6. Gabrielle
En cuanto me apeo de mi coche, echo un vistazo a lo que me rodea por si diviso a esa rubia, y la encuentro a unos metros de distancia, dirigiéndose a la entrada de la cafetería tras despedirse del melenudo en los aparcamientos de las motos.
—Vendré a recogerte dentro de una hora, ma chérie —me dice Lucien, y me da una abrazo—. Diviértete.
¿Divertirme?
Me río, sarcástica.
—Muy gracioso.
Me lo voy a pasar pipa con una novia de mentira a la que apenas conozco y con la que tendré cero cosas en común.
Dejo atrás a mi amigo y, ahora sí, respiro hondo y me encamino hacia la cafetería, donde la rubia me espera con la espalda apoyada en la fachada, de brazos cruzados.
—Buenos días, querida —la saludo con una sonrisa simulada cuando me detengo delante de ella, pero agacho un poco la cabeza para mirarla, ya que con los tacones soy unos centímetros más alta y nunca he salido con nadie que mida menos que yo—.
Ay, qué mona, con trencitas. —Me tomo las confianzas para coger una, que la tenía descansando en el lado izquierdo del pecho, y lanzársela a la cara—. ¿Entramos? Me muero de hambre.
Ella cierra los ojos al recibir el trenzazo y toma aire; yo soy la primera en adentrarme en el establecimiento.
—Va, venga, acabemos con esta mierda cuanto antes —oigo su voz detrás de mí, y suelta todo el aire con hartazgo.
Con las tremendas ganas de vivir que tiene esta mujer, va a ser complicadísimo que nuestra relación sea creíble.
Me quito mis gafas de sol con forma de corazón y me paro en seco para estudiar el interior de la cafetería y buscar el mejor sitio; Iris se choca contra mi espalda y escupe una maldición.
Según los consejos que me ha dado Lucien, tenemos que sentarnos en una mesa alejada de los demás, pero al lado de una ventana, donde se nos vea perfectamente desde la calle y llamemos la atención de los viandantes y de algún paparazi desesperado, buscando una víctima a la que fotografiar para dar la primicia.
—¿Qué tal allí? —Le señalo una esquina en la que hay una mesa libre, al lado de la cristalera que da a la calle—. Estaremos visibles para todo el mundo.
Ella desvía la mirada hacia donde le digo y se encoge de hombros, indicándome que le da igual.
A continuación, nos paseamos por media cafetería hasta llegar a esa mesa y, por el rabillo del ojo, advierto unas cuantas cabezas girarse hacia nosotras para mirarnos, pero no sé si es porque nos han reconocido, porque somos un dúo bastante peculiar o por ambas razones.
Tomamos asiento, la una enfrente de la de la otra. Ella cuelga su abrigo en el respaldo de la silla y yo hago lo mismo con mi americana; el bolso lo coloco a un lado para que no nos estorbe.
—¿Y ahora qué hacemos? —inquiere Iris con una mano apoyada en una mejilla y el codo en la mesa, como si le aburriera nuestra cita.
Enarco una ceja, anonadada.
—¿Cómo que qué hacemos? —le espeto, sentada con la espalda superrecta y las manos posadas sobre la mesa para fingir interés y seguridad—. ¿No te has mirado el guion que ha preparado Lucien para la cita de hoy?
—¿Tú te crees que yo tengo tiempo para estudiarme esa gilipollez con la cantidad de cosas que tengo que hacer?
Dudo que tenga más cosas que hacer que yo. Ella solo se dedica a aporrear una guitarra; yo, a cantar, bailar y escribir mi biografía.
Una camarera se acerca a nosotras y nos interrumpe para tomarnos nota; yo me pido un café con leche y nata montada, un zumo de naranja recién exprimido y un cruasán; e Iris, un chocolate caliente con un gofre de Nutella.
—¿Con la cantidad de cosas que tienes que hacer te refieres a tener sexo esporádico con alguien? —le pregunto con algo de inquina cuando la camarera nos deja a solas.
Y eso que una de las cláusulas es la de no quedar con otras personas durante estos meses de relación por si alguien nos ve. Por muy discretas que seamos, siempre hay algún paparazi acechando o un fan escondido.
Iris se echa a reír.
—¿Qué dices? Yo no he…
—Tienes un chupetón del tamaño de una pelota de baloncesto en el cuello. —Apunto con mi dedo la zona que menciono y ella se la tapa con la mano al instante, avergonzada—. ¿O me vas a decir que te ha picado una viuda negra?
—No, es cierto. He pasado la noche con una chica.
Le dedico una sonrisa falsa.
—Sabes que has infringido una de las normas más importantes, ¿verdad?
A mí me da igual lo que haga en su vida privada, pero si hemos puesto unas reglas, hay que cumplirlas, que este plan no solo me incumbe a mí, sino a ella y a su banda.
—Nadie tiene por qué enterarse —me dice—. Tú también puedes hacer lo que te dé la gana con tu vida. Somos adultas.
Inhalo y exhalo con brusquedad, porque esta chica aún no ha entendido por qué no nos podemos ver con otras personas. Sin embargo, no voy a enfadarme con ella, porque debo mantener mi actitud alegre ante las miradas curiosas.
La camarera, que no pasará de los dieciocho años, regresa con nuestro desayuno, pero se equivoca al colocarlo; a mí me pone el chocolate caliente de la rubia y a ella, mi preciado café. En lugar de marcharse, se nos queda mirando con el ceño fruncido y, segundos después, nos reconoce.
—¡Vosotras sois las que os peleasteis en público el otro día! —exclama, ilusionada por haberse encontrado con las dos famosas del momento—. Ya decía yo que me sonaban vuestras caras.
—Sí, somos nosotras —soy yo la que le responde de lo más sonriente, e Iris suelta otro suspiro.
—¡Ay, qué ilusión! Soy muy fan de las dos y me reí muchísimo con la escena de la otra noche. Fue épica.
Por culpa de ese maldito episodio y de la rubia que tengo sentada enfrente, estamos aquí. Si no hubiera sido yo una de las implicadas, también me habría reído, porque debo admitir que fue muy cómico.
—Ya ves —interviene Iris mirando a la camarera para agregar, marcándose un chiste que a mí no me causa ninguna gracia—: Estaba deseando dejarla en bragas, pero no era el sitio adecuado delante de tanta peña.
Esas cosas hay que hacerlas en privado. —Ladea la cabeza hacia mí y posa una mano sobre la mía, en la mesa, para acariciarme el dorso—. ¿Verdad?
La camarera considera divertido lo que ha dicho y se ríe a carcajadas. A mí me visita el reflejo de apartar la mano porque no me esperaba este gesto, pero obligo a mi cerebro a ignorarlo y permanezco como una estatua.
—Eh, claro —logro contestar, acompañada de una risita nerviosa.
Tendríamos que haber ensayado estas muestras de afecto antes para que no me hubiesen pillado por sorpresa.
—Os pediría una foto —vuelve a hablar la chica—, pero no tengo el móvil a mano; está prohibido usarlo en horas de trabajo. —Y bajando la voz para que nadie la oiga, añade—: Mi jefe es un marimandón.
Tras eso, nos dice «que aproveche» y se marcha para continuar trabajando, porque tampoco puede estar de cháchara con los clientes.
Recupero mi mano con rapidez e intercambio el chocolate caliente por mi café.
¿Cuándo se me ha visto pedir algo que no sea café? Si esa chica era tan fan mía, hubiera sabido que era para mí y no se habría equivocado.
Lo achacaré a sus nervios.
Iris carraspea, removiendo su chocolate con una cucharilla, y suelta, con un deje de ironía en su tono de voz y sin mirarme:
—Lo de cogerte de la mano lo he hecho para que no pienses que no me lo estoy tomando en serio, cariñito mío.
—La próxima vez que te pongas cariñosa, avísame para que me prepare mentalmente. —Le dedico otra sonrisa artificial cuando alza su vista hacia mí y le da un sorbo a su chocolate.
Mis palabras le resultan ingeniosas porque casi escupe el contenido en la taza al intentar reírse.
Después, damos paso a nuestra interpretación, siguiendo el guion que me he aprendido de memoria, aunque explicándole lo que tenemos que hacer, porque leerse cuatro frases es demasiado trabajo para ella.
Le hago una foto a nuestros desayunos, otra a Iris comiéndose su gofre «sin que se dé cuenta» y una última con nuestras manos entrelazadas sobre la mesa; la mía, con unas uñas postizas moradas larguísimas y la suya, con las uñas cortas pintadas de negro.
Tenemos vetado echar un vistazo a la calle, pero ella se salta esa norma para mirar varias veces por la cristalera sin disimulo e informarme de que no ve a ningún paparazi, aunque yo le respondo que estarán escondidos.
El siguiente paso del teatro es hacer que el tiempo transcurra mientras seguimos desayunando y fingimos que hablamos de trivialidades.
Lucien nos ha recomendado que nos inventemos algún tema de conversación que nos interese a las dos para conocernos más, pero yo no sé cuál proponerle a esta chica, porque siento que no tengo nada en común con ella, aparte de que las dos somos mujeres que se dedican a la música.
Y tampoco es que ella esté muy por la labor de charlar, por su expresión apática conforme le da vueltas con la cuchara a lo que queda de su bebida.
Carraspeo.
—Bueno… —Repiqueteo con las uñas en la mesa y sus ojos grises se centran en mí—. Tendremos que hablar de algo y conocernos la una a la otra hasta que sea la hora de irnos, ¿no?
—Empieza tú con el monólogo. Te escucho. —Hace un ademán con la mano, animándome—. Yo soy muy poco habladora si todavía no he pillado confianza y si no estoy borracha.
—¿Es mi impresión o tienes una pequeña obsesión con el alcohol? Porque aquella noche ibas un poco… —Hago memoria para intentar recordar algún término que usen los españoles y me aventuro a decir, dudosa—: ¿Pipiri?
Se le escapa una carcajada.
—Piripi, mendruga. Menudo acento tienes. —Niega con la cabeza y murmura para sus adentros—: Pipigi, dice la gabacha.
¿Se está riendo de mi manera de hablar la españolita alcohólica?
Le dedico otra sonrisa falsa.
—Yo, por lo menos, sé idiomas, no como los españoles, que no sabéis comunicaros ni en el vuestro.