7. Iris #2
La canción Rehab de Amy Winehouse, que la tengo como tono de llamada, comienza a sonar desde mi móvil y yo me maldigo a mí misma porque le habré dado sin querer al altavoz.
Es mi madre. Como no le he contestado a los mensajes que me ha dejado, le ha parecido buena idea llamarme; supongo que estará viendo el programa de Ana Rosana, que Rober ha vuelto a poner, o le habrá salido la noticia en Facebook.
—Dime, mamá —le respondo al descolgar, porque si no lo hago, es capaz de presentarse aquí con la chancla en la mano, y me preparo mentalmente para su reprimenda.
—¿Tú por qué no me cuentas que estás saliendo con esa cantante?
Que soy tu madre y te he dado la vida —comienza con su soliloquio, superindignada, y yo me acomodo en el sofá porque esto va para largo—.
¿Así me lo pagas? El día que yo falte, no sé qué vais a hacer sin mí.
A ver quién va ser la que te va a preparar los táperes llenos de comida, eh.
Para pedirme cosas y ocupar el garaje con tus amigos para tocar vuestras canciones ruidosas como si fuera una sala de ensayo sí que vienes corriendo, pero para contarme que tienes novia te lo tienes que pensar.
Me he tenido que enterar antes por el Facebook que por mi propia hija. Ya lo lamentarás, ya.
—Perdón, mamá.
—Shh, no interrumpas a tu madre, que te estoy hablando —me regaña, y puedo imaginarme cómo está sacando el dedo índice mientras parlotea—.
Bueno, acabo de venir de comprar las pastillas del azúcar de tu padre, en la farmacia de la madre de tu amigo Dani, y hemos estado comentando la noticia.
Dice que hacéis muy buena pareja. —Hace una pausa para suspirar—.
En fin… Vas a traer a esa muchacha este domingo para que pruebe mi paella y la conozcamos, que se tiene que alimentar con comida de verdad, que está muy delgada y seguro que en Francia pasa mucha hambre con esos refinamientos que preparan.
No me jodas.
—Solo nos estamos conociendo —le contesto a toda hostia para que deje de hacerse ilusiones con una nuera—. Todavía no hay nada serio. Ya sabes que los periodistas se inventan muchas mierdas.
—Si os han visto desayunando juntas, algo habrá ahí. Tú te la traes este domingo y ya está.
No puedo evitar agobiarme.
¿Qué hago para librarme de esta situación? ¿En nuestro planning están incluidas las comidas familiares?
—Tengo un montón de cosas que hacer con la banda, y ella estará ocupada también. —Y agrego, como con miedo—: ¿Te parece bien si te aviso cuando las dos podamos?
—Si no es este domingo, el siguiente, pero dímelo con tiempo para comprar las cosas y limpiar la casa de arriba abajo, que siempre lo ensuciáis todo. Igual hasta pintamos las paredes, que tenemos que causarle buena impresión a esa chica.
Le prometo que la avisaré en unos días y me contesta que, si no lo hago, se creará una cuenta de Instagram, expresamente para mandarle un mensaje privado a Gabrielle e invitarla ella misma.
Cuando cuelgo, me doy cuenta de que cierta francesa me ha escrito por WhatsApp y de que Rober se está partiendo el culo de risa porque lo ha escuchado todo, de modo que le lanzo un cojín a mi amigo y abro el mensaje de la otra.
Gabacha: «He estado mirando mis apuntes y, en nuestra tercera cita de mentira, después de la del mercado benéfico, nos tienen que pillar besándonos.
¿Quieres que quedemos en privado para ensayar?
Yo recomiendo prepararnos de antemano para que no nos coja por sorpresa y alguna acabe haciéndole la cobra a la otra en público»
Iris: «No. Prefiero que nuestro primer beso sea en esa cita, sin anestesia ni nada. Para darnos un piquito no hace falta estudiar»
Gabacha: «No estoy de acuerdo. Se nota que solo aporreas una guitarra y desconoces el mundo de la actuación»
Iris: «Me importa un pimiento que no estés de acuerdo. No hay ensayo y punto»
Cuanto menos tiempo pase con esa, mejor.
Me envía el emoji del pulgar hacia arriba y el último mensaje:
Gabacha: «Nos vemos en el mercadillo benéfico de este viernes»
Iris: «Qué plan más divertido»
Mercadillo benéfico es sinónimo de auténtico coñazo donde reinará la hipocresía de la gente.
Qué ganazas más locas de ir a ese evento con mi chica.
Mi único plan para el cutre mercadillo benéfico que han montado en Gràcia es el de sobrevivir mientras fuerzo sonrisas, aguanto a la francesa, compro cosas que no me importan y dono algún que otro céntimo que se supone que irá dirigido a los pobres, a las protectoras de animales y a los pingüinos de la Antártida.
La plaza del Sol está atestada de gente que ha venido a visitar los puestos donde se venden tonterías artesanales: piezas de cerámica, velas, jabones, ropa, postres, bisutería…
Y Gabrielle siente la necesidad de detenerse en cada uno para curiosear cada detalle y comprar algo que acabará encasquetándoselo a sus guardaespaldas, que nos persiguen de incógnito, para que se lo lleven, cosa que ha ocurrido con unas velas con aroma a «islas afrodisiacas» (según la dependienta) y una bufanda hecha a mano por una abuela.
Por ahora, nos han reconocido un par de personas y no hay ni rastro de la prensa, pero no tardará en correrse la voz de que la pareja del momento está paseando por el mercadillo.
—Ay, Iris, mira qué preciosidad —me dice Gabrielle al pararse en un puesto de cerámica, y coge una pieza; la encargada no nos quita el ojo de encima.
—Es solo un jarrón normal y corriente. No le veo el misterio.
La francesa ladea la cabeza hacia mí como si la hubiera insultado.
—¿Qué dices? Es una pieza única y hecha a mano por una artesana.
Vuelvo a centrar mi mirada en el producto, con la ceja enarcada.
—Sigue siendo un jarrón que servirá para llenarse de polvo en tu casa o para que te lo tire tu gato.
Pone los ojos en blanco y le pide a la dependienta que se lo meta en una bolsa porque se lo lleva, que le parece «muy bonito» para decorar el salón de su chalet.
—Deberías colaborar un poco —me susurra Gabrielle cuando dejamos atrás el stand de cerámica, y se agarra a mi brazo, algo que me produce incomodidad, mientras avanzamos por el mercadillo.
—¿Te refieres a que compre algo?
Tiene razón. Ella ya se ha llevado varias chorradas y ha donado dinero para no sé qué movida del cambio climático; yo no he hecho nada.
—A comportarte de una manera menos antipática, que somos pareja. Pero, ya que sacas el tema, deberías colaborar también aportando tu granito de arena para los más desfavorecidos. La gente va a pensar que eres una egoísta y Lucien nos va a echar la bronca.
Suelto un bufido, pasándome una mano por la cara.
—Está bien. Colaboraré si te hace tanta ilusión.
El siguiente puesto al que nos acercamos se centra en los pingüinos de la Antártida.
¿Los pingüinos también son seres desfavorecidos, no? Pues, ale, a ayudarlos, aunque no sepa lo que tengo que comprar exactamente, porque en la mesa solo advierto un montón de fotos de esos animales y peluches.
—¿Queréis apadrinar un pingüino? —nos pregunta el encargado, que rondará los veinte años, dedicándonos una sonrisa educada—. Es gratis, pero estos animalitos os agradecerán si les hacéis una generosa donación para poder cuidarlos.
Una generosa donación. ¿A qué cifra se refiere con exactitud?
—Ah… Entonces, gratis, lo que se dice gratis… No es —le respondo lo primero que se me pasa por la cabeza.
Gabrielle me regala un codazo y le devuelve la sonrisa al chaval.
—Yo sí quiero apadrinar un pingüino, por favor.
¿Esta tía hace estas cosas porque en realidad es buena persona o para aparentarlo? Todavía no lo tengo muy claro.
A continuación, el chico le pregunta por el nombre que desea ponerle y Gabrielle le responde «Croissant», que se lo tiene que deletrear para que el otro no escriba la versión española.
Después, le entrega a la gabacha un papel donde figura su nombre (también deletreado), el del pingüino y una foto de este último, y ella dona un billetaco de cincuenta euros sin romperse una uña postiza.
Madre mía, cincuenta euros por un pingüino que ni existirá.
—¿Y tú? —inquiere el chico mirándome a mí—. Así os lleváis la parejita para enseñársela a vuestros fans.
Suspiro con pesadez.
—Venga, vale —acepto a regañadientes—. Ponle Pingu.
—¿Pingu? —se mete la francesa, y se le escapa una carcajada—. El nombre más original para un pingüino —añade con ironía, y me aplaude—. Sí, señora.
—¿Es que en Francia no existía la serie Pingu cuando eras pequeña? —inquiero, y me atrevo a cantar la canción de la cabecera de esos dibujos—: Pi, pi, pi; pi, pi, pi; Pingu, Pingu.
Muy bien; haciendo el ridículo. Espero que ningún paparazi me haya grabado.
Gabrielle me mira en completo silencio, con una expresión con la que adivino que se está aguantando la risa, pero finalmente estalla en carcajadas; el dependiente también hace lo mismo, pero algo incómodo.
¿Es la primera vez que la hago reír? Si es que soy un partidazo de novia, y eso que solo estamos en nuestra segunda cita.
Cuando el chico me da mi certificado de adopción de Pingu, que no tengo ni idea de si tendrá validez legal, meto en la hucha de donaciones unas cuantas monedas de céntimos que están muertas de risa en mi monedero desde hace tiempo.
—Cómo se nota que eres catalana —interviene ella—. Menuda tacaña. ¿No te dan lástima esos pobres pingüinos desamparados?
Ya está Pepito Grillo dándome por saco.
—No tengo suelto, guapa —le espeto, y el chico escucha ensimismado nuestra discusión—. Yo pago siempre con tarjeta o con el móvil.
—También puedes donar mediante Bizum o transferencia bancaria —suelta el chico, que parece que no puede estarse callado, y señala un cartel de la mesa donde se puede apreciar el número de teléfono y el de la cuenta del banco.
—Eso, eso —se une Gabrielle metiendo cizaña—. Cuenta en un banco sí tendrás.
Hoy hay dos por uno en pelucas: la del pelo de esta tía y la del chaval, que lleva un peinado que se parece a una cacerola.
Resoplo por enésima vez y les mando cincuenta euros por Bizum a los pingüinos bajo la atenta mirada de la francesa para asegurarse de que no estoy de farol.
Por último, nos despedimos del chico, que nos da las gracias y se hace una foto con nosotras y nuestros certificados de apadrinamiento para fardar en las redes, y continuamos nuestro paseo.
—He donado más que tú —le digo a Gabrielle—. Cincuenta euros con treinta y cinco céntimos. —Le hago una pedorreta—. Chúpate esa.
—Tu pingüino Pingu te lo agradecerá desde la Antártida, querida. —Esboza una sonrisa de arrogancia.
Espero que esos cincuenta euros con treinta y cinco céntimos perdidos me los devuelva Lapislázuli, que yo no he firmado este contrato para gastarme el dinero a lo tonto.
Que pague la empresa el apadrinamiento del pingüino de las narices.