Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 9. Iris
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9. Iris

El mánager de Gabrielle, o también conocido como «su lameculo», nos explica, con una energía envidiable y como si fuera un director de cine, lo que debemos hacer en nuestra tercera cita, con mis compañeros de piso como actores, que se han ofrecido como voluntarios para imitarnos.

Hasta se han puesto pelucas para que la escena luzca más creíble, que no sé de dónde las han sacado y prefiero no preguntar.

Axel ha elegido una melena morena para fingir ser la francesa y Dani, una rubia para convertirse en mí; los dos idiotas se lo están pasando de lo lindo.

¿No tienen nada mejor que hacer hoy? Que se vayan a dar un paseo romántico dominguero.

—Perfecto, chicos. —Lucien aplaude a los actores cuando se dan el esperado beso, sentado cada uno en un cojín, en el suelo, como si fuera la playa; después, se gira hacia nosotras, que estamos viendo el espectáculo desde el sofá—. ¿Habéis entendido lo que tenéis que hacer?

—Por supuesto —interviene Gabrielle, presumida, levantándose de repente, y su mánager nos avisa de que es nuestro turno; yo también me pongo en pie, desganada.

¿En serio los famosos que simulan tener una relación frente a la prensa deben hacer estas absurdeces?

Creo que me he equivocado de profesión. Me tendría que haber metido en alguna ingeniería; ahora mismo estaría cobrando una pasta en algún país extranjero, sin ser un personaje público y no pagando un precio tan alto por dedicarme a la música.

—Estoy harta de la vida —suelta Dani, con expresión de gruñón porque sigue interpretando mi papel—. Quiero una cerveza y emborracharme.

—Clavadito a mí, vamos. —Le arrebato la peluca rubia con brusquedad y se la estampo contra el pecho para que deje de hacer el imbécil.

—Oh, là, là, puturrú de fuá —suelta Axel imitando a la francesa, ya sin su peluca. Ella lo mira con cara de estreñida y Lucien les ríe la gracieta a ambos.

Que tiemblen los cómicos actuales, porque esos dos les van a quitar el puesto y serán los próximos mejores comediantes de la historia.

Gabrielle y yo nos ponemos cada una al lado de la otra, frente al director de este circo, y mis amigos se acomodan en el sofá que hemos ocupado nosotras segundos atrás.

—Quítate los tacones, ma chérie —le pide Lucien a mi acompañante, señalando los zapatos con el tubo improvisado que ha formado con unos papeles enrollados—.

Debéis estar a la misma altura. —Hace una breve pausa, frunciendo los labios, mientras su vista nos recorre a cada una—. O casi casi a la misma altura.

—¿Estás queriendo decir que no voy a llevar estos taconazos a la cita? —exige saber la francesa con una mano posada en su pecho, patidifusa—. Son unos Louboutin.

—Vais a caminar por la playa, cariño, así que lo que menos te recomiendo es destrozar esa maravilla de mil euros con la arena.

Por poco me atraganto con mi propia saliva al intentar reírme y la francesa me dedica una mirada amenazadora.

—¿Mil euros? Pero si he visto tacones como esos en los mercadillos de Barcelona y en Shein cien veces más baratos —le digo, divertida, para meter cizaña—. Hasta yo tengo unos parecidísimos.

—No es lo mismo. Los míos son de calidad —me espeta, nada modesta.

Para que no nos enzarcemos en otra discusión sin sentido, Lucien le vuelve pedir, esta vez en una orden, que se descalce; ella se sujeta a mi brazo, primero con una mano y luego con la otra, haciendo presión en mi piel con sus uñas postizas kilométricas pintadas de azul, para mantener el equilibrio y no caerse al desprenderse de sus tacones.

A continuación, los coloca con cuidado en el suelo, no vaya a ser que se rompan si los revolea de cualquier manera, y se queda con los pies al aire libre.

Deduzco, por su semblante repleto de repulsión y el análisis que le está haciendo a las baldosas, que no le entusiasma no llevar zapatos por si sus plantas se ensucian de absolutamente nada, porque el robot aspirador sigue paseándose por el apartamento con el testículo depilado encima.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta la señorita—. ¿Nos sentamos en los cojines?

—No, quiero ver cómo os desplazáis cogidas de la mano —le contesta Lucien, y yo enarco una ceja porque no sabía que también había que sacarse una carrera para pasear agarrada de la mano de una persona, algo que ya hicimos antes de ayer conforme nos escapábamos—.

Porque, antes de adentraros en la playa, debéis caminar por el paseo, como hacen todas las parejas.

—Todas, todas, no —interviene el mamón de Dani, que siempre se tiene que meter en todo aunque no le incumba, y centramos nuestras miradas en él—. Que yo voy por la calle agarrado al brazopolla de Axel, no de su mano. —Y le da un par de palmadas al brazo del aludido, que se echa a reír.

—¿Brazoqué? —inquiere la francesa.

No pienso ser yo la que le explique el significado de ese término que se ha inventado mi amigo.

Lucien les ordena al par de teleñecos que mantengan la boca cerrada y que no se les ocurra interrumpir nuestra actuación, y nos indica a Gabrielle y a mí que andemos de un lado a otro del salón sin soltarnos las manos, como si estuviéramos haciendo un pase de modelos.

Qué cruz. Jamás había imaginado que me caerían tan mal unos franceses.

Gabrielle extiende su brazo hacia mí, sonriéndome de oreja a oreja; yo dejo escapar un suspiro de fastidio y le tiendo mi mano para entrelazarla con la suya.

Comenzamos a caminar por el pequeño hueco libre que hay entre el mueble de la tele y la mesita de centro sin ninguna sincronización, pasamos por detrás de un sofá y damos tres vueltas al salón.

Como las pisadas de la francesa son más rápidas y grandes, a pesar de que va descalza, me lleva casi a rastras, como si la estuviera persiguiendo un clan de asesinos en serie.

—Tronca, ¿a dónde vas con tanta prisa? —me quejo. Por el rabillo del ojo, advierto que Dani nos está apuntando con la cámara de su móvil porque está en una videollamada con Rober y Candela para que no se pierdan esta mierda—. Me vas a tirar.

Me siento estúpida haciendo esto.

—Iris tiene razón —declara Lucien. Gabrielle detiene sus zancadas de una manera tan abrupta que me choco contra su cuerpo—.

Debéis pasear con calma, la una pegada a la otra, intercambiando sonrisitas y hablando entre vosotras, no como si estuvierais huyendo de unos fans alocados, como hicisteis el viernes.

Además, con la cantidad de gente que habrá a esas horas, si vais escopetadas, os estrellaréis con más de una persona.

—Y, gesticulando con las manos sin soltar el puñado de papeles enrollados, añade—: Saldrán titulares parecidos a «las dos estrellas de la música empujan a una pobre abuela que paseaba con su andador por el paseo de la Barceloneta». Volved a intentarlo.

Las dos bufamos al unísono y Gabrielle le contesta a su mánager que hubiera descrito mejor lo que teníamos que hacer, pero yo, por joder, comento que lo ha explicado bastante bien con los otros dos como actores, a pesar de que no los haya atendido porque estaba jugando a un juego en el móvil y solo levantaba la cabeza cuando Lucien preguntaba «¿lo habéis entendido? ».

Cuando repetimos la escena, recorremos el salón más tranquilas mientras mantenemos una conversación superficial sobre la última peli que hemos visto; ella desconoce la que menciono sobre alienígenas, y a mí tampoco me suena la suya, que es francesa y de género romántico.

Como Lucien no se queda contento con nuestra interpretación porque asegura que parecemos dos robots y no nos hemos mirado ni sonreído, lo intentamos varias veces más.

Cinco, para ser exactos, con el mismo tema de conversación, y acabo harta del argumento de la maldita película francesa y con cero ganas de verla, porque ni siquiera está doblada al español y no me gusta estar pendiente de los subtítulos.

El lameculo nos deja como un caso perdido, escupe la típica frase española de «que sea lo que Dios quiera» y nos ordena que nos sentemos en los cojines del suelo, la playa improvisada.

Y, claro, los lapislázulis y Axel han estado descojonándose de la risa desde el sofá y la pantalla del móvil de Dani.

—Chicos, atención —interviene Dani—. Ahora viene la escena del beso.

—Ay, qué nerviosa estoy —oigo a Candela.

Le pido a Dani que me apunte con la cámara para que todos me vean y él me obedece. Les regalo una peineta y les suelto que se van a enterar cuando los pille.

Gabrielle y yo plantamos nuestro culo en un cojín como si fuera la arena y, con nuestros brazos rozándose, me preparo mentalmente para lo que viene ahora.

Nunca he planificado un puto beso. ¿Dónde se ha visto eso? Se supone que tienen que darse de forma espontánea, por sorpresa o en el momento adecuado. No es que sea yo la más romántica del mundo, pero estas tonterías son obvias.

Nos lo tendríamos que haber dado en el cine, así no estaría yo aquí hoy haciendo de marioneta. Pero se tuvieron que encender las putas luces…

Lucien interrumpe mis cavilaciones para soltar, con el rollo de folios señalando hacia nosotras:

—Preparadas, listas… ¡Acción!

La una ladea la cabeza hacia la otra con la nariz arrugada, acercamos nuestros rostros, cerramos los ojos… Y nos damos un pico fugaz, sin sentimiento.

—¡Fataaaaal! —exclama el insoportable francés pataleando—. ¡Parece que os están torturando!

Los mirones se ríen. Dani comenta que somos peor que dos niñas pequeñas jugando a los matrimonios; Axel, que hasta él les da mejores besos a sus gatas; Candela, que ha sido estafada; y Rober, que parece que estamos besando el ojete sin limpiar de un gorila.

—Podemos estar aquí toda la mañana, si queréis —vuelve a hablar Lucien abanicándose con los papeles—. A mí me da igual; no tengo nada más importante que hacer.

El panoli de Rober toma la palabra:

—Yo creo que, en realidad, quieren pasar más tiempo juntas, por eso fingen ser unas inútiles.

—Por eso se escaparon el viernes —añade Candela.

—¿Alguien puede echar a esos de aquí? —se queja Gabrielle con su acentaco de francesita—. ¿Por favor?

Axel, el único decente del grupo (o casi decente, porque también tiene lo suyo), les ordena a los demás, mediante el chantaje emocional, que se porten bien si quieren que a Lapislázuli le vaya bien en EuroStars y en la vida en general para que, dentro de unos meses, no se olviden de nosotros y acabemos pidiendo limosna en la puerta de un supermercado o de la iglesia.

Y sus palabras surten efecto, porque se quedan mudos durante el ensayo de los siguientes besos que me doy con Gabrielle: otros dos picos de menos de un segundo que no convencen a Lucien.

—Vamos a tomárnoslo en serio ya, que no tenemos cinco años —le digo a la francesa.

—¡Pero si eres tú la que se aparta! —me grita, superofendida, y se echa la melena hacia atrás en un gesto brusco con la mano—. Y la niña de cinco años lo serás tú. Yo soy una mujer adulta de casi veintisiete primaveras.

Otra cómica.

—¿Qué dices, petarda? —Enarco una ceja—. ¿Adulta? ¿Tú? —Se me escapa una carcajada—. Qué buen chiste. Además, la que se aleja corriendo eres tú.

Nos mantenemos la mirada la una a la otra como si estuviéramos en una competición.

—No puedo más con tanto estrés. Las dos sois igual de maduras que un bebé. Al final, voy a tener que pedirme la baja laboral —murmura Lucien suspirando—. Vamos a hacer un descanso de diez minutos; necesito tomarme un viscoelástico.

—Piscolabis —lo corrige Rober desde la pantalla del móvil—. Viscoelásticos son los colchones.

—¿Me estás llamando mentirosa? —me espeta Gabrielle, ignorando la explotación laboral a la que tiene sometido a su pobre lameculo.

—Qué bien que lo hayas pillado. —La aplaudo sin interés—. Bravo.

Por un instante, pienso que se está preparando para abalanzarse sobre mí con la intención de enganchar sus uñas de Eduarda Manostijeras en mi pelo.

Sin embargo, lo que de verdad hace es atrapar mi rostro entre sus manos para que yo no tenga escapatoria, aproximar su cara a la mía y juntar nuestros labios de una forma tan directa e intensa que me parece una salvajada.

Yo me obligo a cerrar los ojos y a seguirle el beso, solo para no ganarme otra regañina de Lucien, que confío en que se quede satisfecho ya para terminar con este espectáculo cuanto antes.

Nuestro público permanece callado durante el milenio en el que la francesa y yo actuamos.

Cuando nos despegamos de la boca de la otra, sin mirarnos siquiera y con las mejillas ardiendo, posamos nuestra vista en Lucien para descubrir su sonrisa de orgullo, aunque continúa sin estar contento porque le pone un «pero» a nuestro beso.

—Muy bien, chicas, pero procurad hacerlo menos apasionado, por favor.

Os aconsejo que sea más suave, que tampoco queremos que los periodistas os manden a un hotel.

—Y dibuja unas comillas en el aire para agregar—: «Las dos estrellas de la música, a punto de practicar escenas indebidas en un sitio público».

Joder, siempre está poniendo pegas. Es imposible complacer a este hombre. Todo le parece mal.

Por último, se gira hacia nuestro público, formado por teleñecos, y suelta:

—¿A quién le tengo que pagar los doscientos euros para la apuesta?