Las partes indecentes 20
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El lunes por la mañana escribí la mañana de Clara y Bruno con las tazas, y ella me escribió que eso ya lo había escrito ella, y yo le contesté que lo sabía, que lo estaba copiando.

El lunes empezaba la cuarta semana. Capítulos diez a catorce. Y el diez es la mañana.

Clara se despierta en la vieja del hotel de la abuela después de la tormenta, después del beso, después de lo que en el capítulo nueve todavía no estaba escrito bien, y vuelve a ser abogada antes del café: mira el móvil, mira el plazo, mira a Bruno como quien mira un inventario que ha cambiado de sitio durante la noche.

Y Bruno hace café. Y no encuentra las tazas. Y ella las tiene donde las tiene.

Lo escribí yo. Ella me había dejado el diez el viernes con un cuadro que decía «tuyo», una palabra, y yo lo cogí, y escribí a Bruno en una cocina de hotel abriendo armarios, y cuando llegué a las tazas supe que estaba escribiendo la hoja.

La suya. La de mi bolsillo. Con Clara y Bruno y el cajón de debajo del horno, y lo hice igual, porque era lo que la escena pedía y porque ella lo había puesto ahí para que yo lo cogiera, y a las diez y veinte apareció su cuadro.

Que eso ya lo había escrito ella.

Contesté que lo sabía. Que lo estaba copiando.

Y no contestó, y lo dejó, y las tazas se quedaron en el capítulo diez con mi nombre en el historial y su cajón, y eso es lo más cerca que hemos estado nunca de firmar algo juntos.

Escribo menos.

Lo noté ese lunes, no antes. Desde el jueves de la luz, desde que borré mis cuatro párrafos del beso delante de sus dos frases, escribo menos.

Frases más cortas. Menos de todo. Bruno abre dos armarios y no tres.

Clara mira el móvil una vez. Y lo que queda es mejor, y lo sé, y no sé por qué, y me da rabia no saberlo, porque es lo que hago para vivir y llevo dos años haciéndolo de otra manera.

Antes llenaba. Siete minutos son siete minutos y hay que llenarlos, y yo los llenaba con lo que sé: dónde están las manos y cuánto tarda una pausa.

Ahora escribía a Bruno esperando con una cafetera y me sobraban las manos.

El lunes a mediodía volví a mi escena nueve, la de la cocina, mi versión, la que llevaba en el archivo desde la primera semana, y le quité un párrafo.

El de las manos. El que mejor me había salido, el que en «Cocina» habría sido el minuto cuatro.

Lo quité entero y dejé a Bruno esperando sin hacer nada con las manos, que era lo único que se había quedado de la tarde del miércoles de la primera semana, y guardé.

A los cinco minutos, un cuadro suyo. Una palabra: mejor.

Y me dio más rabia que si hubiera escrito un párrafo, porque tenía razón y porque la palabra era la mía, la que yo había puesto en el margen de su beso el jueves, devuelta.

Ella escribía igual que siempre. Lo digo por justicia: no había cambiado nada en su forma de escribir después del miércoles, ni una frase más larga ni una más corta, y su beso de dos frases era lo mejor del archivo, y yo lo había puesto por escrito, y ahí estaba el problema, y el problema estaba en mí: había perdido en lo mío.

No en lo suyo. En lo mío. Un beso. Ella lo había escrito mejor con dos frases sin manos y yo lo sabía y lo había firmado, y desde entonces me pasaba lo que le pasa a un hombre que ha vivido de saber una cosa y descubre que otra persona la sabe mejor sin haberla practicado: que ya no puede escribir como antes, y que lo de después de antes todavía no lo sabe escribir.

Y el trece.

El capítulo trece es la encimera. La escena por la que me pagaban doce mil euros.

La que Rubén había leído en Madrid con voz de préstamo y yo había leído en el comedor con voz de oficio y las dos veces era un mueble.

Ella la había escrito en noviembre; yo la había intentado dos veces en febrero y me habían salido dos audios, y esa semana había que dejarla hecha, porque el viernes venía la cuarta entrega y en la cuarta entrega Nuria esperaba, según el pósit, «las tres».

Lo intenté el lunes por la tarde.

Me salió un audio. Otra vez. Bruno y Clara y una encimera de acero, y a los seis minutos de lectura ya sabía dónde estaba cada mano y cuánto duraba cada pausa y la escena funcionaba como funcionan las mías, hasta el final, y el final era el logo.

Lo leí y me dio vergüenza, y con lo mío no me pasa. Lo borré.

Ella lo intentó a las cinco. Lo vi por el historial del capítulo: entró, escribió doscientas palabras, las borró, escribió trescientas.

Me pasó el cuadro a las seis: que leyera.

Leí. Era un mueble. Otro. Mejor montado que el de noviembre, con Clara mirando menos y una campana que zumbaba, y con la misma cosa que tienen todos sus muebles, que están hechos por alguien que sabe exactamente cómo debería ser y nunca ha estado en la cocina.

Escribí un cuadro. Que era un mueble. Contestó que lo mío era un audio. Contesté que sí. Contestó que sí.

Y a las seis y veinte, en el mismo hilo, debajo de los dos síes, escribió una cosa que no era técnica y que tampoco era lo otro, o era las dos: que habría que documentarse.

En broma. Se notaba en la construcción, en el condicional, en que era una frase de las que se escriben para reírse solo. Yo la leí y me reí, en la 17, a dos metros, y ella oyó la risa y no levantó la vista, y yo me quedé con el cursor en el hueco de la respuesta.

Podía contestar con un chiste. Tenía tres. Podía contestar con una nota técnica sobre la documentación en la ficción, que también tenía. Podía no contestar, que era lo que ella hacía y lo que yo había aprendido a hacer en cuatro semanas.

Escribí que la cocina cerraba a las diez.

Un hecho. Catalina cerraba la cocina a las diez desde la tormenta, lo había dicho el miércoles, y era una nota de ambientación, y cualquiera en Madrid la habría leído así: el consultor recuerda el horario de la cocina del hotel donde se documenta.

Le di a enviar. Y ella lo leyó, y no lo borró, y no lo contestó, y no lo retiró, y yo tampoco retiré nada, y la broma siguió en el archivo con mi hecho debajo, como se queda una cita a la que nadie ha dicho que sí y nadie ha dicho que no.

El martes trabajamos como cualquier día. Nadie mencionó el hilo de las seis y veinte. Comimos.

A las cuatro bajé a la cocina. Sin motivo que se pudiera escribir en un cuadro: bajé a mirar la encimera.

Catalina no estaba, o estaba en la despensa; la cocina estaba vacía, con la campana apagada y la luz de la tarde, y la encimera era lo que era, un mueble de acero de dos metros y medio con la superficie rayada de cuarenta años de cuchillos, y puse la mano encima.

Estaba fría. Fría de metal en febrero en una cocina sin calefacción, y me quedé con la mano un segundo pensando que Clara, en el capítulo trece de ella, apoyaba la mano en esa encimera para no perder el equilibrio, y que no era un fallo de Clara: era que nadie había tocado nunca aquel acero antes de escribirlo.

—¿Buscas algo?

Catalina, en la puerta de la despensa, con un saco de cebollas.

—La encimera. —Ahí está.

Y pasó por delante de mí con el saco y lo dejó en el suelo y no preguntó nada más, porque Catalina no pregunta nada más nunca, y yo subí con la mano todavía fría y no lo escribí en ningún sitio.

A las cinco ella se fue de la 17 antes de la hora, a la 15, y yo me quedé mirando el capítulo trece con dos versiones borradas y ninguna nueva, y a las siete cené solo porque ella no bajó, y Catalina no dijo nada, y a las diez Catalina cerró la cocina, se le oyó, el ruido de la luz de la campana apagándose y la puerta batiente, y se fue al ala vieja con Toni, y el hotel entró en lo de las diez, el viento, que ya no era tramuntana sino lo que queda después.

A las diez y cuarto bajé.

Me había quedado en lo alto de la escalera de la moqueta cinco minutos, desde las diez y diez, con la mano en la barandilla, mirando la luz verde de emergencia del vestíbulo, y en esos cinco minutos pensé todo lo que se puede pensar en lo alto de una escalera: que era una broma, que era un hecho, que la cocina cerraba a las diez, que ella no había bajado a cenar, que la mano se me había quedado fría a las cuatro, que en dos años me había ido de todos los sitios antes de que me lo pidieran y que aquel era el primer sitio al que bajaba sin saber si me lo habían pedido.

No lo decidí. Lo hice. Bajé la escalera de la moqueta sin linterna, con la luz de emergencia verde, crucé el comedor con las treinta mesas y empujé la puerta batiente de la cocina, que no estaba cerrada con llave porque en aquel hotel no se cierra nada con llave salvo lo que Catalina decide, y la cocina estaba a oscuras salvo por la luz de la campana, que alguien había vuelto a encender.

Ella ya estaba.