Las partes indecentes 8
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Lo escribí el miércoles a las diez y cuarto, lo borré a las diez y dieciséis, lo volví a escribir a las once menos veinte, lo borré otra vez y lo dejé a las doce y cinco, mientras ella estaba en el baño.

Estaba en el capítulo dos. En la frase en que Bruno mira a Clara en la cocina del hotel y la reconoce de las fotos del despacho de la abuela.

La frase es de ella y es buena, y yo no tenía nada que decir de la frase.

Tenía que decir otra cosa y aquel era el único sitio donde podía decirla, porque la regla era la regla y porque en el margen, cuando uno escribe, no tiene que mirar a nadie.

Llevaba desde el domingo con eso encima.

Desde el avión. Había pensado decírselo el lunes, al llegar, como quien deja una tarjeta encima de la mesa antes de empezar: mira, yo ya sé quién eres, así que no perdamos el tiempo.

No lo hice porque ella se quedó en la puerta y dijo «escríbelo».

Había pensado no decírselo nunca, lo que hago con casi todo.

Tampoco. Lo que pasa con una cosa así es que pesa más cada día que uno la lleva, y el miércoles a las diez ya pesaba más que la regla.

Cuatro frases. Lo de la boda de mi prima. El capítulo. Lo de llorar. Lo de que no se lo había dicho a nadie, que era verdad hasta que le di a enviar.

Volvió del baño, se sentó, cargó el archivo.

La vi llegar al cuadro. La vi leerlo, porque el cursor se quedó parado en la misma línea y ella tiene una forma de leer que se ve en los hombros.

Leyó. No pasó nada. No escribió. No me miró.

Bajó el cursor al capítulo tres y siguió trabajando en una frase de un coche, y yo me quedé con el cuadro abierto, con mi nombre encima y una hora, y la línea azul debajo, y nada más.

Bien. Es lo que pasa cuando uno dice algo: que a veces no pasa nada.

El resto del miércoles fue el día más largo del hotel.

Trabajamos sin una nota. Ni una. Ella corregía y yo corregía, cada uno en su capítulo, y el margen del archivo siguió como estaba a las doce y cinco, con mi cuadro colgando de la frase de Bruno, y la hora al lado, y el sitio de la respuesta vacío.

Al principio miré el cuadro cada diez minutos.

Después cada media hora. Después dejé de mirarlo y me puse con lo mío, que era el capítulo nueve, la cocina, la escena por la que me pagaban.

A las cuatro me escribió Paula. «¿Qué tal la isla?» Le contesté «bien», lo que se contesta, y ella contestó con un pulgar, como contesta mi madre, y me pareció que en dos días había reducido mi vida a dos mujeres que me mandaban pulgares y una que no me mandaba nada.

No me salió.

Lo digo así porque fue así. Abrí la escena, la mía, la que había empezado el lunes, y escribí una frase de Bruno, y la borré, y escribí otra, y la borré.

Llevo dos años escribiendo eso tres veces por semana, con una mujer y un hombre y una cocina o un ascensor o lo que sea, y me sale en dos horas, y ese miércoles no me salió en cuatro.

Escribía a Bruno y Bruno miraba a Clara y yo no sabía qué veía.

Antes lo sabía. Antes Bruno veía lo que veían todos: una mujer, la luz, lo que iba a pasar.

Ese miércoles Bruno veía a una mujer que no contestaba, y eso no se escribe en dos horas.

Llegué a escribir que Bruno le ponía la mano en la espalda a Clara, y a borrarlo, porque en aquella cocina nadie ponía la mano en nada.

Llegué a escribir que Bruno esperaba. Eso lo dejé.

Es lo único de la escena que sobrevivió esa tarde: Bruno esperando, sin hacer nada con las manos, en una cocina donde la luz de la campana no era de nadie.

A las seis se fue sin cerrar la puerta. La oí en la escalera, la de la vieja, y después no oí nada porque la 15 está pegada a la 16 pero no se oye a nadie cerrar una puerta con cuidado.

Cené. Catalina me puso el plato de aceitunas en la mesa de en medio, otra vez, con los dos tenedores, y me miró cuando pasé de largo, y yo no toqué las aceitunas porque comerlas solo habría sido decir algo.

Esa noche, la del miércoles, la oí. El somier de la 15, a las once, un solo ruido, el de alguien que se sienta y no se tumba.

Después nada. Me quedé en la cama de la 16 con la luz apagada oyendo el nada, que en una pared de 1971 se oye perfectamente, y pensé que ella estaba al otro lado sentada en el borde de la cama con el portátil apagado, y que había leído mi cuadro, y que estaba decidiendo qué hacer con él, y que lo que decidiera lo iba a hacer con la maleta y no con el teclado. Me equivoqué en el día. No en lo demás.

El jueves por la mañana Toni me enseñó la caldera.

No se lo pedí. Me lo encontré en el pasillo con una linterna y me dijo «venga», y le seguí, porque a la gente que dice «venga» se la sigue, y bajamos a un sótano que olía a gasoil y a húmedo, y ahí estaba: una caldera del tamaño de un coche pequeño, apagada, con una válvula que Toni tocó con la mano abierta como se toca el capó de un coche que no arranca.

—Esta es la nueva —dijo—. Del setenta y cinco. La rompió el frío de noviembre. —Le dio un golpe con el nudillo, y sonó a vacío—. El dueño dice abril. —¿Y la vieja? —La vieja funciona. —¿Por qué? —Porque es vieja.

No me lo dijo como un chiste. Me lo dijo como un hecho, y era un hecho, y me hizo gracia igual.

Subimos. En la escalera me explicó el hotel en tres frases, que son más de las que me había dedicado en cuatro días: que la 17 tenía mesa porque era el despacho del director, que el director se había ido en el ochenta y dos y la mesa se había quedado, y que la 15 era la habitación que Catalina daba a «la gente que va a quedarse».

—¿A quedarse cuánto? —A quedarse.

Y se fue con la linterna.

Me quedé en el pasillo de la vieja, entre la 15 y la 17, pensando en lo que había dicho Toni, que era exactamente una cosa y media, y en que la gente que dice poco dice mejor.

La 15 era la de ella desde el martes. Lo sabía por la maleta, por las puertas, por el somier, que había hecho ruido el martes por la noche a la misma hora que el mío y después había dejado de hacerlo. La gente que va a quedarse.

El jueves trabajamos como el miércoles: cada uno en lo suyo, sin margen.

A las dos comimos con el plato de aceitunas en medio.

Me comí una. Una sola, de camino a mi mesa, con la mano, sin sentarme, y la mastiqué de pie mirando la ventana.

Catalina lo vio desde la puerta de la cocina.

No dijo nada. Cuando volvió con el segundo, había puesto otra aceituna en el plato, en el mismo sitio, y el plato volvía a estar completo, y yo entendí que aquello iba a durar lo que ella quisiera que durara.

Ella, la de la ventana, no levantó la vista del plato. Lo vio todo.

A mediodía había escrito un cuadro en el capítulo cuatro, una nota técnica, sobre una frase de Bruno enseñándole a Clara lo que había arreglado en tres años, y ella contestó a la nota técnica con otra nota técnica, en tres minutos, como si el margen se hubiera abierto de nuevo.

Discutimos veinte minutos de una lista de reparaciones.

Ganó ella: Bruno enseñaba lo que había arreglado y Clara lo anotaba como mejoras que subían el precio.

Me pareció cruel y me pareció verdad, y le escribí que sí.

Mi cuadro del miércoles seguía en el capítulo dos, colgando de su frase, con el sitio de la respuesta vacío. Lo miré una vez esa tarde. Una.

Frase verdadera del jueves: me ha dado igual. Es mentira, pero es la que me dije, y la que me habría dicho cualquiera con la cabeza baja sobre un portátil a dos metros de alguien que no contesta.

A las seis se fue. A las siete bajé a cenar. A las siete y cinco, Catalina, con la sopera en la mano, en vez de servirme, me dijo:

—Se ha ido a la veintidós.

Lo dijo como se da un parte. Sin mirarme. Sirviendo.

—¿La veintidós? —En la nueva. Al final. —Dejó la sopera—. No tiene calefacción. Ninguna de la nueva tiene calefacción, pero la veintidós tampoco tiene la esquina de humedad, y ella me lo ha dicho así, que la veintidós no tiene humedad, y se ha llevado la maleta ella sola.

Se ha llevado la maleta ella sola. Catalina lo repitió, y en su voz eso era lo grave, y para Catalina lo era: en su hotel las maletas las llevaba Toni.

—¿Y usted qué le ha dicho? —Que haga lo que quiera. —Se fue hacia la cocina y se volvió desde la puerta—. Y que la manta de arriba está en la suite. Por si acaso. —¿Y a mí por qué me lo cuenta? —Porque tú no preguntas.

Y entró en la cocina, y eso fue todo lo que me dijo Catalina en cuatro días sobre lo que pensaba de mí, y era suficiente.

Comí la sopa. Estaba caliente y la comí entera, mirando el plato de aceitunas de la mesa de en medio, con sus dos tenedores, y pensé en la 22, al final de la nueva, a ocho grados, con una mujer que se había cambiado de habitación con la maleta a cuestas para no dormir pegada a mi pared.

Podía haber pensado otras cosas. Que estaba loca, que hacía frío, que no era para tanto.

Pensé una sola: que había preferido el frío a la pared, y que la pared era yo, y que eso era una respuesta. No la que había pedido. Una respuesta.

Subí a la 17 a las nueve. Encendí el radiador. Abrí el archivo.

En el capítulo nueve, en mi escena, la que no me había salido en dos días, había un cuadro nuevo. De ella. De las cinco cincuenta y ocho, dos minutos antes de irse. Colgaba de la última frase que yo había conseguido escribir, la de Bruno mirando a Clara sin saber qué veía.

No era una respuesta a lo de la boda. Ese cuadro seguía vacío, y lo comprobé, en el capítulo dos, antes de leer este.

Este era una pregunta. Sobre Clara. Me preguntaba qué hacía Clara después de esa escena.

Me quedé mirándolo con las manos quietas. No sabía qué hacía Clara después. Nunca sé qué hacen después. Escribo hasta que se acaba, y se acaba donde se acaba, y la gente que escucha borra el historial y no pregunta. Nadie me había preguntado nunca qué pasaba después.

No contesté. Dejé el cuadro abierto, el suyo y el mío, uno en cada capítulo, y apagué la lámpara.

La manta estaba en la suite. Lo había dicho Catalina, por si acaso.

Pasé por delante de la puerta de la suite al ir a la 16, con la flecha en forma de corazón señalando la escalera, y no entré.

Me acosté con el radiador puesto y la pared de la 15 vacía al otro lado, que hace un silencio distinto del de una pared con alguien, y me dormí tarde, contando lo que Clara podía hacer después de una escena, que era lo mismo que contar lo que hacía yo: irme.