Las partes indecentes 9
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Escribía con guantes. Los de repuesto, los finos, que dejan mover los dedos y no calientan nada, y aun así cada tecla sonaba a hueso, a las siete de la mañana de un viernes.

Lo había leído veinte veces. Lo conté. No las veinte seguidas: el miércoles cinco, el jueves nueve, y esa mañana, antes de las siete, seis.

Veinte. Cuatro frases con la hora y el nombre encima, colgando de una frase mía de Bruno reconociendo a Clara, y ninguna de las cuatro tenía nada que corregir.

Lo peor de aquel cuadro era que estaba bien escrito.

Capítulo doce de la cuarta. Lloró. No se lo había dicho a nadie.

Un hombre que escribía deseo para desconocidas tres veces por semana había llorado en una iglesia con una frase mía y me lo había puesto en el margen, en un archivo que ese viernes iba a ir a Meridiana con su nombre y el mío arriba de cada cuadro.

Porque era viernes. Y los viernes se entrega.

Hice la lista de lo que Nuria iba a ver si lo dejaba: que el consultor había reconocido una frase de la cuarta en una boda; que la frase era mía, cosa que Nuria ya sabía; que había llorado, cosa que a Nuria le daba igual; que no se lo había dicho a nadie, cosa que ya no era verdad.

Cuatro cosas. Ninguna de las cuatro estaba en el contrato. Todas estaban en el archivo.

Lo tenía apuntado en el pósit de Nuria, debajo del nombre del hotel, con su letra: viernes, entrega parcial, carpeta.

Nuria leería lo que hubiera. Nuria leía todo lo que hubiera desde hacía seis años y nunca había hecho una pregunta sobre un margen, porque los márgenes, hasta ese viernes, solo habían tenido notas mías sobre frases mías, como quien habla sola.

Abrí el archivo a las once. Fui al cuadro. Puse el cursor encima, donde sale la papelera pequeña, la de borrar, y me quedé con el dedo en el ratón el tiempo que se tarda en decidir lo que ya está decidido.

No lo borré.

Subí el archivo entero, con el cuadro dentro, con los cuarenta y tantos cuadros de la semana, con las horas, con los dos nombres, y miré la barra de subida llenarse de izquierda a derecha en la wifi a medias del comedor, donde había bajado con el portátil para tener señal, y cuando llegó al final y dijo «completado» sentí lo que se siente cuando una ha hecho lo correcto por el motivo equivocado, o al revés.

No estaba segura de cuál. Entregar es lo que hago.

Lo que hay, se entrega. Es la única regla mía que no he escrito en ningún margen.

El supermercado de Fornells cerraba a las dos.

Lo sabía por el papel de recepción, donde alguien, Catalina, había escrito los horarios de invierno del súper con letra grande, y porque Toni no estaba.

Toni se había ido a las nueve con el coche a un sitio que Catalina llamó «lo del dueño» y no explicó.

Yo necesitaba dos cosas que no eran pilas: un cargador que había olvidado en Prosperidad y algo caliente que no fuera café, y a la una y cuarto me puse el abrigo, los guantes gordos encima de los finos, la bufanda del color equivocado, y salí por la puerta del vestíbulo con la bolsa de tela de Meridiana que uso para todo.

Él estaba fuera.

En la puerta, con una chaqueta que no era para aquel viento y una bolsa de plástico doblada en el bolsillo, mirando la carretera como quien calcula.

Me vio. Yo lo vi. Ninguno dijo nada, porque la regla estaba escrita y porque tampoco había nada que decir de un hombre y una mujer que salen de un hotel cerrado a la misma hora con dos bolsas, y echamos a andar a la vez, por la carretera de la urbanización, a un metro y medio de distancia, hacia Fornells.

Cuarenta minutos. Los conté después, de vuelta, por el reloj: cuarenta ida, cuarenta y cinco vuelta con las bolsas.

La carretera iba entre paredes de piedra seca con el viento cruzado, y el viento hacía que las dos bufandas fueran hacia el mismo lado, y durante el primer kilómetro no se oyó más que el viento y las suelas.

Yo iba contando postes. Él iba mirando las casas cerradas, una por una, con la cabeza girada, como quien busca una salida en cada una y no la encuentra.

—Esto no para —dijo.

Lo dijo al viento, no a mí. Un hombre que comenta el tiempo a nadie en una carretera vacía.

—Hasta el jueves —dije yo.

Me salió. Me salió porque lo había oído en el telediario de Toni y porque era un dato, y los datos se me escapan. No era del libro. La regla decía «nada del libro». El viento no era del libro.

—¿Quién lo dice? —El del tiempo. —El del tiempo dice lo que quiere. Aquí manda esto.

Y no dijo nada más en tres kilómetros, y yo tampoco, y fue, con la contraventana y el somier y las cuarenta y tantas horas de margen, la primera vez que oía su voz en una frase entera dirigida a mí, y sonaba a lo que sonaba: a alguien que sabe cuánto dura una frase.

No hice nada con eso. Lo anoté donde anoto las cosas que no tienen sitio, y seguí contando postes.

Fornells en febrero es un pueblo con las persianas echadas y un súper abierto, y un puerto con tres barcas amarradas que se movían las tres a la vez, con el mismo balanceo, obedientes.

Lo miré desde la puerta del súper el tiempo que se mira un puerto cuando se tiene prisa: nada.

Compré el cargador, que no tenían, y otro que sí, y sopa de sobre, y galletas, y un paquete de calcetines gordos que estaban en un expositor de rebajas junto a la caja, de esos de lana gris con una raya roja que no compra un alma en verano y que en febrero, en Fornells, eran lo único del expositor que quedaba.

Él compró café, pan, una botella de algo y tabaco, y no fuma, o no lo había visto fumar, y lo apunté también.

Pagamos por separado. La cajera nos miró como se mira a dos desconocidos que van juntos, una mirada muy concreta.

En la puerta del súper había un cartel de la fiesta de un pueblo del verano pasado, con la esquina levantada por el viento, y él lo miró como se mira una fecha, y yo pensé que aquel hombre miraba las cosas por el tiempo que llevaban ahí. Yo las miro por lo que dicen. Es la diferencia, y la apunté.

A la salida cogí mi bolsa. Él cogió la suya.

Y a los diez metros, sin pedir permiso y sin mirarme, alargó la mano y me quitó la mía, y se la colgó del otro brazo, y siguió andando con las dos, una en cada mano, contra el viento, como si aquello fuera lo normal y lo hubiéramos acordado en algún cuadro.

Se lo permití.

Lo pensé con ese verbo: permitir. Podía haberla recuperado.

Un gesto, la mano, «no hace falta». No lo hice.

Anduve los cuarenta y cinco minutos de vuelta con las manos en los bolsillos y las dos bolsas a metro y medio, en el brazo de un hombre que llevaba una chaqueta que no era para aquel viento, y conté postes, y en el último kilómetro dejé de contar porque me sabía el número.

A mitad de la vuelta pasó un coche, el único en hora y media, un todoterreno con matrícula de alquiler que redujo al vernos, dos personas con bolsas en una carretera vacía en febrero, y el conductor nos miró como se mira algo que no cuadra y siguió.

Yo pensé que desde fuera no cuadrábamos.

Que una pareja habría ido más cerca y dos desconocidos no habrían compartido las bolsas, y que lo nuestro no tenía nombre todavía, ni en el archivo ni en la carretera, y que así estaba bien.

En el vestíbulo me dio la bolsa sin mirarme, con el brazo estirado, y se fue a la vieja. Yo subí a la nueva. Los calcetines gordos me los puse encima de los otros.

Por la tarde trabajamos en la 17 como todos los días, con la regla, con los cuadros, y la carretera no la mencionamos, ni en el margen ni en ninguna parte, y a las seis me fui y él se quedó.

Y por la noche, en la 22, con los tres pares de calcetines y el abrigo encima del edredón, abrí el archivo.

El cuadro del capítulo dos seguía ahí. El de los votos.

Con el hueco de la respuesta debajo, vacío, y la hora de él, doce y cinco del miércoles, y ya nada de mí.

Sabía lo que quería escribir. Lo sabía desde el jueves.

Puse el cursor en el hueco y escribí una frase sobre Clara, no sobre mí, porque en aquel margen todo se decía de Clara: que Clara no contestaba porque, si contestaba, se quedaba.

La miré. Diez palabras. Era verdad y era buena y era exactamente lo que no podía entregar a nadie.

La borré.

Y escribí otra cosa. Dos letras. Ok. Con mayúscula la primera y punto detrás, para que pareciera una respuesta y no una tos.

Le di a enviar. Se quedó ahí, debajo de sus cuatro frases: mi ok, con la hora, con mi nombre. Dejé el portátil abierto en la mesita, junto a los guantes, junto a las pilas, con la pantalla apagándose sola, y apagué la luz.

A las once y media llamaron a la puerta.

Dos golpes, cortos, de nudillo, y pasos que se iban por el pasillo de la nueva sin esperar. Me levanté con todo lo que llevaba puesto, que era todo, y abrí, y no había nadie, y en el pomo de fuera de la puerta de la 22 había colgada una manta.

Una manta de lana, de las de hotel de los años setenta, marrón, gruesa, doblada en cuatro, con un papel prendido con un imperdible en la esquina. La descolgué. Pesaba lo que pesa una manta de verdad. El papel era del hotel, con el nombre en azul, y la letra corría hacia delante.

«Devuélvela cuando quieras. La suite no la usa nadie.»

Miré el pasillo. Vacío, la moqueta nueva y peor, la luz de emergencia verde al fondo. Cerré la puerta. Me quedé de pie con la manta en los brazos, pesada, con olor a armario, y no hice nada durante un rato, lo que se hace con lo que no se ha pedido y hace falta.

Después la puse encima del edredón, debajo del abrigo, y me acosté. La manta olía a una suite en la que no había dormido nadie desde hacía años. Dejé de oír el viento.