aguantarla durante unas pocas semanas? Bah, no es nada. Después, seré libre.

—Que se nos pone sentimental la gruñona —comenta Dani, ahora sí, con tono de mofa, y los otros dos se descojonan.

Yo, como sigo con los pies apoyados en su regazo, pero descalzos, le estampo el talón en la entrepierna con mala leche; a él se le escapa un quejido de dolor y me llama «cabrona».

—Además, no soy yo la única que se está sacrificando. Vosotros también, con la censura de algunas partes de nuestra canción para EuroStars.

Todavía sigo de mala leche con ese tema.

Hace unos días, nos reunimos con la jefa de la delegación española de EuroStars (apodada por nosotros como «Cruella de Vil» o «Rista Nosjode»), que representa a nuestro país ante la organización del concurso y se encarga de darnos órdenes sobre los ensayos, el vestuario, nuestra imagen, la puesta en escena de la actuación y la letra de la canción, para que cumplamos con las normas del festival.

Y la tipa, con su gran papo, nos exigió que cambiáramos las expresiones malsonantes y las palabrotas de nuestro tema por algunas «un poco más suaves» o directamente eliminarlas si eran prescindibles, porque el programa se emite en prime time y hay personas de todas las edades viéndolo, y porque tampoco quieren que España dé una imagen vulgar.

Pero eso no fue lo peor; también nos pidió que las partes en catalán las tradujéramos al inglés (la canción está escrita entera en español, pero con algunos versos en catalán), para que la letra la pudiera entender todo el mundo y porque, según ella, quedaba mejor.

Con esas modificaciones, Somos ruido está quedando destrozada. Se supone que trata sobre cumplir nuestro sueño de dedicarnos al rock sin renunciar a nuestra identidad... Y ahora parece una versión sin alma, comercial y con la que no me siento identificada.

En ese momento me entró una rabia por el cuerpo con la que estuve a punto de mandar a tomar por culo el festival, porque esa canción la hemos compuesto entre los cuatro, en este garaje, dedicándole un montón de horas para que quedara perfecta, con ojeras, cansancio y discusiones absurdas.

Y hemos acabado aceptando que nos censuren, aunque yo sigo sin estar de acuerdo.

—Buah, no me lo recuerdes —interviene Rober—. Menuda mierda de canción vamos a tocar.

—Menuda «caca» —lo corrige su hermana—. Acuérdate de que no podemos decir palabrotas.

—Hasta la canción de Shin Chan es más atrevida —se une Dani—. ¿Si enseño la trompa como él nos descalificarán?

Y es entonces cuando mi madre invade la cochera, con la excusa de traernos la merienda.

—Niña, ¿le has dicho a tu novia lo de la invitación para comer paella? —me pregunta, y deja una bandeja repleta de galletas y bollería industrial en la mesa.

Yo me doy cabezazos contra el brazo del sillón.

—Mamá, no le voy a decir nada porque no tenemos nada serio.

Los tres tarados ahogan una risita y mi madre coloca los brazos en jarras, pero sosteniendo con una mano su teléfono.

—Pues para no tener nada serio, menudo morreo os disteis ayer en la playa y esta mañana en el aeropuerto, que os ha visto todo el mundo.

Hasta tu prima, la que vive en Escocia, se ha enterado y me ha mandado una captura de pantalla por WhatsApp —me cuenta, gesticulando con su mano libre, como si me importara—.

Ah, por cierto, se ha echado un novio escocés que se viste con una falda de cuadros.

Es muy guapo; igual lo trae en Navidad. Yo le he dicho que tú vas a traer a la cantante francesa.

Me incorporo de golpe.

Al final, voy a tener que confesarle a esta mujer que mi relación es un paripé para que no se ilusione, pero lo tengo prohibido, porque seguro que se iría de la lengua con la gente del barrio.

—Mamá, te juro que es solo un rollo sin importancia.

—De todas formas, ya me he hecho un Instagram. Me llamo «soypurilamadredeiris». Seguidme —parlotea, ignorándome por completo y enseñándome su móvil—. Dime cómo se llama la chica, que me voy a hacer su amiga.

—Gabrielle Leroux —se me adelanta Rober, que pronuncia su nombre con un acentaco francés que parece nativo, concentrado en su smartphone—. Yo ya te he seguido, Puri.

Ahora me doy un manotazo en la frente.

—A ver, ¿cómo es? —murmura mi madre mirando la pantalla del teléfono—. Ge, erre, a…

—No —interviene Dani—. Ge, a, be, erre…

Candela interrumpe el deletreo de nuestro amigo y se levanta de golpe del suelo para ayudar a mi madre.

—Déjame que te la busque yo, anda.

—Ay, gracias, guapa. —Mi madre le entrega su móvil y la tira del moflete.

Cuando Candela le encuentra a la francesa, mi madre le da las gracias otra vez y se marcha supercontenta de la cochera, no sin antes apuntarnos con el dedo, en clara señal de amenaza, para recordarnos que la sigamos.

—¿No vais muy deprisa? —se mofa Rober—. Comidita con la suegra y todo.

—Cállate. —Me quito una zapatilla y se la revoleo, pero la coge al vuelo. Como Dani y Candela se están aguantando la risa, me deshago de mi otra deportiva para lanzársela a ella y darle un empujón a él—. Mamones.

Al llegar el momento de abandonar el garaje, cada uno se va a su casa menos yo, que cojo el metro, vestida de incógnito, para completar mis deberes del día: pasarme por el chalet de la francesa y echarle un vistazo a su gata.

Esta situación es para descojonarse viva. Que yo tenga que ir a cuidarle la mascota a mi novia gabacha de mentira es absurdo. Se supone que esos bichos son más independientes que los perros, por eso de que no hay que sacarlos a pasear porque hacen sus necesidades en una caja de arena.

Ridículo.

¿Y esa tía confía en mí para que me cuele en su mansión vacía?

Si yo no fuera alguien de fiar, podría robarle algo valioso; apenas nos conocemos la una a la otra.

¿Y si en mi tiempo libre me gustara practicar la cleptomanía?

Yo, sinceramente, no permitiría que una desconocida entrara en mi casa sin estar yo presente, porque a saber lo que puede hacer.

No hay que confiar ni en nuestra propia sombra.

En cuanto me bajo del tren y llego al barrio donde se encuentra el chalet de Gabrielle, abro el portón con la llave que me ha dado y, después, hago lo mismo con la puerta de la entrada. Enciendo las luces, porque ya ha oscurecido y no veo una mierda, y compruebo mi alrededor.

Toda la estancia se halla en completo silencio y me da pavor. Como se cuele un ladrón mientras estoy aquí, me va a dar un infarto.

Más le vale a la francesa disponer de buenos cuchillos afilados.

Me paseo por el interminable castillo, buscando a esa gata, y rezo para que no se haya escapado.

—¡Bartola! —la llamo—. Ps, ps, ps.

No está ni en el salón, ni en la cocina, ni en ningún rincón de la planta baja, de modo que subo al piso superior.

¿Para qué quiere esta mujer una casa tan grande? Para una sola persona, lo mejor hubiera sido comprarse un zulo de treinta metros cuadrados en el centro, no este laberinto. Pero, claro, como ella no lo limpia…

—Bartola —sigo insistiendo—. Miau, miau.

Tiene que estar en algún lado, que estos bichos son unos expertos en esconderse. Más de una vez, Dani y Axel se han puesto a llorar buscando a alguna de sus gatas, y resulta que estaban durmiendo tan tranquilas encima de la nevera o dentro de la lavadora.

Entro en el majestuoso cuarto de la francesa, con la cama extragrande con sábanas moradas de seda, unos ventanales inmensos, un tocador con un montón de maquillaje, un vestidor infinito…

Qué agobio de habitación. Ser minimalista no es su gran pasión, y seguro que ni utilizará la mayoría de tonterías que tiene.

—¡Bartola!

Y recibo un «miau» como respuesta. Segundos después, me llama la atención un bulto tapado con las sábanas, moviéndose por la cama, y frunzo el ceño hasta que sale al exterior.

—Hola —saludo a la gata con sequedad.

Me doy vergüenza ajena hablando con un animal; es como cuando te comunicas con un bebé. No sé qué decir ni qué clase de voz usar, porque ni muerta me comunicaría con un tono agudo.

Le digo a la gata, en tono autoritario, que venga conmigo porque le voy a dar de comer, y me largo del dormitorio, esperando que me persiga y no tenga que repetírselo.

Cuando estoy bajando las escaleras, una pelusa gigante blanca se cuela entre mis piernas y me adelanta, provocando que casi pierda el equilibrio de no ser porque me agarro con fuerza a la barandilla.

Joder, mi asesina iba a ser una gata. Menuda cara pondría Gabrielle cuando volviera del viaje y se encontrara mi cadáver a los pies de esta escalera o a mi esqueleto tras ser devorada por ese animal.

Me concentro en bajar con cuidado, escalón a escalón y bien sujeta a la barandilla, y me encamino hacia la cocina, donde está esa gata del demonio aguardando su comida, delante de su cuenco y mirándome con cara de inocente.

—Te voy a hacer picadillo.

La gordinflona me contesta con un maullido lastimero de muerta de hambre y le sirvo pienso y una lata de paté de gatos que apesta. Le hago una foto mientras devora lo que le he puesto y la subo a las stories con el texto «cuidando de la gata de mi chica» para que quede constancia.

Deberes hechos.