13
Lo comprobé antes de subir. El hilo, no el párrafo.
Los tres comentarios de anoche seguían colgando de la primera línea, con las horas, con los dos nombres, y el último era el suyo, tres palabras, que no la borraba.
Podía haber quitado el hilo y dejar el párrafo.
Podía haber quitado el párrafo y dejar el hilo, que habría sido absurdo, un permiso para borrar lo que ya no existía.
No quité nada. Lo que hay, se entrega. Le di a subir y la barra se llenó de izquierda a derecha en cincuenta y dos segundos, lo que tarda una semana en irse a Madrid.
Nuria no había contestado a la primera entrega.
No contesta nunca. Lee, y lo que piensa se sabe en marzo.
Pero la primera entrega llevaba un cuadro sobre una boda y esta llevaba una mañana con un cajón, y yo sabía que en Madrid alguien iba a leer las dos cosas seguidas y a no preguntar nada, y que no preguntar es la manera que tiene Nuria de tomar nota.
Él no levantó la vista. Sabía lo que estaba subiendo.
Lo sabía desde las siete y veinte de la noche anterior, cuando escribió que no la borraba, y desde entonces no había vuelto a tocar el capítulo nueve, ni el suyo ni el mío ni el párrafo, y trabajaba en el capítulo siete con la concentración de quien ha decidido no mirar algo y necesita todas las manos para conseguirlo.
A las once y cuarenta apareció un cuadro.
Lo vi porque el archivo hace un ruido pequeño cuando entra un comentario nuevo, un ruido de gota, y porque la gota sonó en su lado y no en el mío.
Estaba en el capítulo nueve. En su escena.
En la suya, no en mi párrafo: en la última línea de su versión, donde Bruno se queda dormido en cuatro líneas, en el después que él había escrito el lunes de la primera semana en cuatro líneas porque, según decía ahora el cuadro, era lo que sabía escribir de después.
Lo leí. Lo leí tres veces, lo que leo las cosas que no voy a contestar.
Decía que sus audios acababan donde acababan porque no sabía qué pasaba después. Y que ahí lo tenía.
Ahí lo tenía. Tres palabras al final, sin adorno, con la hora, con su nombre encima, en un archivo que yo acababa de mandar a Madrid y que ya no iba a incluir aquello hasta el viernes siguiente, y él lo sabía, y por eso lo había escrito a las once y cuarenta y no a las diez y treinta y nueve: para que fuera mío una semana antes de ser de nadie.
No contesté.
Me quedé con las manos encima del teclado y el cursor en el hueco de la respuesta y no escribí nada, y esta vez no borré nada porque no llegué a escribirlo.
Es la segunda. La primera fue el «Ok.», que era una no-respuesta con puntuación.
Esta no tenía ni eso. Él lo vio, porque el cursor parado se ve, y volvió a su capítulo siete, y yo al mío, que era el seis, y trabajamos hasta las dos con un cuadro entre los dos que decía la verdad sin que lo leyera en voz alta ninguno.
Por la tarde trabajé el capítulo seis. Clara escribe el requerimiento para echar a Bruno del hotel, con fecha y plazo, con las palabras que usan los despachos, y lo lee, y lo vuelve a leer, y no lo envía.
Lo había escrito en noviembre como una escena de trabajo: una abogada que hace lo que sabe hacer y no le da al botón.
Ese viernes lo releí con un cuadro de él abierto tres capítulos más adelante y vi que Clara no enviaba el correo porque enviarlo era decidir por Bruno lo que Bruno tenía que perder, y que eso no lo había escrito yo.
Estaba, pero no lo había escrito. Cambié dos frases.
Dejé el correo sin enviar. Y al final del párrafo, donde Clara se queda mirando la pantalla, dejé un hueco que no sabía llenar.
Lo que pasa con una verdad en el margen es que se queda. No se va a Madrid, no se borra, no se olvida. Está ahí colgada de una frase, con una hora, y cada vez que una pasa por esa frase la ve. Pasé por esa frase cuatro veces esa tarde. Las cuatro seguía.
El sábado era San Valentín.
Lo supe porque en el comedor había velas.
No una. Una en cada mesa. Treinta mesas con sus manteles, veintiocho con las sillas encima, y en cada una, en el centro, una vela pequeña, blanca, de las de vaso, apagada, con la mecha nueva.
Las conté al bajar a desayunar, porque treinta velas en un comedor cerrado se cuentan solas, y porque contar era lo único que podía hacer con ellas sin que fuera una pregunta, y Catalina estaba detrás del mostrador con la cafetera y no me miró, y yo no pregunté, porque lo que se pregunta se convierte en conversación y la regla seguía en el primer cuadro con su artículo nuevo.
Antes de bajar pasé una hora en la 17 sola.
Él no estaba. Había salido a andar, o a lo que sea que hace un hombre sin abrigo con aquel viento, y la habitación tenía el radiador puesto y la silla suya vacía con la chaqueta colgada del respaldo, y no miré la chaqueta más de lo que se mira una chaqueta.
Abrí el archivo. Fui a su cuadro del viernes, el de las once y cuarenta, el de que no sabía qué pasaba después, y lo leí una vez más, la cuarta, y esta vez no lo leí como una verdad suya.
Lo leí como lo que era también: la nota técnica más exacta que había recibido en seis años sobre por qué mi cocina no funcionaba.
Él no sabía qué pasaba después. Yo no sabía qué pasaba antes.
Y entre las dos cosas estaba una escena de tres páginas en la que una mujer se sujetaba a una encimera.
Por la tarde bajé a las rocas. Debajo de la ventana de la 15 hay un camino de cemento que baja hasta el mar, con una barandilla oxidada y un cartel de prohibido que nadie ha quitado desde los ochenta, y lo bajé con el abrigo hasta arriba y el viento empujándome de lado, y me quedé en la última roca mirando el agua un cuarto de hora, contando olas, y las olas no se pueden contar, y lo intenté.
Doce. Después perdí la cuenta y me pareció bien haberla perdido.
Subí con la cara helada y las manos en los bolsillos, por el camino de cemento con la barandilla oxidada, y por el camino pensé en la vela de mi mesa, en que Catalina la había puesto sabiendo que yo la iba a contar, y en que treinta velas es un número que se pone para que alguien lo cuente.
Se lo pregunté a Toni, porque a Toni se le puede preguntar sin que sea una conversación. A la vuelta, en la puerta de atrás, donde estaba con un cigarro que no era de una cajetilla suya.
—¿Y las velas? —Todos los años. —¿Desde cuándo? —Desde que hay velas.
Y dio una calada, y miró el mar, y entendí que aquello era una respuesta completa y que la fecha estaba en algún sitio donde yo no iba a llegar preguntando.
Cenamos a las nueve. Las dos mesas de siempre, la mía en la ventana y la suya a cuatro mesas, y la de en medio otra vez con mantel, que Catalina había vuelto a poner sin plato de nada, solo el mantel y la vela, y en nuestras dos mesas las velas estaban encendidas.
Solo esas dos. Las otras veintiocho, apagadas, con su mecha nueva.
Catalina las había encendido a las nueve menos cinco con un mechero de cocina y después se había ido a la cocina como si hubiera encendido dos fogones.
Toni cambió la tele.
Quitó el telediario y puso un canal de música, de esa música de los canales de música de los hoteles, con un piano sin dueño, y bajó el volumen hasta un punto en que se oía y no se escuchaba, y volvió a su silla de recepción y no miró al comedor.
Nadie había pedido nada. Ni las velas ni el piano ni el mantel de en medio.
Aquel matrimonio llevaba cuarenta años encendiendo velas el catorce de febrero en un hotel que en febrero no tenía a nadie, y ese año tenía a dos personas que no se hablaban, y las había encendido igual, porque las velas eran de ellos, no para nosotros, y nosotros estábamos debajo.
Comí mirando la mía. Él comió mirando la suya.
La cera bajó un centímetro en cada una y el piano hizo lo que hacen los pianos de los canales de música, que es no acabar nunca, y a la mitad del segundo plato pensé que si alguien nos hubiera visto desde fuera, por la ventana negra, habría visto exactamente lo que había: dos personas cenando solas en el mismo comedor con una vela cada una y treinta metros de mesas vacías, y no habría entendido nada, y habría tenido razón.
Después de cenar, él se levantó con el portátil.
Se puso de pie entre las mesas, en el sitio del lunes, con el portátil en la silla, y abrió el capítulo cinco. La pared. El suyo. El que había dejado escrito el miércoles sin comentar y que yo había comentado el jueves, y que él había ganado, y que desde entonces nadie había tocado.
Lo leyó.
Bruno y Clara en la vieja del hotel de la abuela, con la caldera de la nueva rota, en cuartos pegados.
Bruno con la oreja en la pared. Clara respirando al otro lado.
Doce minutos también, lo miré en el reloj adelantado, y no había en aquellas páginas ni un chiste.
Ninguno. Yo había leído la escena en pantalla y sabía lo que había, pero leerla y oírla son cosas distintas, y con su voz, que no subrayaba nada, la escena era exactamente esto: un hombre que no se acerca porque sabe lo que pasa cuando uno se acerca, escuchando a una mujer dormir a un tabique de distancia, y contando su respiración como quien cuenta algo que no es suyo.
Catalina no dijo nada desde la cocina.
No había nada que decir. No había muñecas, ni equilibrios, ni tutoriales. Había un tabique, y una respiración, y un hombre que se quedaba de su lado. Y la vela de mi mesa, que seguía encendida, y la de la suya, con el portátil delante, y el piano.
Cuando acabó cerró la tapa y se fue a la escalera sin mirar a nadie.
Toni apagó el piano desde recepción en ese momento exacto, como quien baja el telón, y el comedor se quedó con el ruido del viento y dos velas, y yo me quedé sentada en la mesa de la ventana hasta que la mía se apagó sola, que fue a las once menos veinte.
La suya se apagó antes. La había dejado ardiendo y se apagó a las once menos cuarto, tres minutos antes que la mía, y lo apunto porque lo conté.
Subí a la 15.
La manta, el radiador, la pared. Me senté en la cama con el abrigo, por costumbre, y no abrí el portátil. No abrí nada. Me quedé con las manos en las rodillas, oyendo.
Estaba al otro lado. Lo sabía por el somier, que había hecho su ruido a las once, y por el silencio de después, que era el silencio de alguien que también está sentado.
No escribía. Yo tampoco. Un tabique de 1971, un hombre que había leído en voz alta cómo un hombre escucha una respiración a través de un tabique de 1971, y yo del otro lado, respirando, intentando no hacerlo alto, cosa imposible, y lo intenté.
No escribí nada. Ni en el margen ni en ningún documento.
Me tumbé vestida encima de la manta y me dormí tarde y mal, con la sensación de tener una deuda, que es una sensación muy concreta: yo llevaba dos verdades suyas en el archivo, la de la iglesia y la del después, y él no tenía ninguna mía, y las deudas, cuando se acumulan, empiezan a pesar más que lo que se debe.
Por la mañana, a las ocho, antes de bajar, abrí el archivo por el capítulo seis, que era el mío de esa semana. Clara escribe el requerimiento para echar a Bruno y no lo envía. Puse el cursor al final de un párrafo, donde Clara se queda mirando la pantalla con el correo escrito, y escribí una frase.
La miré. No la corregí. Era la primera frase en tres semanas que escribía y no corregía, y la dejé exactamente como había salido, con su punto, y bajé a desayunar.