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La noche cayó sobre la como un manto húmedo sobre una superficie incendiada. Los últimos estertores de un sol que coqueteaba con la primavera teñían de naranja el horizonte.
El silencio, con el pueblo confinado, era sepulcral. Solo en torno a las ocho y media, cuando los vecinos rompían en aplausos y se sucedían las salvas y los himnos de España, recordaba un poco a cuando la vida era normal.
A las nueve el silencio era tan espeso que hasta los grillos parecían guardar luto. Los balcones llenos de banderas desteñidas y los carteles de ánimo empezaban a parecer ruinas de otra época.
De vez en cuando, un televisor encendido —con gente muy enfadada dentro— rompía la oscuridad con fogonazos azules: un informativo, caras serias, el parte de muertos, un discurso que ya nadie escuchaba.
El resto era quietud.
La furgoneta de Demetrio avanzaba por las calles del centro que unían el cementerio con la zona más nueva sin cruzarse con un solo coche.
El único policía del pueblo levantaba pesas en su garaje, en la otra punta, ajeno al sonido del viejo motor.
Dentro, nadie hablaba.
Esther observaba por la ventanilla la vieja iglesia parroquial y la plaza del Ayuntamiento, recién reformada.
Alba, en el asiento trasero, intentaba no pensar en los cuerpos envueltos que viajaban junto a ella mientras revisaba la herida de Nacho.
Demetrio conducía con los ojos fijos en la línea blanca de la cuneta, pensando en las palabras de su Nacho.
«Te lo dije, ¿te acuerdas? En Sacedón».
Demetrio lo recordaba perfectamente: 2017, cuando su amigo le anunció que le habían trasladado a una parroquia en un pueblo de Guadalajara.
Quedaron en el municipio ribereño, junto al embalse de Entrepeñas, porque a Nacho le pillaba de camino para volver por Cuenca.
Por aquel entonces seguía en Valencia, pero ya había pasado dos años estudiando en el Vaticano por recomendación de su obispo.
—¿Alguna vez has vuelto por allí? —le preguntó, en referencia al pueblo en el que se conocieron.
Nacho apuraba la costrada casera que había pedido como postre en el restaurante Plaza. Se lo había recomendado Demetrio, que prefirió tomarse un expreso con hielo porque estaba controlando su dieta.
—No, ¿y tú? —contestó pensativo el sacerdote.
—Tampoco, no me veo preparado. Además, mi tío vendió el piso.
—Ya. Creo que yo tampoco.
—¿Y cuándo te trasladan?
—Antes de septiembre. El párroco anterior se quiere despedir con las últimas fiestas patronales, pero igual convivimos un tiempo para que se acostumbren a mí.
—¿Y por qué Brihuega?
—Bueno, quería estar cerca de mi viejo amigo.
Demetrio sonrió. Sabía que no daba puntada sin hilo. Algo ocurría.
—Ya…
—Puede que sean imaginaciones mías, pero creo que vi a Quique.
Demetrio dejó de agitar el vaso.
—¿Nuestro Quique?
—Sí. ¿Qué otro Quique iba a ser?
—No sé… ¿Dónde?
—Una noche. Vigilándome de lejos, en la parroquia.
—¿Y huyes de él?
—No huyo de él.
—¿Y por qué te vienes a Brihuega?
Nacho dejó el tenedor sobre el plato. Se quedó un instante en silencio.
—Necesito tiempo.
—¿Para qué?
—Cuando lo vi, te juro que busqué algo con lo que defenderme y salí corriendo hacia su posición. Quería matar a ese pequeño hijo de puta.
—Claro.
—Claro no, Demetrio. No puedo hacer eso. No así. Necesito controlarme: no puedo actuar por odio o por venganza. Eso lo haría más fuerte. Tengo que encajarlo, hacer contrición, prepararme.
—¿Y si no volvemos a verlo?
—Estoy seguro de que volverá. Primero a por mí y luego a por ti. Es como un tiburón. Somos su presa.
—¿Pero por qué a Brihuega?
—Porque era la única parroquia que quedaba libre en tu provincia. Y necesito tu ayuda como tú necesitarás la mía.
Demetrio miraba al frente. Seguía tintineando los hielos, agitando el vaso, pero ya no quedaba café. Desde que volvieron a juntarse alrededor de los treinta años sabía que llegaría un día así, en el que tendrían que enfrentarse de nuevo a su pasado.
A Dragut quizás no volviera a verlo jamás: para él no eran más que dos insectos, dos motas en su trayectoria. Pero Quique… Sabía que Quique en algún momento volvería a cruzarse en su camino.
Después de pagar y caminar hasta el paseo marítimo, donde habían aparcado, se despidieron con la firme promesa de volverse a ver en septiembre a más tardar.
Una vez que se mudaran estarían atentos a los detalles, al hedor de muerte y corrupción que no tardaría en manifestarse cerca, en el Corredor del Henares, a través del camino más recto hacia el infierno: una constructora.