5. Iris #2
—Aparta, tía. —Me cuelo entre el diminuto hueco que ha dejado entre la puerta y ella, como si fuera un ninja, y voy directa al baño—. Rebusca en tu armario algo que me pueda servir. Date prisa, que me voy a duchar.
—Buenos días y todo eso, corazón —es lo único que me dice, somnolienta.
No puedo perder el tiempo. Me quedan cuarenta minutos para la «cita».
Conforme me doy una ducha rápida, los dos hermanos entran en el servicio (Candela, con la ropa que me va a prestar y el otro, para unirse al cotilleo) y quieren saber dónde he pasado la noche, porque estoy la mar de estresada.
Les cuento que he follado con una chica que conocí ayer en un bar, que me quedé frita en su casa, que se me ha echado el tiempo encima y que ni siquiera me acordaba del teatro con la franchuta.
—No habéis tenido ni la primera cita y ya le estás poniendo los cuernos a la pobre gabacha —comenta Rober fingiendo decepción—. Eso está fatal.
—¿Vas a ver más veces a la del bar? —interviene Candela; yo los estoy escuchando con la mampara de la bañera de por medio—. Porque ya sabes que te esperan tres largos meses de no verte con nadie y de celibato.
—O no. —A Rober se le escapa una carcajada—.
No sabemos si la farsa con la del tutú acabará en otra cosa.
Dicen que el roce hace el cariño, ¿no? Yo he hecho una apuesta con Bruna y Dan; ella ha votado que no acabarán juntas y Dan y yo, que sí.
Doscientos euros cada uno, por si os interesa apuntaros.
¿Cómo que una apuesta?
—¿Y por qué no estoy participando yo? —suelta la otra.
—Si quieres apostar, tienes que darle los doscientos euros a Axel, que es el más responsable, para que los guarde en una caja con candado.
Ten amigos para esto…
Cierro el grifo y rodeo mi cuerpo con una toalla, desde el pecho hasta las rodillas, y salgo de la bañera para plantarles cara a estos sinvergüenzas.
—Los que habéis votado que vamos a acabar liadas vais a perder doscientos euros por la cara —le espeto a Rober dándome palmaditas en la mejilla derecha.
—¿Quieres apuntarte tú también? —me pregunta con una sonrisilla chulesca—. Como estás tan segura…
Candela se echa a reír.
—No —respondo, tajante, y hago un ademán con la mano hacia la puerta—. Y largaos de aquí, que me tengo que vestir.
Los dos se esfuman del servicio y, quince minutos más tarde, ya estoy lista: un jersey rojo y una falda corta y plisada de cuero de Candela, y mis botines y mi abrigo.
Me despido de mis amigos (Candela se ha vuelto a meter en la cama y Rober está asomado al balcón, en calzoncillos y mirando a la gente pasar) y me prometen que estarán atentos a las redes sociales por si se llenan de fotos mías con la francesa en nuestra ridícula cita.
Antes de marcharme, miro las llaves que hay en el mueble del recibidor y me debato conmigo misma sobre en qué vehículo ir: si en el coche de Candela o en la moto del otro.
Frunzo los labios. Con el coche tardaría más y me comería algún que otro atasco; la moto es más veloz y se puede adelantar a cualquiera con facilidad, pero es más peligrosa y demasiado grande para mí.
Rober no podía haberse comprado una scooter normal y corriente, no; tenía que pillarse una Harley gigante.
Y, como si se hubiera percatado de mis intenciones, el aludido aparece en el recibidor, totalmente vestido.
Bueno, no es que haya tardado mil años en ponerse cuatro trapos viejos.
—¿A dónde vas? —le pregunto poniéndole ojitos mientras atrapa su melenaza en una coleta—. ¿Vas a coger la moto? ¿Te importa acercarme a mi cita de mentira? Voy con la hora pegada al culo.
—Voy al gimnasio, pero ya que me lo propones, voy a llevarte a tu cita para marujear y mostrarte mi apoyo para que esta relación funcione —me responde con una amplia sonrisa.
—Pues vamos.
Espero que tenga cuidado conduciendo ese cacharro y no sea como el tonto de Dani, que se ha sacado el carnet hace poco y casi nos estampa contra una farola el otro día. No tuvimos que llevar el coche de Lapislázuli al taller de milagro.
En menos de diez minutos llegamos a la cafetería y solo quedan cinco para que el reloj marque las nueve y media.
Me bajo de la moto, me quito el casco y analizo mi entorno por si veo a la francesa, a algún paparazi o a alguien que pueda reconocerme.
Sin embargo, a estas horas de la mañana, todo el mundo va a su bola; algunos irán de camino a sus trabajos y otros, de llevar a sus hijos al colegio.
Rober, que también se ha bajado de la Harley, me da un codazo y hace un ademán con la cabeza hacia la carretera.
—Ahí están Pili y Mili.
Miro hacia donde me señala y advierto, en el aparcamiento reservado para los camiones que descargan mercancía, un pedazo de Lamborguini morado.
Lucien, vestido con un escandaloso traje amarillo pollo que contrasta con su piel morena, se apea del asiento del conductor y da la vuelta al coche para abrirle la puerta a la otra, que está ocupando el del copiloto; nosotros aún estamos parados en los estacionamientos de las motos.
—¿Han venido en el coche de la Barbie? —le susurro a Rober sin apartar la vista de ellos, y él ahoga una risita.
—Menudo cuadro de mamarrachos.
Ella lleva una americana celeste con una blusa blanca debajo, vaqueros, taconazos de aguja y una boina de estilo francés adornando su cabeza. La guinda del pastel son las gafas de sol con forma de corazón pegadas a la cara.
¿Hasta para comprar el pan se vestirá tan elegante?
Los periodistas no van a tardar en brotar de entre las piedras, porque esos Maripilis son de todo menos discretos.
—Me voy a la matanza. —Le devuelvo a mi amigo el casco y me pongo de puntillas para plantarle un beso en la mejilla—. Gracias por traerme.
—Mucha mierda.
Suspiro, con la vista clavada en esos dos, y me armo de valor para comenzar a caminar hacia la entrada de la cafetería.
Son solo tres putos meses y podré tachar la mayoría de puntos de mi lista.
Paciencia.