Las Palmeras 36
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—Deberías ir al médico —rompió el hielo Alba.

—Sin duda. Teníamos un amigo que nos ayudaba con estas cosas, el médico del que te hablé, pero tiene noventa o noventa y un años y ha perdido algo de pulso —contestó Ignacio, con tono de broma.

Demetrio callejeó un poco para detener el vehículo en una zona difícilmente observable desde el pueblo que se extendía hacia abajo.

Rosco salió disparado en cuanto abrieron las puertas, sin tiempo a que Esther lo agarrase.

—¿Dónde va el puto perro…? —exclamó Demetrio mientras el chucho se perdía camino del monte.

El grupo avanzó mirando en todas direcciones, por entre los edificios abandonados y a medio construir, hasta la caseta de los guardias, que seguía vacía desde el ataque a Luisma.

La entrada a la Ruina olía a humedad, a ciénaga, a hierba mojada, como siempre. Pero ya no había fiestas, ya no había jóvenes.

En la planta baja, cartones y mantas malolientes formaban un costroso colchón improvisado por la indigente, que se había trasladado al edificio principal una vez desaparecidos los guardas.

Una olla oxidada, unas latas aplastadas y carrito vacío se arremolinaban en torno a lo que en algún momento había sido un fuego.

Todo indicaba abandono.

—Esto es de la mujer que pide en el supermercado —dijo Alba.

—Sí, la he visto muchas veces por aquí, pero pensé que dormía en otro edificio —confirmó Esther.

—He intentado hablar con ella alguna vez. Me rehuyó y no quise molestarla más —añadió Demetrio.

Nacho torció el gesto, pareció que iba a decirle algo a Demetrio, pero un ruido en las plantas superiores los obligó a ponerse en marcha.

—Sabe que estamos aquí —dijo el cura, y emprendieron la subida hacia el sexto y último piso, desde donde se precipitó Marco.

Cada cual se aferró a su arma como si fuera la inexistente barandilla: Demetrio, a su bastón; Nacho, a su cruz; Esther y Alba, a sus respectivas estacas de hierro.

Cuando rondaban el tercer piso, escucharon un ruido por debajo y Rosco empezó a ladrar, asomándose por el hueco de las escaleras.

—El chucho… —exclamó aliviado Demetrio.

Cuando llegaron arriba, Alba no pudo evitar mirar de nuevo por el hueco e imaginar al novio de Esther precipitándose al vacío. Nacho no se atrevió; solo de pensarlo se ponía rígido.

Todo seguía decorado como aquella noche, aunque el tapiz de las lluvias y el abandono había enmohecido todavía más los destartalados muebles que los jóvenes colocaron en su día.

Casi podían escuchar el corazón de la callada Esther bombeando con la fuerza de un ejército de escoceses ante la armada inglesa.

—¿Vais a contarme una historia de miedo? —La voz, proveniente de la sala contigua, donde Esther y Marco habían proyectado su nidito de amor aquella noche, les heló la sangre.

El corazón de Nacho y Demetrio se detuvo por un instante.

Hacía casi treinta años que no escuchaban la voz de su amigo Quique.

Los esperaba cadavérico y casi azul, pálido, sentado en el sofá, quieto, mirándolos con sus ojos vitrificados y amarillentos. Se había recuperado parcialmente de sus heridas en la cara y apenas había crecido.

Si no hubieran escuchado su voz, habrían pensado que alguien había colocado allí un cadáver para gastarles una broma macabra, rodeado de restos de velas encendidas para iluminar la lúgubre escena.

Pero Quique sonrió y pareció recobrar el movimiento mientras dirigía la mirada a las chicas.

—Vaya… Os veo un poco viejos, pero habéis hecho nuevas amigas. ¿La flacucha sigue soltera?

El comentario provocó la ira de Esther, pero Alba la contuvo sujetándola del brazo.

—No nos das miedo —alzó la voz Nacho, levantando el crucifijo—. Hemos venido aquí para liberar el cuerpo de nuestro amigo.

—Vaya por dónde, Nachete… Al final hicieron carrera tus padres de ti —soltó el niño por su boca ponzoñosa—. Tu hermanita estaría muy orgullosa.

Un ruido a sus espaldas los alertó de que no estaban solos con el vampiro. Esperaron unos segundos, confiando en escuchar el inoportuno ladrido de Rosco, pero la espera solo les devolvió silencio.

—¡Basta de cháchara, demonio! —rugió Demetrio, formando una cruz con su palo y una estaca. Avanzó hacia su antiguo amigo, presto a terminar con su agonía.

Nacho emprendió la marcha por el flanco opuesto.

Un chillido a espaldas de las chicas, que no sabían muy bien cómo ayudar, las pilló desprevenidas. Entre ellas, empujándolas al suelo, se abrió paso la indigente, agitando en la mano izquierda una superficie metálica que brilló a la luz de las velas, desvelándose como un pequeño cuchillo de cocina.

—¡Hostia puta! —alcanzó a decir Demetrio mientras recibía el impacto múltiple de la afilada hoja, antes de proyectar a la mujer contra una columna, haciendo crujir los decrépitos huesos de su espalda.

—¡Es su madre! —anunció Nacho señalando a Quique, que había desaparecido en la refriega, trepando por el techo.

El dolor de las punzadas arrodilló a Demetrio, que se tocó el costado ensangrentado antes de levantarse de nuevo, presto a la batalla.

Quique se dejó caer entre las chicas, a las que dedicó una lasciva sonrisa antes de lanzar a Esther contra el mismo agujero por el que había precipitado a su novio meses atrás.

Pero Esther tuvo más suerte y frenó antes, deslizándose hasta casi el precipicio sin llegar a caer.

El vampiro se abalanzó entonces para morder a Alba, que le devolvió una patada de abajo arriba en el rostro, obligándolo a retroceder.

—¡Puta! —rugió Quique, escupiendo sangre negra.

El golpe no lo detuvo.

Giró con una velocidad imposible y arrojó a Alba contra una de las pocas paredes levantadas. La cabeza chocó con el yeso húmedo por las lluvias, dejando una marca roja de sangre y sudor al reabrirse la herida que le hizo el espejo.

Demetrio descargó el bastón sobre su espalda, pero Quique lo agarró por el extremo y lo partió en dos como si fuera una rama.

—¡Demetrio, atrás! —gritó Nacho, alzando el crucifijo con una ligera incandescencia.

La luz temblorosa de las velas se reflejó en los colmillos del monstruo. Quique se lanzó sobre él, el cura apenas alcanzó a cubrirse. Rodaron por el suelo, entre cascotes y polvo.

Nacho sintió el peso del vampiro encima, notó a la criatura palpitante tras las exiguas costillas del niño, los dedos helados buscando su cuello, la fuerza inhumana oprimiendo su pecho.

Estiró el brazo, palpando a ciegas, y alcanzó una estaca caída.

Demetrio intentó ayudarlo, pero la criatura lo lanzó contra un pilar con un golpe a mano abierta. Cayó de espaldas, aturdido, con el aire escapando de sus pulmones.

La madre, temblorosa, apenas alcanzaba a lanzar un gemido sin levantarse del suelo, con la espalda medio rota por el golpe.

Esther corrió hacia el crucifijo caído, que brillaba levemente, y lo hundió en la cara del vampiro.

El contacto con el metal ardió; la piel de Quique chisporroteó, desprendiendo un olor agrio a carne quemada. Una barbacoa a la que no quieres ser invitado.

Quique rugió, la apartó de un empujón y la lanzó al suelo.

El cuerpo de Esther rodó hasta quedar varada a medio metro del precipicio de nuevo.

—¡Esther! —gritó Alba, corriendo hacia ella.

La madre, medio incorporada, irrumpió con un chillido ronco, arrastrando el cuchillo en alto.

Alba la esquivó, pero la hoja le rozó el hombro, abriendo una nueva vía de sangre.

La mujer se tambaleó y cayó sobre los restos de una silla, jadeando y lanzando espuma por la boca, como un perro rabioso.

Quique, mientras, había vuelto a erguirse.

El pecho le ardía, su mirada era la de un tiburón.

Saltó sobre Nacho y lo golpeó con el puño en el rostro repetidas veces. El sacerdote cayó de rodillas, escupiendo sangre y un trozo de diente.

—¿Dónde está tu fe? —se burló el vampiro, sujetándole el cuello.

Demetrio se levantó tambaleante y, con lo que quedaba del bastón, le atravesó con brutalidad la pierna. El sonido del hueso partiéndose retumbó en las paredes húmedas.

Quique rugió, lo arrastró contra la pared y lo alzó del suelo con una sola mano.

Demetrio forcejeó con toda su envergadura, sin aliento, intentando zafarse de los escuálidos brazos de la criatura.

—¡Suéltalo! —gritó Esther clavándole otra estaca en el costado, reventándole una costilla.

La madera penetró como la lanza de Longinos, con un ruido húmedo al herir al parásito sin llegar a paralizarlo.

Quique giró furioso y la empujó con tanta fuerza que cayó sobre los escombros. Un aullido ahogado de dolor les indicó que ese golpe había dolido de verdad.

Esther gritó llorando; comenzaba a llover, se apagaron las velas. Quique se acercó, dispuesto a acabar finalmente con su vida.

Nacho, aún de rodillas, levantó la mirada. Vio a Demetrio jadeando contra la pared, a Esther en el suelo, a Alba sangrando. Y el hueco, tan cerca, tan negro, que le devolvía su propio miedo.

Pensó en su hermana, recordó la noche que se asomó a la ventana de su habitación esperando ver su cadáver aplastado y la vio junto a esa criatura impía.

Tragó saliva.

—¡Eh, demonio! —gritó con una voz que ya no temblaba, mirando a Esther a los ojos.

Corrió hacia Quique, blandiendo la estaca como san Jorge empuñaba su lanza.

El vampiro se volvió justo cuando la madera atravesó su pecho, directa al corazón.

La fuerza del impacto lo hizo retroceder varios pasos, cayendo de rodillas.

Aún respiraba, la boca abierta, el cuerpo vibrando de pura rabia, vomitando sangre negra.

Demetrio aprovechó y con la pata de una silla rota le atravesó la caja torácica. Alba se abalanzó con el cuchillo de la madre, que seguía en el suelo, y le rebanó el cuello.

Esther, sangrando, se levantó y le golpeó con furia en el pecho, terminando de derribarlo.

Nacho, con los brazos temblorosos, desenvainó el machete y miró a Demetrio. Este asintió.

—Descansa en paz, amigo —dijo el cura mientras descargaba el tembloroso brazo contra el cuello del niño.

Un chorro oscuro salpicó las paredes y del cuello vieron salir los latiguillos de la criatura replegándose.

La cabeza los miraba con los ojos aún abiertos. Sonreía, pero ya no era una burla. Aquel era Quique, el verdadero Quique, el pequeño hijo de puta, dando las gracias a sus amigos después de veintiocho años.

Esther se acercó al hueco pensando en Marcos, en la noche que la había llevado allí.

—Ya está —murmuró—. Ya está…

La madre, que yacía entre los restos de la silla hecha trizas, se incorporó con un gemido, reuniendo fuerzas al comprender la situación.

Sus manos sangraban, los ojos sin razón buscaban a su hijo.

Demetrio intentó agarrarla, pero ella se soltó con una fuerza inesperada hasta caer de rodillas, sollozando junto al cuerpo y la cabeza de su hijo. Ahora parecía una anciana de verdad.

La mujer alzó el cuchillo con un gesto desesperado y se abalanzó hacia Esther, que estaba de espaldas. Tan rápido que ni siquiera Demetrio pudo de nuevo evitarlo.

La anciana no tenía ya nada que perder. Después de unos treinta años sometida al influjo del vampiro, no recuperaría jamás la cabeza.

—¡Esther! —gritó Alba, incapaz de alcanzarla.

Nacho no dudó. Recordó a su hermana en el puente, maldijo en voz baja y, con un movimiento feroz que ya no era cálculo, sino entrega, se lanzó a frenar a la madre de Quique, precipitándose con ella por el hueco de las escaleras.

Esther trató de agarrarlos, pero fue incapaz. Cayeron por el hueco, aferrados en la lucha. El tiempo se detuvo hasta que el ruido tosco de los huesos y la carne reventando contra el suelo puso de nuevo a andar las manijas del reloj.

La gravedad, la losa, la sangre: todo acabó en un golpe final. Nacho gimió; el golpe, aunque mortal, fue aliviado por el cuerpo de la madre de Quique. Se separó de ella, que yacía reventada con una mueca espantosa. Escupió sangre.

Si hubieran llegado a tiempo de escucharlo, le habrían oído saludar a Luz. Y a Sergio. Y a Ximo. Sonrió.

Arriba, el resto se asomó temblando. Las luces de las linternas cortando el polvo pronto encontraron los dos cadáveres, mirando hacia ellos. Rosco apareció de nuevo y comenzó a lamer a Nacho. Aulló, despidiéndolo, mientras lo veía marchar hacia la luz.

Esther, con el cuerpo magullado y el costado ardiendo, sujetó el hombro de Demetrio, que seguía sangrando por las cuchilladas.

—Lo siento —murmuró.