Las partes indecentes 7
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La regla la escribí en el primer cuadro del archivo, encima del título, donde no había ninguna frase que comentar y donde se ve nada más abrir. Martes, ocho y cuarenta de la mañana.

Nada del libro se habla en persona. Todo va por escrito.

Las dudas, las correcciones, las discusiones, las decisiones.

Si alguien tiene algo que decir, lo escribe.

Lo escribí con esas palabras, sin adjetivos, como se escriben las normas de una comunidad de vecinos, y le di a enviar antes de bajar a desayunar, para que estuviera ahí cuando él abriera el archivo y no tuviera que decírselo a la cara.

Bajé. Catalina me puso el café en la mesa de la ventana y me miró la cara, que debía de ser la cara de quien ha aprobado un reglamento, y no dijo nada.

Al lado de la taza había un paquete de pilas.

Toni había ido a Fornells a las ocho, sin avisar, con el papel de recepción, y había vuelto con las pilas y con el pan, y yo no las necesitaba para nada y las cogí y las guardé en el bolsillo del abrigo, porque un sistema que funciona hay que respetarlo.

Toni no estaba. La contraventana de anoche estaba quieta.

Borré el segundo.

Lo borré con el cursor, sin pensarlo, como se quita una miga de la mesa, y el cuadro desapareció y se quedó solo el «de acuerdo», que era lo único que hacía falta. Él lo vio. Se le notó en que dejó de escribir un segundo y volvió. No comentó nada. Regla cumplida.

Trabajamos en los capítulos uno a cuatro.

Eran los de la llegada de Clara al hotel de su abuela, los de antes de nada, y no tenían nada que arreglar en lo que él había venido a arreglar, pero él los leía igual, entero el libro, y dejaba notas en sitios donde yo no esperaba notas.

Le escribí que su encargo eran tres escenas.

Contestó que para escribir tres escenas de un libro hacía falta leer el libro, y que no iba a tocar nada que no fuera suyo.

Lo dejé pasar. Es la primera de las tres condiciones que le había sacado a Nuria en enero, y se fue en un cuadro de dos líneas un martes por la mañana, y lo apunté como se apunta un plazo que ya no se va a cobrar.

A media mañana dejó una en el capítulo uno, en el párrafo en que Clara entra en el hotel cerrado y recorre el vestíbulo.

Decía que Clara no miraba: hacía inventario.

Me quedé mirando el cuadro más tiempo del que se mira un cuadro.

Inventario. La palabra de Catalina. La de la hoja y el salero, dicha el sábado en el comedor a nadie más que a mí.

Ahora estaba en el margen de mi archivo, escrita por un hombre que llevaba en el hotel dos días y que no había leído aquella hoja, porque aquella hoja estaba en mi maleta debajo de la ropa.

La había leído él o se la habían dicho. Y Catalina no lee archivos.

Hablaban de mí. Catalina y él. En la cocina, en el pasillo, en algún sitio donde yo no estaba, con esa palabra.

No supe cuándo. Podía haber sido en la cena del lunes, mientras yo comía mirando la ventana, o el domingo al llegar, mientras yo no bajaba.

Supe que había sido, y que Catalina, que no me había dicho a mí ni «buenos días» sin que se lo pidiera, le había dado a él la frase entera.

No pregunté. La regla lo prohibía y, además, no era una pregunta que se pudiera hacer sin oír la respuesta.

Contesté en el cuadro, debajo, con la exactitud que me quedaba: que Clara hacía inventario porque era lo que hacía una abogada al entrar en una propiedad, y que si él sabía de otra forma de entrar en una propiedad la escribiera.

Contestó en un minuto. Que sí. Que se entraba mirando a la persona que hay dentro.

Cambié el párrafo. Clara entró en el hotel y vio a Bruno antes que el mostrador. No me gustó cambiarlo. Me gustó cómo quedó, que es peor.

A las dos bajamos a comer y Catalina había puesto las dos mesas de siempre, la mía en la ventana y la de él a cuatro mesas, y en medio, en la mesa de en medio, con su mantel, había puesto un plato.

Un plato de aceitunas, con dos tenedores pequeños, uno a cada lado, como en las mesas donde comparte gente.

Nadie lo había pedido. Ella no lo explicó.

Sirvió la sopa en las dos mesas de siempre y se fue, y el plato de aceitunas se quedó en la tierra de nadie con sus dos tenedores durante toda la comida, sin que ella ni yo alargáramos la mano, y cuando Catalina vino a recoger, lo recogió entero, con las aceitunas intactas, y lo miró como se mira un termómetro.

Toni puso la tele de recepción. Se oía desde el comedor: un concurso, con aplausos cada cierto tiempo.

Comimos con los aplausos. Yo pensé que Toni no ponía la tele para verla, que Toni ponía la tele para que en el comedor hubiera algo que no fuera el ruido de dos personas comiendo sin hablar, y que era lo más considerado que había hecho nadie por mí en dos días, y que nunca podría darle las gracias porque para darle las gracias habría que reconocer el silencio.

La tarde fue como la mañana: cuadros, horas, dos metros.

A las cuatro él dejó una nota en el capítulo dos, en el desayuno de Clara, diciendo que Clara comía como quien paga.

Contesté que Clara comía como quien no sabe si va a poder pagar, y no es lo mismo, y él contestó que eso era verdad y que lo escribiera, y lo escribí, y la frase quedó mejor por su nota y por mi corrección, en ese orden, y ninguno de los dos lo dijo.

En el capítulo tres discutimos una escena de coche, la única en que se ve la casa del pueblo.

Él quería que Clara la mirara más. Yo dejé que la mirara una vez y media, lo que se mira una casa desde un coche cuando no quieres que el conductor sepa que la miras.

Lo escribí así en el cuadro. No contestó.

Hay silencios en el margen que son un sí, y ese lo fue, porque no cambió nada.

A las seis cerré el portátil, cogí el abrigo y salí. Crucé el vestíbulo. Subí por la escalera de la nueva, hacia la 31, con la moqueta más nueva y peor crujiendo, y abrí la puerta de la 31 y la maleta no estaba.

Ni la maleta ni el abrigo de repuesto ni los guantes de repuesto ni el neceser ni el pijama.

La cama estaba hecha, con la colcha de flores estirada, como una habitación que nadie ha usado.

Me quedé en la puerta con el portátil bajo el brazo.

Comprobé el número. Treinta y uno. Comprobé la ventana: las casas blancas, las persianas echadas, el mar peinado.

Era mi habitación y no había nada mío dentro.

Catalina estaba al pie de la escalera cuando bajé. Con el aro de llaves. Esperando, se notaba, con la paciencia de alguien que sabe cuánto tarda una persona en comprobar un número de puerta.

—Te he cambiado a la quince —dijo. —No he pedido cambiar. —Ya. —Movió las llaves—. Es por la humedad. La treinta y uno tiene humedad, se ve en la esquina, y tú no la has visto porque llevas el abrigo hasta dentro de la cama. En la vieja no hay humedad. Hay radiador.

Lo dijo mirándome a la cara, sin subir la voz, con una lógica tan cerrada que no dejaba por dónde entrar.

La humedad. Podía haber dicho el frío, o que le daba pena, o que en su hotel no dormía nadie a ocho grados.

Dijo humedad, un hecho, y contra un hecho una no puede discutir sin parecer que discute con la pared.

—¿Y si quiero volver a la treinta y uno? —Pues vuelves. Con la maleta. Está en la quince.

Y se fue hacia la cocina con las llaves sonando.

Antes de bajar volví a la 31 y miré la esquina.

Tenía razón. Había una mancha marrón, en el techo, junto a la ventana, con la forma que tienen todas las manchas de humedad, de mapa de ningún sitio, y yo no la había visto en tres días porque en tres días no había levantado la cabeza de la pantalla ni del abrigo.

Catalina la había visto en un segundo, desde la puerta, sin entrar.

Hay gente que ve las manchas y gente que ve las palabras, y solo una de las dos me había cambiado de habitación.

La 15 estaba en la vieja. En el pasillo de la 17.

Lo supe antes de llegar, contando puertas: la 15, la 16, la 17, seguidas, en el mismo lado, con la misma moqueta antigua, la que no cruje.

Mi maleta estaba a los pies de una cama con la misma colcha de flores.

La ventana daba al otro lado: al mar directamente, sin urbanización en medio, un mar gris con espuma que se movía en la misma dirección que el de la 31 pero más cerca, y unas rocas donde el viento hacía un ruido que no se oía desde la nueva.

El radiador estaba caliente. Lo toqué con la mano sin guante y estaba caliente de verdad, y me quedé con la mano encima más tiempo del que hacía falta para comprobarlo.

Deshice la maleta. Tardé nueve minutos, lo que se tarda en deshacer una maleta de cinco semanas cuando una la ha hecho pensando en cinco semanas.

Era una decisión y la tomé deshaciendo la maleta, como tomo las decisiones que no quiero tomar en voz alta: colgué el abrigo de repuesto, puse el neceser en el baño, dejé los guantes en la mesita.

Una noche. Me dije que era una noche, por la humedad, y que mañana vería.

Cené en la mesa de la ventana con el plato de aceitunas otra vez en la mesa de en medio, intacto, con los dos tenedores.

Toni puso el telediario, y el hombre del tiempo dijo que la tramuntana seguiría hasta el jueves, y Toni asintió una vez, desde recepción, como quien ya lo sabía y agradece que se lo confirmen.

Yo también asentí, sin que me vieran, porque hasta el jueves era una fecha, y con una fecha se puede contar. Subí a las diez.

Y entonces lo oí.

Un ruido al otro lado de la pared. Un peso, más que un ruido.

Alguien sentándose en una cama que no era la mía, a un tabique de distancia, un tabique de 1971 que dejaba pasar el sonido de un somier como si el somier estuviera en mi cuarto.

Después unos pasos, dos, y una puerta de armario, y otra vez el somier.

La 16. Lo conté por las puertas: la 15 era la mía, la 17 era la mesa, y en medio de las dos estaba él.

Me senté en mi cama sin hacer ruido, cosa imposible, porque los somieres de 1971 no saben no hacer ruido, y el mío lo hizo, y al otro lado hubo un silencio de alguien que también acababa de contar puertas.

Abrí el portátil para no oír. El archivo.

El último cuadro del día era suyo, de las seis y diez, después de que yo me fuera.

Estaba en el capítulo dos, en la primera comida de Clara en el hotel, la que Bruno le pone delante sin que ella la pida.

Decía, sobre Clara, que aquella mujer no se fiaba de nadie que cocinara para ella.

Cerré el portátil. Lo cerré con las dos manos, despacio, y el somier del otro lado no hizo ningún ruido, y eso fue peor.