Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 5. Iris
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5. Iris

Los dos franceses terminan de parlotear en la cocina y aparecen en el salón, sujetando unas bandejas con cafés y algunos dulces, que las colocan en la mesa de cristal donde estoy sentada. Bruna les ordena a los demás que tomen asiento y ellos obedecen para no perderse el salseo.

El tal Lucien se encarga de repartir las tazas humeantes y le propone a la gabacha, que se ha quitado su horrendo pijama de seda para vestirse de diva, que ocupe la silla libre de mi lado, en un extremo de la mesa, porque dice que las dos somos las protagonistas; en el otro extremo se sientan los dos representantes para presidir la reunión, no sin antes plantarnos unos papeles grapados a cada artista.

Es el contrato del circo y el planning de los próximos meses. Fabuloso.

Durante una hora que se me pasa lentísima, Lucien, paseándose por nuestro alrededor porque no puede estarse quieto, nos explica una a una las millones de cláusulas que están escritas en los dichosos papeles, como si fuéramos tontos y estuviéramos en un juicio, ya que afirma que es abogado y le debemos hacer caso.

Varios bostezan por el aburrimiento y, para no dormirse, se hinchan a cruasanes (la francesa y yo no probamos ni un bocado y solo le damos pequeños sorbos a nuestro café); en cambio, Bruna se queda frita con los brazos cruzados y da unas cuantas cabezadas.

En resumen: Gabrielle y yo tenemos que fingir ser la pareja más envidiable frente a las cámaras, publicar fotos en las redes sociales, asistir como novias a los eventos donde nos inviten y pasar tiempo juntas para que esto sea creíble.

Los otros lapislázulis tampoco se libran de las normas: ser discretos y no contarle nada de esta mentira a nadie, y mucho menos a la prensa cuando les hagan preguntas para obtener información valiosa sobre nosotras.

Además, la francesa y yo tenemos prohibido quedar con otras personas (romántica y sexualmente hablando) hasta el último día del contrato: el uno de junio de 2024, dos semanas después de la celebración del festival de EuroStars y del lanzamiento del disco de la gabacha, que será cuando anunciemos nuestra ruptura mediante un comunicado en Instagram.

—Pobrecita, tiene que practicar el celibato y todo —comenta Candela refiriéndose a mí—. Su Satisfyer de once velocidades echará humo y le pedirá unas merecidas vacaciones cuando esto se termine.

—Se sacrificará por el éxito de Lapislázuli —interviene Rober—. Es su deber.

—Yo intentaré no hacer ruido en casa con Axel para que no sienta envidia —se une Dani.

Los tres interactúan entre ellos en tono jocoso, como si yo no estuviera presente. ¿No estaban medio dormidos? Ha sido sacar este tema y abrir los ojos como unos búhos. Qué cabrones son.

—Me vais a deber una muy gorda con esto que voy a hacer por la banda —digo mirándolos a los tres con seriedad.

La pava de mi lado no dice ni pío porque está concentrada en leerse con detenimiento el contrato, por si hay alguna cláusula tramposa, algo imposible, puesto que lo ha redactado su querido mánager con Bruna.

—Dicho esto… —sigue hablando Lucien, que da una fuerte palmada en el lado de la mesa de Bruna para que se despierte, y ella da un respingo—. Vamos a proceder a hacer una votación.

—Ah, sí —suelta Bruna con voz adormilada—. Quien esté de acuerdo con este teatro, que levante la mano. —Y es la primera en alzar la suya.

Dani, Rober y Candela la imitan sin despeinarse siquiera, igual que Lucien, y cinco pares de ojos se detienen en nosotras. Tras unos segundos de intriga, Gabrielle levanta la mano, esbozando una sonrisa.

¿Qué? ¿Cómo que le parece bien?

No entiendo a esta tía; pensaba que le hacía la misma gracia que a mí participar en este espectáculo. ¿Lo hace por más dinero y más fama? ¡Si su carrera musical está más que consolidada!

Ahora, los presentes me miran solo a mí, esperando alguna reacción por mi parte.

—Votos en contra —suelto, y alzo la mano, molesta—. Yo.

No va a servir de nada, pero lo importante aquí es que sepan que no estoy de acuerdo en sacrificarme por ellos como si fuera Jesucristo o un pavo de Navidad, y mucho menos tirarme tres meses sin sexo como una monja de clausura.

—Perfecto. —Lucien aplaude, superfeliz—. Seis contra una. Ganamos por mayoría.

—Venga, firmad ya, que no tenemos todo el día —nos ordena Bruna.

Todos dibujan su autógrafo en el contrato sin rechistar, incluida la francesa, y a mí no me queda más remedio que hacer lo mismo, resignada. Después, abandonamos nuestros asientos y Gabrielle extiende su brazo hacia mí, sin borrar su falsa sonrisa.

—Será un placer ser tu novia de mentira —manifiesta, y yo permanezco con el rostro inexpresivo.

—Una lástima que yo no pueda decir lo mismo.

Y nos estrechamos las manos.

—¿Nos hacemos la primera foto para empezar a generar expectación?

Acepto a regañadientes y Gabrielle coge su móvil, protegido por una funda de peluche con el diseño de la piel de un leopardo.

Nos juntamos más de lo necesario y estira el brazo para que la cámara capte nuestras caras; ella, de lo más sonriente y yo, intentando forzar una estúpida sonrisa con la que parece que me estoy aguantando un apretón, mientras escucho de fondo las risitas de los demás.

—¡Vivan las novias! —exclama la capulla de Candela.

—¡Vivan! —gritan los demás al unísono.

Yo les muestro el dedo corazón y les respondo que se vayan a tomar por culo.

La incansable vibración de un móvil me despierta y se me escapa una maldición. Sin abrir los ojos, extiendo el brazo derecho para localizar el dichoso aparato, pero mi mano solo palpa el cuerpo de una persona humana y su cabello rizado.

Esto no es mi teléfono, sino la tía de ayer.

Estiro el otro brazo hacia mi izquierda y doy con la mesita de noche. Cojo mi móvil, que continúa vibrando, y me fijo, con la mirada entrecerrada, en que me está llamando Bruna.

¿Qué quiere esta mujer ahora? ¿Y por qué no puse el teléfono en silencio?

Descuelgo la llamada y me llevo el aparato a la oreja.

—¿Qué pasa ya? —le contesto con voz pastosa, sin ganas.

—Recuerda que, dentro de una hora, tienes tu primera cita romántica con Gabrielle Leroux.

¡Hostias! ¿Ya es miércoles?

—¡Ahí va! —Me incorporo de repente sobre el colchón; la tía de mi lado, que no me acuerdo de cómo se llama, ni se inmuta.

—Espero que te estés preparando y no estés tirada en la cama con alguna chica —me habla Bruna con voz neutra pero conociéndome a la perfección—.

Es bastante probable que haya prensa; no te pueden ver en público con otra persona que no sea Gabrielle ni saliendo de casas ajenas. Cuidado con lo que haces.

Mis neuronas se acaban de poner en estado de alerta.

—¿Por quién me tomas? —me hago la ofendida—. Te prometí que me iba a tomar este paripé en serio. Por Lapislázuli.

—Más te vale que a las nueve y veintinueve estés entrando por la puerta de la cafetería donde has quedado, si no, te las verás conmigo.

—Tras esa sutil amenaza, me cuelga para volver a dormirse, porque su tono de voz sonaba más bajo de lo habitual y le faltaba la energía de Rottweiler que la caracteriza.

Compruebo la hora en la pantalla y descubro que son casi las ocho y media, por lo que me faltan cincuenta y nueve minutos para la «cita» y ni siquiera estoy en mi casa; lo sé, porque esta habitación en la que me he despertado, con las paredes pintadas de color salmón y muebles de estilo vintage, no es la mía.

Salgo con sigilo de esta cama para no despertar a mi ligue de anoche, que está en pelotas, como yo, y rebusco mi ropa entre las prendas que hay tiradas en el suelo. Con mis pertenencias en las manos, camino de puntillas hacia la puerta del dormitorio.

Está bastante feo que me vaya sin despedirme de la chica con la que he tenido sexo, pero tengo prisa y respeto el sueño de la gente. Yo, si estuviera en su lugar, me cabrearía si una desconocida a la que solo he visto una vez me despertase.

Y si lo hiciera un conocido, también. Para qué voy a mentir.

Sin embargo, para no sentirme como una mierda y evitar que piense que soy una cabrona cuando regrese del quinto sueño, aborto mi huida durante los segundos que tardo en coger de su cómoda uno de los tiques del Ikea y un bolígrafo y escribirle que lo siento, pero que me ha surgido un imprevisto, y que nos veremos otro día, lo cual es mentira, porque no hemos intercambiado nuestros números.

En el pasillo, me visto todo lo rápido que puedo y desaparezco de este apartamento y este bloque de pisos.

Reconozco la zona de Barcelona donde estoy (demasiado lejos de mi casa), así que, con mis gafas de sol puestas, dos trencitas y la capucha del abrigo tapándome la cabeza, corro hasta la parada de metro.

Como el tren está a punto de irse sin mí, me cuelo en él cuando falta poco más de lo que mide mi cuerpo de ancho para que se cierren las puertas.

He estado a punto de morir espachurrada. Menuda muerte más trágica hubiera sido.

Ninguno de los viajeros se me queda mirando más de lo debido (supongo que les habrá generado interés que una loca se haya metido en el metro de esa forma) y deduzco que no me han reconocido con mis pintas de incógnito.

Me sujeto a la barra, deseando pasar desapercibida durante el resto del trayecto, e ignoro el mensaje que me ha enviado Bruna para saber cómo lo llevo.

Aguardo a que este cacharro se detenga en la parada más próxima donde se encuentra el edificio donde viven Candela y Rober, porque no tengo tiempo para ir a mi casa ni a la de mis padres para adecentarme; la que me pilla más cerca es la de mis amigos.

Cuando el tren se para en mi destino, entro por el portal abierto y subo las escaleras de dos en dos. Me planto frente a la puerta y la aporreo con la mano abierta varias veces para que alguno de los dos, que estarán roncando, me abra.

—Hija, ¿de dónde sacas tanta fuerza a estas horas de la mañana? —Candela es la que viene a mi rescate, recién despierta, en bragas y vestida con una camiseta de Gerard que usa para dormir.