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Han suspendido las clases, así que me he vuelto a casa,
pero de momento no han dicho nada más; según el móvil
va a caer la de Dios, pero a ver luego. ¿Vosotras bien?
Demetrio llevaba tres años dando clases de Comunicación Audiovisual en la Universidad de Valencia y hacía un par había comprado un apartamento en el mismo edificio en el que veraneaba de pequeño, en Las Palmeras.
Ese día volvió pronto a casa; la universidad hizo caso de los avisos de AEMET y suspendió las clases.
Aparcó el coche en el garaje comunitario, subió al piso, se cambió y volvió a bajar a la calle para hacer algo de compra en uno de los dos paquistaníes que habían tomado el relevo hacía muchos años de la pequeña tienda de Hortensia, después de que le tocase un premio de lotería y se jubilara.
Junto a él, como siempre, Rosco corría, saltaba y ladraba. Demetrio seguía fingiendo que no le gustaba aquel perro, pero le hacía mucha compañía. Cuando incineraron a su dueña, un amigo veterinario no hizo preguntas y le cambió el chip.
Volvió por el bulevar principal, el único, de hecho, para comprarse unos cruasanes rellenos de chocolate blanco. La panadería abría todo el año. Se notaba que cada vez vivía más gente allí.
Se sentó en el paseo. No había comenzado a llover, pero el cielo prometía desplomarse sobre sus cabezas. Dejó a Rosco bajar a la playa a correr. Mejor que se desfogase ahora porque, con una gota fría en ciernes, tendría que mear en el salón por la tarde.
Miró a los comercios y no pudo evitar suspirar.
El antiguo restaurante Las Palmeras había cambiado de nombre y de dueños; la Jijonenca ahora era otra franquicia, aunque sus helados seguían siendo artesanales.
La farmacia seguía en pie, pero la tienda de plásticos y periódicos lo era ahora de moda y solo abría en verano.
Se acordó de Ximo. ¿Cuántas horas pasaría allí hojeando diarios y cómics?
«Qué putada morir así». Lo había pensado muchas veces y quería pensar que Sergio y él murieron asfixiados por el humo y no por el fuego.
No pudo ayudarlos, víctimas colaterales de un trasatlántico que los arrolló. Como Quique, como Luz.
Comenzó a llover. Mejor, así se disimularían sus lágrimas.
Se puso en pie y avanzó hacia el Redo, que no solo seguía en pie, sino que había fagocitado el bar de al lado, que ahora era su almacén. Estaba cerrado porque solo abría los fines de semana, siempre y cuando no lloviera. El paseo estaba muerto sin sus mesas y la alegría de sus camareros.
Miró hacia la esquina, el rinconcito que solían reservar sus abuelos para comer o tomar el aperitivo.
Si lo recordaba muy fuerte, durante unos instantes, podía viajar en el tiempo y escuchar sus voces, sentir el bullicio, oler el césped recién cortado de su edificio, el tacto del agua dulce de la piscina.
Podía revivir la felicidad y la calma de aquellos días, cuando todos estaban vivos: su familia y sus amigos.
Aquellos tiempos de sol y mar, sin internet, ni móviles, en los que al fondo del paseo se alzaba solo un chiringuito entre cañas. En los que no había nada más que hacer que leer cómics, jugar en la playa y cenar un bocadillo.
Las nubes empezaban a descargar. Los goterones golpearon los recuerdos para disolverlos en el presente.
—¡Rosco! Venga, a casa, que no pienso nadar a por ti.
Empezaba a llover fuerte cuando entró al portal. Temió por su coche. Con suerte, terminaría flotando en Ibiza si seguía cayendo así.
Saludó al portero. Vivía allí todo el año y su mujer limpiaba algunas de las casas antes de que llegasen los inquilinos a veranear. Con él eran cuatro o cinco los vecinos perennes.
Al precio que estaban las viviendas ya en Valencia, no se lo pensó cuando tuvo la oportunidad. Era como vivir en Guadalajara y trabajar en Madrid, solo que con la playa entera para Rosco y él siete meses al año. Ahora vivía en un tercero, no en el quinto.
Cuando salió del ascensor la lluvia ya golpeaba con fuerza el pasillo a través de la celosía de hormigón. En verano eran muy fresquitas, pero en invierno dejaban las zonas comunes a la intemperie.
Dejó la compra en la nevera. Tenía el congelador bien cargado y la despensa a punto, conocía el otoño allí. Se arrepintió de no haber comprado más fruta y verdura fresca.
La tormenta estaba pegando duro de verdad.
Encendió la tele. Un político tranquilizaba sobre el temporal que, con toda probabilidad, explicaba, se dirigía hacia el interior.
Tardó en reconocerlo, pero no pudo reprimir la cara de asco cuando lo hizo: era Jorge, Jorge Rodríguez, que ahora disfrutaba de un puestecito en el partido contrario al que había militado su padre. «Mismo perro…».
Rodri terminó en la cárcel, pero no por lo de la discoteca. Las culpas recayeron en el dueño y en Adolfo, los dos que ya no podían defenderse cuando se celebraron los juicios.
Decidió cerrar las contraventanas de madera del salón, aunque quiso echar un último vistazo al mar embravecido. Fuera, en el paseo, creyó ver a alguien. Cerró las puertas, pero una punzada de curiosidad le impelió a abrirlas de nuevo y mirar.
—¿Quién coño va a estar fuera con la que cae?
La lluvia, fuertemente racheada con el viento, le impedía ver bien. Pero abajo, en el paseo, en la esquina donde había estado sentado hacía unos minutos, había una mujer.
Estaba casi seguro.
Se fijó bien y el corazón le dio un vuelco. Estaba mirando hacia él, era una chica joven. Creyó ver a Celia.
Nunca la encontraron, como a Sete. Cuántas noches no había rezado para que estuviera muerta sin más.
Un golpe de lluvia, casi como si hubieran lanzado un cubo de agua contra su ventana, le impidió asegurarse. Cuando volvió a mirar no estaba allí. No había nadie.
No se atrevió a salir a la terraza. Cerró todas las ventanas, incluso la de la cocina, echó la llave, cogió a Rosco y escribió de nuevo a sus amigas. No estaba seguro, temía estar volviéndose loco.
No sé si he visto algo
29 de octubre de 2024. 10:32
***
Llevamos cuatro horas ya, me vuelve a tocar bajar, no
veas la cantidad de mierda que hay, cómo huele a fango.
Pero de momento no he encontrado ningún muerto, ayer
Jorge vio uno, pero en otro lado
8 de noviembre de 2024. 18:45
Alfonso era mecánico. Ahora trabajaba ofreciendo formación a talleres sobre reparación de coches eléctricos, pero se había tomado unos días libres para ir a colaborar con las tareas de limpieza de la dana.
Después de muchos días comenzaron por fin a sacar el agua de los aparcamientos. Los bomberos necesitaban ayuda de los mecánicos para abrir y desbloquear los vehículos eléctricos y poder arrastrarlos.
Era un buen chaval. Así podría ayudar de alguna forma tras las riadas y las inundaciones que asolaron la Comunitat.
Tras descansar una media horita, que aprovechó para comer un sándwich de pavo y unas patatas fritas de bolsa, le tocaba bajar a otra casa. El vecino dijo que no habían encontrado de momento a su propietario. Alfonso torció el gesto.
Se calzó las botas y el peto, se puso el casco, su mascarilla y cogió su caja de herramientas. «De nuevo al lío».
Era tarde y estaba un lugar apartado, un barrio a las afueras de uno de los municipios afectados. Los ojos de la prensa se habían desviado todos a Bonaire, donde los carroñeros esperaban sacar cientos de cadáveres. Apenas quedaban un par de compañeros terminando al final de la calle.
Un viejo Calibra, que parecía negro antes del barro, yacía aparcado con el agua a media altura. No era completamente un deportivo, pero ese coche pedía paso a los Mercedes en carretera; de finales de los ochenta, él ni había nacido. Era difícil concretar con tanto barro por encima.
Trató de limpiar un poco la ventanilla para mirar, como hacían siempre, por si no estaba vacío. Con el barro y a la luz de la linterna, era bastante difícil asegurarse antes de abrir, pero le pareció ver algo y prefirió llamar a Carlos, el bombero que se había quedado con él.
—Creo… Creo que hay algo dentro.
—No jodas, pues espero que no, pobre hombre. Joder, espera. Vamos, voy contigo y lo vemos…, pero hacemos este y ya.
—Sí, sí, claro.
—Después de tantos días, lo que haya aquí ya puede esperar —dejó caer con amargura.
Alfonso y Carlos se acercaron al coche. En efecto; de cerca, a pesar del barro y la falta de luz, parecía que había un bulto en el asiento del conductor.
—Cojonudo, joder, pobre hombre. ¿Puedes abrir? No mires luego si no quieres.
—Voy, lo intento —contestó Alfonso.
Clac. Puerta abierta. Los restos de agua se precipitaron fuera del vehículo, libres al fin.
Dentro, un cuerpo de hombre, de alrededor de cuarenta años, se aferraba al volante con miedo. El olor a muerte y podredumbre inundó los pulmones de Alfonso a través de la mascarilla.
No pudo evitar mirar, aunque sabía que esa imagen lo perseguiría de por vida: el color azul verdoso de esa piel brillante, como aceitada, el pelo sucio, la cabeza caída y las manos agarradas con la fuerza del rigor mortis .
Instintivamente, dio unos pasos atrás, se llevó las manos a la boca y salió corriendo hacia la puerta con arcadas.
A diferencia de él, Carlos llevaba ya unos cuantos muertos a sus espaldas, muchos de ellos en las últimas cuarenta y ocho horas.
No se sorprendió tanto al encontrar el cuerpo.
Sí lo hizo cuando aquel cadáver giró el rostro, abrió los ojos y le sonrió dejando ver sus dientes afilados y una lengua inhumana y viperina serpenteando entre ellos.