Las Palmeras 33
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Salgo

Puntual, a la una de la mañana del día siguiente, la furgoneta de Demetrio salió del garaje con Alba de nuevo en la parte trasera. Navegaba entre un sentimiento de repulsión y miedo, aunque, en cierto modo, tenía curiosidad: ¿cómo podía ser aquella criatura repulsiva un cachorro de nada?

Atravesaron el pueblo en silencio hasta casa de Esther. Su padre seguía en la inopia, viendo la televisión; ni se molestó en entender por qué podía salir y a dónde iba.

—Me voy. Trabajo, padre.

Estaba demasiado enfadado con el presidente del Gobierno; ni siquiera contestó. Esther recordó los nubarrones, se prometió ayudarlo.

Decidieron ir por la carretera de la Patata hasta Fontanar, pero en Marchamalo se encontraron con un coche patrulla de la Guardia Civil.

—Caballero, ¿a dónde se dirigen? ¿Saben que está prohibido salir de casa debido a la pandemia? Enséñeme el permiso de circulación y bájese la mascarilla un momento, por favor.

—Sí, sí, señor agente, claro, tenemos autorización del trabajo —contestó rápido Demetrio para sorpresa de Esther, que pensó que allí acababa su viaje y su vida: fuera de casa sin permiso y con un cadáver en la parte trasera de la furgoneta.

—Entiendo… ¿Televisión?

—Sí, tenemos que colocar las cámaras para grabar la misa de mañana desde Brihuega.

Los dos guardias civiles examinaron los documentos, uno firmado por el párroco de Brihuega y el contrato con la televisión provincial de Guadalajara, que había visto el filón de la retransmisión en vivo de las misas durante el confinamiento para poder seguir facturando a la par que ofrecía un servicio público.

—Pensaba que esto lo hacía Castañón —infirió uno de los dos agentes mirando a Demetrio, escrutando su reacción.

—¿Javier? Él retransmite y realiza; yo me encargo del montaje, agente —contestó con afabilidad, sorteando la trampa.

—¿Y por qué no han cogido la autovía?

—Precisamente por si podíamos evitar estos nervios, ya sabe.

—No debería ponerse nervioso si tiene todo en orden, caballero.

—Bueno, procuramos no coincidir con nadie, señor agente —dijo señalándose el tapabocas.

—Continúe y no se demore.

Demetrio retomó el trayecto y Alba recuperó el pulso y la respiración, tras los cinco minutos más tensos de su vida, oculta en la parte trasera de una furgoneta sin permiso y con un guardia de seguridad muerto a sus pies.

—¿Grabar la misa? —preguntó Esther.

—Sí, les monto las cámaras, soy autónomo.

Trabajo para Canal Guadalajara Media, CMM, La Crónica , Nueva Alcarria , Guadalajara Diario …

Nacho contrató el servicio para justificarnos el viaje —explicó Demetrio sonriendo, con la mascarilla de nuevo bajo la barbilla—. No os importa que me la baje, ¿no?

—No, no… No es lo que más me preocupa ahora mismo, la verdad —replicó Esther, que era la que estaba más cerca y respiraba el mismo aire.

—Veréis mañana las ojeras de Nacho en directo.

Continuaron su camino hacia Fontanar, donde cruzaron hasta Tórtola para subir el polígono de Torija.

—Es enorme —dijo Demetrio, tratando de distraer los ánimos—. No lo parece desde la carretera, pero hay naves que podrían ser pueblos pequeños.

Antes de las dos de mañana cruzaron la autovía. Ni siquiera a esas horas era normal verla tan vacía, sin camiones o coches atravesándola a toda velocidad, camino de Madrid o Barcelona.

—Joder, si es que parece una peli de zombis —sentenció Demetrio.

—Pues es de vampiros —replicó Alba desde la parte trasera.

Ya en la carretera de Brihuega dejaron atrás la planta de reciclaje, con su característico perfume, y las vías del AVE.

—Por aquí tenía una finca Félix Rodríguez de la Fuente.

—¿Quién? —preguntó Esther, clavándole una punzada en el corazón a Demetrio, que no disimuló.

—Uno de la tele —contestó Alba—. Mi padre me ponía reportajes cuando era pequeña.

Llegados al Alto, en la rotonda que tantos y tantos turistas transitaban para ver los característicos campos de lavanda del municipio, iniciaron el descenso hacia el pueblo por la sinuosa carretera que conectaba con la villa medieval.

—No sé si habéis venido en julio; se pone precioso esto, aunque este verano me da que no van a dejar venir a nadie, claro —explicaba Demetrio, ejerciendo de improvisado guía, con los nervios creciendo a cada metro que se acercaban a su destino.

La tranquilidad de la villa cuando tomaron la curva junto al parque de las Eras del Agua contrastaba con la alegría del estío, con la gente celebrando bien las fiestas, bien la floración, con la banda de música y la filarmónica tocando.

Ahora todo eso quedaba lejanísimo, con el virus encerrándolos en sus casas, llevándose por delante a tantos ancianos en sus últimos años de vida.

«Menudo caldo de cultivo para chupasangres», pensó Demetrio.

—Mira, yo creo que este es mi sitio favorito en toda la provincia —le dijo a Esther al atravesar el arco de entrada al Prado de Santa María, el conjunto medieval que engloba el castillo de la Piedra Bermeja y la iglesia de Santa María, donde se dirigían.

La serenidad de las piedras centenarias, los gigantescos árboles y la armoniosa fuente no casaban con el terrible ritual que debían perpetrar.

Nacho los esperaba en la puerta de la parroquia, donde descargaron primero el bulto envuelto en sábanas y después todas las cámaras y micrófonos para el trabajo oficial.

—Vosotras debéis ser Alba y Esther, Deme me ha hablado mucho de las dos —les dijo estrechándoles la mano.

Don Ignacio no aparentaba ser un cura, al menos no uno al uso, como los que habían conocido, con sus caras de mozo viejo y sus manos blandas.

De la misma edad que Demetrio, tenía el rostro curtido y estaba en forma; con su media melena entre rubia, castaña y plateada y sus profundos ojos azules, tenía rasgos de lobo.

—Habéis sido muy valientes, pero lo de hoy quizás os parezca demasiado. ¿Estáis seguras de que queréis ayudar?

—Sí —afirmó tajante Esther, cortando el paso a la duda.

Nacho sonrió afablemente y se dirigió a las escaleras de acceso a la cripta con el manojo de llaves.

—Había pensado hacerlo en la cueva de la Virgen, pero aquí estaremos más recogidos y no hay peligro de despeñarnos.

Demetrio cogió, esta vez solo, el cadáver en brazos, rehusando el ofrecimiento de Alba por comodidad para bajar las escaleras y atravesar el umbral del viejo portón. La cripta estaba helada y olía a flores marchitas, cera y piedras húmedas.

Depositó el cuerpo en un altar y desenvolvió con cuidado las sábanas.

—Ayúdame a atarlo, porfa —pidió a Alba.

—Ven un momento, Esther, ayúdame tú —dijo don Ignacio mientras se colocaba los atuendos pertinentes, con la estola morada, como en las misas de difunto y las ceremonias de exorcismo.

—No te quiero incomodar, pero tengo que pedirte una cosa.

—Dime… Diga, padre.

—No me llames padre, que no soy esa clase de curas; llámame Nacho.

—Dime, Nacho.

—No sé si os habrá contado Demetrio cómo nos conocimos y qué nos pasó.

—Sí, más o menos… Siento mucho lo de su hermana… Tu hermana.

Nacho sonrió y sujetó el brazo de la joven.

—Gracias. Yo siento mucho también lo de tu novio. —Ella no dijo nada—. Sí, Demetrio también me ha hablado de vosotras. Es un chumeto —bromeó, restando un poco de seriedad—. Escúchame, porque es importante para la ceremonia, pero, sobre todo, es importante para ti, para lo que está por venir.

—Sé lo que me vas a decir, pero no puedo evitarlo, quiero vengarme.

—Lo sé. Yo también quería, y pasé unos años muy malos. Eso Demetrio no os lo habrá contado, porque estuvimos mucho tiempo sin vernos, casi hasta los treinta.

—No.

—La fuerza de estos demonios se crece con el mal, con la ausencia de amor, con la ausencia de… Dios —Nacho dudó; no quería darle un sermón religioso.

—Ya…

—No intento convencerte, aunque Deme me contó lo que viste.

Ni siquiera me refiero a eso: pudo incluso no ser real, sino un producto de tu propia fe, de tu propia necesidad —dijo en referencia a la posible ayuda de las tres mártires—.

Voy más allá de la religión. Mira, entre tú y yo, las religiones no son más que un conjunto de normas de conducta y rituales; cada cual tiene sus propias supersticiones y particularidades, y muchas se copian unas a otras.

A Esther le sorprendió el discurso por parte de un sacerdote católico.

—Pero la gran mayoría tienen algo en común: el amor. Aunque luego se esconda detrás de un sinfín de reglas que, con el paso del tiempo, se vuelven absurdas en manos de hijos de puta enfadados que olvidan ese principio básico. Muchos en mi propia empresa, ojo —señaló, recolocándose el alzacuellos.

Menudo lenguaje, pensó Esther.

—Perdona que te hable así, pero es importante, y yo tardé mucho en darme cuenta: si sigues adelante, no puedes actuar por odio.

—No es odio…

—Es odio. La venganza lo es. ¿Sabes una historia curiosa sobre esas monjas que viste?

—¿Las carmelitas? Bueno, no sé si…

—Sí, ya… Bueno, me la contó un médico hace unos años, amigo de otro que atendió a una de ellas en primera instancia. Sabes que las tirotearon, ¿no?

—Sí, mi madre me contó la historia, más o menos.

—Bueno, ser asesinado no te convierte en buena persona, claro, pero seguro que esto no te lo contó: muchos años después, uno de los asesinos se confesó ante un cura.

—No lo sabía.

—Pues ese cura era hermano de una de ellas.

—Joder…

—Eso es… Y supo perdonarlo, lo absolvió. Imagínate, tantos años después, delante del asesino confeso de tu hermana.

—¿Pero no es secreto?

—No lo contó el sacerdote.

—¿Y entonces por qué lo hace usted…? ¿Por qué lo haces?

—Por amor al prójimo, por piedad, para liberar a otras personas de esta plaga. No puedo permanecer ajeno cuando sé lo que sé.

Demetrio colocó sobre el altar, junto al no-muerto, un crucifijo de marfil y un relicario de madera con una astilla de hueso, impostando una tos para llamar la atención de su amigo y empezar cuanto antes.