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La luz de los cirios, grandes y pesados, temblaba al son del movimiento de los cuatro. Demetrio rodeó el altar con un círculo de sal y recitó unas palabras en un idioma que las chicas no entendieron y apenas consiguieron escuchar. Nacho torció el gesto un poco al verlo, pero luego sonrió.
—Apartaos un poco —dijo Demetrio antes de quitar la cinta que enganchaba el detente a la frente del vampiro, que dejó su marca a fuego.
El cadáver se reanimó y comenzó a agitarse en cuanto descubrió que estaba encadenado y en suelo sagrado, profiriendo insultos ininteligibles mientras soltaba espumarajos por la boca.
Don Ignacio se persignó con parsimonia.
— In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti . —Tomó agua de una vasija de barro, la bendijo y la dejó caer sobre la frente de Rober—. Por la vida que te fue dada y la sangre que te fue robada, yo te bendigo como hijo de Dios.
La criatura volvió a quedarse inmóvil mientras un ligero vapor de agua salía del lugar donde había impactado el líquido bendecido. Rober giró la cabeza y miró con cara de odio al cura.
—HIJO DE PUTAAAAAA, CUCARACHAAAAAAAA.
El sacerdote abrió el misal y comenzó, impasible, con su letanía, tan antigua como los primeros cristianos, una mezcla de latín y castellano arcaico:
— Domine Deus, redintegra carnem corruptam, restitue animam errantem. Per sanguinem Filii tui, revoca quod nocte abductum est .
El eco de aquellas palabras resonó bajo las bóvedas de la iglesia, retumbando en el pecho de Roberto, que no cesaba en su intento de liberarse de las cadenas entre chillidos propios de una matanza.
— Vade retro, umbra tenebrarum, et redi lux ad habitaculum suum . Roberto, hijo de un hombre y una mujer aquí en la Tierra, hijo de nuestra madre la Virgen y del Padre de todo lo visible y lo invisible, escúchame y vuelve a tu cuerpo, reclama la carne que es tuya.
El cuerpo convulsionó levemente. Un hilo de aire fétido salió por su boca, como si exhalara la podredumbre del parásito que corrompía su templo. Las velas parpadearon, y uno de los cirios se apagó sin viento. Don Ignacio elevó la voz:
—¡ Exi, spiritus alienus, per crucem et per sanguinem !
—DEJAAAAAADME, CERDOSSSSSS.
—¡ Anima Roberto, remeare ad corpus tuum !
—OS VOY A DEVORAR COMO A CARROÑA.
—¡ Per lumen resurrectionis, redintegro te, anima fidelis !
Un cuerpo normal se hubiera dislocado las caderas y los hombros si hubiera tratado de repetir aquellas convulsiones. Los afilados dientes del vampiro mordían sus propios labios, mezclando la espuma de su boca con sangre y pus.
— Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias tenebrarum esto praesidium .
La cara de odio mutó en terror cuando Nacho mencionó el nombre del arcángel, pero pronto volvió a su terrible mueca.
— Sancte Antoni Abbas, custos animarum et protector contra bestias venenosas, intercede pro hoc servo .
San Antonio Abad era el patrón contra los animales venenosos, como el escorpión, un egipcio que vivió entre los siglos III y IV, época de la que databa el ritual según había investigado el propio Nacho en sus años de estudio en el Vaticano, bajo la tutela del mismo mentor que don Inocencio.
— Sancte Roche, qui pestem a populis avertisti, ora pro nobis et libera hunc a corruptione .
Este era un añadido medieval, porque el santo nació en el siglo XIII, pero se incorporó con fuerza a la liturgia desde los monasterios de los Pirineos, entre los que encontró varios casos de vampirismo y brujería.
—Sor Patrocinio, madre de las llagas, tú que sufriste sin temer, protégelo como me protegiste a mí de niño.
Si ves luz en él, guíalo de vuelta —concluyó las advocaciones en voz más baja y castellano, ya que este añadido corría por cuenta propia, fuera de la liturgia ortodoxa—.
Si vis redire, redi in pace . Si non, sit voluntas Dei .
Roberto pareció elevarse durante unos instantes, cuando un inaudito estallido de viento tumbó el crucifijo y apagó la totalidad de las velas y cirios que se arremolinaban en torno al altar, inundando con su característico olor el silencio posterior.
Ninguno de los presentes se atrevió siquiera a respirar hasta que un llanto rasgó de nuevo el manto de tranquilidad.
—Me dueeeeleee… ME DUELEEEE MUCHOOOOO. —Rober volvía a retorcerse, esta vez como hombre, intentando apretarse el estómago con los brazos presos de las cadenas, tratando de adoptar en vano una postura fetal, imposible por sus ataduras—. ¿Qué me habéis hecho?
Ninguno se atrevió a contestar.
—¿Roberto? —se atrevió por fin el sacerdote, con los ojos cerrados, mientras Demetrio y Alba encendían de nuevo las velas.
—ME DUEEEELEEEEE.
—Roberto, hijo, contéstanos rápido y te ayudaremos, corre. ¿Quién te hizo eso?
—AYUDAAAADME.
—¿Quién te hizo eso, Roberto?, ¿quién te convirtió?
—Un niño… —contestó casi susurrando, tragándose el dolor. Demetrio y Nacho se miraron; Esther supo por qué.
—¿Conoces su nombre?
—Enrique… Por favor, ME DUELE MUCHO.
—Quique… No me jodas —murmuró Demetrio.
—Te lo dije, ¿te acuerdas? En Sacedón —le recordó Nacho.
Esther escrutó su rostro. Quería ver si era cierto lo que le había aconsejado antes, pero solo atisbó compasión por el dolor de Roberto.
—Vamos, solo una cosa más, ¿dónde está?
—No lo sé… Está húmedo, hace frío, hay árboles, huele a césped… Está con otros tres… Es todo lo que puedo…
—¡La piscina! —contestó Alba—. Lleva desde verano sin entrar nadie; es un sitio cojonudo para esconderse. Se lo escuché a mi madre: tenían un lío tremendo con la empresa en el Ayuntamiento; abandonaron en septiembre y no lo mantiene nadie —se explicó, ante la mirada estupefacta de sus compañeros.
—SÍ, SÍ… AYUDADME —repitió convulsionándose.
Demetrio se acercó raudo con una fría estaca de hierro que clavó en su pecho con un pesado martillo hasta tocar la piedra del altar. La sangre brotó a borbotones del pecho, mezclada con la sustancia blanca que supuraba la criatura. Roberto yacía en silencio, muerto por fin.
—Descansa en paz —sentenció Nacho, en tono de ruego, mientras cortaba el cuello del vampiro.