Las partes indecentes 21
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La luz de la campana es la única luz de una cocina de hotel a las diez de la noche, y es una luz que cae recta sobre la encimera y no llega a nada más.

La había encendido yo a las diez y cinco. Había bajado a las diez, cuando oí a Catalina cerrar y a la puerta batiente hacer su ruido, y había esperado en el comedor a oscuras a que el pasillo de la vieja se quedara sin pasos.

Había entrado en la cocina y había encendido la campana porque encender la luz grande habría sido otra cosa, y me había quedado de pie junto a la encimera de acero, con el abrigo puesto, sin saber si estaba documentándome o esperando.

Las dos cosas se parecen mucho vistas desde fuera. Desde dentro también.

Él entró a las diez y cuarto. Empujó la puerta batiente, se paró en la luz que entraba del comedor, que era ninguna, me vio en la de la campana, y ni él ni yo dijimos nada, y durante un minuto la cocina fue una habitación con dos personas de pie a cuatro metros y un zumbido, y en ese minuto pensé que si él decía un chiste yo me iba, y que si yo decía una cosa técnica él se iba, y que los dos lo sabíamos, y que por eso ninguno de los dos dijo nada hasta que el minuto se acabó solo, y aquello era la escena: dos personas en una cocina de hotel a oscuras que llevan cuatro semanas escribiéndola y que han quedado por escrito, en un cuadro, sin decir que han quedado.

—Bruno estaría aquí —dijo él.

Lo dijo con la voz de trabajo. La de leer. Señaló un punto de la encimera, cerca de la campana, donde en su versión Bruno se apoyaba, y se puso ahí, con la chaqueta puesta, con las manos en los bolsillos.

—Clara miraría la puerta —dijo él. —Clara no mira la puerta. —En tu versión la mira dos veces. —En mi versión de noviembre. Ya no. —¿Y qué mira? —La mesa. —Aquí no hay mesa. —Hay encimera.

Y era verdad, y era lo que había: una encimera de acero de dos metros y medio con la luz cayéndole encima, y dos personas documentando a un metro de distancia con la voz de trabajo, y la voz de trabajo aguantó exactamente hasta ahí.

—Clara pondría la mano aquí —dije yo.

Y la puse. En el acero, con la palma abierta, en el sitio exacto donde en mi versión de noviembre Clara la ponía para no perder el equilibrio.

Estaba helada.

Helada de verdad. Acero de dos metros y medio en una cocina sin calefacción a diez grados, y la mano se me quedó pegada al frío como se queda una mano en un pomo de invierno, y lo dije. En voz alta. Con la voz de trabajo.

—Está helada.

Y él se rio.

No un chiste. No la risa de sistema, la que va antes de que el otro pueda decir nada.

Una risa que le salió del cuerpo, corta, hacia la campana, y que se le quedó en la cara, y yo me miré la mano en la encimera helada, la mano de Clara, y me reí también.

Y ahí se acabó la documentación. Cuatro minutos.

Los conté después, o los inventé después, y es la única cuenta de esa noche: cuatro minutos de Bruno estaría aquí y Clara pondría la mano ahí, y una encimera helada, y dos personas riéndose en una cocina de hotel de una cosa que no era graciosa y era la más graciosa que nos había pasado en cuatro semanas.

Quité la mano. La tenía roja, con la forma del frío, que no se ve pero se nota. Me la miré. Él la miró.

Y lo que pasó después no fue Bruno y Clara.

No sé escribirlo. Lo digo con exactitud: siete libros, veintitrés besos, tres escenas que Rubén y él habían leído en voz alta y que eran muebles, y no sé escribir lo que pasó en aquella cocina porque no pasó como se escribe.

Pasó como pasa. Con el abrigo. Con la chaqueta.

Con el frío. Con la campana zumbando encima y una luz que no llegaba a nada, y con la encimera detrás de mí, helada, que sentí en la espalda a través del abrigo cuando él dio un paso y yo no di ninguno hacia atrás porque no había hacia atrás.

Él no dirigió nada. Lo pongo porque es un dato y porque yo había pensado, en algún momento de las cuatro semanas, en lo que sabía hacer aquel hombre, en cuarenta mil escuchas, en la precisión de sus manos en un guion de siete minutos, y en que si alguna vez pasaba iba a ser como en sus audios, con él sabiendo dónde iba cada cosa.

No fue así. No sabía dónde iba nada. Ni yo.

Antes de eso hubo un momento. Uno. Con la mano roja entre los dos, y la campana, y él a medio metro sin moverse, mirándome con una pregunta que no era técnica y que no iba a hacer en voz alta porque en aquel hotel las preguntas se hacían por escrito y allí no había margen.

La contesté. Con una palabra, la más corta que tengo, y con la mano, que fue la que dio el medio metro.

Fue mío. Lo apunto porque en siete libros lo había escrito veintitrés veces y siempre había sido de otro.

Se le enganchó la manga de la chaqueta en el tirador de un cajón y tuvo que soltarla con la otra mano, y yo me reí otra vez, con la espalda en el acero, y él dijo «espera», y esperé, y cuando volvió no había espera en ninguno de los dos.

Torpe. Esa es la palabra y no voy a buscar otra.

Torpe de frío, torpe de abrigo, torpe de dos personas que se conocen por escrito y que en persona no saben cuál es la distancia, y que la buscan con las manos y no la encuentran, y se dan en la campana.

Me di en la campana. Con la cabeza, con el borde de acero de la campana, un golpe seco que sonó en toda la cocina, y me llevé la mano a la cabeza y él dijo «joder» y yo dije «no es nada» y era verdad y era mentira, y entonces la risa.

La risa que no se puede parar. Los dos. Yo con la mano en la cabeza y la espalda en la encimera y él con la frente en mi hombro, riéndose contra el abrigo, con el cuerpo, con esa risa que no es de chiste sino de otra cosa, de nervios y de frío y de que era ridículo y de que no importaba, y se nos pasó, y volvió, y se nos volvió a pasar.

La campana zumbaba. Es lo único que sonaba en aquella cocina aparte de nosotros, un zumbido de motor viejo, continuo, sin ritmo, y me acuerdo de pensar, en algún momento en que todavía pensaba, que aquello era lo contrario de un audio: no había ninguna voz diciendo lo que iba a pasar, y no había silencio colocado, y no había nadie que supiera dónde iba la pausa.

Y después ya no. Después ya no era para documentarse y ya no había risa, o la había pero dentro, y seguía siendo torpe.

Lo digo porque es lo que fue. No se volvió de repente una escena bien escrita.

Se quedó torpe hasta el final, con el abrigo a medio quitar y la chaqueta en el suelo y el frío en todas partes donde no había otra persona, y una encimera helada que dejó de estar helada donde estaba yo, y en ningún momento supimos qué hacer con las manos, y las hicimos igual.

Fue corto. Lo sé porque miré el reloj de la cocina, el de encima de la puerta batiente, antes y después, y lo supe. No lo apunto. Es la única cifra de mi vida que no apunto.

Después estábamos en el suelo.

No sé cómo. Del acero al suelo, con la espalda contra el mueble bajo, el de los cajones, los dos, con la campana encima haciendo su ruido y la luz cayendo recta a la encimera y no a nosotros, que estábamos debajo, en la sombra, con el abrigo mío por encima de los dos como una manta que no era de ninguna suite.

Yo tenía la cabeza contra la puerta de un cajón y me dolía la frente donde la campana.

Era el cajón de abajo del todo, el de debajo del fogón, y en algún momento, con la espalda fría y la respiración volviendo, giré la cabeza y lo abrí un dedo, por hacer algo con la mano, y dentro había tazas.

Las de Catalina. Las del café de las once y de los cuatro desayunos con luz, apiladas boca abajo en un cajón de debajo del horno, en un sitio absurdo, y lo cerré despacio y no dije nada, y él no lo vio, o lo vio y tampoco dijo nada, y yo pensé que las cosas no se inventan: se encuentran, y que yo había escrito ese cajón una semana antes sin haber abierto nunca ninguno en aquella cocina.

Él tenía una rodilla levantada y la otra no. Ninguno se levantó.

Es lo que apunto, y no el resto. Ninguno se levantó.

Podía haberme levantado. Recoger, subir, la 15, la manta marrón, la pared, mañana un cuadro técnico.

Era lo que sabía hacer. Lo había hecho veintitrés veces con un cursor, la mujer que se levanta y ordena las cosas para que la escena tenga un final.

Él podía haberse ido, que era lo suyo, lo que hacía con una excusa buena, lo que había escrito sobre Bruno sin decirlo.

Y nos quedamos en el suelo de la cocina de Catalina con los cajones en la espalda y el frío en los pies, sin hablar, sin reírnos, sin nada, con la respiración volviendo cada uno a la suya.

No hizo ningún chiste. Tenía uno. Lo vi llegar a su cara, la barbilla, el aire, y lo vi no llegar, y se quedó mirando la luz de la campana como un hombre que ha decidido callarse algo y le cuesta, y no la dijo, y yo no le di las gracias porque no se dan las gracias por eso.

Pensé lo que pensé. Que aquello era la escena peor escrita de mi vida.

Sin estructura, sin manos que supieran, con un golpe en la campana y una manga enganchada y una risa que no tocaba y un frío que se metía por todas partes, y que si me la hubieran entregado en un archivo la habría llenado de cuadros, y que no cambiaría una coma.

Ni una.

No lo dije. Se quedó donde se quedan las cosas que no digo, un sitio que en cuatro semanas se había llenado bastante.

Él dijo, a la una menos cuarto, «hace frío». Fue lo primero que dijo en el suelo, y era un hecho, y era el tipo de hecho que se dice para que el otro sepa que uno sigue ahí.

—Sí —dije. —En un pie. —Yo en los dos.

Y eso fue lo segundo y lo último, y nos quedamos con los pies fríos y el abrigo por encima y la luz de la campana cayendo sobre una encimera que ya no era de Clara ni de Bruno ni de nadie que se pudiera escribir, y que a la mañana siguiente Catalina iba a usar para cortar puerro como si nada, y no iba a pasar nada, porque el acero no guarda nada, y eso es lo bueno del acero.

Y a la una nos levantamos. Lo marcó el reloj de encima de la puerta, que da una vibración pequeña a cada hora en punto, como un reloj de cocina que lleva cuarenta años dando la hora a quien no la pregunta.

Los dos a la vez, sin acordarlo, como se levanta la gente de una mesa cuando ha acabado de comer.

Él recogió la chaqueta. Yo me abroché el abrigo.

Apagué la campana. La cocina se quedó a oscuras del todo, con el reloj de encima de la puerta haciendo su ruido y la encimera en algún sitio de la oscuridad, y salimos por la puerta batiente al comedor y por el comedor al vestíbulo, con las treinta mesas en la oscuridad y la luz verde de emergencia, y por la escalera de la moqueta, que crujió dos veces, una por cada uno, al pasillo de la vieja, y en el pasillo, entre la 15 y la 16, nos separamos.

No hubo nada en el pasillo. Ni una palabra ni una mano.

Después de algo así, cuando no se sabe qué se hace después, se hace esto: se vuelve cada uno a su número, con cuidado, como quien devuelve dos llaves al casillero de recepción para que nadie note que han salido.

Él entró en la 16. Yo entré en la 15. Dos puertas con cuidado.

Me senté en la cama con el abrigo puesto, con la frente dolorida donde la campana y la espalda dolorida donde el acero y los cajones, y con la pared a la izquierda, y oí el somier de la 16, uno, y después nada, y supe que él estaba sentado en el borde de su cama con la pared a la derecha oyendo mi somier, que había hecho su ruido, y que ninguno de los dos iba a dormir, y que ninguno de los dos iba a cruzar esa pared esa noche, porque acabábamos de cruzar una cocina entera y una pared es otra cosa.

Me quedé despierta hasta las cuatro. Sin móvil. Sin archivo. Con la pared, y con algo que no había tenido nunca al otro lado de ninguna pared: alguien que sabía exactamente qué había pasado en la cocina, porque había estado, y que tampoco iba a saber escribirlo.