Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 8. Gabrielle #2
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8. Gabrielle #2

—¿Y era tan necesario levantarse a las siete de la mañana de un domingo? —inquiero con la frente pegada en la ventanilla—. No sé tú, pero mi plan era despertarme un poquito más tarde y pasarme la mañana entera mimándome, no trabajando.

Lucien ladea la cabeza hacia mí.

—Tenéis la tercera cita esta tarde después de que la segunda haya sido un verdadero desastre; os saltasteis mi guion y os dio por huir en pleno mercadillo benéfico como si os estuviera persiguiendo Hacienda —me recuerda, aunque para mí no fue una catástrofe—.

Hoy os tienen que fotografiar besándoos como si llevarais siglos haciéndolo.

Para eso debéis practicar: para que no quede ningún caco suelto.

—Se dice «cabo suelto» —lo corrijo—. «Caco» es un ladrón. Tienes que practicar más tu español.

Lo que no comprendo es por qué estamos hablando en castellano ahora; siempre que estamos solos, sin ningún español de por medio, nos comunicamos en francés.

Creo que estamos pasando demasiado tiempo en este país y se nos va a olvidar nuestro idioma materno.

—Como sea. —Hace un ademán con la mano—. La que debe practicar lengua española hoy eres tú, pero con la rubia.

—¿Y tú crees que nos va a abrir la puerta? Estará durmiendo. No son ni las nueve.

Lucien me manda callar y se concentra en buscar aparcamiento, si es que acaso queda alguno, porque todo está atestado de coches en este barrio.

—¿Por qué no hay ningún sitio libre? —se queja—. Odio esto.

Preveo que vamos a tener que dar media vuelta para volvernos a mi casa, porque ni siquiera hemos avisado a Iris de este plan improvisado. Es más, ni yo sabía nada hasta hace un rato, cuando me ha despertado Lucien con la excusa de que debía abandonar la cama para hacer algo de vital importancia.

Y yo no tengo ni idea de si este teatro está funcionando.

Con el desayuno de nuestra primera cita del miércoles y la excursión en el mercadillo del viernes, la gente no para de hablar de nosotras en redes ni de inventar rumores.

Lo bueno es que la mayoría de fans de Lapislázuli ya no entran a mi Instagram para insultarme, sino para preguntarme por lo que tengo con una de sus integrantes.

Mis seguidores hacen prácticamente lo mismo: ya no comentan lo guapa que estoy o que soy una reina; ahora solo quieren saber si estoy saliendo con Iris.

Sin embargo, Lucien me ha contado que las reproducciones de mis canciones en Spotify han aumentado y que, en Francia, soy la protagonista de los cotilleos; de hecho, mi familia me ha enviado un montón de noticias y también me ha preguntado si estoy con la rubia, pero les he prometido que se lo contaría todo en persona, cuando coja un vuelo y vaya a visitarlos.

—Ya hemos llegado —anuncia Lucien al estacionar mi coche—. Nos toca andar cinco minutos, pero llegar, hemos llegado.

Antes de salir, me saco el pequeño espejo que siempre llevo en el bolso y me repaso el pintalabios rosa para estar presentable. Luego, mi mánager y yo damos un pequeño paseo hasta el bloque de pisos de Iris, sin apenas cruzarnos con nadie.

Normal, ¿quién va a haber en la calle a estas horas del último día de la semana? Pero no me extrañaría que hubiera algún paparazi oculto debajo de una piedra, que me habrá seguido o habrá acampado delante del edificio en cuestión por si captura con su cámara alguna escena jugosa.

Cuando nos detenemos frente al portal, que se encuentra cerrado, Lucien pulsa uno de los botones del telefonillo, que imagino que será el del piso de la rubia y no de uno aleatorio, y esperamos unos segundos a que alguien conteste.

—¿Quién es? —responde una voz masculina.

Por un instante, pienso que de verdad Lucien le ha dado al primer botón que ha pillado.

—Buenos días —le habla mi amigo con educación—. Soy Lucien, el mánager de Gabrielle Leroux, que la tengo aquí, a mi lado. Hemos venido para terminar unas gestiones pendientes con Iris Llorens. ¿Nos puede abrir, por favor?

—Esperad un momento. —Y nos cuelga, dejándonos en la calle.

—¿Perdón? —suelto mirando a Lucien, anonadada.

¿Cómo que «esperad un momento»? ¿Desde cuándo yo tengo que esperar para entrar a un sitio?

—Calma esos humos, ma chérie —me aconseja mi amigo haciendo un gesto con la palma—, que no eres la reina de Inglaterra.

—Del pop francés, sí.

—Antes no tenías la fama tan subidita.

Dejo escapar una exhalación y me pongo a dar vueltas de un lado a otro de la acera, ahogándome por la impaciencia, hasta que una vecina de edad avanzada, que ha sacado a pasear en bata a su diminuto perro, abre el portal con su llave y Lucien y yo entramos detrás; ella no para de girarse hacia nosotros cada vez que da un par de pasos con su mascota en brazos para recorrernos con su mirada, que es una mezcla entre curiosidad y desconfianza.

Parece ser la típica vecina española cotilla.

Como se marcha escaleras arriba, la perdemos de vista y nos metemos en el ascensor tan enano, que me da claustrofobia en cuanto pongo un pie en él. Me tapo la nariz, porque apesta a pis de humano, y procuro no tocar nada ni moverme demasiado, aguantando la respiración.

El viaje hasta la planta de Iris se me hace interminable y, cuando la caja de cerillas se detiene en nuestro destino, soy la primera en salir y en llenar de aire mis pulmones. Si hubiera esperado un milisegundo más, habría muerto asfixiada.

—Ay, hija, no aguantas nada —me dice Lucien en tono jocoso.

Nos paramos delante de la puerta que nos interesa y escuchamos jaleo en el interior del piso; reconozco la voz de Iris, que le ordena a alguien que no nos permita entrar. Bueno, en realidad, dice «ni se te ocurra dejar pasar a esos ridículos», y Lucien los interrumpe, llamando al timbre.

Un chico, que mide alrededor de dos metros y que será el que nos ha hablado por el portero automático, nos abre.

Mi amigo se sorprende al verlo y suelta «Dios mío, ¿y este bombón de dónde ha salido?», en francés; yo rezo para que el otro no lo haya entendido para no morirme de la vergüenza.

—Ah, hola —nos saluda el chico sonriéndonos con simpatía, y detrás de él oigo a la otra preguntar «¿cómo demonios han entrado?»—. Pasad, pasad. —Y se hace a un lado.

Lucien y yo nos adentramos en este apartamento, y lo primero con lo que nos encontramos es con la rubia, que está de brazos cruzados y mirándonos de tal forma que me entran escalofríos por el miedo que da.

Por su expresión de malhumor y de cansancio, por su pijama tan calentito con dibujos de tortugas y por su cabello despeinado, adivino que la acabamos de despertar.

El chico alto se ha marchado y nos ha dejado a los tres a solas en el recibidor.

—Buenos dí…

Lucien no termina el saludo porque Iris se lo impide:

—¿Me podéis explicar qué hacéis aquí, en mi casa, cuando yo no os he invitado y, sobre todo, tan temprano? Que yo sepa, la jodida cita es esta tarde.

—A mí no me mires, que yo no sé nada. —Levanto las manos en son de paz para que sepa que yo no tengo la culpa; preferiría estar en mi hogar, descansando—. Díselo a Lucien.

—Y a Bruna —agrega el aludido—, que está ahora en su casa, durmiendo, ajena a todo.

Habla más con esa mujer que conmigo.

—¿Habéis adelantado la hora de la cita o qué? —quiere saber Iris.

Lucien le responde que no y, a continuación, le explica que nos hemos presentado a estas horas para que ensayemos el «esperado beso» con el que sueñan nuestros fans y los paparazis, y para que nada salga mal esta tarde.

También insiste en que le ha pedido permiso a Bruna, que le ha respondido que no la molestemos en todo el domingo y que hagamos con Iris lo que queramos mientras beneficie a Lapislázuli.

La rubia, como es evidente, muestra su desacuerdo, pero no le queda otra que acatar las órdenes de los mánagers.

—Esos imbéciles me van a deber la vida cuando esto acabe —murmura para sus adentros y negando con la cabeza. Antes de darse media vuelta y desaparecer en alguna habitación, añade—: En fin… Voy a disfrazarme de persona humana funcional y a chutarme un café. No tardo, Maripilis.

¿Nos va a dejar aquí? Qué poca consideración.

—¿Maripilis? —me pregunta mi amigo arrugando el entrecejo—. ¿Qué es eso?

—Algún apodo despectivo, seguramente.

Mientras Lucien y yo aguardamos de pie, en mitad del recibidor, porque esta gente ni siquiera nos ha invitado a pasar, el chico de antes vuelve a aparecer y nos entrega una tarjeta a cada uno.

—Me llamo Axel de la Rosa y soy el fisioterapeuta de confianza de Lapislázuli —nos dice esbozando una sonrisa—. Si alguna vez necesitáis a alguien que os cure las contracturas, podéis venir a mi clínica. La primera sesión es gratis.

Lucien, con toda la poca vergüenza que tiene cuando ve a un tío con un físico agradable, comenta, con la mano apoyada en el pecho y sin apartar la vista del tal Axel:

—Ay, cariño, con esos brazos me puedes hacer lo que te apetezca.

Y esta vez lo ha dicho en español para que el otro lo entienda.

Le doy un codazo nada disimulado, y Axel se echa a reír y nos pide que pasemos al salón, donde está el tal Daniel tirado en uno de los sofás con el móvil.

Desvía los ojos hacia nosotros para saludarnos con un «hey, ¿qué pasa?

» y vuelve a centrarse en la pantalla. Axel nos señala el sofá vacío para que tomemos asiento en lo que esperamos a su compañera de piso, que confío en que no sea como yo y no tarde casi dos horas en arreglarse.

—Siéntate bien, Dani, que tenemos invitados —oigo susurrar a Axel, quitando las piernas de su novio de un extremo del sofá para poder acomodarse a su lado.

Daniel, en vez de hacerle caso, le pasa un pie por la cara entera, sin calcetín, y el otro se lo muerde con ganas.

No sé qué me da más angustia: que alguien pasee su pie con olor a queso roquefort por mi rostro, donde me hago el skincare a diario, o llevármelo a la boca.

Lucien y yo intercambiamos una mirada, asqueados.

—Qué cavernícolas —me dice mi amigo en voz bajita y en francés, y yo le doy la razón a la vez que ese par se pelea a patadas y a mordiscos.

Tengo la sensación de que en este grupito son todos así de salvajes, hasta las dos gatas que viven en esta casa: la de raza esfinge, que se pasea por el salón montada en el robot aspirador, vestida con un jersey azul para proteger su piel pellejuda del frío; y la otra, una atigrada de pelo largo, que no para de olisquearme los zapatos porque huelo a Bartolamiau.

—Ya estoy. —Iris hace acto de presencia con su vestimenta de persona funcional: una sudadera violeta y unas mallas negras; el cabello lo luce suelto y ligeramente húmedo.

Nos mira a cada uno, con los brazos en jarras, y su vista se detiene en mí—.

¿Empezamos con el ensayo ya? Espero que, por lo menos, hayas tenido la decencia de lavarte los dientes, porque como lo hagas con la misma frecuencia con la que los franceses se bañan, mal vamos.

Todos se quedan en silencio ante la tensión que se acaba de formar. Hasta el robot aspirador se ha detenido.

Vaya, vaya… Con lo simpática que estuvo en el cine y lo arisca que está hoy…

Seguro que los causantes de su personalidad agradable fueron los bizcochos borrachos.

Me pongo en pie con la cabeza bien alta y me echo un mechón de pelo hacia atrás, con altanería, para contraatacar:

—Y yo espero que el aliento no te huela ni a alcohol, ni a tabaco, ni a sustancias peores. —Le muestro mi dentadura blanquecina y limpia en una sonrisa falsísima—. Por eso que dicen de que los músicos de rock os metéis de todo en el cuerpo, bonita.

Ella me contempla con ansias de dejarme más calva que la gata esfinge, pero no lo hace porque Lucien corta nuestra discusión, colocándose entre las dos con los brazos extendidos, como si fuera un pacifista.

La españolita: un punto.

La francesa: un punto.

A ver cómo desempatamos.