30 #3
Reconoció su rostro: era la madre de Quique, el niño asesinado. Rezó para que Dios la perdonase. Luego cerró los ojos, se resignó y se dejó ir, sin oxígeno y desangrado.
Sus últimos pensamientos fueron para su hermana, muerta hacía tantos años. «Por fin te vuelvo a ver».
***
Nacho se había quedado dormido con placidez. Entre el calor, el olor a vainilla de Rebeca y el cansancio acumulado de la noche anterior, no pudo resistir.
Cuando despertó, creyó haber muerto y estar en la gloria. La canguro le había colocado la cabeza sobre sus muslos y le acariciaba el pelo para relajarlo mientras miraba la televisión sin pestañear.
—Me he… Me he quedado dormido… —Nacho dudó si hablar para no romper el momento.
—Sí —contestó sin siquiera mirarlo.
—Perdón, ¿qué hora es…?
—Las tres y cinco —contestó la chica, con suavidad.
—Hostia… ¿Y Luz?
—Muerta.
Nacho pegó un respingo y se incorporó. A pesar de ello, Rebeca ni se inmutó y siguió ejerciendo el mismo movimiento con la mano derecha, atusando un cabello que ya no se encontraba allí mientras miraba la película.
—¿Qué? —Nacho miró hacia la televisión y vio que la película había terminado hacía mucho tiempo. La tele solo mostraba un color azul, con el VHS detenido por haber llegado al final del rollo.
Rebeca seguía acariciando el vacío.
—Muerta. Se ha ido con tu amigo Quique, ya la habrá devorado —dijo la joven. Giró el cuello para mirar a Nacho, pero su vista seguía perdida hacia el infinito. Sonrió con la misma candidez y dulzura que hacía unas horas, pero sus ojos carecían de expresión, y Nacho casi vomitó.
Se fue al suelo, gateó hacia atrás como un cangrejo y se recompuso para correr por el pasillo camino de la habitación de Luz.
La cama estaba vacía, la persiana subida y la ventana abierta.
¿Cómo coño no se había despertado con el ruido? Nacho ardió por dentro de ira. De repente, la sombra de la sospecha le atravesó el pecho y casi le revienta.
Reunió valor para asomarse por la ventana. El vértigo lo paralizaba. Agarrado con firmeza al marco, se atrevió a abrir los ojos, temiendo encontrar el cadáver de su hermana allí abajo.
No fue así. Respiró hondo. Recuperó fuerzas. Las piernas le temblaban.
Al fondo, a lo lejos, ya en el parque, dos figuras miraban de pie hacia su ventana: dos niños de la mano, Quique y Luz. Cuando vieron que miraba, se adentraron en la oscuridad.
Bajó las escaleras deprisa; no perdió un momento en despertar a Rebeca. Solo la dirigió un vistazo, avergonzándose de su propio comportamiento, rabioso por haber sucumbido a la excitación.
Llegó al parque y ya no había nadie. Corrió hacia los árboles; al fondo, a lo lejos, divisó a su hermana, subida en la barandilla de un viejo puente de piedra. Se tambaleaba.
Corrió cuanto pudo; las piernas le quemaban, el corazón se le salía del pecho. No podía ni respirar. El flato le acuchillaba las costillas.
Estuvo a punto de llegar. Quizás lo frenó su miedo a las alturas, quizás su forma física, quizás hubiera sido imposible.
Solo pudo verla caer, con los ojos cerrados y el cuello ensangrentado. Lejos, en la oscuridad del parque, Quique reía a carcajadas.
***
Demetrio estaba medio dormido en el asiento trasero del coche de Ximo, a salvo de borrachos y empastillados, que parecían ser el único peligro que encontrarían esa noche.
Empezaba a ser consciente de la que había liado para nada, de la bronca que le caería y, lo que era peor, del disgusto que tendría su madre. Su padre estaría enfadado, pero su madre…
Le entraron ganas de llorar de rabia y pegó un puñetazo al asiento de delante para desahogarse.
Entonces escuchó los primeros gritos.
Algo pasaba. Se incorporó rápidamente y miró primero por la ventanilla, por si no era seguro salir. Agarró un crucifijo y una estaca, que habían guardado en el asiento detrás del conductor, y salió. Olía a chasca.
Había mucha gente en la puerta del molino: algunos tosiendo, otros chillando, otros llorando.
Una repentina explosión y el ruido de cristales rotos pillaron a todos de improviso, cesando de momento los sollozos. Le pitaron los oídos.
Se abalanzó corriendo hacia la puerta cuando una mano lo frenó en seco: un guardia civil, con la misma cara de anonadado que él, miraba a la discoteca con la boca abierta.
Sus padres, justo detrás, se debatían indecisos entre el enfado, el alivio y la misma sorpresa ante lo que se les presentaba enfrente.
Demetrio se dejó caer al suelo, sujetado todavía por el agente.
Los chillidos, las pequeñas explosiones y el caos general comenzaron a fundirse como un eco en su cabeza. Sabía que sus padres le estaban hablando, pero era incapaz de entender una sola palabra.
Imploró que a sus amigos les hubiera dado tiempo a salir.
De lejos, desde la ermita, el viejo pirata Dragut, con los ojos en blanco, disfrutaba del festín sentado en su butaca. De sangre estaba saciado; a su espalda yacía Celia. Pero el vampiro necesitaba terror y llanto para recuperarse del todo.
Su cuerpo, con más de cuatrocientos años, temblaba, apenas capaz de contener aquella energía oscura, mientras la criatura que se alojaba en su pecho reaccionaba a la escena que se desarrollaba a un kilómetro de distancia, absorbiendo la agonía de todos aquellos jóvenes.
Vuk había sido un sirviente fiel; tendría su merecida recompensa en el infierno.
El cadáver de Celia se contorsionaba también, todavía medio desnudo, tras las vejaciones sufridas a manos de los otros monstruos, los mortales, en pleno proceso de vuelta a la vida.
Un milagro impío, corrupto y depravado, acelerado por la desgarradora tragedia que sucedía aquella noche.
El molino ardía como una gigantesca pira sacrificial.
Dragut sonreía, satisfecho. Pronto marcharía, recuperado, hacia Milán, donde nuevos devotos lo esperaban para continuar su culto maldito.