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Solo quedaba la depuradora, cuya puerta estaba cerrada a cal y canto.
Se hicieron más de las siete cuando consiguieron abrirla: le habían echado la llave, imposibilitando el truco del plástico.
Con el cansancio y las heridas, era más difícil concentrarse en la maña que exigían las ganzúas, explicó Nacho.
Registraron todos los recovecos y no encontraron nada, solo los productos químicos almacenados y la propia maquinaria de la depuradora, apagada y fría.
—Igual no había más —intentó razonar Alba, ya en el césped de nuevo, junto a los cadáveres.
Esther, que había cogido al perro en brazos, lo levantó un poco, gesticulando sin mediar palabra.
—Ya… Sí, es raro —admitió.
—De momento… —Nacho se dispuso a cercenar las cabezas de los dos cuerpos.
Antes de quitar las estacas, Demetrio las sustituyó por sendos clavos de hierro de considerable tamaño, que penetraron por completo en el torso de los vampiros.
—Por si acaso. Aunque les cortemos la cabeza y no puedan mover el cuerpo, el bicho se aloja en el pecho y, si quitamos la estaca, puede todavía intentar defenderse por sí mismo —explicó.
—Es como una especie de pulpo o medusa, muy viscoso, casi líquido; tiene unos latiguillos venenosos que extiende por todo el cuerpo y… —Nacho, que había decidido completar la información de Demetrio, se detuvo ante la cara de asco de Alba.
—¿Habéis abierto…? ¿Habéis estudiado alguno? —preguntó Esther, que, por el contrario, estaba interesada.
—Seee… —contestó Demetrio, sonriendo a Alba.
Rosco, que parecía calmado en brazos de Esther, saltó corriendo como una exhalación hacia el impenetrable lago verde en el que se había convertido la piscina y se puso a ladrar, moviendo la colita.
Cuando el grupo se acercó, todavía pudieron intuir unas leves ondas en el agua, como si algo se hubiera movido en el corazón de la ciénaga esmeralda.
—No me jodas… —señaló Demetrio, dando voz a lo que todos estaban pensando—. Otra sirenita, Nacho.
—Se me ocurre una cosa… —contestó el cura, acercándose más al borde de la piscina.
Levantó una mano, trazó una cruz en el aire con los dedos empapados y, con el otro brazo extendido sobre el agua, comenzó a recitar con solemnidad:
—Señor Dios todopoderoso, fuente y origen de la vida del cuerpo y del espíritu, dígnate bendecir esta agua para que cuantos sean rociados con ella obtengan el perdón de sus pecados y sean defendidos de toda enfermedad y asechanza del enemigo. Por Cristo nuestro Señor.
—Amén —concluyeron en coro Demetrio y Esther, ante la atónita mirada de Alba.
El aire se volvió denso, cargado de un olor rancio a óxido y humedad, y el agua comenzó a bullir. Nacho apenas alcanzó a volver a trazar el signo de la cruz cuando un géiser de agua podrida emergió con fuerza desde el centro de la piscina.
La explosión los empapó de arriba abajo, y algo cayó con gran violencia contra el bordillo: el cuerpo hirviendo y lleno de llagas de la tal Eugenia, que chillaba histérica como una langosta.
Demetrio y Nacho, con la fuerza de la costumbre, fueron los primeros en reaccionar y llegaron para clavar el palo afilado en la espalda del vampiro hasta enterrarlo en el césped.
El cadáver, con la piel deshecha y purulenta y la carne morada y llena de burbujas, se estremeció unos instantes antes de que el sacerdote separase la cabeza del cuerpo con un corte limpio que ya hubiera querido para sí María Antonieta.
—Esta sí —sentenció Esther cuando Demetrio levantó del pelo la cabeza de la que había sido su vecina mientras Rosco le mordía la pernera de los pantalones con furia.
Empapados de agua y verdín, repitieron el proceso del clavo de hierro con Eugenia ante la desesperación de Rosco, que miraba con odio a Demetrio.
Envolvieron los tres cadáveres con plásticos y sábanas y trataron de limpiar lo mejor posible los restos de sangre, sustancia vampírica y pus con lejía, agua oxigenada y vinagre de limpieza.
Por fortuna, estaban lejos de las viviendas como para que los vecinos, en su mayoría bastante mayores en esa zona del pueblo, hubieran escuchado el ruido. Pero comenzaba a anochecer.
—Nos falta Quique —dijo Demetrio, dando voz al pensamiento del grupo—. No podemos dejarlo para otro momento.
—Pero se va a hacer de noche —expuso Alba, que ya había mirado el móvil para comprobar, aliviada, que no tenía mil llamadas perdidas de su madre preguntando dónde demonios estaba.
—Sí, sí… Además, vosotras habéis cumplido de sobra —contestó Demetrio, a sabiendas de los riesgos que entrañaba dar caza a un vampiro maduro caída la noche.
—Yo me quedo —dijo tajante Esther, mirando a Nacho—. No por venganza, quiero ayudaros y evitar que siga haciendo daño.
—Y yo me quedo contigo —replicó Alba, decidida a no cargar de nuevo con la culpa de abandonar a su amiga cuando más la necesitaba.
—Pues tenemos que ver dónde se esconde y cómo llegamos. —Nacho pasó un brazo por los hombros de cada una, colocándose entre ambas, frente a Demetrio.
—En la Ruina —afirmó Esther sin dudar.
—¿Lo has…? ¿Lo has sentido? —preguntó Demetrio.
—No, pero estoy segura.