Las partes indecentes 10
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El sábado a las ocho abrí el historial de la carpeta, cosa que no se hace, y estaba.

La entrega del viernes. Subida a las once y doce de la mañana, con todos los cuadros de la semana dentro, cuarenta y tres, y el mío del miércoles entre ellos, en el capítulo dos, con mis cuatro frases y, debajo, con la hora de las once de la noche, dos letras suyas. Ok. Con punto.

No lo había borrado. Podía. Tenía el archivo, tenía el cursor y tenía la papelera pequeña, y había subido lo de los votos a Meridiana con mi nombre encima para que lo leyera una editora que no había hecho una pregunta en seis años.

Es lo primero que supe de ella sin que me lo dijera nadie: que entrega.

Lo que hay, lo entrega. Aunque sea de otro. Aunque sea de ella.

Cerré el historial. Me quedé con el ok.

Ok es la respuesta que se da cuando no se quiere contestar y no se quiere no contestar.

Lo sé porque la uso. La usé con Sonia y con Paula, y la uso con mi madre cuando pregunta si como.

Es una palabra que hace de puerta cerrada sin cerrojo.

Y ella la había puesto con mayúscula y con punto, que es como se pone cuando se quiere que parezca una frase, y me hizo gracia, y no me reí, porque el sábado a las ocho en la 17 no hay nadie a quien reírle primero.

A las nueve llegó ella. Con los tres pares de calcetines, se notaba en los zapatos, y sin guantes, que era una novedad, y con la cara de haber dormido.

La manta no la mencionó. Yo tampoco. Abrió el portátil en su lado y empezamos, y a las nueve y veinte dejé un cuadro en el capítulo cuatro, en el párrafo donde Bruno le enseña a Clara lo que ha arreglado en tres años: que Bruno enseñaba las reparaciones porque no sabía decirle que se quedara.

Ella contestó en dos minutos. Que Bruno no decía que se quedara porque no era su hotel.

Me quedé con eso un rato. Bruno no tiene contrato.

Vive en un hotel que no es suyo, arreglando cosas que no son suyas, y cuando llega la dueña no le pide nada porque no tiene con qué.

Ella lo había escrito así desde el principio y yo lo había leído como un fallo de Bruno y era un fallo de contrato.

Acepté la corrección con la única forma que teníamos: cambié mi frase y no dije nada.

A las diez me fui al bar.

No porque hiciera falta. Porque en la 17 hacía calor y había una mujer sin guantes a dos metros que había escrito «Ok.

» con punto, y yo quería saber si podía trabajar en otro sitio.

Cogí el portátil y bajé al bar del hotel, que estaba cerrado como todo, con la barra de formica verde y las sillas encima de las mesas, y me senté en la única silla que bajé y abrí el archivo, y el archivo no cargó.

Sin wifi. Lo había medido el domingo y se me había olvidado el bar.

Tres rayas en la 17. Ninguna en la barra de formica.

Volví a subir. Ella no estaba.

Se había ido a la nueva, a la 31, la del primer día, que estaba vacía y tenía una mesita y le pareció bastante, y lo supe porque la oí subir por la otra escalera cuando yo bajaba, y porque en el archivo, a las diez y veinte, apareció un cuadro suyo que no cargaba entero: una frase cortada por la mitad, y después nada.

En la 31 no llegaba la wifi. Lo había medido también.

Yo me fui a recepción.

El router estaba allí, pegado a la pared con cinta, con sus tres luces, y la señal era la mejor del hotel, y también estaba Toni, en su silla, con la tele.

Un partido de tercera división en un canal que no conocía.

Me senté en el otro sillón de recepción con el portátil en las rodillas y trabajé una hora con el fútbol al lado y Toni sin mirarme, y en el archivo empezaron a aparecer cuadros suyos a medias y a desaparecer, porque ella escribía desde donde no había señal y el archivo no sabía qué hacer con eso.

A las once y media escribí un cuadro para ella, largo, sobre el capítulo cuatro, y a las once y treinta y siete apareció una respuesta suya a un cuadro mío de las diez que yo ya había borrado.

Contestaba a algo que ya no existía. Contesté a su respuesta y su respuesta a mi respuesta llegó cuando yo ya había cambiado la frase, y durante veinte minutos discutimos, por escrito, cada uno con un archivo distinto, de cosas que el otro ya no había dicho.

Fue la discusión más pura que hemos tenido: ni ella ni yo teníamos razón, porque ni ella ni yo sabíamos de qué hablaba el otro.

A las doce apareció Catalina en recepción y le dijo a Toni algo en voz baja y Toni quitó el fútbol.

Sin mirarme. Catalina se fue por el pasillo de la nueva con el aro de llaves y volvió a los diez minutos sin él, y detrás de ella venía Gala, con el portátil y la cara de quien ha sido desalojada con educación.

—A la quince —le dijo Catalina, señalando la escalera de la vieja—. Que allí hay señal y hay radiador y la treinta y uno tiene humedad, ya te lo dije.

Gala subió. Yo me quedé en recepción con Toni, que volvió a poner el fútbol.

Al cuarto de hora bajó otra vez, con el portátil, y se fue al comedor. Yo esperé cinco minutos y me fui al comedor. No para seguirla. Porque en recepción, sin el fútbol, se oía a Toni respirar, y eso es peor que un partido de tercera.

El comedor tiene treinta mesas y una wifi que llega a la mitad.

Ella se sentó en la suya, la de la ventana, en el lado donde llega.

Yo me senté en la mía, cuatro mesas más allá, en el lado donde llega a ratos.

Y ahí sí. Ahí funcionó, a medias, como funciona todo en ese hotel: los cuadros iban y venían con retraso de dos minutos, de forma que cuando ella contestaba yo ya había borrado, y cuando yo contestaba ella ya había cambiado la frase, y a las dos Catalina puso los platos en las dos mesas y el de aceitunas en la de en medio y comimos escribiendo, cada uno con una mano, con el tenedor en la otra, sin levantar la vista, y Catalina nos miró desde la puerta de la cocina como se mira a dos niños que han encontrado la manera de pelearse sin que se les oiga.

A media tarde, en un cuadro del capítulo nueve, ella escribió que en mi versión de la cocina Bruno tocaba a Clara como quien monta algo.

Yo contesté que llevaba dos años escribiendo cocinas y que la última la había escrito en dos horas un miércoles y se llamaba «Cocina» y la escuchaban cuarenta mil personas a la semana sin que nadie se sujetara a ningún mueble.

Lo escribí para ganar. Lo gané: no contestó.

Me lo quedé como victoria y era otra cosa, pero eso no lo supe hasta el martes.

El domingo por la mañana había candados.

En todas las puertas del ala nueva, uno por puerta, de los de ferretería, con el aro pasado por el tirador y el marco.

La 22 también. La maleta de ella no estaba dentro: estaba otra vez a los pies de la cama de la 15, con la manta marrón encima, doblada en cuatro, y eso lo supe porque la puerta de la 15 estaba abierta cuando pasé y Catalina no deja puertas abiertas por casualidad.

En la vieja, candados en todas salvo la 15, la 16 y la 17, y la suite, que ya tenía llave.

Bajé a desayunar y Catalina me puso el café y dijo, sin que yo preguntara:

—Para la limpieza. —¿Qué limpieza? —La de las habitaciones donde no duerme nadie. Se limpian cerradas.

Toni, desde recepción, dijo «sí» sin volverse.

Yo no discutí. Con Catalina no se discute.

Se toma nota y se busca la siguiente habitación, y la siguiente habitación era la 17, y lo sabía ella y lo sabía yo y lo sabía Gala, que bajó a desayunar a las nueve y vio los candados desde la escalera, y se sentó en su mesa sin decir nada, y me miró un segundo, uno, como se mira a un compañero de encierro. En ocho días no había pasado.

Ella subió la maleta ella sola por segunda vez en una semana, esta vez en dirección contraria, en silencio, y Catalina en silencio, y Toni miró el fútbol. La 15. Otra vez la pared.

Trabajamos en la 17. Los dos. No había otra.

Fue un domingo largo y correcto. Cuadros técnicos, frases, cambios, y el viento, que el domingo por la tarde bajó un poco y volvió a subir a la hora de cenar, como quien se lo piensa.

Las dos tazas del lunes ya no estaban en medio de la mesa; Catalina se las había llevado con los candados, en la misma operación, y en su lugar no había nada, y los dos lo notamos y ninguno lo comentó, y trabajamos con el centro de la mesa vacío como si siempre hubiera estado así.

A las diez de la noche cenamos y volvimos.

Antes de subir le di a Toni el tabaco. El paquete del viernes, sin abrir.

Lo había comprado en Fornells sin saber para quién, porque un hombre que no fuma no compra tabaco sin un motivo, y el motivo era Toni, que fuma en la puerta de atrás a las diez y media todas las noches, un cigarro, con la puerta entornada para que Catalina no lo huela y lo huela.

Se lo dejé en el mostrador de recepción.

Lo miró. Me miró. Lo cogió y se lo guardó en el bolsillo de la camisa sin decir nada, como se dan las gracias en ese hotel.

Y a las once empezó la discusión de la semana, que era la de si Clara se fiaba de Bruno.

Es una discusión de oficio. En el capítulo cuatro Clara anota las reparaciones como mejoras que suben el precio, y yo decía que eso era desconfianza, y ella decía que eso era trabajo, y de ahí a la una de la mañana escribimos treinta y un cuadros en el mismo hilo, uno debajo de otro, con las horas, sobre si una mujer que apunta puede fiarse, y sobre si un hombre que arregla puede pedir, y en algún momento después de la una dejamos de hablar de Clara y Bruno sin que se notara en el archivo, porque seguían siendo sus nombres los que salían.

A las dos y media ella escribió que Clara no se fiaba de Bruno porque Bruno no le había pedido nada, y que no se puede fiar una de alguien que no pide.

A las tres menos cuarto yo escribí que Bruno no pedía porque sabía lo que pasaba cuando se pide.

A las tres, ella no había contestado. Estaba mirando la pantalla con las dos manos quietas encima del teclado, sin escribir, con el radiador haciendo el ruido de agua y la lámpara de pie dándole a la cara desde el lado, y yo la miré, y hablé. En ocho días no había hablado.

—Es que no se fía de nadie.

Lo dije en voz alta. Bajo. Hacia la mesa.

Ella no levantó la cabeza.

—No hablamos. —Ya.

Y nos callamos. Y seguimos escribiendo. El «ya» me salió sin pensarlo, que es como me salen los que importan, y ella siguió con los dedos sobre el teclado y yo con los míos, y la regla quedó donde estaba, con una grieta de tres frases en la que ninguno volvió a meter el pie.

A las tres y cuarto ella cerró el hilo de Clara y Bruno y bajó al final del capítulo nueve. A su versión. A la última frase de su escena, la que había escrito en noviembre en Prosperidad, la del después: Clara se quedaba dormida.

Puse el cursor en esa frase. La seleccioné en azul para que la viera. Y en el cuadro escribí lo que había estado pensando desde la primera página, desde el lunes, desde antes: que después de qué.