8. Gabrielle
La visita al mercadillo benéfico está siendo una mezcla de emociones de lo más variopinta, además de un pelín desastrosa porque me muero de la vergüenza cada vez que Iris abre la boca en algún puesto.
Primero ha sido en el del jarrón; después, en el de la asociación para ayudar a los pingüinos…
Y ahora, en un stand de postres caseros, donde le ha preguntado a la señora por uno de ellos.
Por no hablar de que una niña me ha confundido con Lily Collins y me ha dicho que se ha visto todas mis series y pelis.
—Es un bizcocho borracho —le responde la mujer a Iris con una amplia sonrisa; yo me centro en darle un sorbito al cuarto café que me acabo de comprar.
—Ah, qué guay. —Mi novia de mentira finge que está interesadísima—. ¿Y qué lleva?
La mujer hace una mueca con los labios, tratando de recordar los ingredientes.
—Lo típico: huevos, azúcar, mantequilla, harina de trigo, vainilla… Y el chorrito de ron que no le falte.
—¿Y no hay de cerveza?
—Iris, por favor —intervengo golpeándome la frente con la mano libre, y la mujer se ríe, pero creo que lo hace por educación.
—Era una broma. —Iris también se echa a reír y se dirige a la señora—. Ponme unos cuantos de estos, porfa. —Y apunta con su dedo los bizcochos borrachos.
—Ahora mismo, muchacha.
Yo me decido por unas galletas con pepitas de chocolate, porque no puedo irme con las manos vacías, y la mujer se despide de nosotras diciéndonos «que los disfrutemos».
—¿Crees que nos habrá visto algún paparazi? —le pregunto a Iris a medida que caminamos, la una al lado de la otra.
—Esos siempre están donde menos te los esperas.
Le doy otro sorbo a mi café, pero, antes de tragar, Iris suelta un «ostras» y nos paramos en seco, lo que significa que se avecinan problemas.
Sigo con mi mirada el recorrido de la suya y diviso, a unos quince metros, a un grupo de unos veinte o treinta adolescentes (quizá más) que avanzan hacia nosotras, con euforia y gritando nuestros nombres, mientras esquivan a los demás visitantes del mercadillo.
—Sígueme —me dice.
—¿Qué? ¿No los vamos a atender?
Iris me coge del brazo y me obliga a darme la vuelta con ella con la intención de huir de esos chicos, pero nos quedamos acorraladas porque unos paparazis, desde la misma distancia que los otros pero desde el lado contrario, se acercan con sus cámaras y micrófonos y pidiéndonos, a voces, que les respondamos unas preguntas.
—¡No jodas! —exclama mi novia, agobiada, y rebusca por nuestro alrededor alguna escapatoria—. ¡Por ahí! ¡Corre! —Señala nuestra derecha, donde hay una salida con unos escalones, y me sujeta de la mano con firmeza para llevarme a rastras hacia quién sabe dónde.
—¡Iris! ¡Que voy con tacones!
—Bah, estás acostumbrada a saltar con ellos puestos. Esto no es nada comparado con los bailecitos que te gastas.
¿Se ha visto mis vídeos?
Bajamos las escaleras a toda prisa e Iris se encarga de guiarme por el camino, aunque, en un par de ocasiones, nos chocamos con varias personas que nos sugieren mirar por dónde vamos.
—¿Eres consciente de que huir de la prensa y de los fans es lo peor que se te ha ocurrido? —le espeto, haciendo todo lo posible por no tropezarme y por sortear a la gente a medida que corremos—. ¡Nos van a poner a cocido!
A Iris se le escapa una carcajada que retumba en toda Barcelona.
—¿Qué dices de cocido? ¡Se dice «a caldo», mendruga! Además, ¿no te parece divertido?
¿Qué diantres significa «mendruga»? ¿Eso no es un pan?
—La verdad es que sí. Nunca he huido de la prensa.
Ella aminora el paso y echa un vistazo hacia atrás por si alguien continúa persiguiéndonos; yo hago lo mismo.
—Creo que ya no nos sigue nadie —me indica, y nos volvemos a girar hacia el frente para andar a paso normal sin que parezca que la policía nos busca—. Compórtate como una persona del montón y no como si fueras famosa para no llamar la atención.
Hasta los guardaespaldas nos han perdido la pista. Qué fuerte. Espero que no nos secuestren ni nos atraquen.
—Lo voy a intentar, pero… —Ladeo la cabeza hacia ella; nuestras manos permanecen unidas todavía—. ¿Qué vamos a hacer?
Iris también me mira.
—¿Te apetece ver una peli? —Me sonríe y me guiña un ojo.
Frunzo el entrecejo ante su idea tan alocada.
—¿Disculpa?
—Disculpada.
En un establecimiento repleto de gente siempre habrá alguien que nos reconozca, a pesar de que la sala se encuentre a oscuras durante la sesión.
Entramos en unos multicines y yo, tras depositar mi vaso de café vacío en una papelera, intento ir hacia la cartelera para elegir la película; sin embargo, Iris tira de mi brazo porque querrá hacer cola para comprar las entradas o las palomitas.
Pero, para mi sorpresa, me susurra que le siga el rollo y que no pregunte.
Nos unimos a un grupo de gente que está entrando a la zona de las salas y, entre la multitud…
Nos colamos en una con la peli ya empezada y todo a oscuras, sin nadie vigilando.
—¿Qué estamos haciendo? —exijo saber en voz bajita mientras deambulamos por uno de los pasillos laterales de la sala.
—Cállate —me ordena Iris de la misma manera.
Nos acomodamos en dos asientos vacíos de la última fila; ella, supercalmada y yo, muerta de la vergüenza.
—Qué bochorno. —Me tapo el rostro con la mano por si me ha visto alguien, aunque estén las luces apagadas, e Iris se echa a reír.
—No te quejes, que por lo menos te he invitado al cine.
—Perdona, bonita, pero nos hemos colado, algo bastante diferente, además de ilegal.
—Centro la mirada en la gran pantalla—. Y encima para ver Kung Fu Panda ya empezada.
—Vuelvo a desviar la vista hacia ella para apuntarla con el dedo—.
Como nos descubran y nos metan en la cárcel, te las verás conmigo.
Se encoge de hombros en actitud jovial.
—La intención es lo que cuenta, ¿no?
Suspiro, apoyando la cabeza en el asiento.
—Lo peor es que no tenemos palomitas, y ver una peli sin palomitas es un sacrilegio.
—Pero tenemos mis bizcochos piripis. —Agita la bolsa de papel con esos pasteles en su interior—. Y tus galletas de chocolate.
Me arranca una sonrisa con la que se me olvida que puedo acabar entre rejas por entrar en un cine sin pagar.
—Está bien; compartamos nuestros postres benéficos.
Conforme vemos lo que queda de la película de dibujos animados, devoramos los dulces que hemos comprado y ambas coincidimos en que están riquísimos.
Mi móvil nos interrumpe varias veces, pero yo rechazo todas las llamadas al instante porque varias personas de la sala protestan por el sonido y no pienso contestar, que se me lanzarían al cuello.
Por lo que veo, Lucien, los guardaespaldas y ¿Bruna? ya se han dado cuenta de que he desaparecido.
—Tía, apágalo —me susurra Iris.
—¿Y a ti por qué no te llama nadie? —le pregunto poniendo mi teléfono en modo avión—. ¿Todavía no han denunciado tu desaparición?
—Vivo con el móvil en silencio desde que mis padres me compraron el primero con diez años: un Nokia indestructible.
Resoplo ante lo relajada que se toma la vida esta mujer y guardo el smartphone en el bolso; después la miro, con solo la luz de la pantalla iluminándonos.
—Te recuerdo que en la cita del domingo nos tenemos que besar y no hemos ensayado nada.
—¿Te apetece que ensayemos ahora? —Iris me sonríe, juguetona, y yo la contemplo sin creerme su propuesta.
—¿Se te han emborrachado las neuronas con esos bizcochos?
—No. —Me da un manotazo en el brazo, riéndose—. Aquí estamos a oscuras y no nos ve nadie. Es un buen momento.
Hago una mueca con los labios, pensativa.
—Está bien. Practiquemos.
—A la de tres, acercamos nuestra boca a la de la otra —me indica, y de mi garganta se escapa un sonidito de afirmación—. Una, dos y… Tres.
Cuando estamos a punto de rozar nuestros labios, las luces de la sala se encienden de repente. Nosotras nos separamos a la velocidad de un relámpago, tapándonos las caras con las manos, y cada una suelta un taco en su idioma natal.
Nos quedamos escondidas en nuestras butacas, esperando a que la gente se esfume, y nos colocamos nuestras gafas de sol. Una vez que la sala se vacía, salimos con calma, aunque yo la finjo porque tengo miedo de que esté la policía aguardando fuera por habernos colado sin pagar las entradas.
La función se ha acabado y, con ello, nuestra libertad, porque pedimos un taxi para que nos lleve de vuelta a nuestra respectiva casa. Durante el trayecto, tranquilizo a Lucien mediante una llamada porque está histérico perdido.
—Al final, no hemos hecho lo que deberíamos haber hecho —le digo a Iris cuando el taxi se detiene frente a su bloque de pisos.
He soltado este trabalenguas para que el conductor, de unos sesenta años, no se entere de nuestra relación falsa, por si suma dos más dos y nos reconoce.
—Ya lo haremos cuando lo tengamos que hacer.
—Mi novia de mentira se apea del vehículo tras pagar su parte y se asoma a la ventanilla abierta cuando cierra la puerta, esbozando una sonrisa diabólica—.
A ver, repite «tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal, en tres tristes trastos, tragaban trigo tres tristes tigres».
Mi cerebro cortocircuita unos segundos.
—¿Te estás intentando reír de mí, Tiffany?
Ella frunce el ceño.
—¿Tiffany?
—Tiffany Valentine, la novia de Chucky. —Le lanzo un beso con la mano—. Nos vemos. Chaooo. —Y cierro la ventanilla.
Cuando el taxi comienza a circular por la carretera, veo a Tiffany enseñarme el dedo corazón de cada mano y sonrío.
—Vais a ensayar ese primer beso como que me llamo Lucien —me dice mi amigo mientras conduce hacia el lugar donde vive mi novia de mentira, con la vista clavada en la carretera y gesticulando con una mano, porque con la otra está sujetando el volante y le tengo que dar las gracias de que no lo haya soltado—.
A mí me da igual que ella no quiera, porque la pienso sacar de su cama agarrándola del pelo.