18
Abrí el archivo igual. Estaba, en la versión de la tarde, con el último cuadro sincronizado de las doce y uno del lunes, el suyo, el de que no dormía, y nada después, porque después habíamos estado todo el día escribiendo notas técnicas desde el comedor con retraso de dos minutos, y las notas técnicas no cuentan.
Escribí un cuadro. En su capítulo ocho, en la linterna que enfoca la mesa.
Una frase. La miré. No se iba a sincronizar: iba a quedarse en mi portátil con una marca de pendiente hasta que volviera la luz, y cuando volviera la luz subiría con la hora de las diez y once de la noche de un martes sin electricidad, y ella lo leería con esa hora.
Lo borré. Escribí otro. Lo borré también.
Un comentario que no se sincroniza es como hablar solo en una habitación cerrada, y yo eso ya lo hago sin archivo.
Apagué el portátil para guardar la batería, que estaba al sesenta.
Y me quedé a oscuras.
El miércoles a las ocho no había luz, ni wifi, ni agua caliente. Lo supe en ese orden: la lámpara, el portátil, el grifo.
Bajé. En el comedor había una sola ventana con la contraventana abierta, la del fondo, la que da al este, que Toni había abierto para que entrara algo, y entraba: una luz blanca de tormenta que llegaba hasta una mesa, una sola, y en esa mesa había cuatro tazas.
Catalina estaba en la cocina con la de gas encendida, la grande, con una cafetera de las de bar puesta directamente al fuego, y salió con la cafetera en la mano y me miró.
—Siéntate ahí, que es donde se ve.
Me senté. Al minuto bajó ella, con el abrigo, y Catalina le dijo lo mismo, y ella se sentó, enfrente de mí, en la única mesa con luz, con las tazas en medio, y Catalina sirvió café a los cuatro, y Toni se sentó también, con la chaqueta puesta, en la cabecera, y aquel fue el primer desayuno de los cuatro en la misma mesa en dieciocho días.
Nadie lo comentó.
Se comentó el viento. Toni dijo que la noche había sido mala.
Catalina dijo que hasta mañana, y que la caldereta de anteayer se calentaba en el gas y se comía igual, y que el pan era del sábado y se tostaba en la plancha, y que quien quisiera agua caliente la calentara en un cazo, y lo dijo todo en el tono de quien lee una lista que ya ha leído otras veces.
Yo dije que en Barcelona no había visto nunca nada así, y ella dijo que en Valladolid tampoco, y que en Valladolid el viento venía de frente y no de lado, y yo dije que de lado era peor porque te movía sin que supieras de dónde, y ella dijo que sí.
Y eso fue la segunda conversación. Del viento.
Con café y Toni y Catalina delante y una ventana de tormenta, y nadie miró al otro más de lo que se mira a alguien con quien se habla del viento, y fue suficiente, o fue lo que había.
A media mañana Toni me dijo «venga».
Una contraventana del ala nueva, en la 31, la del primer día de ella, se había soltado de un tornillo y daba golpes contra la fachada, cada seis segundos, con un ruido que se oía desde la vieja.
Subimos. Toni con el destornillador y una escalera, yo con nada, y en la 31, con la cama hecha y la mancha de humedad en la esquina, abrió la ventana y el viento entró como entra el agua cuando se abre una compuerta, y él sacó el cuerpo por la ventana y agarró la contraventana con las dos manos y me dijo que la sujetara.
La sujeté. Con los dos brazos, desde dentro, con el viento tirando de ella hacia fuera como si quisiera llevársela y la madera vibrando, y Toni, medio fuera, con el destornillador, apretando un tornillo con la calma de quien ha apretado ese tornillo en cuarenta inviernos.
—Del ochenta y dos —dijo, sin que yo preguntara. —¿La contraventana? —Yo. Llegué en el ochenta y dos. De camarero. Ella estaba en recepción.
Apretó el tornillo. Yo sujetaba.
—Nos casamos al año. Cuarenta y tres.
Cuarenta y tres. Lo dijo hacia la fachada, hacia el tornillo, hacia el viento, y en su boca era un número, como quien dice la matrícula de un coche.
Tenía el chiste. Lo tenía listo desde la noche de las velas y las tres veces, uno bueno, el mío, el de siempre, el que uso con Marc y con Paula y con cualquiera que me hable de años: que cuarenta y tres años ya no son amor, que a partir de cierto punto es sexo con problemas administrativos.
Lo dije.
Con el viento, con los brazos en la contraventana, con Toni medio fuera de la ventana. Lo dije en el tono en que lo digo siempre, que es un tono que funciona, que hace reír a la gente y me deja donde estoy.
Toni terminó de apretar el tornillo. Metió el cuerpo. Cerró la ventana y la contraventana quedó fija, sin golpe, y el ruido de cada seis segundos se acabó, y en el silencio de la 31, con la mancha de humedad y la cama hecha, Toni me miró.
No dijo nada.
Me miró un segundo, o dos, con el destornillador en la mano, como se mira una contraventana que ha dejado de dar golpes, comprobando que de verdad ha dejado, y después bajó la vista, y guardó el destornillador en el bolsillo, y cogió la escalera, y salió de la 31.
Me quedé de pie. El chiste se había quedado en la habitación conmigo, entero, sin que nadie lo recogiera, y nunca en mi vida un chiste mío se había quedado en el aire así, sin caer en ningún sitio, y supe una cosa que no había sabido en dos años de escribir para cuarenta mil personas: que el chiste no era gracioso.
Que nunca lo había sido. Que la gente se reía por mí, para que yo me quedara donde estaba, y que Toni no se reía por nadie.
Bajé detrás de él. No dije nada. Él tampoco.
La tarde fue larga. Sin luz, sin wifi, sin archivo, un hotel cerrado con dos alas y cuatro personas es un sitio en el que no hay nada que hacer salvo esperar y sujetar cosas.
Ayudé a Toni con dos contraventanas más.
Ella ayudó a Catalina en la cocina, la vi por la puerta batiente, cortando algo con el abrigo puesto, y Catalina la dejaba cortar.
Pasé por delante con una escalera y Catalina me vio y dijo, sin volverse, que ella cortaba bien y que yo sujetara, y seguí con la escalera, y me pareció que Catalina había repartido el hotel en dos oficios, cortar y sujetar, y que no se había equivocado en ninguno. A las cuatro Catalina sacó las velas.
Las de por si acaso. Una caja nueva, sin abrir, y las puso en el comedor, en la mesa del fondo, la de la ventana con luz, en fila, sin encender, para cuando se fuera la luz de la ventana, que se iba a ir a las seis. Toni las vio. No dijo nada. Fue a la cocina a por el mechero.
A las cinco y media subí a la 17.
No había nada que hacer allí. El portátil apagado, el radiador frío, la contraventana.
Me senté igual, en mi silla, con la mesa del director, y saqué de la chaqueta la hoja, la de la mañana, la de las tazas, que llevaba una semana en el bolsillo de dentro, y la leí a la luz que quedaba, que era poca, gris, de tarde de tormenta, y la volví a doblar y la guardé.
Y después cogí un papel.
Del hotel. Del bloc de recepción, con el nombre en azul, que había subido el sábado de las velas para apuntar cosas y no había apuntado ninguna.
Un bolígrafo, el de Batlle, que seguía siendo el único que tenía.
Y escribí. Tardé. Las palabras eran pocas.
Lo otro no. Llevaba dieciocho días diciéndole cosas en un margen con la hora y el nombre, donde todo lo que se dice se entrega, y lo que quería decirle ahora era pequeño, que bajara a cenar, y no había margen, y sin margen no tenía sistema.
Catalina había puesto las velas en la mesa del fondo.
Iba a encenderlas a las ocho. Iba a haber una mesa con luz en un comedor a oscuras, y cuatro sillas, y yo quería que ella bajara y no sabía cómo se pide eso sin un cuadro.
Se pide con un papel. Es lo que descubrí a las cinco y media del miércoles, con el bloc de recepción: que hay cosas que se piden con un papel.
No un cuadro. No una frase para un margen que se sincroniza con Madrid. Dos frases, a mano, con la letra que corre hacia delante, en un papel que no iba a leer nadie más que la persona a la que iba dirigido, porque no tenía historial ni hora ni nombre.
Salí al pasillo con el papel y la linterna apagada.
La puerta de la 17 estaba abierta. La dejé abierta. Y en el marco, a la altura de los ojos, con un trozo de celo del rollo que Toni tenía en recepción para el router, pegué la nota, por fuera, para que la viera cualquiera que pasara por el pasillo de la vieja, que era una sola persona.
Me fui a la 16 a esperar a que la leyera. A esperar, no a oír. Es distinto, y no lo había hecho nunca.