31
No le encuentro. Si quiere Esther, podemos probar
Hubiera preferido no tener que hacerlo, pero estaba dispuesta a probar cualquier cosa para encontrar al asesino de Marco.
Sobre todo ahora que sabía que la policía no ayudaría.
Alba no podía salir, pero ella sí. Habría podido intentarlo sola en su casa, pero temía que la interrumpiera su padre y, sobre todo, tenía miedo de hacerlo sin compañía.
Aunque Demetrio les había explicado que no tenía excesiva experiencia en esas lides, precisamente esa sinceridad y su conocimiento sobre el mal le ofrecían seguridad.
Además, como el encuentro con la criatura había ocurrido en el sótano del vecino de Alba, la comunicación sería más fácil si iniciaba el ritual en el mismo lugar.
No había garantía de que funcionase, pero tampoco perdería más que el miedo que iba a pasar.
—¿Quieres tomar algo? Entra rápido, que no nos vean. —Demetrio recibió a la barrendera cuando acabó su turno. Miró hacia la ventana de Alba y sonrió; ella devolvió el saludo con la mano, pero estaba preocupada por su amiga y fastidiada por no poder ayudar.
Esther se giró antes de entrar para tranquilizar a su amiga, pero estaba tan nerviosa que tropezó con los escalones. Fuera comenzaba a anochecer.
—Está claro que esta casa quiere matarte —bromeó Demetrio sin medir sus palabras, olvidando que no habían acudido allí para jugar al parchís—. Es broma, ¿eh? No…, no te preocupes, no tiene por qué ser… Bueno, no debería… No es peligroso.
—Ya. Se te nota seguro.
—Bueno, no todas las que han probado han muerto.
—Creo que sí que tomaré un té, si tienes.
La huesuda y menuda barrendera sonrió y sujetó la taza con ambas manos. No hacía un frío excesivo —catorce grados—, pero el temporal iba por dentro.
—¿Lista?
—No…, pero qué remedio.
Bajaron de nuevo por las escaleras del sótano. No había vuelto a aquel lugar desde el ataque. Los recuerdos se agolparon, y supuso que eso sería bueno para la sesión. Olía a serrín, madera y polvo; notó la humedad según descendía. El sótano de casa de Alba era mucho más confortable.
En el centro, frente a la misma silla en la que encontraron atado a Roberto, un gran espejo de pie, con un marco sencillo de Ikea, reflejaba la luz de las velas que rodeaban en círculo el improvisado escenario.
Al lado de la silla, en una mesita, un vaso de agua, una pequeña botella de cristal y un walkie-talkie .
—¿Qué es eso?
—¿En serio?
—Bueno, sé… Es como una radio, ¿no?
—¿Nunca habéis jugado con walkie-talkies ?
—No, teníamos móviles.
Demetrio maldijo lo viejo que se estaba haciendo y le explicó el funcionamiento, bastante sencillo, porque no tenía frecuencias: era casi de juguete.
—Pulsas, hablas y sueltas.
—Ah, esto es lo de cambio y corto.
—Sí. Cambio para que sepa que has acabado de hablar.
—¿Y no basta con que no hable?
—Solo puede hablar uno a la vez; no le puedo dar al botón hasta que no sepa que has parado.
—Y si no digo nada un rato…
—Di cambio.
—¿Y corto?
—Solo si vas a cortar la comunicación.
Esther se sentó, un poco intrigada, frente al espejo.
—¿No vamos a usar una tabla?
—No. Ahora te explico. Esta es una de las técnicas de transcomunicación más antiguas que existen.
—¿Pero te vas? —preguntó, preocupada, viendo cómo Demetrio subía por las escaleras.
—Sí, cambio —dijo por el comunicador, cerrando la puerta y apagando las luces.
—Joder —exclamó Esther sin pulsar el botón—. ¿Y qué hago? Joder, perdón. Cambio.
—Como te decía…, es una técnica muy antigua. Es lo mismo que una bola de cristal…
—Estupendo.
—Estoy al otro lado de la puerta. Sé que has hablado, pero no te he escuchado…
—¡QUE ESTUPENDO! —gritó, sin usar el walkie .
—Lo que tienes que hacer es mirar el espejo, sin pestañear, durante mucho tiempo. Cambio.
—¿Cómo? Joder. Cambio.
—Sí. Mírate a la cara, a los ojos. Concéntrate, mírate fijo a los ojos durante un rato muy largo y no pienses en nada. Cambio.
—¿Pero no tengo que pensar en Roberto? Cambio.
—Estás pensando en Roberto. Lo sientes: está contigo porque estás sentada en la silla en la que estaba él; al bajar seguro que has pensado en él, has recordado aquella noche, la has sentido. Cambio.
—Sí, cambio.
—Pues entonces, solo relaja. Intenta no pensar en nada y mira fijamente a los ojos del espejo… y no sueltes el walkie . Intenta ir contando todo lo que ves. Corto.
Esther trató de seguir las instrucciones. El silencio invadió la habitación cuando Demetrio soltó el botón.
—De acuerdo. Uhm…, veo mi cara.
La luz tenue y titilante de las velas, cuyo aroma comenzaba a embriagarla, empezó a jugar con el reflejo.
A veces parecía que su rostro se deformaba, pero cuanto más trataba de apreciarlo, más rápido desaparecía.
En una ocasión, observando con detenimiento sus propios ojos, le pareció intuir una leve sonrisa en el retrato que no se correspondía con su expresión.
—Joder…
—¿Qué?
—Me ha parecido ver algo rar… Oye, no hemos dicho cambio y ha funcionado. Cambio.
—Tú sigue. Cambio.
Esther volvió a la tarea, satisfecha por su pequeña victoria dialéctica; era la primera vez que sonreía en mucho tiempo. Quizás lo del espejo había sido un reflejo del futuro. Volvió a concentrarse.
Esta vez aguantó más tiempo y no se distrajo aunque su rostro comenzase a deformarse; era hasta divertido.
Si no se fijaba, si solo miraba a sus ojos, a veces era el rostro de otra persona quien le devolvía la mirada, curiosa.
Al cabo de los minutos, comenzó a dominar esa sensación y el espejo le devolvió un nuevo rostro: era el suyo, pero mucho más anciano.
Aunque se estremeció, se obligó a seguir mirando, sin enfocar demasiado para no perder la visión, y, esta vez sí, su propio reflejo le mostró una sonrisa diabólica.
La luz de las velas comenzó a oscurecerse y la imagen del espejo desapareció por completo, devolviendo solo un reflejo negro.
Esther no pudo contenerse y dejó de mirar; se agarró a la silla y se echó hacia atrás.
Pero lo que había pensado que era una ilusión óptica no desapareció como en las anteriores ocasiones.
A su alrededor, las velas parecían inmóviles; ya no titilaban y, a pesar de seguir encendidas, su luz era oscura.
Un viento gélido le golpeó el rostro: venía del espejo, una puerta abierta a otra realidad, una ventana al mundo espiritual.
—¿Demetrio? —Silencio—. ¿Demetrio? Cambio.
Apenas pudo escuchar una contestación ininteligible, ahogada en un ruido blanco que le impidió distinguir palabras. Estaba sola, pero sabía que él la escuchaba; no soltó el walkie y se puso en pie.
—Creo que me estás oyendo, Demetrio. Yo no puedo oírte, así que a tomar por culo el cambio, pero no me dejes.
Avanzó los pocos pasos que la separaban del espejo y se agachó para adentrarse en la oscuridad.
Al otro lado, la negrura más profunda que hubiese visto jamás, como si se hubiera adentrado en el espacio exterior.
O en la boca del lobo. A su espalda, la luz apagada de las velas a través del espejo era su única referencia, pero decidió avanzar, confiando en no caer; poco a poco fue alejándose de la puerta a su realidad.
Sus ojos comenzaron a hacerse a la nueva situación y distinguió lo que había a su alrededor: era la calle.
Hacía mucho frío y seguía oscuro, pero ahora sabía dónde estaba: frente a su casa.
Los muros desprendían una etérea luz azulada.
A su espalda, en la oscuridad que acababa de atravesar, se alejaba una especie de cordón de plata que salía de su estómago y que, por mucho que girase, nunca se rompía; por si acaso, decidió envolverse el brazo con él, como cuando paseaba al perro de pequeña.
—Bueno, no sé si me oyes, pero estoy en mi calle. Tengo una cosa que me sale del cuerpo, como una cuerda; creo que es para volver. Creo que es un viaje astral. De pequeña leí alguna cosa sobre las brujas… Bueno… Joder, no sé si me oyes.
De nuevo el ruido blanco y un sonido humano pero indescifrable —como si fuera otra lengua— la aferró a la esperanza de ser escuchada.
Un movimiento en la ventana de su cuarto le hizo dirigir la vista hacia arriba y entró corriendo en su casa sin necesidad de abrir la puerta, atravesándola como si fuera agua tibia.
Su padre veía la televisión en el salón, ajeno a la visita de su hija. Estaba rodeado de sombras negras y estuvo a punto de acercarse a apartarlas; se detuvo. Hubiera jurado que en alguna de ellas se formaba un rostro familiar que la miró con odio. Lo aislaban.
Esther recordó su misión y subió las escaleras corriendo para descubrir que, después de muchos años, en su habitación la esperaba su amiga.
—¡Carol!
La niña no contestó. Sonrió con los labios, aunque su mirada seguía triste. Llevaba en la mano el peluche que le había ofrecido hacía unos días en el altar improvisado. Olía al jabón francés que usaba su madre.
—Estoy viendo a mi amiga Carolina. La niña de la que te hablé…
Quiso abrazarla, pero temía que se deshiciera. La niña se apretó contra sus piernas durante un instante; Esther sintió su presencia física. La pequeña se separó, abrió la boca como si hablara, pero no emitió sonido alguno. Solo le dio la mano, y Esther entendió que debía seguirla.
Salieron de la casa y, sin caminar más que unos metros, llegaron hasta el instituto.
Andando habría tardado casi veinte minutos largos, pero apenas tuvo que hacerlo durante unos segundos: el paisaje parecía moverse por ellas, se desvanecía como humo y se volvía a conformar con la solidez de un bloque de hielo.
—Estamos en el instituto.