Las partes indecentes 12
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La encontré a las siete menos cuarto de la mañana del miércoles, encima de la tapa gris, con el pliegue hacia la puerta, y supe lo que era antes de tocarla porque en aquel hotel solo había dos personas que dejaran papeles y una era yo.

Una hoja. Impresa en la impresora de Toni, se notaba en la franja gris que deja el tóner por el borde.

Doblada en dos. La abrí de pie, sin sentarme, sin encender la lámpara, con la luz de la ventana que empezaba, y arriba ponía «después», en minúscula, sola, como un título que no quiere serlo, y debajo empezaba una mañana.

Mi mañana. La de «Cocina». La mujer de la guardia, el hombre en la cocina que no debería estar y sí, y lo que yo nunca había escrito porque nunca me lo había pedido nadie: él hacía café.

Buscaba las tazas. No las encontraba porque estaban en el cajón de debajo del horno, que es un sitio absurdo, y ella lo veía desde la puerta con la cafetera en la mano y no le decía dónde estaban, y hablaban.

De si la cafetera quemaba. De si él trabajaba. De una ventana que no cerraba.

Era buena. No es eso. Era mía. Era mi mujer y mi hombre y mi cocina, con las voces que yo les había dado, hablando de una cafetera con las palabras que habrían usado, y hablando de nada, y el nada les salía bien, y yo no sabía que les podía salir bien porque nunca les había dejado llegar hasta ahí.

Ella los había cogido de donde yo los dejo, en el último sonido, antes del logo, y los había sentado a desayunar.

Doblé la hoja por el mismo pliegue. Me la metí en el bolsillo interior de la chaqueta. Y estuvo ahí todo el día.

Todo el día. Trabajamos en la 17 desde las nueve, ella en su lado y yo en el mío, y la hoja en mi bolsillo, contra el pecho, doblada, y ella no la mencionó, ni en el margen ni de ninguna forma, y yo tampoco.

Trabajé el capítulo cinco. Es el de la pared: la caldera del ala nueva del hotel de la abuela está rota y Clara y Bruno tienen que dormir en la vieja, en cuartos pegados, y Bruno oye respirar a Clara al otro lado de un tabique.

Ella me había dejado el capítulo a mí el lunes, por escrito, con un cuadro que decía que la pared era mía porque yo sabía de eso, y yo había pensado que se refería a que sabía de dos personas en cuartos pegados, y a media mañana del miércoles, escribiendo a Bruno con la oreja en la pared, me di cuenta de que estaba describiendo la 16 y la 15, con su tabique de 1971 y su somier, y de que ella lo sabía cuando me lo dejó.

Lo dejé escrito. No lo comenté. Hay cosas que se escriben y se dejan, y esa era una.

A las dos bajamos a comer y el plato de aceitunas no estaba.

Ni el plato ni los dos tenedores ni la mesa de en medio con su mantel: Catalina había quitado el mantel de la mesa de en medio y la había dejado desnuda, de madera, con las sillas encima, como las otras veintisiete.

Lo miré. Ella lo miró. Catalina sirvió la sopa en las dos mesas de siempre y no explicó nada, y yo pensé que aquello era un veredicto y no sabía de qué, y que Catalina llevaba diez días haciendo veredictos con manteles y nadie le había pedido ninguno.

Por la tarde llamó Paula. En la 17 no cojo llamadas; salí al pasillo, junto a la 16, donde la señal aguanta a medias, y Paula me preguntó por el guion de la semana, porque yo había prometido tres antes de irme y uno más para el viernes, y el del viernes no existía.

—Lo tengo a medias. —A medias no se locuta. —Lo sé. —Leire pregunta si el de la cocina tiene segunda parte. —¿Segunda parte de qué? —Yo qué sé. Lo pregunta ella. Dice que lo escuchan dos veces. —Nadie escucha nada dos veces. —Pues eso dice.

Me quedé con el móvil en la oreja y la mano en el bolsillo de dentro, donde estaba la hoja.

Le dije a Paula que el viernes tendría algo.

Colgué. La 15 estaba a un metro, con la puerta cerrada, y detrás de la puerta estaba la única persona en cuatrocientos kilómetros que había escrito un después para lo mío, y yo acababa de decirle a mi jefa que lo tenía a medias.

Ella me miró dos veces esa mañana. Lo sé porque yo la miré cuatro. Cuando levanté la vista la segunda vez, tenía los ojos en la pantalla y una mano en el bolsillo del abrigo, y pensé que ella también llevaba algo ahí, y que no lo iba a saber.

El jueves por la mañana ella dejó un cuadro en la pared.

En mi capítulo cinco, en la línea donde Bruno oye respirar a Clara, escribió que Bruno oía demasiado, que nadie oye respirar a través de un tabique.

Contesté que ese tabique era de 1971 y que se oía hasta un bolígrafo.

Ella contestó que eso no lo sabía el lector.

Yo contesté que lo sabía yo, y que con eso bastaba.

No contestó más. Dejó la línea. Era la primera vez que ganaba yo un cuadro sobre la pared, y lo gané porque los dos sabíamos de qué pared hablábamos y ninguno lo escribió.

El jueves leyó ella.

Fue a las cuatro, a la misma hora que yo el lunes, y no me avisó por el margen: se levantó, cogió el portátil, se puso el abrigo y bajó, y yo entendí lo que iba a pasar por el abrigo, porque en la 17 no hace falta y en el comedor sí.

Bajé cinco minutos después. Estaba de pie en el centro del comedor, entre las mesas, con el portátil en una silla, en el mismo sitio donde yo había puesto la mía, y no me esperó.

Leyó el capítulo cuatro. Rehecho. El de Bruno enseñando el hotel a Clara.

No lee como yo. No sabe. Lee como quien lee un informe delante de gente que va a votar: recto, sin voces, sin subir en ningún sitio, y al principio pensé que era un fallo y a la segunda página entendí que era la forma.

Leía sin adornar nada porque el texto no lo necesitaba, y cuanto más recto leía más se veía lo que había escrito, que era esto: un hombre enseñando reparaciones y una mujer anotándolas como mejoras que subían el precio, y nadie diciendo lo que estaba pasando, que era que él le estaba enseñando su casa y ella le estaba diciendo lo que valía.

Me quedé de pie junto a la puerta con las manos en los bolsillos.

La derecha en el de fuera. La izquierda en el de dentro, sobre la hoja.

Leyó doce minutos. Lo sé porque miré el reloj de la pared del comedor, que va dos minutos adelantado, al empezar y al acabar, y porque en doce minutos ella no se equivocó en una sola palabra, ni se trabó, ni volvió atrás, y eso, en alguien que no lee en voz alta, se consigue de una sola manera: sabiéndose el texto de memoria.

Se lo sabía. Había escrito el capítulo cuatro tres veces, la última el sábado por lo de Bruno sin contrato, y se lo sabía entero, y lo leyó como quien recita una lista de la compra que ha hecho ella, sin mirar casi la pantalla, mirando un punto de la pared del fondo.

Catalina no dijo nada desde la cocina. No había nada que decir. No había muñecas.

Cuando acabó cerró el portátil, con las dos manos, y se quedó de pie un segundo mirando la ventana, y después pasó por delante de mí hacia la escalera, y en ese segundo pensé una cosa que no voy a apuntar en ningún margen: que me gustaría que leyera lo mío.

Así, recto, sin voces. Que cogiera «Cocina» y lo leyera en un comedor vacío como quien lee un informe.

Para que se diera cuenta de que es mejor, claro. Para eso.

Subí. Trabajamos hasta las siete. A las siete se fue, y yo me quedé en la 17 con el radiador, y a las siete y veinte abrí el archivo para cerrar el día y vi que había algo nuevo, y que no era un cuadro.

Texto. En el capítulo nueve, después de mi escena, después de mi después de cuatro líneas, había un párrafo que no estaba por la mañana.

Cuatrocientas palabras, con una línea encima que decía «después», en minúscula.

Ella había transcrito la hoja. La había metido en el archivo.

En el libro. En «Marea viva», debajo de mi cocina, con Clara y Bruno en vez de la mujer y el hombre, con el cajón de debajo del horno, con la cafetera, con la ventana que no cerraba. Como una escena más.

Y el viernes se entregaba.

Me quedé mirando el párrafo con la hoja en el bolsillo.

Era lo mismo. Palabra por palabra, salvo los nombres.

Ella había cambiado la mujer por Clara y el hombre por Bruno y lo había dejado ahí, en el archivo, con su nombre en el historial y la hora, cinco y cincuenta, para que el viernes fuera a Meridiana debajo de mi escena, y para que yo lo viera esa noche y decidiera.

Pensé en Nuria leyendo el viernes. En Nuria llegando al final de mi cocina, que le iba a gustar, y encontrándose debajo cuatrocientas palabras de cafetera, con Clara y Bruno hablando de una ventana.

Nuria no pregunta. Nuria lee. Y si leía aquello con mi escena encima, iba a entender lo que yo había entendido en la 17 a las siete menos cuarto de la mañana: que la escena estaba a medias, y que lo que la completaba no lo había escrito el consultor.

Pensé en los cuarenta mil. En que ninguno había pedido nunca una mañana. En que mi madre guarda títulos en una carpeta y en que en dos años no había guardado un después porque no había ninguno, y en que ahora había uno, en el bolsillo de mi chaqueta, y no era mío.

Porque eso era. Una decisión. Podía borrarlo.

Tenía el cursor, tenía la papelera, tenía el derecho: era mi escena y aquello no era mi escena.

Podía seleccionar las cuatrocientas palabras y borrarlas y el archivo volvía a acabar donde yo acabo, en el último sonido, y el viernes Nuria leería una cocina de siete minutos y nada más.

Abrí un cuadro en la primera línea del párrafo. Escribí que aquello no era mío. Tres palabras. Era verdad, y era lo único que podía decir sin decir lo otro.

Contestó en un minuto. Estaba en la 15, al otro lado de la pared, con el portátil abierto, esperando. Escribió que era mi audio con una mañana. Y que podía borrarla.

Podía borrarla. Lo había escrito ella. Me daba permiso, por escrito, con su nombre, para hacer lo que llevo dos años viendo hacer a cuarenta mil personas a la semana: escuchar hasta el final y borrar el historial.

Me lo ponía fácil. Me lo ponía tan fácil que era imposible, y lo sabía cuando lo escribió, y yo lo supe cuando lo leí.

Me quedé con el cursor sobre el párrafo diez minutos.

Lo sé porque miré la hora al empezar, ocho y cuatro, y al final, ocho y catorce, y en esos diez minutos leí el párrafo tres veces más, y a la tercera ya no leía: sabía dónde estaba cada palabra y lo que estaba haciendo era mirar cuánto pesaba.

Pesaba lo que pesa una hoja. Con la hoja en el bolsillo.

Con la pared al lado, y al otro lado de la pared alguien que no borraba nunca nada, que entregaba lo que había, hasta lo mío, hasta lo de la iglesia de Cangas, y que ahora me había dado la papelera para ver qué hacía yo con ella.

No la borré.

Escribí que no la borraba. Tres palabras.

Le di a enviar. El cuadro se cerró con las tres frases dentro, la mía, la suya, la mía, con las horas, y quedó colgado de la primera línea del párrafo como quedan las cosas que ya no se pueden deshacer sin que se note en el historial.

Y el párrafo se quedó donde estaba, debajo de mi cocina, con las tazas en el cajón de debajo del horno, para que lo leyera Nuria, para que lo leyera quien fuera, con su nombre en el historial y mi permiso en el margen.

Apagué la lámpara. Me fui a la 16. Al otro lado, el somier de la 15 hizo su ruido, uno, el de alguien que se tumba, y después nada, y yo me quedé mirando el techo con la hoja todavía en la chaqueta, colgada de la silla, en el bolsillo de dentro, donde iba a seguir.