Las protagonistas de nuestra mentira (Lapislázuli nº 2) 4. Gabrielle
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4. Gabrielle

Voy a colapsar.

Han pasado tres días desde que sucedió el desastre mediático y las masas continúan con esta guerra tan absurda.

Al final, no publiqué ningún comunicado en mi cuenta de Instagram; era una tontería que no iba a servir para nada.

Lo único que he hecho ha sido tomarme un descanso de las redes sociales, que se han vuelto insoportables y parece que la gente no tiene vida, porque está pegada a una pantalla las veinticuatro horas del día.

Como Lucien, que se ha apalancado en la mesa del salón de mi chalet de Barcelona con el portátil, para planear con ilusión las citas de la supuesta relación que (no) voy a tener con la rubia y perdiendo su valioso tiempo.

El portero automático suena y me interrumpe mi quinto café del día, que me lo estaba bebiendo mientras miraba a un punto infinito de mi jardín, a través de la cristalera del salón.

¿Quién será? No espero a nadie ni quiero saber nada de ningún ser humano. Sigo autoconfinada en mi refugio por voluntad propia; incluso les he dado unos días de vacaciones al servicio doméstico.

Me doy la vuelta e intento intercambiar una breve mirada con mi amigo, con el ceño fruncido, pero él continúa dándole a la tecla sin parar.

—Abre —me ordena sin levantar la vista del ordenador—. Tenemos visita.

—¿Visita? —inquiero, extrañada—. ¿De quién?

El interfono vuelve a sonar.

—Abre y no preguntes.

Dejo mi taza en la mesa donde está adherido con pegamento mi amigo y me encamino hacia el recibidor en pijama.

En la pantalla del telefonillo, advierto quién es nuestra «visita», que de visita no tiene nada, y regreso al salón para cantarle las cuarenta a Lucien.

Me coloco frente a él y le bajo con brusquedad la tapa del portátil, de casi cuatro mil euros, para que se tropiece con mi semblante malhumorado.

Entonces suspira, se recoloca sus gafas de ver y alza la mirada hacia mí.

—Tienes que empezar a tomar menos cafés al día; no te sientan bien, cari.

—¡¿Por qué nuestra visita es un mensajero con un ramo de amapolas blancas que me ha enviado Gaston?!

—Porque tenemos que solucionar… —Reflexiona unos segundos, con el entrecejo arrugado, y yo pongo los brazos en jarras, en actitud defensiva—.

Espera… ¿Un mensajero? Esa no es nuestra visita.

—Se tapa la boca con la mano, anonadado—.

Con las amapolas blancas te está deseando el descanso eterno.

Nunca me dejará de sorprender ese chico.

De nuevo, el portero automático nos molesta.

—Echa a ese repartidor de aquí y no cojas las flores —exijo, y hago un ademán con la cabeza hacia el pasillo.

Sé que ese transportista solo hace su trabajo y no tiene la culpa, pero me he cabreado cuando le he preguntado por el remitente de las flores y me ha respondido «Gaston Moreau».

Lucien vuelve a levantar la tapa del portátil como si nada y se pone a teclear.

—Soy tu representante, no tu criado. Buena suerte y ten cuidado con los periodistas de ahí fuera.

—¡Estoy en pijama!

—Y yo, trabajando.

Suelto un bufido y doy un golpetazo en la mesa con las dos palmas.

Mi amigo comenta «ay, pero qué desquiciada está esta chica últimamente» y salgo escopetada y descalza hacia la cancela de mi casa, donde sigue el repartidor con el ramo de flores.

Nada más plantarme delante de él, echo un vistazo a nuestro alrededor y descubro a un par de paparazis escondidos tras unos matorrales; después, centro mi mirada en el pobre chico y dibujo la mejor de mis sonrisas, como siempre que hay cámaras cerca.

—Muchas gracias —le contesto cogiendo las amapolas, y le doy un billete de veinte euros como propina—. Ten.

Ya que se ha molestado en venir, que no se vaya con las manos vacías.

—Gracias a usted. Que tenga un buen día. —Se marcha hacia su furgo y desaparece para continuar repartiendo pedidos.

En cuanto a las flores… Las tiraré a la basura o se las regalaré a Lucien. No pienso quedármelas, porque sé lo que Gaston pretende. Que se vaya con la influencer de dieciocho años con la que se lio hace unas semanas y que le regale las amapolas de la muerte a ella.

Como dirían los españoles: me quedé flipando en colores en cuanto me enteré.

Éramos la pareja de moda. Protagonizábamos las portadas de las revistas francesas, generábamos muchísima envidia y nuestros fans se morían de ternura con nuestras fotos; soñaban con tener una relación como la nuestra.

Hasta que se filtró una foto de Gaston morreándose con una influencer española en una playa de Marbella.

La gente no se lo podía creer y, más de una vez, he leído el comentario «chicas, he dejado de creer en el amor.

Si Gaston le ha puesto los cuernos a nuestra Gabby, ¿qué nos queda a las demás? ».

Abro la notita que está colgada en el ramo y la leo:

Espero que no te marques un Shakira-Piqué y lo cuentes todo en una canción.

Tarde. La escribí al día siguiente en un chute de inspiración. Bueno, no escribí una, sino diez, y ya tendría para un álbum.

Las mujeres ya no lloran; las mujeres facturan.

Mis pensamientos los interrumpe una música escandalosa proveniente de un vehículo que circula por la carretera como si estuviera compitiendo en los coches de choque. Al intentar aparcar, se sube al borde de la acera y la parte delantera se detiene a escasos centímetros de una farola.

No me es muy difícil descubrir quiénes han sido los artífices de ese casi atropello.

La música roquera cesa y los cuatro artistas y la mánager se apean del monovolumen de ocho plazas, de color azul lapislázuli y con el nombre del grupo ocupando las puertas, pintado con spray negro.

El tal Daniel, que era el que conducía como un loco, recibe una regañina de la rubia; el melenudo saluda y les lanza besos a los paparazis no tan camuflados; la choni del eyeliner no para de reírse (vive descojonándose de la risa) y la representante se esfuerza en poner orden sin ningún éxito.

¿Qué hacen esos orangutanes delante de mi casa?

Lucien, que tenía la oreja puesta detrás de la puerta mientras atendía al repartidor, se coloca a mi lado, sonriendo con complacencia.

—Ahí están nuestras visitas tan esperadas, ma chérie.

—Tus visitas, querrás decir —lo corrijo.

Mis adorables huéspedes se aproximan a nosotros sin dejar de hacer el simio, pero la rubia y el tal Daniel se quedan atrás discutiendo sobre las dotes de conductor de este último, que se acaba de sacar el carnet de conducir, y el miedo a la muerte que tiene ella a los veintisiete años.

Candela, la choni, es la primera en hablar, con los ojos posados en mí y su boca formando una sonrisa:

—¿Sabes lo que me acaba de susurrar Iris? Que esas flores tienen competencia hoy, porque ninguna es más bonita que tú. Pero no le digas que te lo he contado, eh. —Se lleva el dedo índice a los labios, en señal de silencio—. Será nuestro secreto.

Su representante y el melenudo ahogan una risita y yo miro por el rabillo del ojo a Lucien, incómoda, esperando a que responda algo en mi nombre, que para eso es mi sombra.

—Qué bonito —es lo único que comenta, llevándose una mano al pecho, emocionado.

Yo exhalo con brusquedad y me doy media vuelta para adentrarme en mi casa, mi templo, el sitio donde debería estar tranquila, pero hasta aquí me persiguen los esbirros de la prensa y los roqueros endemoniados.

Me quedo en pie en el salón, de brazos cruzados, al lado de la mesa grande de cristal donde estaba trabajando Lucien, y aguardo a esa pandilla de vampiros, que aparecen poco después y analizan lo que tienen a su alrededor.

—Menudo casoplón tiene tu parienta —le dice el melenudo a la rubia, dándole un codazo—. Has dado un tangazo en vez de un braguetazo.

¿Tangazo?

—Cierra el pico, Roberto —le espeta ella.

Es mi casa, pero no pienso hacer de anfitriona; ni siquiera seré la encargada de traerles un vaso de agua del grifo. Que lo haga Lucien, que para eso los ha invitado.

—Luci, ven un momento a la cocina —le pido a mi amigo en francés para que los demás no se enteren de mis palabras, con una estupenda sonrisa simulada—. Tenemos que hablar muy seriamente.

Él hace todo lo posible por llamar la atención de los demás para avisarlos de que vamos a preparar algo para picar, pero ellos siguen a lo suyo y como si estuvieran en su propia casa: la rubia se ha sentado en una de las sillas que rodean la mesa, con expresión de aburrimiento y entreteniéndose con el móvil; el melenudo se ha puesto cómodo en mi sofá morado de terciopelo de seda; la choni camina por el salón, observando cada rincón y pasando el dedo índice por cada superficie que se encuentra; y el otro está tirado en el suelo, intentando hacerse amigo de Bartolamiau, que no para de bufarle, arrinconada en una esquina con las orejas agachadas (por lo menos alguien en esta casa tiene criterio y sabe que no son de fiar).

La mánager, como se ha fijado en que nadie le ha hecho caso a mi amigo, da una palmada escandalosa con la que no entiendo cómo no se le han descompuesto los dedos de las manos.

—¡Atended, coño! —les grita a sus niños de parvulario.

Los lapislázulis dan un brinco y ladean sus cabezas hacia nosotros de manera automática.

—Gracias por tu ayuda, Bruna —le dice Lucien, y vuelve a dirigir la vista hacia cada integrante de esa banda; luego carraspea y agrega, sonriendo con educación—: Nos ausentamos un momento para preparar café, queridos. Enseguida volvemos.

—Para mí una cerveza —le pide Iris levantando la mano.

—No tenemos. Lo siento —le responde Lucien.

Entrelazo mi brazo con el de mi amigo y abandonamos el salón, aunque yo, con cada paso que doy, miro hacia atrás porque temo por mi casa y no me fío nada de esos cinco, que pueden generar un cataclismo en nuestra ausencia.

Ya en la cocina, tiro el ramo de amapolas a la basura y, conforme Lucien prepara dos bandejas (una, con siete tazas de café y la otra, con cruasanes), le repito por enésima vez que no voy a ser la novia de mentira de nadie, que no cuente conmigo para este plan demencial y que se haga él mismo pareja de la rubia si tanto le interesa.

Todo, en francés y con la puerta cerrada para que ninguno de los invitados escuche nuestra conversación.

Mi amigo deja de hacer lo que está haciendo y me agarra de las manos para mirarme a los ojos y manipularme con su palabrería.

—Escúchame, este plan demencial te va a traer más fama —me dice pronunciando «plan demencial» con retintín.

—Me sobra la fama; no quiero más.

Él respira hondo.

—¿Y de qué te sirve si la mitad de Europa y parte del mundo te odia por lo que ocurrió la otra noche con esa chica?

—es una pregunta de la que no obtiene respuesta, porque no sé qué contestar, ya que, en parte, lleva algo de razón, pero no se la pienso dar—.

Este paripé nos ayudará a lanzar tu nuevo álbum con éxito después de la ruptura con ese Gaston.

Por no hablar del gran daño que le provocarás a él y a su ego de machito en cuanto se entere de que te has enamorado de una chica y ya lo has olvidado.

—No estoy enamorada de nadie —replico.

—A ojos de los demás, sí. No te costará convencerlos de eso, porque también tienes experiencia en la actuación.

Nada de lo que me está contando tiene sentido. ¿Quién le ha comido el cerebro a mi amigo? O mejor dicho, ¿quién lo ha sobornado? ¿No tiene suficiente dinero con el sueldo tan generoso que le pago yo?

Y también tiene razón en lo de mi experiencia actuando: con doce semanas de nacida, protagonicé un anuncio de pañales y, a medida que iba creciendo, publicité otros productos; hace seis meses, nos contactaron a Gaston y a mí para grabar uno de perfumes y, hace un par de años, participé en una serie muy famosa en Francia, donde interpretaba el típico papel de la chica mala del instituto que salía con el futbolista popular.

Después aparecía la chica buena y él se enamoraba de ella, dejando a mi pobre personaje en la inmundicia amorosa; luego, yo me vengaba y mataba a la pareja de amantes para que no fueran felices nunca.

Nadie se esperó ese final.

Pero dejando de lado mis dotes de actuación, mi profesión verdadera es la de estrella del pop.

Aunque eso de que humillaré el ego de Gaston si me ve con otra persona y me servirá para el marketing de mi nuevo disco no suena tan mal.

Cuando se acabe este teatro, me cogeré unas largas vacaciones y me iré a mi pueblo de Francia con mi familia, que me las habré ganado.

Espera… ¿De verdad me lo estoy pensando? ¡Si es un disparate!

—Serán solo tres meses. —Lucien me saca de mis cavilaciones y me suelta las manos para cogerme del mentón—.

Así que dale paso a tu Gabrielle Leroux resplandeciente e interpreta el mejor papel de la historia.

—Y recorre mi atuendo con una mirada asqueada—.

Pero primero quítate ese pijama y vístete como una estrella.

—Solo tres meses —le advierto señalándolo con el dedo índice—. Ni un día más ni un día menos.

—Te lo prometo por mi colección enterita de trajes. —Se lleva los dedos a la boca y se los besa.

—Bien. Si no, te los quemo.

Él abre la boca, ofendidísimo, porque sus trajes son lo que más quiere en este mundo, antes que a él mismo, incluso.

Abandono la cocina con sigilo para que los gorrones no se asomen y subo a mi habitación para arreglarme, oyendo de fondo las risas y voces escandalosas de esa gentuza.

Tres meses que me darán una buena trama para escribir un par de capítulos más de mi libro autobiográfico. Debo pensar en positivo; claro que sí.

Señoras y señores, bienvenidos al mejor show de mi vida.