Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 6. Gabrielle #2
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6. Gabrielle #2

Iris suelta la cucharilla en la taza, provocando un sonido ensordecedor, y me contempla con tranquilidad para contraatacar, hablándome en catalán.

Yo no tengo ni idea de lo que dice, pese a que esa lengua se parezca a la mía, y le contesto en francés que eso que acaba de soltar lo será ella, por si acaso es un insulto, pero se vuelve a reír.

—Sácate la patata de la boca, anda, que no se te entiende —se burla de mí, ya en español.

Vuelvo a respirar hondo para no discutir con ella, porque estamos «enamoradísimas», cosa muy poco creíble, ya que no me fijaría nunca en una chica como Iris.

—Te estamparía algo contra la cabeza —declaro, supersonriente—, pero tus fans me apedrearían y este paripé no serviría para nada.

—No sabía que los franceses erais tan agresivos.

—La agresividad nos la habéis pegado los españoles —replico, y nuestras miradas se lanzan navajas la una a la otra, pero las comisuras de nuestros labios continúan curvadas hacia arriba.

Y nos enzarzamos en una pelea, aunque esta vez no sea física, sino dialéctica: ella critica a los franceses, afirmando que somos arrogantes, estirados, aburridos, maleducados, más serios que los empleados de las funerarias, que estamos todo el día zampando cruasanes, que nuestra comida es una mierda, que nuestro idioma es horroroso e impronunciable, que le tenemos miedo al aire acondicionado y que no nos duchamos; yo enumero los comportamientos que me ponen nerviosa de los españoles, como que siempre hablan a gritos, son desordenados, vagos e impuntuales, siempre están de fiesta y echándose la siesta, que están obsesionados con las sevillanas y los toros, que no respetan el espacio personal y que los catalanes, como ella, son unos tacaños.

Otro día le enseñaré lo equivocada que está con todo lo que ha vomitado sobre mis paisanos.

Mientras parloteamos con tanta pasión, nos interrumpen varios clientes de la cafetería y viandantes que nos han visto por la ventana para hacerse una foto con nosotras.

Cuando desaparecen, continuamos con nuestra batalla hasta que recibo un mensaje de Lucien, avisándome de que lleva quince minutos esperando fuera para recogerme y de que ha visto a la prensa.

—Es la hora de irnos —le digo a la rubia.

—Por fin. —Suspira por enésima vez, poniendo los ojos en blanco—. Se me ha hecho eterno este desayuno.

Pagamos cada una nuestra consumición (yo me pido otro café, pero para llevar) y terminamos nuestra cita con un selfi de las dos juntas para subirlo a Instagram dentro de un rato.

Por último, nos despedimos en la salida con un frío abrazo de tres segundos que me produce incomodidad, pero antes de que cada una se vaya por su lado, una manada de paparazis nos aborda con sus micrófonos y nosotras nos separamos para atenderlos, cogidas del brazo.

—¿Pueden dedicarnos unos minutos?

—¿Qué hacen juntas? ¿Son amigas?

—¿Ya han arreglado el asunto de la otra noche?

—¿Ha olvidado a Gaston Moreau? —me pregunta un periodista solo a mí.

—Tenemos entendido que Iris es lesbiana y Gabrielle, bisexual. ¿Ha nacido el amor entre vosotras?

—¿Os gustan los macarrones con tomate?

—¿Eres rubia natural o de bote? —le pregunta otro a Iris.

Estoy a punto de decir algo cuando «mi chica» se me adelanta:

—Rubia de bote y chocho morenote. —Y les guiña un ojo.

Algunos paparazis se ríen y otros se quedan patidifusos ante esa respuesta. Le doy a Iris un puntapié con disimulo, y ambas sonreímos tanto que parece que nos hemos puesto un alambre en la boca.

—¿No ha pensado en teñírselo también? —quiere saber una periodista extendiéndole el micro a Iris.

—¡Oiga, por favor! —exclamo yo, porque mi acompañante es capaz de seguirle el juego—. ¿Qué clase de pregunta es esa?

—¿Son ciertos los rumores que acaban de salir de que sois pareja? —inquiere otra garrapata.

Qué pronto hacen sus suposiciones… ¡Si solo nos han visto una hora juntas!

—No vamos a hacer declaraciones —les contesto, alisándome un mechón lateral con la mano para hacerme la interesante mientras Iris sigue enseñándoles los dientes—. Nos tenemos que ir, que nos está esperando nuestro chófer. ¿Nos dejáis pasar? Gracias.

Los paparazis se quitan del medio y las dos avanzamos por la acera agarradas del brazo, aunque Iris despidiéndose de ellos con la mano libre sin dejar de mostrar su dentadura.

—¿Quieres dejar de sonreír así, que pareces la novia de Chucky? —le susurro.

Rubia, con su estatura y esa sonrisa de muñeca del terror, sería perfecta para protagonizar esa película.

—Mejor me guardo a quién te pareces tú, que no quiero ofenderte. —Se suelta de mí cuando llegamos hasta mi coche, con Lucien aguardando dentro—. Me voy con Rober, que está esperándome con la Harley. Nos vemos en nuestra próxima función, amor mío.

Desvío mi vista hacia los aparcamientos de las motos y, efectivamente, está ese melenas allí, mirándonos. Nos saluda con la mano y con una sonrisa, pero la de él se asemeja a la del propio Chucky.

—Chao, querida —le digo.

Iris se aleja, pero empeñada en decirles adiós con la mano a los reporteros sin borrar esa sonrisa de Tiffany Valentine.

Qué desastre de cita.

—Se os veía muy cómodas —suelta Lucien en cuanto me meto en el coche—. ¿Os habéis jurado amor eterno ya?

—¿Quieres una bajada de sueldo? —inquiero, estresada.

Mi amigo se pasa una cremallera invisible por los labios y arranca el vehículo.