Las partes indecentes 14
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El domingo a las ocho entré en la cocina de Catalina a preguntar por el fuego.

Tenía el capítulo siete a medias desde el sábado.

Bruno cocina para Clara. Es la primera comida que Clara hace sentada en tres años, y eso lo había escrito ella en el borrador y estaba bien, pero lo de Bruno delante del fogón era mío, y en mi versión Bruno cocinaba con la ventana abierta porque la campana no tiraba, y yo no sabía si eso se podía hacer.

En Barcelona sí. En un hotel de la costa norte de Menorca en febrero, con lo que había fuera, no lo sabía, y la única persona que lo sabía estaba pelando patatas.

—¿Se puede cocinar con la ventana abierta? —¿Con esto? —Con esto. —Se apaga el fuego. —No levantó la vista—. Nadie cocina así con tramuntana. Se apaga el fuego y se te llena la cocina de gas. Aquí se cocina con la ventana cerrada y se aguanta el humo.

A las once bajé al bar cinco minutos. Sin portátil.

Me senté en la única silla que había bajado el sábado de la primera semana, delante de la barra de formica verde, sin wifi y sin nada, y me quedé mirando las botellas vacías del estante, que llevan ahí desde que cerraron y que nadie ha quitado porque quitar botellas vacías es reconocer que ya no vuelve nadie.

Cinco minutos sin pantalla. Es lo más parecido a fumar que tengo, y me lo permito una vez al día, como Toni, y sin colilla que esconder. Después subí.

A las doce apareció la gota.

En el capítulo seis. El suyo. Clara escribe un correo para echar a Bruno y no lo envía.

Yo había leído el capítulo seis en el borrador y estaba bien, y lo había leído el martes cuando ella lo cambió y estaba mejor, y ahora tenía una línea nueva al final de un párrafo, corta, en la que Clara, delante del correo sin enviar, sabe cómo debería sentirse y no lo siente.

Y debajo de la línea, un cuadro. Suyo. Sobre su propia línea. Nadie comenta sus propias líneas. Es como hablarse a uno mismo delante de otro: se hace para que el otro lo oiga.

Dos palabras. Que aquello era verdad.

Lo leí cuatro veces. No las conté; se cuentan solas cuando uno no sabe qué hacer con las manos. La primera para leerlo. La segunda para saber que había leído bien. La tercera para ver si decía algo más, y no decía nada más. La cuarta porque no sabía qué hacer con las manos.

Ella estaba a dos metros con la vista en su pantalla. No me miró. No había escrito aquello para que la mirara; lo había escrito para que lo leyera, y no es lo mismo, y para que yo tuviera lo que ella tenía de mí desde el viernes: algo dicho en el margen que no se puede devolver.

Podía usarlo. Ahí estaba la cosa. Lo he hecho antes, con otras.

Alguien te da una frase verdadera y tú la coges y la conviertes en otra frase, mejor, más rápida, que deja claro que has entendido, y la persona se siente leída y se siente en tus manos, y en lo mío eso es exactamente lo que se busca, siete minutos de que alguien se sienta en tus manos, y después el logo.

Sé hacerlo. Es lo que mejor sé hacer. Y por eso lo reconocí cuando lo tuve delante: en dos años no me había pasado no querer hacerlo.

Llevaba dos semanas en aquella habitación aprendiendo a leerla, y lo que acababa de darme era la llave de todo: Clara no siente lo que sabe que debería sentir.

Ella tampoco. Siete libros de amor firmados por otra, escritos por alguien que sabe exactamente cómo debería ser y nunca lo ha tenido, y me lo estaba diciendo con una frase de Clara y dos palabras suyas, y yo podía contestar cualquier cosa.

Podía escribir que ya lo sabía. Podía escribir que se notaba.

Podía escribir tres frases sobre ella y habría tenido razón en las tres, y ella lo sabía cuando lo escribió, y por eso lo escribió: para ver qué hacía yo con eso.

No contesté a ella. Contesté a la frase.

Escribí que lo sabía, y que era la única frase de la novela que no había corregido.

Y era verdad. Ella corrige todo. Corrige lo mío y lo suyo y lo de Catalina en la cabeza y las palabras del telediario.

Llevaba tres semanas viéndola pasar por sus propias frases con el cursor, quitar una coma, ponerla, cambiar un verbo, volver al anterior.

Aquella línea no la había tocado. La había escrito a las ocho de la mañana, se veía en la hora, y a las doce estaba igual, con su punto, y ella la había mirado desde entonces y no había cambiado nada, y eso, en ella, era lo que en otra persona sería gritar.

Le di a enviar. Esperé la gota de vuelta. No vino.

Abrí «Escalera» en otra ventana. El guion del viernes, el que había mandado a Paula, siete minutos que acababan donde acababan.

Puse el cursor al final, después del último sonido, y me quedé mirando el blanco.

Dos personas en un rellano con la luz apagada.

Qué hacen después. Escribí una frase: que la luz volvía a encenderse.

La borré. Escribí que ella cogía las bolsas.

La borré. Escribí que él bajaba un escalón.

Ese lo dejé un minuto entero y lo borré también, porque bajar un escalón es irse, y eso ya lo sabía escribir.

Cerré la ventana sin guardar. Sabía qué pasaba después, o casi.

Todo lo que se me ocurría era una salida, y ella había escrito un cajón.

Trabajamos. Ella en el seis, yo en el siete, con Catalina en mis dos frases y el humo en la cocina de Bruno.

A las cuatro vi que había cambiado el párrafo anterior a la línea.

Tres veces. Lo vi por el historial del cuadro, que marca las horas: cuatro y dos, cuatro y once, cuatro y veinte.

Reescribió el párrafo de antes tres veces en veinte minutos, quitando cosas, y la línea no la tocó.

La línea seguía con su punto. Era como ver a alguien limpiar alrededor de una mancha que ha decidido dejar.

A las dos bajamos a comer y las velas estaban recogidas.

Las treinta. Catalina las estaba metiendo en una caja de cartón, en el mostrador del comedor, una por una, con su vaso, las dos gastadas encima de las veintiocho nuevas, y cerró la caja y la puso debajo del mostrador, y la mesa de en medio estaba otra vez sin mantel, y sirvió arroz sin una palabra, y Toni tenía el telediario.

Yo miré la caja debajo del mostrador y pensé que el año que viene iba a haber treinta velas otra vez, dos de ellas más cortas, y que nadie en aquel hotel tiraba lo que había servido.

Todo había vuelto a su sitio salvo dos frases en un archivo, la suya y la mía, una debajo de otra, y un hueco debajo de la mía que no se llenó en toda la tarde.

Y estuvo bien.

Lo digo así porque me sorprendió. El hueco vacío del viernes, el de mi confesión, me había durado dos días como una piedra en el zapato.

El hueco de aquel domingo no. Era otro hueco: el de dos personas que se han dicho algo cada una y no hace falta seguir.

Un silencio que yo no conocía, porque en lo mío el silencio siempre es el de después del logo.

A las siete se fue. La oí en el pasillo, en la puerta de la 15, que cerró con cuidado.

Bajé las tazas del café a la cocina. Había empezado a hacerlo el jueves para tener una razón para bajar. Catalina estaba fregando. No se volvió.

—¿Ya habláis? —Por escrito. —Eso no es hablar. —Es peor.

Se rio. Una sola vez, corta, hacia el fregadero, sin dejar el estropajo, y siguió fregando, y yo dejé las tazas y subí, y fue la primera cosa que le hice gracia a Catalina en dos semanas, y me la apunté como se apunta un gol en un partido que no cuenta.

Me quedé en la 17 con el radiador, mirando las dos frases.

Pensé lo que pensé. Que acababa de darme lo mismo que yo le había dado el viernes, exactamente lo mismo, una frase verdadera en el margen sin adorno, y que no me lo había dado por justicia ni por deuda: me lo había dado porque era verdad y porque era la única manera que tenía de decirlo, con Clara delante, con el nombre de otra en la portada.

Que había tardado dos días. Que yo había tardado dos semanas.

Normalmente aquí es donde pongo lo otro. La segunda frase, la que arregla la primera: para lo que sirve, o como todo el mundo, o por el frío. Es un sistema. Me protege de decir algo entero.

No la puse.

Apagué la lámpara. Me fui a la 16. Al otro lado, a las once, el somier de la 15 hizo su ruido, uno, y después el silencio, y yo me quedé mirando el techo sin nada que socavar, con la hoja en la chaqueta y dos frases en un archivo, y con la sensación de que aquel silencio, a diferencia de todos los anteriores, tenía otra forma.

Una pausa. Y las pausas, en lo mío, las sé leer.