34 #2
Antes de que Demetrio pudiera decidir si rematarlo allí mismo o atraparlo, los ojos del hombre se abrieron de golpe, amarillentos e inyectados en veneno. El cuerpo se arqueó contra el bastón con una fuerza antinatural y comenzó a chillar con un graznido inhumano.
—Mierda…
A sus espaldas, algo estalló. La puerta de una de las letrinas saltó hecha astillas hacia el pasillo. Una mujer latinoamericana de mediana edad, con el uniforme de un hipermercado hecho jirones y pegado a la piel, salió disparada como una fiera y se abalanzó sobre Nacho.
El impacto lo empujó contra la pared. La vampiresa le pasó las piernas por la cintura, como un koala rabioso, y hundió los dientes en la zona del trapecio, buscando el cuello.
—¡AAAAH, HOSTIA!
Nacho intentó golpearla con la cruz, pero apenas lograba subir la mano; la criatura le sujetaba la muñeca con una fuerza descomunal.
Alba se quedó un segundo paralizada, sin saber a quién mirar: al hombre colgado tratando de arrancarle el bastón a Demetrio o a la mujer pegada a la espalda del cura. El chillido de este la sacó del bloqueo.
—¡Nacho!
Se lanzó hacia ellos, esquivando a Demetrio, que trataba de contener al suyo.
—¡La boca! —rugió Nacho, intentando zafarse.
Alba metió la estaca que llevaba en la mano entre los dientes de la vampiresa. La criatura mordió la madera con tal fuerza que la astilló. El crujido le heló la sangre, pero el bocado aflojó un instante el agarre sobre el cuello del cura.
Nacho aprovechó ese medio segundo para girar el torso y, con la mano libre, estampar la cruz contra la mejilla de la mujer.
El siseo fue instantáneo. Carne quemada, olor a pelo chamuscado y un chillido agudo que rebotó contra los azulejos. La vampiresa soltó el mordisco y se echó hacia atrás, cegada por el dolor, liberando al sacerdote y derribando a Alba.
Enajenada por el odio, la criatura se lanzó a por ella, cegada por la ira. La joven se levantó rápido y, con agilidad, le propinó una patada en el pecho que la obligó a retroceder varios pasos, chocando con la pared de azulejos. Volvió a lanzarse hacia ella.
Demetrio empujó a su contrincante contra el cubículo y aprovechó el momento para clavar la pesada estaca en la espalda de la vampiresa, a la altura del corazón, con tal fuerza que la levantó del suelo.
El cuerpo quedó empalado, pataleando unos segundos, hasta que se desplomó, inerte. Su compañero aprovechó para abalanzarse a por Demetrio, que tropezó con un banco. El demonio se giró hacia Nacho, atraído por el olor de la sangre.
—¡Nacho! —bramó Demetrio.
El cura se dejó caer de rodillas sujetando la cruz, aún humeante. El vampiro la embistió sin ver y se estampó de lleno contra el metal.
El chillido fue aún peor que el de la mujer. La piel de la cara le hirvió al contacto con la cruz, abriéndose en ampollas burbujeantes. Se apartó de un salto, cegado, y se lanzó a la desesperada hacia la luz del pasillo, buscando huir de aquel tormento.
—¡Esther, cuidado! —gritó Alba, pero su voz llegó tarde.
Arriba, en la entrada de los vestuarios, la joven había dado un par de pasos hacia dentro al oír los alaridos, dudando si romper la orden de guardia. El vampiro salió disparado por la puerta como un toro fuera del toril y la arrolló, tirándola al suelo.
La criatura, joven e inconsciente como había sido Roberto, aturdida por el dolor del crucifijo y privada de la ayuda de su compañera, no valoró con suficiente claridad las consecuencias de exponerse al sol.
Dio apenas tres zancadas hacia el exterior. La luz le pegó de lleno. La piel comenzó a quemarse al instante, primero en las manos, luego en la cara. Olía a carne a la brasa, como la plancha de un chiringuito en la feria.
Se derrumbó a los pocos metros, con la piel escaldada como una salchicha de carnicería en agua hirviendo, profiriendo unos escandalosos alaridos que temieron atrajeran la atención de los vecinos.
Antes de que Esther pudiera levantarse, Demetrio subió las escaleras a una velocidad impropia de su tamaño, y resbaló en los peldaños. Se plantó junto al cuerpo humeante y clavó una nueva estaca en el pecho del dolorido no-muerto, hundiendo el palo en el suelo.
El grito se cortó en seco. Solo quedó el olor a carne quemada.
—¡HOSTIA PUTA! —vociferó, desplomándose agotado en el suelo, al lado del cadáver, antes de recordar que su amigo estaba herido y, en teoría, eran tres los vampiros que debían ejecutar.
Volvió corriendo escaleras abajo. En el vestuario, Nacho respiraba con dificultad, la camiseta empapada en sangre.
—Queda uno —anunció Demetrio, sofocado. Se giró hacia Esther, que acababa de bajar, despeinada y con restos de polvo en la espalda.
Ella se dispuso a curar la herida de Nacho con agua oxigenada y trapos limpios del botiquín. No le daba asco, lo había hecho muchas veces con su padre.
—¿Esa era tu vecina? —preguntó Demetrio, señalando el cadáver de la mujer, a la que sacaron del vestuario con la estaca todavía clavada en la espalda.
—No, Eugenia es… era de Burgos.
—Ya. Qué sutil. Vale, pues en teoría eran tres o al menos tres, por lo que sabía Rober —prosiguió Demetrio—. Es mejor que nos demos prisa en comprobar si está en el vestuario femenino y que intentemos entrar a la sala de calderas, porque se nos va la tarde.
—Anochecerá alrededor de las nueve —recordó Nacho, con la herida ya casi limpia gracias a Esther.
—Bueno, son las seis, pero todavía nos queda tarea —señaló Demetrio, mirando a los cuerpos.
—¿Hay que enterrarlos o podemos llevarlos a tu iglesia? —preguntó Alba, ya recuperada del esfuerzo.
—Tenemos un amigo en el tanatorio… Tuvo una experiencia también, digamos, complicada, y nos ayudará —contestó Demetrio.
—Pero esto… ¿Hacéis esto a menudo? —preguntó Alba, con cierto temor ante el mundo que acababa de descubrir.
—No, bueno, cada ciertos años te encuentras algo… —intentó tranquilizarla—. O sea, nosotros porque lo buscamos, pero lo normal es no encontrarte ninguno en la vida.
—Lo que pasa es que cuando haces pop… —apostilló Nacho con cierta amargura.
—Vamos, anda —cortó el grandullón, que no quería desanimar a su amiga.
El vestuario femenino estaba despejado. Si hubiera estado ocupado por alguna entidad demoníaca, quizás habría huido al escuchar la suerte de sus compañeros, pero los barrotes de las ventanas estaban intactos y Esther vigilaba la salida.