15
El lunes empezó con cuatro párrafos de Clara pensando antes de un beso, y yo los había escrito todos.
Capítulo ocho. La tormenta del hotel de la abuela, la luz que se va, Clara y Bruno en la cocina con una linterna, y Clara, antes de que pase lo que pasa, piensa.
Piensa en la abuela, en el comprador, en el plazo, en que Bruno no tiene contrato y en que ella sí tiene un billete de vuelta, y después piensa en que está pensando, y solo entonces Bruno la besa.
Cuatro párrafos. Los había escrito en noviembre en Prosperidad y me habían parecido necesarios, porque una mujer que ha hecho inventario durante siete capítulos no se deja besar sin hacer el de la situación.
A las nueve y veinte, un cuadro.
Que Clara pensaba porque pensaba yo. Y que Bruno no estaba ahí para que ella pensara.
Lo leí con la cabeza ladeada. Después con la cabeza recta.
Era un comentario sobre Clara. Tenía el nombre de Clara y el de Bruno y hablaba de un capítulo, y cualquiera que lo hubiera leído en Madrid, Nuria, Rubén, habría visto una nota técnica de un consultor sobre el exceso de introspección de un personaje antes de una escena de contacto.
Eso era. Eso decía. Y yo, a dos metros de quien lo había escrito, con las manos rojas del pasillo, leí otra cosa, y no tenía forma de demostrar que había leído otra cosa, y eso era exactamente lo que él había hecho: escribir una cosa que se pudiera leer de dos maneras y dejarme a mí elegir cuál.
Contesté con lo mismo.
Que Bruno no estaba ahí. Que estaba en su audio.
Y le di a enviar, y me quedé mirando el cuadro.
En tres semanas, ningún comentario mío había nombrado nada que no estuviera en el libro.
Su audio no está en «Marea viva». «Cocina» no existe en aquel archivo, ni la mujer de la guardia, ni el cajón; existían en una hoja que él tenía en un bolsillo y en un párrafo que yo había metido debajo de su escena y que Nuria ya había leído.
Y ahora estaban en un cuadro sobre Clara, con su nombre y el mío, y él iba a leerlo y a entender que yo también sabía escribir cosas de dos maneras.
Lo leyó. No contestó. Siguió con el capítulo siete, con su humo, y yo con mis cuatro párrafos, y no comentamos nada de aquello ni entonces ni en toda la mañana, y nadie, en tres semanas, había señalado nunca que un cuadro hablara de otra cosa, y tampoco lo hicimos aquel lunes.
Es una regla que no está escrita en el primer cuadro y es la que mejor cumplimos.
A las diez y media dejó otra nota en el capítulo ocho, y esta no era sobre los párrafos.
Sobre la linterna. Que una linterna en una cocina a oscuras no ilumina la cocina: ilumina lo que uno enfoca, y que había que decidir qué enfocaba Clara, porque lo que enfoca una persona con una linterna es lo que quiere ver.
Contesté que Clara enfocaba el suelo. Contestó que nadie enfoca el suelo con un hombre a un metro.
Contesté que Clara sí. Contestó que entonces Clara no necesitaba cuatro párrafos sino una linterna mejor.
Me reí. Sola, en mi lado de la mesa, sin ruido, y él no lo vio o lo vio y no lo apuntó, y cambié la linterna: Clara enfocaba la mesa.
Ni el suelo ni él. La mesa, que está en medio.
Lo dejó pasar. Los dos sabíamos de qué mesa hablaba Clara.
A las once me fui a andar.
Era hora de trabajar, no de andar. Cerré el portátil con las dos manos, me puse el abrigo, y él no levantó la vista, y bajé, y salí por la puerta del vestíbulo al viento, que ese lunes soplaba menos que la semana anterior, o yo lo había dejado de notar.
Cala Tirant está a veinte minutos por el camino de la urbanización, entre casas blancas con las persianas echadas y un cartel de una inmobiliaria con el teléfono borrado por el sol.
Lo sabía por Toni, que me lo había dicho el jueves cuando le pregunté si se podía andar hacia algún sitio que no fuera Fornells: «Tirant.
Veinte minutos. No hay nada». No había nada.
Una playa con la arena movida por el viento en dunas pequeñas, un chiringuito cerrado con las mesas encadenadas y una pizarra donde todavía se leía, en tiza medio borrada, un menú de agosto con tres platos y un precio, y el mar.
Pensé en el billete de Clara. En que Clara tiene un vuelo de vuelta y lo sabe en cada capítulo, y en que yo tenía uno también, el seis de marzo, y que Nuria lo había puesto en el pósit debajo del nombre del hotel, y que un billete de vuelta es lo que hace que una mujer pueda quedarse en un sitio sin miedo: porque sabe que se va.
Clara lo sabe. Yo lo sabía. Y él, que no tenía billete que yo supiera, que se iba de los sitios sin billete, con una excusa buena, según había dicho sobre Bruno sin decirlo, él no lo sabía, y por eso Bruno se quedaba en el hotel de la abuela y por eso el hotel no era suyo.
Me senté en un escalón de hormigón del chiringuito, con el abrigo hasta arriba y la arena entrando por los zapatos, y conté.
Semanas: tres, contando la que empezaba.
Entregas: dos, con dos verdades dentro que no eran mías.
Verdades mías en el archivo: una, de dos palabras, sobre una frase de Clara.
Cuadros que hablaban de otra cosa: los que había ese lunes por la mañana, dos, uno de cada uno.
Párrafos de Clara pensando antes de un beso: cuatro.
Los que iba a dejar: no lo sabía todavía.
Lo que sí sabía era que había venido a la playa a contar porque en la 17 no se podía contar, porque en la 17 estaba él escribiendo humo con la cabeza baja, y las cuentas, cuando hay alguien delante, salen mal.
Las olas no se cuentan. Lo había aprendido el sábado. Conté las dunas: seis. Cuando se acaban las cosas que contar, una vuelve.
Volví a la una por el mismo camino, con la arena en los zapatos y las dunas contadas, y a la entrada del hotel, en la puerta del vestíbulo, estaba Toni con una escalera plegada bajo el brazo, mirando el cielo.
Leyéndolo, más que mirándolo. Con la cabeza hacia atrás y los ojos entornados, como quien lee un cartel lejos. El cielo estaba blanco por un lado y gris por el otro, con una raya en medio, y el viento venía del lado gris.
—El martes viene fuerte —dijo.
No me lo dijo a mí. Se lo dijo al cielo, o a la escalera. Pero yo era la única persona que había en la puerta, y me quedé.
—¿Más que ahora? —Más. —¿Cuánto? —Fuerte.
Y entró con la escalera, y yo entré detrás, y aquello era lo más largo que me había dicho Toni desde el primer día, cuatro palabras y una fecha, y me lo apunté junto con las dunas.
A las dos comimos. Lentejas; la caldereta era para la noche.
Un guiso con la mesa de en medio otra vez desnuda, y Catalina pasando dos veces, y Toni en recepción con el telediario, donde el hombre del tiempo dijo lo mismo que Toni con más palabras y un mapa.
Él comió deprisa. Yo despacio. Subimos por separado, con el minuto de siempre en medio.
Por la tarde volví a los cuatro párrafos.
Quité uno. El de la abuela. Clara no piensa en su abuela en una cocina a oscuras con un hombre delante; eso lo pensaría yo, que soy la que tiene una abuela que le escribió una carta, y Clara la tendría en el capítulo quince, cuando la encontrara.
Quedaron tres. Los releí. Estaban bien. Eran tres párrafos de una mujer haciendo inventario de una situación antes de dejarse, y cualquiera que lea de dos maneras habría leído los tres.
La gota. En el primero de los tres. Una palabra, con su nombre y la hora: uno.
Uno. Que dejara uno.
Me quedé mirando la palabra como se mira un número en una factura.
Un párrafo. Un consultor que había venido a escribir tres escenas me decía cuántos párrafos podía pensar Clara antes de que la besaran, y lo decía con un número, y el número era uno, y lo peor era que llevaba tres semanas viendo cómo trabajaba y sabía que no lo decía por ganar. Lo decía porque había contado también.
Dejé dos.
Dos, no uno. El del billete de vuelta, porque Clara tiene un billete y eso es un hecho, y el de darse cuenta de que está pensando, porque ese es el que la salva de ser Clara.
Borré el del comprador y el del plazo. Se fueron en un segundo, doscientas palabras de noviembre, con el cursor.
Miré el cuadro con su «uno». No contesté.
Dejé dos, y él lo vio, y no escribió nada más, y en ese silencio del margen había un acuerdo que ninguno de los dos habría firmado en voz alta: que Clara pensaba dos párrafos, que era uno más de lo que él quería y dos menos de lo que yo había escrito, y que el beso venía después.
Antes de guardar, hice la cuenta que no había querido hacer.
Besos en siete novelas: veintitrés. Los sé porque los escribí, y porque en cada uno hay una decisión sobre quién se acerca primero, y esa decisión la había tomado yo veintitrés veces con un cursor, en Prosperidad, con la calefacción apagada, y en veintitrés veces no había estado nunca en la cocina.
Es un dato. Lo apunto como se apuntan los datos: sin sacar nada de él.
No lo escribí. El beso. El capítulo ocho se quedó aquel lunes en el segundo párrafo de Clara, con la linterna encendida y Bruno a un metro, y guardé el archivo así, a medio camino, sabiendo que al día siguiente había que escribirlo, y sabiendo lo que iba a escribir cuando lo escribiera, y quién iba a leerlo a dos metros de distancia.
A las siete cerré y me fui a la 15 y me quedé de pie en la ventana, con el mar debajo, mirando la raya del cielo, que ya no se veía porque era de noche, pero estaba, y venía del lado gris. Martes. Un día. Conté las horas: veinticuatro. No supe para qué.