Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 11. Iris
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11. Iris

Unos insoportables y estridentes golpes metálicos me despiertan y me incorporo sobre esta cama desconocida, sobresaltada.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —Miro a mi alrededor por si es cierto que los extraterrestres han decidido invadir nuestro planeta.

Pero no; todavía queda mucho para que ocurra eso. Quizá nunca lo hagan, porque aquí no hay nada interesante.

La francesa, fresca como una lechuga, acaba de entrar en la habitación que estoy usando como invitada, aporreando una cacerola con una cuchara de metal con tanto ritmo que hasta podría sustituir a Candela como baterista cuando se ponga enferma.

—¡Llevo llamando a tu puerta diez minutos! —exclama—. ¡Se nos va a hacer tarde y voy a perder el avión por tu culpa!

¡Ostras, me he quedado dormida! Ni siquiera he escuchado la alarma, y eso que anoche programé un montón para que sonaran cada cinco minutos. Se habrá quedado mi móvil sin batería o habré confundido la aplicación del reloj con la de la calculadora, cosa que me ha ocurrido mil veces.

—Pero ¿qué hora es? —pregunto restregándome un ojo con la mano.

—¡Las cinco!

—¿De la tarde? —Me sorprendo.

Sí que he dormido, sí. Un poco más y viene el cura a rezar por mi alma con un crucifijo y un médico para certificar mi muerte.

Y a los veintisiete.

Menos mal que ha entrado la chalada de la cacerola para despertarme.

—¡De la mañana! —Sus gritos me destrozan los tímpanos y provocan que mi cabeza se queje.

—¿Cómo de la mañana? —Arrugo el entrecejo y extiendo el brazo hacia la mesita de noche para coger mi teléfono y comprobar por mí misma la hora—. No me jodas. —Me dejo caer en el colchón, bocarriba, y me quedo mirando el techo, reflexionando sobre mi vida en una crisis existencial de madrugada.

Había puesto las alarmas a las seis de la mañana porque a las seis y cuarto íbamos a salir hacia el aeropuerto, ya que lo máximo que suelo tardar en arreglarme son quince minutos. Tampoco tenía pensado desayunar; lo iba a hacer cuando me despidiera de la francesa.

Sí, prefiero dormir un rato más que levantarme antes para desayunar.

Pero ahora me va a sobrar más de una hora. Qué injusticia.

—¡No te vuelvas a dormir, eh! —Gabrielle acompaña sus ladridos de chihuahua con el ruido de los cacerolazos—.

¡Vamos, vamos! Allez, allez! —Y se marcha del dormitorio, pero continúa dando golpes por el pasillo para despertar a las musarañas, porque no hay nadie más en esta casa, a excepción de sus dos mascotas: su lameculo y su gata Bartola.

Joder, esto parece la cárcel.

No, es peor que la cárcel, porque allí gozaría de más libertad y no tendría que fingir una relación con ninguna presa.

Exhalo con brusquedad, cuento hasta tres y me pongo en pie, desganada. Si me quedo en la cama un segundo más, esta tía es capaz de volver a entrar y estamparme la cacerola en la cabeza.

Saco la ropa que metí ayer en la mochila y me encamino hacia el baño de la planta baja, que es el que usamos los plebeyos.

Justo cuando voy a meterme en el servicio, me encuentro a Lucien, que no habrá pasado la noche en esta casa, entrando por la puerta, vestido de persona normal y no con uno de sus trajes cutres, e igual de fresco que la otra.

¿Qué se chuta esta gente de madrugada? Parece que los dos llevan horas despiertos; yo también quiero de esa droga.

Bueno, mejor no, que mi sueño no es pasar a mejor vida a causa de una sobredosis y seguir alimentando el estereotipo de que los roqueros son unos drogadictos.

—Buenos días, femme fatale —me saluda con voz cantarina el lameculo, de lo más sonriente.

Yo, como no tengo ni idea de lo que me acaba de llamar y solo he entendido «buenos días», hago un gesto con la cabeza, a modo de saludo, y me adentro en el baño sin usar las cuerdas vocales, que es demasiado pronto y aún no soy una señora funcional.

Me ducho, me visto en cero coma y aparezco en la cocina unos minutos después por si alguien ha hecho café para soportar con menos dolor este madrugón. Gabrielle está de pie, apoyada en la encimera, sosteniendo una taza con una mano y el móvil con la otra; sus ojos, pegados a la pantalla.

Y su ropa ni siquiera es la adecuada para estar metida en un avión, aunque sea para un viaje de poca distancia. Se ha puesto un vestido beige corto con medias oscuras y botines negros; el pelo lo lleva suelto y más liso que un papel, y ha empleado un gran porcentaje de su tiempo en maquillarse.

Tiene que ir siempre divina, hasta para pasear por el bosque para que se la coman los osos. ¿A qué hora se habrá levantado para hacer todo eso? ¿Habrá dormido?

En cuanto se da cuenta de mi presencia, despega su vista del teléfono y me mira.

—Buenos días. —Me dedica una sonrisa y apunta con su taza hacia la cafetera, en una esquina de la encimera—.

Ahí tienes café recién hecho. Las tazas están guardadas en el armario de arriba.

—Luego, señala la mesa—. Y ahí he puesto los cruasanes.

También tengo cacao en polvo, galletas o zumos, por si sueles desayunar otra cosa.

—Café está bien —le respondo sin más, acercándome a la cafetera.

Gabrielle se vuelve a concentrar en su desayuno y en su móvil; yo me hago con una taza del armario, me sirvo café, le echo leche fría y me siento a la mesa para bebérmelo tranquila, en silencio y sin hablar con nadie.

Sin embargo, Lucien irrumpe en la cocina como un huracán y vuelve a soltar el dichoso «buenos días».

Estoy hasta el mejillón de esa frase a estas horas, que no están puestas ni las calles.

Para colmo, cuando el mánager se sirve su café, parece que los dos se han levantado con ganas de mantener una conversación y chismorrear, pero no en español, sino en francés, como si yo no estuviera delante.

Deduzco que están marujeando, porque él le está contando algo, gesticulando con las manos con una exageración que me deja cucú, mientras ella, de vez en cuando, le hace preguntas (lo sé, por la entonación), y ambos se ríen varias veces.

Yo permanezco mirándolos desde la mesa, embobada y con la mandíbula tan abierta que hasta el trozo de cruasán que me había metido en la boca se ha precipitado hacia la taza, provocando que gotitas de café me salpicaran en la cara.

Encima, parlotean tan rápido que me cuesta creer que respiran entre frase y frase.

Qué maleducados son estos franceses. ¿De qué estarán hablando?

Vuelvo al mundo real, me limpio las gotas de café con una servilleta y continúo desayunando a la vez que oigo de fondo los cacareos ininteligibles de esos dos.

Tengo que volver a descargarme la aplicación de idiomas con ese búho verde tóxico para aprender francés.

Me atrevo a interrumpir con un carraspeo su conversación interesantísima, porque me están poniendo la cabeza como un bombo, y la pareja de Maripilis desvía sus ojos hacia mí.

—A ver si con tanta cháchara vamos a llegar tarde —les digo con recelo.

—¡Es verdad! —exclama Lucien en español, y se da un golpe en la frente con la palma—. ¿Qué hora es? —Mira el reloj de su muñeca y luego a nosotras—. ¿Estáis listas? En nada salimos.

Los tres apuramos lo que nos queda de desayuno, terminamos de prepararnos y, cuando me quiero dar cuenta, ya estoy metida en el coche de Axel, conduciendo en dirección al aeropuerto para llevar a Pili y Mili, con el maletero y los asientos traseros atestados de equipaje.

Gabrielle se ha acomodado en el del copiloto y Lucien, detrás, casi enterrado en maletas.

¿Cuánto tiempo se van? Me da la sensación de que están haciendo una mudanza con tantos bártulos.

Conforme avanzamos por la carretera, los franceses me informan sobre lo que tengo que hacer durante la ausencia de mi novia de mentira: ir a su chalet y comprobar que su gata está bien, a pesar de que cada mañana vaya la mujer de la limpieza para echar un vistazo y dejar la casa reluciente.

—¿Por qué tengo que ir yo si ya va alguien? Es absurdo.

—Porque sois pareja y confiáis la una en la otra tanto que no te importa cuidar de la mascota de Gabby —me explica el mánager, y me detengo en un semáforo en rojo—. Y tienes que hacerte fotos con Bartolamiau para publicarlas en tus stories.

No soy mucho de gatos, aunque conviva con dos. Me dan algo de respeto desde pequeña, cuando se coló el de la vecina en mi casa y lo intenté coger; acabé con los brazos y media mejilla arañados.

—Jodeeeer. —Me doy cabezazos contra el volante.

Una vez que llegamos al aeropuerto, aguardo durante diez años bisiestos a que los dos facturen sus doscientas mil maletas. A continuación, nos toca hacer otro teatro en la despedida, que no sé para qué va a servir, si los paparazis estarán roncando en sus camas a estas horas.

—Buen viaje —le digo a Gabrielle, y esbozo una sonrisa artificial—. A ver si os perdéis por el camino y el avión aterriza en Marte.

Ella también se esfuerza en fingir una sonrisa que parezca verdadera, pero sé que por dentro está deseando tirarme de los pelos.

—Espero que me eches mucho de menos, cariño —me responde.

Rodeamos con nuestros brazos a la otra y nos besamos de una manera suave y apasionada, como si no nos fuéramos a ver en años.

Todo pactado de antemano, claro.

El bullicio del aeropuerto desaparece mientras mis labios permanecen pegados a los de Gabrielle y nuestras lenguas bailan entre ellas, siguiendo una perfecta coreografía. El olor de su perfume me embriaga y me olvido de dónde estamos a medida que nuestro beso se vuelve más intenso.

Hasta que el carraspeo exagerado de Lucien, que se ha quedado a nuestro lado, nos corta el rollo.

—Ejem… Chochos, siento interrumpiros, pero tenemos que irnos.

La francesa y yo nos separamos y nos miramos durante unos segundos; ella, con las mejillas sonrosadas (no por el colorete que se ha echado) y los labios tan hinchados que parece que se los ha operado, y yo, con la cara ardiendo.