17
Lo llamé así. Estudiar al enemigo. Me lo dije con esas palabras porque eran palabras de trabajo, y con palabras de trabajo se pueden hacer cosas a las dos de la madrugada que con otras no.
Él había escrito a las siete y media que en el ala vieja se oía todo.
Yo había escrito a las doce y uno que entonces ya sabía que no dormía.
Y desde las doce y uno estaba tumbada con la pared a la izquierda, sin dormir, comprobando que era verdad, y a las dos me pareció que si iba a estar despierta de todas formas podía al menos saber qué escribía aquel hombre cuando no escribía para mí.
El catálogo. Cientos de títulos de una palabra, sin autor, con una duración.
Le di a uno al azar, de los de arriba, de los nuevos.
Voz de mujer. Una historia de un tren. La dejé a los dos minutos: estaba bien, y no era lo que buscaba, y no sabía qué buscaba.
Otro. Voz de mujer, distinta, más grave.
Un ascensor. Reconocí la manera de esperar un segundo más de lo que pide el texto, que era la de «Cocina», y pensé que aquella era la misma locutora, y que él escribía para ella, y que ella sabía leerlo, y eso me dio algo que no tenía nombre y que dejé donde estaba.
Bajé por el catálogo. Con el pulgar, hacia abajo, hacia los antiguos, que están al final porque nadie baja hasta el final.
Los últimos seis no tenían la foto de la mujer con auriculares.
Tenían un cuadrado gris. Seis títulos de una palabra, con fechas de hacía dos años, de cuando la aplicación empezaba y no tenía dinero para nada, ni para fotos.
Le di al tercero.
Voz de hombre.
No me sorprendió. Sordina tenía voces de hombre, había leído sobre ello, y una voz de hombre en un catálogo de mujeres no dice nada. Lo que me sorprendió fue a la tercera frase.
A la tercera frase la reconocí.
Reconocí la frase, no la voz. La voz la había oído en una carretera hablando del viento y en un comedor leyendo mi escena y a las tres de la mañana diciendo «ya», y sabía cómo sonaba, y aquella voz sonaba igual pero más joven, dos años más joven, con menos oficio, y no fue eso.
Fue la frase. La tercera. Una frase sobre una ventana que no cerraba bien, dicha por un hombre a una mujer que acaba de llegar a casa, y supe, con el móvil en el pecho y los ojos abiertos en la oscuridad, que ya la había oído.
Mayo de hace dos años. Prosperidad. Un jueves, o un viernes.
Yo había terminado la sexta y estaba en ese hueco entre un libro y otro en que una no sabe qué hacer con las manos, y una amiga, la del bar, la que cerró la aplicación con la velocidad con que se cierra lo que no se explica, me había dicho que probara.
Que era gratis el primero. Que no era lo que yo pensaba.
Lo probé. Una noche, con los auriculares, en la cama de Prosperidad con la calefacción apagada, elegí uno del final del catálogo porque el final es donde está lo que nadie mira, y era una voz de hombre, y era esta, y era esta frase.
La escuché entera. Siete minutos. Después me quité los auriculares y me quedé mirando el techo el tiempo que se mira un techo cuando una ha hecho una cosa que no va a contar, y abrí el historial y la borré.
Y borré la aplicación. Y no volví a pensar en ello porque hay cosas que no se piensan: se borran.
Al día siguiente empecé la séptima, y en la séptima hay una ventana que no cierra bien en el capítulo dos, y la escribí sin saber de dónde venía, y Nuria no la quitó, y está impresa, con el nombre de otra, en un libro que vendió lo que vendió.
Y ahora estaba a un tabique.
No detuve el audio. Lo dejé acabar. Los siete minutos.
Con la voz de hace dos años, con menos oficio, diciendo lo que decía, que era exactamente lo que yo había oído entonces, palabra por palabra, porque los audios no cambian, cambia quien los escucha.
Y yo había cambiado tres semanas en un hotel cerrado, y él dormía, o no dormía, al otro lado de una pared de 1971, sin saber que la mujer que tenía al lado lo había tenido al oído una noche de mayo en Madrid y lo había borrado.
Se acabó. El logo. Y el historial, con un elemento. Un solo título, con la hora, las dos y catorce.
No lo borré.
Me quedé con el móvil en el pecho y el historial abierto, y el pulgar encima de la papelera, y no lo borré. Lo apunto porque es la única cuenta que voy a hacer de esa noche: una. Una cosa que no borré.
Después apagué el móvil y me quedé mirando la oscuridad hasta que oí el somier de la 16, a las tres, uno, el de alguien que se tumba, y supe que había estado en la 17 hasta entonces, y cerré los ojos.
Por la mañana no fui a la 17.
Bajé a las nueve con el portátil y me senté en el comedor, en la mesa de la ventana, con la wifi a medias que llega a la mitad del comedor, y trabajé allí.
El capítulo ocho, el beso que no había escrito, con Clara y la linterna enfocando la mesa.
No avancé. Miraba la mesa de Clara y veía otra cosa, y lo que veía no se podía escribir en un archivo que se sincroniza.
Pensé en el viernes. En que el viernes la entrega iba a llevar la acústica y el sueño, la frase suya y la mía, con las horas, y en que Nuria las iba a leer como lo que ponía, y en que esa mañana yo había oído una cosa a las dos y catorce que no estaba en ningún archivo y que no iba a ir a Madrid nunca, porque no estaba escrita, y que era la primera cosa en tres semanas que tenía de él sin que él me la hubiera dado.
Él bajó a las diez. Se quedó en la puerta del comedor con su café, me vio, miró el hueco de la 17 en la escalera, y no preguntó.
No preguntó nada. Se sentó en su mesa, cuatro mesas más allá, con su portátil, y trabajó desde allí, con el retraso de dos minutos que hace la wifi del comedor, y en dos horas no apareció ningún cuadro suyo que no fuera técnico, y yo no puse ninguno que no lo fuera, y a las doce Catalina pasó y nos miró desde la puerta de la cocina y dijo, a nadie, que hoy la cocina cerraba a las nueve, que venía viento.
Venía viento. Se notaba en la luz, que se había vuelto blanca, y en las ventanas grandes, que vibraban en el marco con una nota baja, continua, como un electrodoméstico.
A las dos comimos con la luz blanca. Sobras de la caldereta, que estaba mejor que el lunes, como todo lo que se recalienta con cabeza.
Catalina dijo que la cocina cerraba a las nueve y que después de las nueve la que quisiera algo se lo hiciera con el gas, y miró a la ventana, y dijo que a las diez, más o menos, y no dijo qué.
Toni, desde recepción: «Hasta el jueves.
» Y volvió al telediario, que aún había.
A las cuatro Toni empezó a cerrar contraventanas.
Todas. Las del comedor primero, una por una, desde fuera, con la escalera, y el comedor se fue oscureciendo por tramos, ventana a ventana, como un cine, hasta que solo quedaron las dos de la esquina, donde estábamos nosotros, y Toni entró y las cerró desde dentro sin mirarnos, y encendió las luces del techo, que eran de las de hotel de temporada, blancas, sin sombra.
Después subió. Se le oyó por toda la vieja cerrando, de la 15 a la 17, y por la nueva, y en cada una la contraventana daba un golpe y el pestillo otro.
A las seis Catalina repartió linternas.
Una para cada uno, de las de pilas gordas, con la goma del mango cuarteada.
Me la dio en el comedor, me dijo que no la encendiera hasta que hiciera falta, que las pilas eran las últimas, y se fue a dársela a él, y él la cogió, y a las seis y diez subí a la 15 por el pasillo de la vieja con la linterna apagada en la mano, y él subía detrás con la suya, y en el pasillo, entre la 15 y la 16, nos cruzamos: él iba a la 17, yo a la 15, y cada uno llevaba una linterna, y no dijimos nada, y las dos linternas estaban apagadas.
La suya la llevaba colgando de la mano, hacia abajo, como se lleva lo que no se piensa usar.
La mía la llevaba delante, apagada, como se lleva lo que se va a necesitar.
Es la diferencia entre nosotros en dos linternas, y no la apunté porque ya la sabía.
Cené a las ocho, sola, con él en su mesa. Las ventanas cerradas hacían del comedor una caja, y en la caja se oía el viento como se oye un tren desde dentro de un túnel: todo alrededor y en ninguna parte.
A las diez se fue la luz.
Estaba en la 15, sentada en la cama con el abrigo, con el móvil al ochenta por ciento y el portátil cerrado.
Se fue de golpe, sin parpadeo, sin aviso, la lámpara y el radiador y la luz del pasillo debajo de la puerta, todo a la vez, y se quedó el viento, más alto sin la luz, y la oscuridad de una habitación con la contraventana cerrada, una oscuridad completa, sin ventana, sin nada.
No encendí la linterna. Se encienden las linternas cuando se quiere ir a algún sitio, y yo no quería ir a ningún sitio: estaba donde estaba, en la 15, con la manta y el abrigo, y lo único que había fuera de la 15 era un pasillo a oscuras y, al final del pasillo, la 17, y en medio, la 16.
Me quedé sentada con las manos en las rodillas oyendo el viento y la contraventana de la 15, que Toni había atornillado el domingo y que aguantaba, y que golpeó una vez, una sola, y volvió a aguantar, y pensando en una sola cosa: que en el móvil, en una aplicación que no había vuelto a abrir en todo el día, había un historial con un elemento dentro, con la hora de las dos y catorce, y que no lo había borrado, y que no tenía cargador porque el cargador de Fornells estaba enchufado a una pared que ya no daba nada.
Ochenta por ciento. Un audio sin borrar. Un hombre a un tabique que no sabía nada. Y la luz que no volvía.