Las partes indecentes 23
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El cuadro apareció en la línea de Bruno, con su nombre, y decía que aquello lo había dicho él. Jueves, nueve y dos de la mañana.

La puse. Con las comillas del libro. En boca de Bruno.

Y a las nueve y dos él la había encontrado, y había escrito que la había dicho él, y ahora tenía yo el cursor en el hueco de la respuesta y a dos metros a un hombre que no me miraba, y escribí lo que había pensado a las cinco de la mañana cuando decidí usarla: que ahora la decía Bruno.

Contestó en un minuto. Una pregunta. Cuatro palabras.

Que qué decía Gala.

Me quedé mirando el cuadro. Es la tercera.

Lo apunto porque son las cuentas que llevo: la primera fue un ok con punto sobre unos votos; la segunda, ninguna palabra sobre un después; y esta, sobre una pregunta con mi nombre, con mi nombre de pila puesto por él en un margen donde nunca había puesto más que el de Clara, era la tercera, y las dos manos se me quedaron encima del teclado sin escribir nada, y él lo vio, y bajó la vista, y seguimos.

Trabajé el capítulo quince. La carta de la abuela.

Clara la encuentra en un cajón del despacho, y la abuela le deja el hotel sin condiciones y le pide una sola cosa: que no lo venda vacío.

Lo escribí en noviembre como un giro. Ese jueves lo reescribí con la pregunta de él tres capítulos antes, y cambié una frase de la carta, la última, y la cambié dos veces, y las dos veces la abuela pedía lo mismo con otras palabras, y a la tercera la dejé como estaba en noviembre porque una abuela no corrige sus cartas.

Seguimos todo el día. Sin una nota más. Ni técnica ni de otra clase.

El capítulo catorce con su frase en boca de Bruno, el trece con la encimera de los dos, el nueve con su cocina y mi mañana, y encima de todo el hilo de las nueve y dos, tres cuadros, el suyo, el mío, el suyo, con una pregunta al final y un hueco, y los dos trabajando a dos metros como si el hilo no estuviera, como se trabaja cuando está.

Podía haber contestado. Lo sé. Podía haber escrito cualquier cosa de Clara, que era el idioma que teníamos, y él lo habría leído de las dos maneras, y habría bastado.

Pero él no había preguntado por Clara. Había escrito mi nombre.

Había roto la única regla que ninguno de los dos había escrito, la de que en aquel margen nadie se llamaba por su nombre, y yo no tenía idioma para eso.

Lo que decía Gala no cabía en un cuadro de un archivo que el viernes iba a Madrid.

Y el viernes iba a Madrid.

Lo pensé a las cuatro de la tarde, mirando el hilo, y lo pensé como pienso el dinero: de lo que debo a lo que me deben.

Debía una entrega. La cuarta. Nuria esperaba «las tres», lo ponía en el pósit, y las tres estaban: la cocina de él con mi mañana, la encimera de los dos, y la escena de amor mía con su frase.

Y esperaba leerlas. Nuria no pregunta; lee.

Y el lunes en Madrid iba a abrir el capítulo catorce y a llegar a la frase de Bruno, y a encontrar, colgando de la frase de Bruno, con nombres y horas, un cuadro en el que el consultor decía que aquella frase la había dicho él, y otro en el que yo se la daba a Bruno, y otro en el que él preguntaba qué decía Gala.

Nuria no pregunta. Pero Nuria lee. Y aquello no hacía falta preguntarlo.

Se leía solo. Un hombre que ha dicho algo y una mujer que lo ha puesto en un libro, y él lo reclama, y ella no contesta, y todo en el margen de la escena de amor de una novela que iba a firmar otra, con la fecha, con la hora, con el contrato de confidencialidad en el cajón de la derecha del despacho de Nuria y la adenda debajo.

«No le cuentes nada que no esté en el contrato», me había dicho en la puerta del edificio. En el contrato no había nada de la 16.

A las once de la noche abrí el archivo en la 15.

Con la manta. Con la puerta cerrada. Con la pared a la izquierda, donde él estaba, sentado, se oía, en el borde de su cama, y con la wifi que llega a la 15 si una se pone junto a la puerta, y me puse junto a la puerta, en el suelo, con el portátil en las rodillas, y fui al capítulo catorce, a la frase de Bruno, al hilo.

Lo leí una vez más. Que eso lo dijo él. Que ahora lo dice Bruno. Que qué dice Gala. Y el hueco.

Lo que iba a hacer lo sabía desde las cuatro.

Lo que no sabía era cómo se llamaba, y mientras ponía el cursor encima del primer cuadro, encima de la papelera pequeña, la que sale al pasar, me lo dije con las palabras de trabajo, que son las que sirven para hacer cosas a las once de la noche: que era por Ofelia.

Que era por el contrato. Que Nuria no podía leer aquello el lunes porque aquello ponía a Ofelia en un lugar en el que Ofelia no había estado nunca y a Meridiana delante de algo que no estaba en ningún papel, y que mi trabajo, desde hacía seis años, era que en el archivo no hubiera nada que no fuera de Ofelia.

Era mentira.

Entera no. Era la clase de mentira que se sostiene porque tiene un trozo de verdad delante, como una cortina.

Lo sabía mientras me la decía. No lo borraba por Ofelia ni por el contrato ni por Nuria.

Lo borraba porque la pregunta era mía, con mi nombre, y no sabía contestarla, y una pregunta que no se sabe contestar en un margen que se entrega es una pregunta que se queda ahí para siempre, con la hora, esperando, y yo llevaba seis años sin dejar nada en un margen que no pudiera entregar.

Borré el primero. El suyo. Que eso lo había dicho él.

Borré el segundo. El mío.

Borré el tercero. Que qué decía Gala.

Y borré el hueco, que no se puede borrar porque no existe, pero lo miré desaparecer igual cuando el hilo se cerró y la frase de Bruno se quedó sola en la página, con sus comillas, sin nada colgando, como cualquier frase de cualquier libro de Ofelia Lago, escrita por mí, dicha por nadie.

Once y dos minutos. Lo apunto porque lo miré.

Guardé. El archivo se sincronizó solo, como todas las noches, y en la carpeta de Meridiana el capítulo catorce tenía ahora una frase de Bruno limpia, y en mi copia también, y en la versión que subiría al día siguiente también, y el hilo no estaba en ninguna parte a la que yo tuviera acceso.

Al otro lado de la pared, el somier de la 16 no hizo ningún ruido.

Ni antes ni después. Él estaba sentado en el borde de su cama desde las diez, lo sabía por el ruido de sentarse, y a las once y dos seguía sentado, y no se tumbó hasta las doce, y en esa hora yo no supe si sabía lo que yo había hecho, porque el archivo no hace ruido cuando se borra un hilo; solo cuando entra uno.

Cerré el portátil. Con las dos manos. Me quedé sentada en el suelo junto a la puerta con la manta hasta la barbilla y las dos manos encima de la tapa, que estaba caliente, como el viernes de la entrega, y esta vez el calor no me pareció una cosa buena, y pensé que acababa de hacer exactamente lo que hago, lo que sé hacer mejor que nadie: decidir qué existe en un archivo.

Lo había hecho siete veces con siete libros.

Lo había hecho con un adjetivo en la página cuarenta de la sexta que Nuria no quitó y yo sí habría quitado.

Lo había hecho aquella noche con tres cuadros y una pregunta con mi nombre, y era lo mismo, y no era lo mismo, y sabía cuál de las dos cosas era verdad y me acosté con la otra.

Nuria llegó el viernes a las doce y diez.

Sin avisar. En un coche de alquiler blanco que oí frenar delante del hotel desde la 17, un ruido de coche en un sitio vacío, y bajé la escalera de la moqueta con el portátil bajo el brazo y ella ya estaba en el vestíbulo, con un abrigo de Madrid y una bolsa de mano, mirando el cartel de la suite nupcial con la flecha en forma de corazón como se mira un objeto que se ha comprado hace ocho años sin verlo.

—A ver cómo va —dijo.

Fue el saludo. Y después, antes de que yo dijera nada, mirando la escalera de la moqueta: que el dueño le había dicho que la caldera «en principio» en abril, y que ella le había dicho que en principio no, que en marzo, y que ya veríamos.

Lo dijo por mí. Para que yo supiera que sabía a cuántos grados dormía yo, o a cuántos había dormido, y para no preguntármelo.

Catalina apareció por la puerta de la cocina, la miró de arriba abajo, calculó algo y le dijo que había puerro.

Nuria dijo que perfecto. Toni ni se levantó de recepción, y Nuria no se lo tomó a mal, porque Nuria conoce a Toni desde antes que yo, desde que el hotel era del amigo del dueño y ella venía en agosto, y le dijo «Toni» y Toni dijo «Nuria» y con eso se saludaron.

Se sentó en el comedor. En la mesa de en medio, la desnuda, la que Catalina había dejado sin mantel desde hacía dos semanas, y sacó unas gafas que no le había visto nunca, y me pidió el portátil.

El portátil, no el archivo. Lo abrí en el trece y se lo puse delante y ella leyó.

Él bajó a las doce y veinte. Se quedó en la puerta del comedor. Nuria levantó la vista un segundo, le dijo «Iago» como le había dicho «Toni», y volvió a la pantalla, y él entró y se sentó en su mesa, a cuatro mesas, con su café, y los dos la miramos leer.

Leyó el ocho. Lo vi por dónde iba el cursor: el beso de dos frases, con el cuadro de él colgando de la segunda y mi palabra debajo.

No dijo nada. Fue al trece. La encimera.

Lo leyó entero, despacio, con la cara que pone Nuria para leer, la de alguien que hace una suma larga.

Fue al catorce. La escena de amor. Llegó a Bruno.

Llegó a la frase de Bruno, limpia, con sus comillas, sin nada colgando.

Levantó la cabeza.

—Por fin Ofelia suena viva.

Lo dijo hacia la pantalla. Después me miró a mí. Un segundo, con las gafas puestas, sin ninguna expresión que se pudiera describir, la mirada de quien comprueba algo. Después miró a él. Otro segundo. La misma mirada. Y volvió a la pantalla, y pasó una página, y no preguntó nada.

Nada. Ni quién había escrito qué, ni por qué Bruno hablaba así ahora, ni por qué había una mañana con tazas debajo de una cocina, ni qué era «consta». Cerró el portátil, con una mano, me lo devolvió, y dijo que subiera la entrega delante de ella, que así se ahorraba esperar al lunes.

La subí. En el comedor, con la wifi a medias, con Nuria mirando la barra llenarse y él en su mesa. La cuarta entrega. Con las tres. Sin el hilo. Cincuenta y un segundos. Completado.

Comió puerro con nosotros, cada uno en su mesa, ella en la de en medio, y habló del tiempo y de la carretera y de que el dueño no arreglaba la caldera ni aunque se lo pidiera ella, y a las tres se levantó, se puso el abrigo de Madrid, me dijo «bien» y a él «gracias», y en la puerta del vestíbulo, con las llaves del coche en la mano y Catalina detrás con un táper de puerro que le había preparado sin que lo pidiera, se giró hacia mí y dijo, con la voz corta, que la entrega final era el seis, que el seis era viernes, y que Ofelia había preguntado si podía venir la última semana «a empaparse».

Lo dijo así, con las comillas puestas en la voz.

No dijo qué le había contestado. Se fue en el coche blanco, y yo me quedé en la puerta del vestíbulo viendo el coche salir de la urbanización vacía y pensando que Nuria había mirado a dos personas un segundo cada una y no había preguntado nada, y que eso, en Nuria, era una anotación.

Subí a la 17. Él ya estaba.

Abrí el historial de la carpeta. Lo hice delante de él, sin esconderlo: la entrega del viernes, doce cuarenta y uno, con sus cuadros, cuarenta y siete, y fui al catorce, a la frase de Bruno, y no había nada. Limpia. Como la había dejado a las once y dos. Como la había leído Nuria.

Lo miré.

Estaba cerrando el portátil. Con una mano, como lo cierra él. Pero lo cerró despacio, más despacio que nunca, mirando la pantalla hasta el último centímetro antes de que la tapa la tapara, como quien cierra una caja sabiendo qué hay dentro.

Y supe que lo tenía.

No sabía cómo. No sabía dónde, ni en qué copia, ni desde qué hora.

Supe, por la forma de cerrar una tapa, que un hombre que había escrito tres palabras con su nombre a las nueve y dos de la mañana del jueves no las había dejado morir en una papelera pequeña a las once y dos de la noche, y que si yo decidía qué existía en el archivo, él decidía qué existía en el suyo, y que llevaba cuatro semanas haciéndolo sin decírmelo.

Se levantó. Cogió el portátil. Pasó por delante de mí hacia la puerta, y en la puerta, sin volverse, dijo la única frase que dijo en voz alta en todo el día.

—Yo guardo versiones.

Y se fue a la 16.