10. Gabrielle #2
—Que vengas conmigo.
—Ah, claro.
Salimos del salón, que ya lo conoce a la perfección de cuando se presentó aquí con su banda para firmar el contrato de nuestra relación falsa, y la guío por la planta baja para mostrarle la cocina, uno de los baños y mi coqueto jardín con piscina.
La llevo a la planta de arriba y le enseño el otro servicio (que lo usa Lucien), mi habitación con mi propio baño, la de mi amigo y la de Bartolamiau, con su arenero automático, sus juguetes tirados por el suelo y su montón de camas que no usa porque prefiere dormir conmigo.
Por último, nos adentramos en el que será su cuarto.
—Et voilà! —exclamo extendiendo los brazos—. Esta es tu habitación.
Iris, curiosa, recorre con su mirada la estancia, que no tiene nada del otro mundo porque es un dormitorio de lo más impersonal, con las paredes pintadas de blanco, una amplia ventana con cortinas moradas, una cómoda, un armario espacioso y una cama doble en el centro, vestida con una colcha, también morada, con un par de cojines y Bartolamiau durmiendo encima.
—Muy chula —comenta, y se deshace de la mochila para depositarla sobre el colchón; yo corro las cortinas, no vaya a ser que se asome algún paparazi volador y nos descubra durmiendo en cuartos separados—. Está guay este peluche de gato.
Al escuchar eso, me giro hacia ella y la veo acariciando a mi gata, que se despierta de su siesta, pero no se asusta ni se marcha, sino que se pone a ronronear, lo cual me resulta extraño porque puede ser el ser más arisco del mundo; a Lucien no lo soporta.
—Se llama Bartolamiau.
Iris ladea la cabeza hacia mí y me mira como si me hubiera poseído un demonio, sin apartar su mano del pelaje blanco de mi gata.
—¿Bartola?
—No. —Alzo el dedo índice para corregirla—: Bartolamiau.
Ahoga una risita.
—Es tan ridículo ese nombre como tú.
Como soy una señorita con modales, opto por no batallar contra ella.
—Ponte cómoda y siéntete como si estuvieras en tu casa —le digo como una buena anfitriona—. Cuando estés lista, baja a cenar lo que nos ha preparado Lucien con todo su cariño. —Y me marcho de la habitación, dando zancadas con estas zapatillas de deporte.
—A saber qué experimento francés ha cocinado el de los trajes cutres —la oigo murmurar.
Ella sí que es cutre con los uniformes robados de la familia Addams con los que se viste para tocar su música escandalosa con su banda, que me produce unos dolores de cabeza que no se curan ni con una caja entera de analgésicos.
Un rato más tarde, cada una con su pijama (el suyo, uno gordo de invierno con dibujos de guitarras eléctricas y el mío, de seda), cotilleamos lo que ha subido la gente en redes sociales sobre nuestra quedada de esta tarde mientras picoteamos la cena española que nos ha dejado mi amigo: tortilla de patatas (sin cebolla), jamón ibérico, trozos de queso, pan con tomate, una cerveza bien fría para Iris y una copa de vino para mí.
Algunos de nuestros fans han montado collages con nuestras fotos; hasta les han añadido corazones y han incluido las imágenes que nos han hecho hoy los paparazis besándonos.
—Qué pesada mi mánager mandando noticias y posts donde aparecemos —se queja—. Qué asco da el mundo de la farándula, sobre todo la revista Superfan, que dio la primicia el otro día y hoy ha sido la primera en filtrar nuestro morreo en la playa.
Le pido que me pase el enlace de esa noticia por WhatsApp, porque no conozco esa revista, y la leo con una sonrisa dibujada en el rostro.
¡El beso entre las dos estrellas de la música que todo el mundo estaba esperando!
Si con la cita mañanera del pasado miércoles para desayunar y la visita al mercadillo benéfico del viernes, donde adoptaron dos pingüinos juntas, nos asaltaron miles de dudas sobre su supuesta relación, con el paseo romántico en la playa de la Barceloneta, admirando el precioso atardecer de hoy, se ha hecho realidad uno de los rumores que han incendiado las redes durante estos días.
Gabrielle Leroux e Iris Llorens han sido capturadas por nuestras cámaras, protagonizando el beso más deseado del mundo.
A continuación, salimos Iris y yo sentadas en la arena, con los labios pegados a los de la otra, en varias fotos. Adivino que ese paparazi estaría escondido detrás de algún arbusto o vestido de incógnito en el paseo y ha usado el zoom.
Sigo leyendo lo que queda de noticia:
Con estas imágenes, resulta evidente que las dos artistas han empezado una relación sentimental y están muy enamoradas la una de la otra. Hacen una bonita pareja, ¿verdad, chicas? A nosotras nos encanta y esperamos que más adelante anuncien que se van a vivir juntas o una futura boda.
Os traeremos muy pronto nuevos cotilleos de #Gabiris, porque no les vamos a quitar el ojo de encima a estas reinas de la música. ¡Que tiemblen Beyoncé, Lady Gaga y Taylor Swift!
Me encanta.
Abandono la noticia e Iris rompe el silencio que se ha formado al ver los trozos de tocino que he dejado:
—No entiendo cómo te puedes comer el jamón sin su tocino.
—Y yo no entiendo cómo te lo puedes comer con tocino —replico al levantar la vista de la pantalla de mi móvil y posarla en ella.
—Qué mal gusto tienes; se nota que no eres española.
—Mal gusto tendría si estuviera saliendo contigo en serio, querida —le devuelvo el ataque con dignidad.
Me contempla con las comisuras de sus labios curvadas hacia arriba, formando una sonrisa divertida, aunque no se defiende; en su lugar, se levanta y recoge sus platos sucios. Yo sigo sus pasos con la mirada, esperando algún ataque de su parte.
—Me voy a la cama, que estoy cansadísima. —Finge un bostezo—. Mañana toca madrugón para llevar a mi amada novia al aeropuerto y perderla de vista por fin. Buenas noches. —Me lanza un beso por el aire y se esfuma del salón.
¿He sido yo la ganadora en esta batalla dialéctica?