32
No podemos esperar más, voy
Alrededor de las dos de la mañana, con sus padres durmiendo a pierna suelta, Alba se puso su ropa de fitness más oscura y salió a la calle, dispuesta a colarse en su viejo instituto.
El calzado, cómodo para correr por las calles del pueblo. Los pantalones, unos leggins flexibles para saltar la valla sin problema. La sudadera con capucha, por si algún policía de balcón se asomaba a curiosear.
A pie había unos veinte minutos de camino; cuatro años seguidos lo había recorrido cada día, ida y vuelta. Corriendo sin esprintar, calculaba unos doce. Cuanto menos tiempo pasara en la calle, mejor, por si a la Guardia Civil de Azuqueca le daba por rondar el pueblo esa noche.
Atravesó las calles vacías sin incidentes y llegó hasta el Centro Social Victoria Kent, junto al parque Valgreen, donde terminaba la civilización.
En la distancia, subiendo por la carretera, asomó el parpadeo azul de una patrulla.
—¡JODER!
Alba se pegó al muro lateral del edificio, conteniendo la respiración. El coche redujo la marcha frente a la entrada y el corazón de la joven hizo lo propio. Un instante eterno. El vehículo giró, encendió las luces largas y se perdió en dirección contraria.
Alba soltó el aire despacio.
Agradeció que los agentes no hubieran llegado hasta la rotonda; si hubieran avanzado apenas cincuenta metros más, la habrían sorprendido de lleno saliendo de su escondrijo. Pero a esas horas, con el toque de queda y el confinamiento, podían circular como quisieran. No se iban a encontrar con nadie.
Corroboró que las luces se alejaban y echó a correr. A partir de allí no había refugio posible: solo un descampado hasta una rotonda dedicada a las víctimas del terrorismo, sin un solo árbol que la protegiera.
Saltó la verja principal con agilidad, aterrizó en silencio y se dirigió al ala posterior. Acceder al interior sería más complicado pero no imposible. Si no habían cambiado nada en los últimos tres años, algunas de las ventanas del bloque central seguían sin cerrar del todo.
Aquello llevaba años sin arreglarse; los conserjes nunca las habían reparado porque no suponía un riesgo real y el Ayuntamiento, siempre con problemas de presupuesto, evitaba gastar dinero más que en lo imprescindible.
El instituto constaba de cinco grandes bloques rectangulares, dispuestos en forma de parrilla y unidos por un pasillo.
El primero, el edificio original, era el más ancho: albergaba la entrada principal, el salón de actos, el gimnasio y la sala de calderas, entre otras estancias, como la sala de profesores o el despacho del director.
Alba entró por la mitad del tercero, el segundo por la cola. Era la primera vez que volvía desde la PAU y una punzada de nostalgia le atravesó el estómago.
Todo estaba igual: las mismas puertas, el mismo suelo encerado, el mismo silencio sepulcral, el olor. Aquello, más que un centro educativo, parecía un mausoleo. El escondite perfecto para una sabandija como aquella, que dormía de día y cazaba de noche.
Empujó la puerta del aula más cercana. Abierta. Se movió con cuidado, conteniendo cada respiración. Se colocó los auriculares inalámbricos y ajustó el volumen: lo bastante bajo para escuchar ruidos, lo bastante alto para distinguir la letra.
Encendió el reproductor en modo aleatorio entre sus canciones más escuchadas.
Baby, I know pain is as natural as the rain…
Alba sonrió por la ironía: Vampire Weekend.
Demetrio les había explicado un truco para minimizar el poder hipnótico de los vampiros.
No sabía si la música interfería en alguna frecuencia que usaban para dominar a sus presas o si era una cuestión anímica —mantener la mente activa, el alma despierta—.
Pero funcionaba. Y más cuando las canciones, escogidas con cuidado, elevaban lo mejor de ti y te hacían vibrar.
En la oscuridad, el pasillo del edificio D se le antojaba interminable. A cada paso le parecía oír un pupitre arrastrándose, una tiza golpeando la pizarra, un eco que no era suyo.
«Bienvenida a la clase nocturna de espectros y almas en pena», pensó, y apretó el paso.
Antes de llegar al pasillo principal sacó de la mochila una tela: los restos de la camiseta de su primer año en la peña con las firmas de amigos, conocidos y, en realidad, de algunos desconocidos también. Una reliquia íntima, cargada de recuerdos.
Se envolvió la mano derecha. Si la taza había funcionado, aquello también lo haría.
Mejor que cualquier crucifijo.
Atravesó el edificio B, donde había cursado el bachillerato, y el corazón se le encogió de pura melancolía: qué distinto se veía todo de noche. Y qué familiar al mismo tiempo.
El vampiro había cometido un error eligiendo guarida: aquel lugar estaba consagrado a su juventud, bendecido por la felicidad vivida allí. Era su templo.
El edificio principal la recibió con su silencio solemne. Más amplio, las aulas se desplegaban a ambos lados del pasillo perpendicular. Dejó a su espalda el recibidor, atravesó el corredor y descendió las escaleras hacia el sótano, decidida y temerosa a la vez.
El aire cambió. Un olor a humedad, serrín y algo más —el hedor de la muerte— la golpeó al abrir la puerta del gimnasio. Se cubrió la nariz con la camiseta, respirando el suavizante de su madre, y avanzó entre penumbras.
La luz que se filtraba por los ventanucos del semisótano bastaba para distinguir la silueta del potro y las espalderas. No quiso encender los halógenos para no llamar la atención desde fuera.
Avanzó hasta la puerta de la sala de calderas. Pero un golpe brutal la lanzó contra la pared. Su cabeza chocó con el espejo delante del que tantas veces había bailado, y se abrió la sien.
Aturdida, se levantó. Su atacante, agazapado frente a ella, reía con la arrogancia del depredador joven.
—Hostia… —susurró Alba, sin esperar respuesta.
Roberto se abalanzó desbocado. Ella no pensó, actuó: giró el cuerpo, aprovechó su impulso y lo proyectó contra el espejo, que terminó de reventar en un estallido de cientos de cristales. Así lo había aprendido y practicado allí mismo, muchas tardes de extraescolares en judo, con el sensei Alberto.
La criatura chilló, desconcertada por su propia torpeza.
Se lanzó de nuevo. Alba esquivó la embestida y respondió con una patada de kajukenbo directa al pecho.
Medalla de oro para su colegio. El vampiro retrocedió rugiendo; el puño envuelto en la camiseta empezó a brillar con una luz pálida, casi lunar.
Alba lo notó y, sin detenerse a razonar, le descargó un golpe en el rostro.
El contacto fue devastador: la piel de Roberto crepitó y el vampiro chilló como un animal marcado con hierro candente.
No esperó más. Sangrando por la frente, echó a correr hacia las escaleras. Detrás, Roberto jadeaba como un jabalí enloquecido, tropezando con las paredes.
Alba alcanzó el pasillo principal y giró hacia el edificio B. El vampiro la seguía a pocos metros, los pasos resonando como martillazos en su cabeza, dolorida por el golpe y la tensión.
Giró de nuevo en el D, a la derecha, y lo vio: el pasillo estrecho, la meta improvisada. Sonrió. Se dejó caer al suelo, resbalando sobre el linóleo hasta pasar bajo una cinta tensa que colgaba de un extintor a la puerta del aula.
Roberto no se dio cuenta, iba ciego de furia. Al cruzar el cordel, un silbido seco rasgó el aire. El vampiro chilló de nuevo, histérico, con un grito animal, cayendo de rodillas mientras su piel se ennegrecía al contacto con la trampa bendecida.
En el interior del aula, Esther sostenía el extremo del cordel, empapado en agua bendita y consagrado en la festividad de la Virgen de la Antigua. Demetrio apareció por detrás, ágil como un felino a pesar de su envergadura, utilizando otro tramo del mismo tejido para atar los pies de la criatura.
Roberto se revolvió, aullando. Alba, aún temblorosa, le golpeó de nuevo en el rostro, se quitó la camiseta de la mano y se la colocó sobre la boca.
El vampiro siguió blasfemando y echando humo al contacto con las prendas hasta que Demetrio le presionó la frente con un detente de hierro.
El cuerpo se arqueó una última vez y se desplomó, convertido en un auténtico cadáver.
—¿Está muerto?
—Ya le gustaría.
***
Unas horas antes, Demetrio les había explicado por videoconferencia la necesidad de capturar a Roberto con vida.
—No podemos matarlo —dijo con el rostro iluminado por la luz azul del monitor, mientras apuraba su café.
—¿Por qué? —preguntó Alba desde su Mac.
—Porque este chico vivía aquí o trabajaba aquí. No vino de fuera. Algo vino y le hizo esto.
—¿Y no puede Esther repetir lo del espejo?
—No. El vínculo no existe. Para contactar necesita una conexión emocional o física con el alma. Y ella no conoció al que lo convirtió.
—Bueno —dijo Esther, conteniendo la rabia—, el que le hiciera esto a este mató a mi novio.
Demetrio bajó la mirada.
—Sí, lo sé. Pero no es suficiente. Podrías intentar contactar con… —Se detuvo, sabiendo que era mala idea—. No, él no fue convertido. No serviría.
—¿Entonces?
—Hay un ritual. Pero antes tenemos que atraparlo. Vivo. Vaya, no-muerto.
—¿Y cómo lo hacemos? —preguntó Alba.
—La última vez Esther sirvió de cebo sin saberlo —dijo volviendo a agachar la mirada, con tono de disculpa.
—Genial —replicó ella, recordando la noche en que creyó verlo secuestrar al muchacho.
***
El cadáver de Roberto yacía inmóvil bajo la luz fría del pasillo. Alba se limpió la sangre de la sien con la manga y miró a Demetrio.
—¿Y ahora?
Él respiró hondo.
—Ahora lo llevaremos a Brihuega, con Nacho. Y rezaremos para que el espíritu de Roberto nos ayude… y nos perdone.
Envolvieron su cuerpo con unas sábanas que habían llevado para manejarlo mejor y lo sacaron por la ventana. Si alguien los hubiera visto en aquel momento, no habrían existido suficientes matices para el clásico «esto no es lo que parece, amigo».
Se metieron en la furgoneta: Alba detrás, con el cuerpo; Esther y Demetrio delante.
—¿Y si nos paran?
—Tranqui —contestó Demetrio, muy seguro—. ¿Venís entonces?
—Sí —contestó rápido Alba, sin dejar de vigilar el cadáver—, pero ¿a qué hora volveremos?
—Pues… no lo sé. Hasta Brihuega tenemos una hora; nos dan las cuatro y media… Antes de las ocho no creo.
—Joder, me matan.
Demetrio empatizó con ella, recordando el monumental castigo de aquel verano en el que se escapó de casa y, sobre todo, el inmenso disgusto de unos padres que no habrían entendido nada por mucho que hubiera tratado de explicarles.
El enfado no duró mucho, pero el disgusto se lo llevó su padre a la tumba, más de quince años después.
—Ya… El caso es que… es mejor si estamos los tres.
—Yo puedo. Mi padre no se va a levantar antes de las diez, y mañana no curro hasta la tarde —contestó Esther, intentando ayudar sin esperar otra noche.
—Supongo que puedo guardarlo otra noche más en el desván… Espero que no se vuelva a colar nadie —dijo Demetrio medio en broma, con tono acusador.
—No, no, lección aprendida… —se apresuró a responder Alba, que maldijo para sus adentros aquel momento.
—Oye… —intervino Esther—, ¿y por qué estaba consciente cuando lo encontramos en tu sótano? ¿No podías colocarle la medallita esa?
—Es un detente, se usa…, bueno, para detener el mal —explicó Demetrio—. Pero no se puede usar permanentemente sin… Que lo necesitaba vivo, vaya. Bueno, no-muerto.
— OK , OK . ¿Y sirve para todos? —preguntó Esther, urdiendo por dentro el escenario de la siguiente captura: su venganza.
—No, por desgracia, no. Este es un cachorro, es un bebé de vampiro, por eso es tan impulsivo. Pero conforme van creciendo y pasan los años…, se vuelven más duros.
—Por eso funcionó la taza o mi camiseta.
—Más o menos. Quizás te funcionasen también contra uno maduro: todo depende de tu determinación, pero… —Demetrio caviló; no quería menoscabar la confianza de Alba— es difícil, claro. Ni siquiera sé si hubiéramos podido atraparlo con el cordel.
—Vaya…
—Por eso vamos a aprovechar que hemos capturado a este pezqueñín. —Alba y Esther no entendieron la referencia—. Además, tiene que ser antes del domingo, para que no caduque nuestra excusa.
—¿Cómo?