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No podemos dejarlo para otro día, no podemos ir de noche. Hay que hacerlo hoy y con la ventaja del sol por si son muchos.
Alba sorteó por los pelos la vigilancia de sus padres tras una nueva noche fuera de casa, pero para el siguiente acto no tendría tanta suerte.
Habían quedado alrededor de las cuatro de la tarde, después de comer, para colarse en la piscina municipal.
A las doce, Nacho oficiaría la misa desde Brihuega en directo por la televisión provincial; después, con la excusa de devolver él mismo los equipos, se encontraría con Demetrio en su casa.
Esther no tenía turno hasta el lunes, pero eso su padre no lo sabía.
La única que tenía pendiente ver cómo se escapaba era Alba.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La iglesia estaba preciosa, monumental y vacía. Nadie diría que don Ignacio había pasado la noche realizando rituales arcanos para traer de vuelta el alma de un pobre muchacho al cuerpo parasitado por un vampiro.
—¿Estás viendo la misa? —preguntó su madre, estupefacta, desde la puerta.
—Sí…, sí, bueno, estaba… —Una idea se le cruzó por la mente, rauda—. No pases, estaba intentando estudiar, pero me duele la cabeza y me he puesto a mirar las redes y…, bueno, me ha salido esto.
—Ay, hija, déjame que te mire la fiebre. —Su madre, en un impulso, intentó acercarse, pero Alba la detuvo, ocultando como pudo la herida de la frente.
—No, no, mamá, no entres…, no vaya a ser… COVID.
—Pero cómo va a…
—Pues no sé, al hacer la compra o… no lo sé, pero por si acaso.
—Ay, hija, pero qué tontería.
—No, de verdad, por si acaso, no me encuentro bien.
—¿Pero vas a comer?
—Sí…, bueno, pero aquí. Mejor aislarme por si acaso, aunque sea hasta mañana.
—Vale, bueno… Te subo la comida, filetes rusos.
—Sí, gracias, si yo creo… Bueno, igual es agotamiento.
—Tanta gimnasia…
—No sé, igual… Por si acaso, porfa, no paséis.
—Bueno, luego te pregunto si neces…
—No, no, porfa, que si me duermo… Yo te aviso.
Con la primera parte del problema solucionado, Alba solo tendría que concentrarse en escaparse sin que la pillasen, como tantas otras veces había hecho, por la ventana de su habitación.
Mientras saboreaba los filetes rusos con patatas fritas, el coche de Nacho llegaba a casa de Demetrio para devolverle los equipos.
Los observó desde la ventana, furtiva, sin que parecieran darse cuenta.
Metieron el coche en el garaje, pero ya no salieron.
El plan seguía adelante: comerían algo rápido y se encargarían de preparar las armas.
Estacas, mazas, ajo, agua bendita, el kit básico, y un botiquín para posibles curas.
Alba y Esther preguntaron por la escopeta, pero Demetrio consideró que podría ser peligrosa con cuatro personas en espacios pequeños.
Nacho recordó una vez, en Cariñena, que Demetrio le disparó en el culo con una de perdigones cargada de sal.
—Todavía me escuece.
Esther preparó la comida de su padre y le informó que tendría que trabajar por la tarde.
Esperaba tener que dar explicaciones, porque no trabajaba los domingos salvo que fueran las fiestas, pero a cambio recibió una poco instructiva charla sobre cómo la economía se iría al garete por culpa del confinamiento ilegal al que estaban sometidos.
Sin atisbo de dudas, cabía esperar una crisis enorme, peor que la de 2008, en el primer trimestre de 2021.
A las cuatro de la tarde, con el sol sobre sus cabezas, cada cual atravesó como pudo el pueblo, confiando en la siesta del domingo para no ser vistos.
Se encontraron puntuales en la puerta del cementerio, a las afueras, junto a la piscina municipal y a las pistas de tenis y pádel, que compartían recinto.
—No os han parado, ¿no? —preguntó Demetrio, que portaba un pesado saco cargado de palos afilados.
—No parece —contestó Alba.
—Pues vamos dentro cuanto antes, que es más difícil que nos vean.
La entrada principal, junto a la ermita, estaba oculta a la vista de las casas que se agolpaban al otro lado del complejo de La Raqueta. Saltaron la puerta y después la tapia interior que separaba ambas instalaciones.
A pleno sol de abril, todo estaba tranquilo, como podría esperarse de una piscina de verano al terminar el invierno.
El agua parecía dormida, inmóvil, verde como un estanque después de meses de nulo mantenimiento.
La empresa que llegase nueva tendría problemas para ponerla a punto a tiempo.
El césped no estaba seco gracias a las abundantes lluvias, pero crecía salvaje, sin control.
—¡PERO QUÉ CO…! —Demetrio pisó un excremento de perro oculto por la hierba alta. Estaba fresco.
—¿Es de perro? —preguntó, levantando la zapatilla con cara de asco. El culpable no tardó en aparecer.
Una sombra blanca, como un conejo, cruzó entre las hamacas sin recoger. Sombrillas no había, estaban guardadas en el edificio principal, al que tendrían que acceder.
—¿Rosco? —Esther reconoció al peludo, que, lejos de representar una amenaza, se acercó corriendo, muerto de hambre.
—¿Lo conoces? —preguntó Nacho.
—Es el perro de mi vecina, Eugenia.
—¿Y hace cuánto que no la ves? —inquirió Demetrio, con tono de amargo sarcasmo.
—¿Te acuerdas de Futre? —recordó Nacho, mirando a su compañero—. Tú dejaste de venir, pero ellos… Su familia siguió viniendo varios años a veranear en la playa, y siempre que llegaban, el perro se volvía loco buscando a Sergio.
Demetrio no se atrevió a mirarlo. Se sacó del bolsillo un trozo de carne seca, envuelto en papel de plata, y se lo ofreció al chucho, que comió agradecido mientras él le rascaba la cabeza.
—Bueno, me temo que ya conocemos la identidad de una de las tres criaturas, además de Quique.
El edificio no tenía alarma, salvo sorpresa, según les había confiado Esther, que alguna vez había ayudado a guardar cosas o a limpiar. Antes, en verano se guardaba algo de dinero en la taquilla, pero ahora los bonos se pagaban por internet y las entradas, con tarjeta.
—¿Y cómo abrimos? —preguntó Alba.
Nacho ya forzaba la puerta con un trozo de botella de plástico rota.
—Joder con el cura, ¿eh? —comentó Demetrio, guiñándole un ojo a las chicas.
—Ya te dije que tuve una juventud dispersa —replicó Nacho, en esta ocasión mirando a Esther, que sonrió brevemente.
Estaba demasiado asustada y concentrada en lo que tenía que hacer. Había pasado la noche en vela, dando vueltas a las palabras del cura sobre la venganza y la liberación.
Nacho pasó primero, con la cruz en una mano y la linterna en la otra.
Demetrio después; portaba un pesado bastón de madera maciza.
Alba siguió sus pasos. Esther se quedó en la puerta, vigilando la salida con otra cruz en la mano y el oído atento, por si aparecían vivos o muertos.
El perro no se atrevió a traspasar el umbral, lo que interpretaron como una señal.
Las criaturas jóvenes no soportaban la luz del sol.
Abrieron las persianas, todas menos una, que estaba rota y desplomada.
El hall estaba despejado; peinaron el despacho y la enfermería sin éxito.
El edificio no era muy grande, pero quedaban el vestuario de los empleados y un pequeño almacén, donde se guardaban los artefactos de piscina.
Las puertas estaban cerradas y el sitio era perfecto porque apenas tenía ventanas.
Con el pulso acelerado, giraron el pomo de la puerta de la primera estancia. Nada. Recorrieron la habitación con las linternas, abrieron todas las taquillas forzando los candados a golpe de maza. Nada.
Se dirigieron al almacén. Fuera, Rosco empezó a ladrar y apretaron los dientes. Nada. Apartaron cajas, movieron con torpeza las sombrillas y no encontraron rastro alguno de un vampiro. Solo silencio y humedad, con algunas goteras todavía marcadas en el techo después de las últimas lluvias.
Fuera, Esther jugaba con el perro, tratando de distraerlo para que no hiciera más ruido del necesario.
—Ni hostias —sentenció Demetrio al salir.
Las miradas se dirigieron hacia los vestuarios, en la otra punta, a los que se accedía bajando algunos escalones porque albergaban también la depuradora, bajo el nivel del suelo.
—Claro, siempre hay una cripta —masculló Nacho.
Los cuatro se miraron, buscando aprobación para reanudar la marcha. A cada instante, la posibilidad de encontrar el premio se hacía más grande.
—¿Derecha o izquierda? —preguntó Demetrio, liderando el grupo en el pequeño descenso a la bifurcación que separaba los cambiadores masculino y femenino.
—Derecha —contestó Nacho.
—Otro cura facha —apostilló Demetrio, tras lo que su amigo resopló.
Alba apenas lograba reunir el valor para bajar las escaleras sin caerse y Esther se quedó arriba, de nuevo de guardia.
Las puertas estaban abiertas y el sol se colaba a duras penas por las ventanas llenas de barro y suciedad. El vestuario en sí estaba vacío, pero tenía duchas con las puertas cerradas y letrinas. Esta vez sí, olía a humedad, pero también a muerte y putrefacción.
Demetrio avanzó el primero por el pasillo de azulejos, con el bastón por delante y la linterna en alto. Nacho iba pegado a su espalda, con la cruz en la mano. Alba cerraba la marcha, intentando que las suelas no resonasen demasiado en el gres.
—Primero las duchas —susurró Demetrio.
Empujó la primera puerta de plástico. Vacía. Solo una toalla vieja en el suelo y el rastro de moho en las juntas.
Abrió la segunda. Otra vez nada.
En la tercera, el corazón se le paró un instante. Colgado boca abajo de una barra oxidada yacía un hombre de mediana edad, con el traje de su entierro destrozado y lleno de barro por escapar de la tumba. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como si aún estuviera en el féretro.
Nacho y Alba se agolparon a su espalda, conteniendo la respiración. El rostro del cadáver colgaba a la altura de sus rodillas.