Las Palmeras 31 #2
85%

31 #2

Siempre le había parecido una cárcel: puertas antiincendios, verja, tanta seguridad para que no se escapasen los muchachos.

Recorrieron los largos pasillos hasta llegar a las escaleras del sótano, donde se encontraba la sala de calderas.

No quiso fijarse, pero por el rabillo del ojo le pareció que algunas figuras diminutas las perseguían en paralelo por las clases.

Niños atrapados allí. Nunca había pensado si alguien había muerto en el edificio, pero imaginó que alguno habría vuelto aunque hubiese fallecido en otro lugar, incluso de adulto.

El centro no tenía más de veinte años, pero habían pasado miles de alumnos por sus aulas. Mucho tiempo allí.

No obstante, tenía la sensación de que algo más las seguía: una presencia amenazadora, reconocible por su olor a violetas podridas. Carolina también parecía saberlo y no quiso pararse.

—Voy a bajar al sótano.

Desde las escaleras pudo escuchar gritos; entonces se dio cuenta de que hasta el momento todo había permanecido en el más absoluto de los silencios, solo interrumpido por su propia voz al narrar el viaje por walkie .

—Escucho gritos. Alguien pide ayuda.

Se apretaron la mano, temerosas de lo que las esperaba abajo pero todavía más asustadas por lo que quedaba a sus espaldas.

El olor era cada vez más intenso y la niña estaba más y más acobardada ante la inminente presencia de su abuela.

Como cuando eran pequeñas. La persecución se detuvo al acercarse a la puerta del sótano.

Lo que había dentro asustaba al mal. Sin pensarlo dos veces, y cerrando los ojos, la atravesaron.

Allí, agazapado en el pequeño gimnasio, un joven encogido en posición fetal lloraba y pedía auxilio.

—Joder, joder, joder… Quiero irme… Joder, joder…

De su estómago, como del de Esther, salía un cordón, pero de un color distinto: blanco muerto; supuraba cosas verdes, su apariencia era pestilente, nauseabunda. La joven se cercioró de que el suyo seguía en el mismo lugar y del mismo color, plateado y brillante, como así era.

—¿Hay alguien? —Rober se incorporó, pero entonces Esther pudo ver que sus ojos estaban opacados por una sustancia similar a la del cordón, que también supuraba por sus oídos.

—Está aquí, pero no puede vernos ni oírnos. Está sufriendo.

Se acercaron, siguiendo con cautela el cordón del otrora guardia de seguridad que se perdía en la oscuridad del fondo, hacia la puerta abierta de la sala de calderas.

De repente, unos ojos rojos se abrieron en la tiniebla, entre las grandes cisternas, mirándolas fijamente como el depredador a su presa.

Esther no se atrevió a narrarlo por no hacer ruido.

La criatura se puso en pie: el cuerpo era negro puro, parecía absorber la luz, pero, en su interior, algo traslúcido, se intuía un parásito sin forma definida, mezcla entre pulpo y araña, viscoso y de un color blanco verdoso similar al que atrapaba el alma de su anfitrión.

Antes de que comenzase a correr hacia ellas, atravesaron de vuelta la puerta y subieron las escaleras a la velocidad del espíritu… hasta toparse de frente, como temían, con el ánima negra de Custodia.

—¡Joder, estoy atrapada! —gritó Esther, y cerró los ojos conforme la bruja atormentada se abalanzaba sobre ella, como aquel día en su habitación.

Antes de que la alcanzase, sintió un tirón brusco del cordón y agarró con fuerza la mano de Carolina para arrastrarla con ella.

Cuando abrió los ojos, estaba en el suelo, junto al espejo; al otro lado veía la habitación y su propio cuerpo sentado, con una mano en el walkie y la otra aferrada al cordón, con el que trataba de arrastrar a su cuerpo astral de vuelta.

Carolina soltó su mano; con pena en los ojos, sonrió y asintió, instándola a marchar, mientras el olor a violeta podrida las alcanzaba de nuevo.

Pero Esther no estaba dispuesta a huir: recuperada del miedo, hizo fuerza con el brazo para no ser arrastrada, asentó bien las piernas y se dio la vuelta, decidida a confrontar a la bruja, cuyo rostro empezaba a distinguirse otra vez en la oscuridad.

Cerró los ojos y pensó en su madre; recordó la devoción que tenía por las tres carmelitas mártires de Guadalajara y les imploró ayuda, tratando de recordar la oración que repetía su madre.

Sintió las manos huesudas y frías de Custodia alrededor del cuello, intentando asfixiarla: el olor a podredumbre, el tacto áspero de su piel muerta, el odio, el mal más profundo, la total y absoluta falta de amor.

De repente, un susurro al oído, una bocanada de aire:

—¡Oh, Jesús amorosísimo, que aceptaste el ofrecimiento que de sus vidas te hicieron tus fieles siervas las beatas María Pilar, Teresa y María Ángeles, realizando los ardientes deseos que tuvieron de derramar su sangre por el triunfo de tu reinado universal!

Por la gloria que te dieron proclamando tu realeza y perdonando a sus enemigos, haz que todos los corazones se sometan al dulce imperio de tu amor y que entre los hombres y en los pueblos brillen siempre los dones de la reconciliación y de la paz.

Una bocanada de aire fresco, con olor a azucenas, inundó los pulmones de Esther, que abrió los ojos y vio la cara de pánico y odio de Custodia retroceder en la oscuridad ante la luz cálida que emanaba a su espalda, junto al espejo.

Alejándose en sentido contrario, internándose en aquella luz con tres figuras que no alcanzó a distinguir, Carolina se despidió de su amiga con una sonrisa, esta vez acompañada de una mirada feliz.

Apenas tuvo tiempo de ver hacia dónde se dirigían cuando sintió de nuevo el cordón tirando de ella y un fuerte empuje que la hizo atravesar el espejo hasta hacerlo reventar en mil pedazos.

Con el estallido, Esther abrió los ojos y se echó hacia atrás, cayendo de la silla al suelo. Antes de que consiguiera recomponerse, Demetrio bajó las escaleras corriendo y encendió la luz.

—¿Estás bien?

—Sí. ¿Cuánto tiempo he estado…?

—¿Desde que te fuiste?

—Sí.

—No ha llegado a un minuto.

El espejo estaba intacto; el fuego de las velas titilaba de nuevo. Esther se ayudó de su amigo para volver a ponerse en pie.

—Está en la sala de calderas del instituto.