11
Había una regla nueva en el primer cuadro del archivo, debajo de la mía, con su nombre y las ocho y cincuenta, y la encontré el lunes al abrir.
Que se podía hablar del libro en voz alta.
Solo leyendo. Nada de opinar, nada de discutir, nada de «yo creo»: si alguien quería decir algo del texto en persona, cogía el texto y lo leía en voz alta, entero, y el otro escuchaba, y después, si había algo que decir, se decía por escrito.
Lo había redactado con mi formato, sin adjetivos, como quien copia el reglamento de la comunidad para añadirle un artículo, y el artículo era suyo.
Lo leí dos veces. La segunda vez con la cabeza ladeada, como leo lo que puede ser una trampa. No lo era. Era peor: era una regla que él iba a cumplir y yo no, porque yo no leo en voz alta ni la lista de la compra, y él vivía de eso.
Contesté que de acuerdo. Lo contesté porque pensé que no se atrevería. Lo pensé con esas palabras, «no se atreverá», que son las palabras que una usa justo antes de que alguien se atreva.
A las cuatro de la tarde bajó al comedor con el portátil.
No me lo dijo. Lo vi levantarse, cerrar la tapa, salir de la 17 sin abrigo, y lo oí bajar la escalera de la vieja, y durante cinco minutos estuve sola con el radiador pensando que había ido a por café.
Después apareció un cuadro en el capítulo nueve, en la primera línea de la escena de la cocina, mi escena, la de noviembre, la de Rubén.
Dos palabras: que bajara al comedor, y que fuera ahora. Con la hora. Cuatro y siete.
Bajé.
El comedor estaba vacío, con las treinta mesas y sus manteles, con la luz de febrero entrando de lado por las ventanas grandes, y él estaba de pie en el centro, entre las mesas, con el portátil abierto encima de una silla, como un atril, y yo me quedé en la puerta y él no esperó a que me sentara.
Leyó.
Leyó mi escena. La de la cocina del hotel de la abuela, Clara y Bruno, la primera vez. Entera. Desde la primera línea. Con esa voz.
No la había oído nunca leer. Había oído tres frases sobre el viento en una carretera y tres palabras a las tres de la mañana, y con eso había apuntado que sabía cuánto duraba una frase.
Aquello era otra cosa. Aquello era la voz de un hombre que llevaba dos años diciendo a desconocidas, al oído, lo que iba a pasar, y sabía dónde bajar y dónde parar y dónde no respirar, y estaba usando todo eso, todo, con mi texto, en un comedor vacío de Menorca, mirando la pantalla y no a mí.
Y mi texto aguantaba. Ese era el problema.
Con la voz de Rubén, la escena había sonado a préstamo; con la suya, sonaba a lo que era: a una escena escrita por alguien que sabe escribir frases y no sabe qué hace un cuerpo.
Él no exageraba. No hacía ninguna voz de Clara ni ninguna voz de Bruno.
Leía como quien cuenta lo que ha pasado en una cocina y lo cuenta bien, y cuanto mejor lo contaba, más se veía que en aquella cocina no había pasado nada.
Aguanté de pie. Aguanté la luz de la campana y las manos de Bruno y las manos de Clara y Clara mirando la puerta, y aguanté a Clara mirando la puerta otra vez, porque en mi escena Clara mira la puerta dos veces y yo nunca lo había oído, y aguanté hasta la encimera.
—«… apoyó la mano en la encimera para no perder el equilibrio.»
Lo leyó igual que todo lo demás. Sin subrayarlo. Sin mirarme. Y desde la cocina, a través de la puerta batiente, sin salir, con un ruido de cuchillo detrás, la voz de Catalina:
—Esa chica se va a hacer daño en la muñeca.
Él paró. Un segundo. No para reírse; para respirar donde tocaba. Y siguió, tres párrafos más, hasta el final, hasta Clara dormida, y cerró la tapa del portátil con una mano y se quedó de pie entre las mesas, callado, porque la regla era leer y ya había leído.
Yo me levanté.
Ya estaba de pie; quiero decir que me moví. Crucé el comedor por delante de él sin mirarlo y empujé la puerta batiente y entré en la cocina.
Catalina estaba cortando puerro en una tabla, en la encimera de acero, con la campana zumbando y una olla al fondo. No levantó la vista. Yo me quedé al otro lado de la encimera, con las manos apoyadas en el borde, que estaba frío, y me di cuenta de dónde tenía las manos y las quité.
—¿Cómo la escribiría usted?
Lo pregunté de verdad. No era retórico. Se lo pregunté a una mujer con un cuchillo porque era la única persona de aquel hotel que había dicho dos cosas ciertas sobre mi escena sin haber leído nunca un margen.
Catalina cortó dos rodajas más. Después dejó el cuchillo, se limpió las manos en el delantal y me miró.
—Yo no la escribiría. La haría.
Y cogió otra vez el cuchillo.
No dije nada. No había nada que decir a eso que no fuera peor que eso.
Salí de la cocina, crucé el comedor, donde él ya no estaba, subí a la 17, donde él sí estaba, sentado, escribiendo, y me senté en mi lado y abrí el portátil y en el cuadro de la primera línea de la escena, debajo de sus dos palabras, no escribí nada.
Trabajé. Trabajé tres horas en el capítulo cinco, que es de la pared, y no toqué el nueve, y a las siete cerré y me fui.
Esa noche, en la 15, con la manta marrón y el radiador y la pared, hice cuentas.
Él había leído mi escena en voz alta. La voz la había aguantado.
La escena no. Eso era un hecho. Otro hecho: él escribía lo que yo no sabía escribir, y lo escribía en dos horas un miércoles, y se llamaba «Cocina», y lo escuchaban cuarenta mil personas a la semana.
Lo había puesto en un cuadro el sábado, para ganar.
Tercer hecho: nadie de esas cuarenta mil personas había escuchado nunca qué pasaba después, porque en lo suyo no había después.
Lo sabía por el hilo de las tres de la mañana.
Lo sabía por «después de qué». Lo sabía porque él mismo lo había escrito en el margen con su nombre encima: que yo no escribía el después porque no escribía el antes.
Y yo le había contestado que él no escribía el después porque no sabía qué pasaba.
Era verdad. Y una verdad sin demostrar es una opinión.
El martes por la mañana me suscribí a Sordina.
Un mes. Con la tarjeta, en la 15, con la wifi a medias del pasillo, que en la 15 llega si una se pone junto a la puerta.
Nunca me había suscrito. Había leído sobre ello, como todo el mundo; había visto el logo en el móvil de una amiga, una vez, en un bar, y la amiga había cerrado la aplicación con la velocidad con la que se cierra lo que no se explica.
Ahora tenía el catálogo en la pantalla. Cientos de títulos, de una o dos palabras, sin autor, con una duración y una foto de una mujer con auriculares que no era ninguna de las locutoras, o sí.
Busqué «Cocina». Estaba. Siete minutos. Le di.
Escuché con los auriculares, sentada en el suelo de la 15 junto a la puerta, con el abrigo puesto por costumbre.
Una voz de mujer. Joven, con una manera de esperar un segundo más de lo que pide el texto.
Una mujer que vuelve a casa de una guardia y hay alguien en su cocina que no debería estar y sí debería, y lo que pasa.
Siete minutos. Estaba bien. Estaba muy bien, y lo pensé como se piensa una cosa que se preferiría no pensar: que en siete minutos aquel hombre hacía con dos personas en una cocina lo que yo no había hecho en tres páginas, y lo hacía sin que nadie se sujetara a nada, y sin que nadie mirara la puerta, y con una precisión de manos que yo no sabía de dónde sacaba y no quería saberlo.
Y se acababa.
Se acababa donde se acababa. La mujer y el hombre y la cocina, y un último sonido, y el logo.
Nada más. Ni una mañana. Ni un café. Ni saber si ella dormía o si él se iba o si al día siguiente había que hablar de algo.
Siete minutos de dos personas y ninguna palabra sobre lo que pasa cuando dos personas siguen ahí.
Me quité los auriculares. Me quedé sentada en el suelo con el móvil en la mano y la pared de la 16 a mi espalda, y pensé que ya sabía lo que le faltaba, y que se lo iba a escribir.
Abrí un documento nuevo. No el archivo. Un documento en blanco, mío, sin cuadros, sin nombres. Y escribí una mañana.
No la escena. La escena era suya y no la toqué.
Puse una línea, «después», y empecé donde él se había parado.
Por la mañana él hizo café. Ella lo oyó desde la cama, el ruido de la cafetera de una cocina que no era la suya, y él abrió dos armarios buscando las tazas y no las encontró, porque las tazas estaban donde ella las guardaba, que era en un sitio absurdo, en el cajón de debajo del horno, y él siguió de pie con la cafetera en la mano sin saber dónde poner el café, y ella lo vio desde la puerta y no le dijo dónde estaban, y hablaron.
De nada. De si la cafetera era de las que quemaban, de si él trabajaba hoy, de que la ventana no cerraba bien, de nada.
Cuatrocientas palabras. Ni una de sexo. Ni una de amor.
Dos personas y una cafetera y un cajón absurdo.
Fue lo más difícil que había escrito en dos años.
Lo digo porque es verdad: siete libros de amor y lo que me costó fueron cuatrocientas palabras de una mañana en la que no pasaba nada.
Porque él tenía razón en lo del antes y yo tenía razón en lo del después y las dos razones se sostenían en el mismo cajón de debajo del horno.
Lo imprimí en recepción.
La impresora de Toni, la de la recepción, es de las que hacen ruido y tardan, y tiene un cartel pegado con celo que dice «NO TOCAR» con letra de Catalina y una segunda línea, más pequeña, con letra de Toni, que dice «tocar poco».
Le di a imprimir desde el móvil, con la wifi del router, y bajé, y la hoja estaba saliendo, y Toni estaba en su silla con la tele sin sonido, mirando salir la hoja como se mira salir un ticket de aparcamiento.
Cuando terminó, la cogí. Toni me miró. Miró la hoja, que no podía leer desde donde estaba. Me miró otra vez.
—¿Es del libro? —No.
Es lo único que me preguntó Toni en toda la semana, y se lo contesté con la verdad, y él asintió con la cabeza como quien confirma que el tiempo va a seguir igual.
Esa noche esperé a que él se fuera de la 17. A las siete y diez, cuando oí la puerta de la 16, subí con la hoja doblada en dos y entré, y la habitación estaba como siempre, con la lámpara de pie apagada y el radiador haciendo su ruido y su portátil cerrado en su lado de la mesa, con la tapa gris.
Dejé la hoja encima del portátil. Con el «después» hacia arriba.
No le puse nota. No le puse nombre. Él sabría de quién era: en aquel hotel había dos personas que escribían y una de las dos era él.
Me quedé un segundo mirando la hoja sobre la tapa gris, blanca, doblada, con el pliegue hacia la puerta, y pensé que era la primera cosa que dejaba en aquella habitación que no estaba en el archivo, y que por eso no se podía borrar, y que por eso la había impreso.
Volví a la 15. Me senté en la cama con la manta.
Y esa noche no abrí el archivo, la primera desde que había llegado, porque lo que tenía que decirle no estaba en el archivo, estaba encima de su portátil, en una hoja, con un cajón de debajo del horno dentro, y él iba a encontrarla por la mañana, y a partir de ahí lo que hiciera con ella era suyo.