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Escribí en el margen del capítulo trece, sobre una frase que aún no existía, que estaba documentado. Eran las siete de la mañana del miércoles.
La frase no existía porque el capítulo trece no existía: había dos versiones borradas el lunes y un hueco, y en el hueco yo escribí una línea, a las siete menos cinco, con las manos todavía torpes de no haber dormido.
Una sola. Que la encimera estaba helada.
Y colgué de esa línea el cuadro, con la hora, con mi nombre: documentado, que era de acero, que lo siguiente lo escribía ella.
Contesté que lo sabía. Dos palabras. Podía haber puesto más; en el margen siempre se puede poner más, y no hacía falta, y no puse.
Y con eso, tres cuadros y una línea, a las siete y cinco de la mañana, quedó escrito en un archivo que se sincroniza con Madrid que en aquel hotel había pasado algo que no era del libro, con las palabras justas para que en Madrid pareciera del libro.
Lo hicimos bien. Lo hicimos como dos personas que llevan cuatro semanas aprendiendo a decir algo de dos maneras a la vez, y cuando bajé a desayunar con la frente todavía sin dolerme, porque el golpe de la campana era suyo, Catalina me puso el café, me miró la cara y calló, y en la cocina la encimera estaba limpia y tenía un puerro encima.
A las nueve ella subió a la 17 y escribimos la escena.
La de la encimera. La del capítulo trece.
La escena por la que me pagaban, la que en noviembre era un mueble y en febrero dos audios, y la escribimos en cuatro horas, a dos metros, cada uno lo suyo, sin hablar.
Yo lo físico. Ella lo que Clara piensa, que es nada.
Ese fue el reparto y no lo acordó nadie: yo abrí el capítulo y escribí a Bruno, sus manos, la campana, el frío del acero, y a las nueve y media vi que en el mismo archivo, entre mis frases, aparecían las de ella, cortas, sobre Clara, y que Clara no pensaba, y que cada frase de ella hacía que la mía de antes pareciera más verdad.
Hubo un momento, a las once, en que escribí que Bruno ponía la mano en el acero, y antes de que yo acabara la frase, en la línea de debajo, apareció la de ella: que Clara no la miraba.
Ni la mano ni el acero. Y en la siguiente, mía, Bruno la quitaba.
Y en la siguiente, suya, Clara seguía sin mirar.
Cuatro líneas en un minuto, dos cursores, y la escena avanzó sola como avanza una conversación en la que nadie interrumpe, y no lo comentamos, porque un cuadro lo habría parado.
No sé explicarlo mejor. Escribimos en el mismo documento a la vez, con los dos cursores, y lo que salió tenía lo mío y lo suyo, y no era una escena a medias sino una escena entera, y a la una la releí de arriba abajo y supe que era la mejor del libro.
Ella lo supo también. Se le notó en que se quedó quieta al final, con las manos fuera del teclado, un minuto, y en que no puso ni un cuadro.
Ni una coma. Nada. La mejor escena de un libro que iba a firmar otra, escrita por dos personas que la habían hecho mal la noche anterior en una cocina a diez grados, y ninguno de los dos lo dijo, porque lo que se dice se pierde.
Escribí distinto. Lo pongo porque es lo que hago para vivir: Bruno no sabía dónde iban las manos.
Lo escribí así. En «Cocina», en «Escalera», en todo lo mío, el hombre sabe.
Es la gracia. Bruno no sabía y se le enganchaba una manga en un tirador, y esperaba, y decía que esperara, y era peor que todo lo mío y era mejor, y yo lo escribía sabiendo de dónde venía cada cosa y sin poder escribir de dónde venía, y eso, escribir una cosa que has hecho sin poder decir que la has hecho, es exactamente lo que ella llevaba haciendo siete libros.
Lo pensé a la una. No lo socavé. No tenía con qué.
A las dos bajamos a comer. Puerro. Catalina no dijo nada de nada, ni de la cocina, ni de la campana, ni de una manga, y sirvió, y Toni tenía el telediario, y nosotros comimos en las dos mesas de siempre con la de en medio desnuda, y era la primera comida después de la cocina y fue exactamente igual que todas las anteriores, y eso es lo raro de las cosas que pasan: que la comida siguiente es igual.
Por la tarde, cuadros técnicos. Los primeros desde la cocina.
Que Bruno se apoyara menos. Que Clara mirara la campana una vez.
Que el frío se dijera al principio y no al final.
Cosas de oficio, con la hora y el nombre, y en cada uno los dos sabíamos que estábamos corrigiendo otra cosa y ninguno lo escribió.
Hubo uno de ella a las cinco, sobre una manga de Bruno enganchada en un tirador, que yo había puesto sin pensar: que se quedara.
Una palabra. La dejé. Y con eso la manga entró en el libro y salió de la cocina, y las dos cosas eran verdad a la vez.
Y el miércoles por la noche no fue la cocina.
Fue la 16. Lo pongo en una frase, que es lo que le corresponde: fue la 16, mi cama, después de las diez, sin luz de campana, sin documentación, sin coartada de ningún tipo, y ella vino, no yo, dos golpes de nudillo en la puerta como los míos de la manta, con la manta marrón de la suite doblada bajo el brazo como quien trae algo suyo a un sitio que no lo es, y se quedó.
Y después.
Después es lo que no escribo. Lo he dicho ya: cuarenta mil escuchas y ninguna sabe qué pasa después, y yo tampoco, y hasta aquella noche pensaba que era porque no pasaba nada.
Pasa. Pasa que uno está tumbado con otra persona en una cama de 1971 con un radiador que suena a agua, y que no hay logo, y que hay que decir algo o no decirlo, y que las dos cosas son una decisión.
Dije una cosa.
No me la preparé. Es lo importante y lo digo tal cual: no me la preparé, no la tenía escrita, no era una de las mías. Me salió con la voz que tengo cuando no tengo voz, mirando el techo, con la manta de la suite encima de los dos.
—No me importa el después. Me importa que estés en él.
Y me callé.
Ahí es donde pongo lo otro. Siempre. La segunda frase, la que vuelve la primera un chiste o un tópico o una línea de audio: «lo digo por el frío», «como le diría a cualquiera», «eso lo tengo escrito».
La tenía. Tenía tres. Y me quedé con la boca cerrada y el techo delante y la frase en el aire, entera, sin nada detrás, y la dejé ahí como había dejado la nota en la puerta, y ella no dijo nada, y no hacía falta, y me dormí.
Me dormí. Yo. En la 16, con alguien al lado, sin haber calculado la hora a la que me iba a levantar antes de que se levantara ella. En dos años no me había pasado.
Cuando me desperté, a las siete, ella no estaba.
No me asusté. Lo pongo porque en otra vida me habría asustado: la 15 estaba a un tabique y la oía, el somier, la puerta, y a las siete y veinte la oí bajar.
Había estado escribiendo. Lo supe por el archivo antes de saber por qué: el historial del capítulo catorce tenía siete entradas suyas entre las tres y las seis de la mañana, y a las nueve, cuando subió a la 17 con el café y se sentó en su lado, yo ya había abierto el catorce.
La escena de amor. La tercera. La que va después del sexo, cuando Clara y Bruno ya se han encontrado en la encimera y hay que decir algo.
Era suya. La había escrito de madrugada, en la 15, entera, después de la 16, y la había escrito bien, con Clara sin pensar y Bruno sin manos, y llegaba a un momento en que Bruno hablaba.
Bruno decía una cosa.
La leí una vez. La leí otra. Estaba en la página, en el capítulo catorce de «Marea viva», con las comillas del libro, en boca de Bruno, con el interlineado de la casa: que no le importaba el después, que le importaba que ella estuviera en él.
Mi frase. Palabra por palabra. La que no me preparé.
La única que en dos años había dicho sin la segunda frase detrás, dicha en la 16 a las once de la noche a una persona, estaba ahora en un archivo que se sincroniza con Madrid, en un libro que iba a firmar Ofelia Lago, en boca de un hombre que no tiene contrato, y la iba a leer Nuria el lunes, y la iban a leer en septiembre las que copian frases para sus votos, y alguna la diría en una iglesia, y nadie iba a saber nunca en qué cama se dijo ni quién la dijo, y lo peor de todo, lo que me tuvo con el cursor quieto, es que era mejor ahí. En boca de Bruno. Mejor que en la mía.
Ella escribía en su lado. No me miró. Sabía que yo estaba leyendo el catorce; sabía qué línea; y seguía escribiendo con la cabeza baja, y lo que había hecho no era un robo, o lo era, o era lo que ella hace: coger lo que hay y ponerlo donde va.
Lo había puesto donde iba. Bruno tenía que decir algo y aquello era lo mejor que había, y ella lo sabía porque lo había oído, y lo usó, como usa todo, como me había usado a mí desde el primer cuadro para escribir un libro que no es suyo.
Puse el cursor en la línea. La seleccioné en azul.
Abrí un cuadro. Con la hora, nueve y dos, con mi nombre. Tres palabras: que eso lo había dicho yo.