Las partes indecentes 16
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La pared. Mi capítulo. Bruno con la oreja en el tabique y Clara respirando al otro lado, con la caldera de la nueva rota, con los cuartos pegados.

Lo había escrito el miércoles sabiendo qué pared era, lo había leído en voz alta el sábado con dos velas encendidas, y el jueves había ganado el único cuadro que ella había puesto en él: que Bruno oía demasiado.

Desde entonces, nada. Un capítulo entero sin un comentario en el margen, en un archivo donde todo lo demás tenía diez, y eso, en aquel archivo, era un ruido.

Había sido un lunes de números. Cuatro párrafos de Clara pensando, y yo había escrito «uno», y ella había dejado dos, y yo no había escrito nada más porque dos era la cifra exacta en la que ella cedía sin perder y yo ganaba sin ganar, y llevábamos tres semanas aprendiendo a parar ahí.

Antes, a las nueve y veinte, había escrito lo de que Clara pensaba porque pensaba ella.

Lo escribí como se escribe una nota sobre un personaje.

Lo escribí sabiendo que ella iba a leer la nota y a leer lo otro, y que no iba a poder decir que había leído lo otro sin decir que lo otro estaba ahí.

Ella contestó con lo mismo: Bruno estaba en mi audio.

Y con eso quedó claro, sin que lo dijera nadie, que en aquel margen ya había dos personas escribiendo de dos maneras y ninguna iba a ser la primera en decirlo.

Así que lo comenté yo.

Sobre mi propia línea, la de Bruno oyéndola respirar.

Como había hecho ella el domingo con la suya.

Una frase sobre la acústica del ala vieja.

Que allí se oía todo. Lo escribí como se escribe una nota de ambientación, con la hora, siete y treinta y cuatro, y le di a enviar, y me quedé mirando el cuadro colgando de mi propia frase como un hombre que se ha dejado una puerta abierta y espera a ver si entra corriente.

No entró. No de inmediato. Bajé a cenar.

Caldereta. Catalina la había anunciado por la mañana a Gala, según supe por Gala en un cuadro del mediodía que decía, sobre Bruno cocinando, que si Bruno hacía caldereta la hiciera con cabeza, que la caldereta se hace con la cabeza del pescado, y yo no lo sabía y lo puse.

Estaba en la mesa de siempre, en la de la ventana, y yo en la mía, y la mesa de en medio desnuda, y Catalina sirvió la caldereta en dos platos hondos y se quedó de pie entre las dos mesas con la cazuela.

—He comprado velas —dijo.

No lo dijo a nadie. Lo dijo al comedor. Toni, desde recepción, sin volverse:

—Las compra todos los inviernos. —Por si acaso. —Y nunca hacen falta.

Catalina lo miró. Fue una mirada larga, de cuarenta años, de las que no se describen porque no hay nada que describir: una mujer mirando a un hombre que dice que las velas nunca hacen falta, con una cazuela en las manos, en un hotel donde el hombre del tiempo ha dicho que el martes viene fuerte.

Se fue a la cocina. Toni subió el volumen del telediario un punto.

Yo tenía un chiste. Lo tenía en la boca, uno bueno, sobre las velas y los cuarenta años y lo que hace falta y lo que no, algo de que un hombre que lleva cuarenta inviernos diciendo que las velas no hacen falta es un hombre al que le han hecho falta cuarenta veces.

Era bueno. Me lo sé. No lo dije. La regla no tenía nada que ver; la regla era sobre el libro.

No lo dije porque Catalina había mirado a Toni de esa manera y en esa mirada no había sitio para nadie más, y porque Gala había levantado la cabeza del plato para ver la mirada y la había visto, y yo la vi verla, y con eso ya había demasiada gente mirando.

Comimos la caldereta. Estaba hecha con cabeza. Se notaba: sabía a lo que sabe una cosa que alguien ha hecho igual durante cuarenta años sin preguntarse si podía hacerla de otra forma.

A las diez y media salí a la puerta de atrás. Toni estaba, con el cigarro y la puerta entornada. No me miró. Me quedé a su lado con las manos en los bolsillos, mirando lo que él miraba, que era el mar en negro y una luz en la costa, lejos, que se encendía y se apagaba.

—El faro —dijo. —¿De dónde? —De ahí.

Y eso fue toda la geografía. Dio una calada. El viento se llevó el humo hacia el hotel, hacia la cocina, donde Catalina fregaba con la luz encendida y la ventana cerrada, porque con tramuntana se cocina con la ventana cerrada y se friega igual.

—Las velas —dije. —Ya. —¿Han hecho falta alguna vez? —Tres. —¿En cuarenta años? —Cuarenta y tres.

Apagó el cigarro en el marco de la puerta, con cuidado, y se guardó la colilla en el bolsillo de la camisa, junto al paquete, para que no la encontrara nadie, y entró.

Tres veces en cuarenta y tres años. Me quedé un minuto más con el faro, contando lo que se encendía, y pensé que Catalina compraba velas todos los inviernos por tres veces, y que Toni decía que nunca hacían falta por las cuarenta que no, y que los dos tenían razón, y que eso es un matrimonio: dos personas con razón en cuartos distintos de la misma casa.

A las once subí. La 17, el radiador, la lámpara de pie.

El cuadro seguía colgando de mi frase con el hueco vacío debajo.

Trabajé el capítulo ocho, que era el suyo, donde ella había dejado a Clara en el segundo párrafo con la linterna enfocando la mesa.

No lo toqué. Es suyo. Miré la linterna enfocando la mesa durante un rato y pensé que nunca había leído una descripción tan exacta de dos personas en una habitación, y que ella lo había escrito con una linterna y una mesa y sin nombrar a nadie, y que eso es lo que yo no sé hacer: nombrar algo por lo que hay en medio.

A las doce sonó la gota.

En mi cuadro. En el hueco. Una frase corta. Que entonces ya sabía que no dormía.

Me quedé quieto. Es lo que hago cuando me alcanza algo: me quedo quieto y espero a que pase, y normalmente pasa.

Aquello no pasó. Leí la frase otra vez. Era técnica.

Era una respuesta a una nota de ambientación: si en el ala vieja se oye todo, entonces Bruno, y quien lea a Bruno, sabe que Clara no duerme.

Eso decía. Eso ponía. Cualquiera en Madrid lo habría leído así.

Pensé en el viernes. En que aquellas dos frases, la mía de las siete y treinta y cuatro y la suya de las doce y uno, iban a subir a Madrid con la entrega, como todo, y en que Nuria las leería como lo que ponía, una nota sobre acústica y una respuesta sobre un personaje, y en que aquello era lo bueno y lo malo de escribir en un margen que se entrega: que todo el mundo lo lee y solo dos personas lo entienden.

Y yo, en la 17, con la 16 a un tabique y la 15 a dos, con la lámpara de pie y el radiador y la noche, lo leí de la otra manera, y la otra manera era esta: que a las doce de la noche de un lunes, al otro lado de dos tabiques de 1971, había una mujer despierta que acababa de decirme que lo sabía.

Que sabía que yo la oía. Y que no dormía.

Me levanté. Fui a la 16. No encendí la luz. La 16 de noche es una habitación de hotel de 1971 con la persiana bajada y un radiador que suena a agua, y con la luz apagada es solo el radiador y la pared, y eso era lo que yo quería: el radiador y la pared, y nada más en medio.

Me senté en la cama, en el borde, con la pared de la 15 a mi derecha, y escuché.

Se oía, como había escrito yo. El somier de la 15, quieto, y quieto es un sonido: el de un somier con peso encima que no se mueve.

Se oía, o me pareció, la respiración de alguien tumbado que no duerme, que es más corta que la de alguien que duerme y no tiene ritmo, y se oía el viento en la contraventana de ella, que da al mar y la mía no.

Me quedé sentado con las manos en las rodillas contando lo que no se puede contar, y ella al otro lado haciendo, seguramente, lo mismo.

Llevo dos años escribiendo para que cuarenta mil personas se pongan unos auriculares en una cama a oscuras y escuchen a alguien respirar.

Lo sé hacer. Sé dónde va la pausa y dónde va el aire y cuánto tiene que durar el silencio antes de la siguiente palabra para que la que escucha se incline hacia el móvil.

Y estaba en el borde de una cama a oscuras, sin auriculares, escuchando a alguien respirar a través de un tabique, y no había pausa que yo pudiera poner ni aire que colocar.

Lo que se oía era lo que había. No había logo al final.

No había historial que borrar por la mañana.

Pensé: yo tampoco.

Yo tampoco duermo. Desde el miércoles de la hoja. Lo pensé entero, así, con las cuatro palabras, sentado en el borde de una cama en la oscuridad con una pared al lado, y era verdad, y me quedé con la verdad un segundo.

Por el frío, claro. El radiador de la 16 hace ruido de agua y no calienta lo que dice, y yo duermo mal con frío. Por eso.

Volví a la 17, descalzo por el pasillo de la vieja, que de noche está a la temperatura de la vieja.

No sé por qué. Sí lo sé: porque en la 16 se oía y en la 17 no, y necesitaba no oír durante un rato para poder pensar, y en la 17 estaba el archivo con las dos frases, la mía sobre la acústica y la suya sobre el sueño, una debajo de otra, con las horas, siete y treinta y cuatro, doce y uno.

Veintisiete minutos entre una y otra. Las miré.

No contesté. ¿Qué se contesta a eso? Que yo tampoco.

Eso no se escribe en un margen con el nombre encima para que lo lea Nuria el viernes.

A la una abrí el capítulo ocho. El suyo.

Clara con la linterna enfocando la mesa, Bruno a un metro, dos párrafos.

Sabía lo que venía. Lo sabía ella y lo sabía yo y lo sabía la linterna.

Podía escribirlo: es lo mío, un beso en una cocina a oscuras, siete minutos, lo escribo en una hora.

Puse el cursor al final del segundo párrafo y lo dejé ahí parpadeando el tiempo que se tarda en no escribir algo.

No la escribí. Era suya. Y además, y esto lo pensé con la mano quieta, si la escribía yo, la escribía en una cocina del hotel de la abuela con una linterna que no era la mía, y lo que yo quería saber no estaba en esa cocina.

A las dos cerré el portátil.

Con una mano. Yo lo cierro con una mano; ella con dos. Y me quedé con la tapa gris delante, apagada, y en la pantalla apagada, en el reflejo de la lámpara de pie, no se veía nada, y yo releí la frase igual, de memoria, con la pantalla negra: que entonces ya sabía que no dormía.

A las dos y media el viento subió. Se notó en la contraventana de la 17, que empezó a golpear con el ritmo del jueves, cada seis segundos, y se notó en que la de la 15, al otro lado, la que da al mar, golpeaba también, más fuerte, y en que ella no se levantó a sujetarla.

Yo tampoco fui. Toni la había atornillado el domingo y aguantaba, y aguantó, y los dos golpes, el de mi ventana y el de la suya, se turnaron durante media hora como dos relojes mal puestos en habitaciones distintas.

No volví a la 16 hasta las tres. No para dormir. Para estar del lado de la pared donde se oía.