Las Palmeras 30 #2
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30 #2

—Nada, es que le da miedo dormir sola.

—Vaya, las últimas veces no recuerdo que…

—Ya, bueno, ha sido un verano… raro.

—¿Por eso os habéis vuelto antes? Normalmente, otros años os quedáis casi todo el verano en el pueblo…

A Nacho le sorprendió un poco que Rebeca recordara esos detalles, pero vivían en el mismo bloque y sus madres eran amigas.

—Sí, es que… desapareció un niño, bueno, un amigo. —Nacho se sintió estúpido por llamar niño a un chico de su edad delante de ella.

—Vaya, no fastidies, pero ¿cómo? ¿Era un amigo de Luz o tuyo?

—Bueno, de los dos. A ver, niño… Tenía mi edad.

Rebeca le sonrió con dulzura, y Nacho se perdió durante unos instantes entre los pliegues de sus ojos para caer atrapado por los dos iris azules que lo observaban entre divertidos y preocupados.

—Vaya, lo siento, Nacho.

—No…, no pasa nada, tengo que ir un momento a ver qué tal está.

—Claro, voy poniendo la película. ¿Seguro que quieres ver esta? —dijo sosteniendo la caja de Pesadilla en Elm Street .

—Sí, sí… Bueno, ya la he visto —mintió—, pero me apetece volver a verla.

Nacho se acercó por el pasillo, apretando el walkie-talkie con firmeza. La luz de la calle se filtraba por la ventana, iluminando de naranja la pared frente a la puerta. Un leve parpadeo, casi insinuado, le puso en alerta y aceleró el paso.

Cuando llegó, todo estaba en calma: la ventana cerrada y su hermana durmiendo en la cama, tapada hasta arriba, envuelta como una momia a pesar del calor.

Nacho respiró tranquilo y se asomó por la ventana. No se veía nada.

Se quedó mirando al parque por el que había escapado el demonio la otra noche: tres chavales bebían lo que debía ser unas litronas en un banco y un hombre en chándal paseaba a su perro con desgana.

Se aseguró de que la ventana estuviera bien cerrada y bajó la persiana, pero la impenetrable oscuridad de la habitación lo sobrecogió y dejó unas rendijas. Era bastante ruidosa; si Luz la subía por orden de Quique, la escucharía perfectamente desde el salón.

Al volver, Rebeca seguía semitumbada en el sofá, husmeando una revista de televisión con cara aburrida, mientras la tele marca Grundig proyectaba los tráileres de algunas películas de terror, algo antiguas ya.

—¿Está bien?

No pudo evitar fijarse en sus largas piernas y sus pies descalzos.

—Sí, sí, se ha dormido… —Nacho se ruborizó con esa normalidad, pensando que podrían ser una pareja joven hablando de su hija.

No le importaría vivir esa vida.

***

Alrededor de las tres menos cuarto de la mañana, Ximo y Sergio casi habían olvidado para qué habían acudido allí.

Habían dejado a Demetrio dentro del coche con las llaves, por si quería salir, pero le hicieron prometer que no se buscaría más líos, casi más preocupados ya por los vivos que por los no-muertos.

Relajados ya y un poco avergonzados, se dieron de plazo hasta las tres y media para llevar de vuelta a Demetrio con sus padres, si es que no aparecían antes allí.

Empachados de cerveza, bebieron un par de copas más, bastante malas, que trataron de aguar lo máximo posible para rebajar el sabor y estirar el dinero.

De vez en cuando se separaban y hablaban con unos y otros, especialmente Ximo, que conocía a más gente, como es normal.

Todo estaba tranquilo hasta que Sergio creyó ver a su vecino, Santi, entre la multitud. Un flash , un instante, un visto y no visto que no pudo confirmar. Intentó acercarse, pero había demasiada gente para moverse con rapidez. Una mano al hombro lo detuvo.

—Tío.

—Tío.

—¿Qué?

—No, tú primero.

—No, tú.

—He visto a Santiago, mi vecino.

—¿Tu vecino?

—Sí, pero no estoy seguro.

—Sí, yo sí lo estoy.

—¿Por?

—Porque olía a…

—¿A qué?

—A carne podrida. Ha sido un momento, entre el tabaco, la colonia y los pedos, pero he olido algo, igual que la otra noche, como a humedad y carne podrida —confirmó Ximo.

—Joder —sentenció Sergio, que miraba nervioso a todos lados, estirando el cuello y frotándoselo en un movimiento mecánico que le produjo un escalofrío.

De repente, tras unas horas de calma, la inequívoca sensación de que algo estaba ocurriendo los sacudió de vuelta al mundo de las tinieblas. Era real. Inminente. Imparable.

La multitud se agolpaba alrededor de un núcleo, empujando al resto, signo inequívoco dentro de un local de que se había formado una pelea. A Ximo le temblaron las piernas. Sergio apartó a la gente como pudo, abriéndose paso hacia el nudo de la acción.

La música seguía retumbando con el golpeo constante de los graves del techno más duro, orgullo de la ruta; desde la otra punta, los porteros trataban de abrirse paso para separar a los contendientes.

En el centro, tirada en el suelo, una chica a los pies de su pareja, que se encaraba con una figura que se tambaleaba como si estuviera borracho. Era Santi.

—¡PERO QUÉ COÑO TE PASA, TÍO! —lo increpaba el chico, empujando al vecino de Sergio, que con la mirada perdida sonrió enseñando unos dientes tan afilados como podridos—. ¡JODER!

La gente empezó a chillar y hubo empujones.

Entre la multitud, dispersos y atentos como lobos, varias criaturas como Santiago se dispusieron a atacar. Sergio, buscando a Ximo, pudo ver cómo una de ellas ya estaba mordiendo el cuello de una de las menores que lo habían sucedido en la cola de entrada.

Hubo caídas; alguien derribó unos altavoces y arrancó unos cables, que hicieron contacto cuando una chica derramó su copa. Pronto llegó el fuego, y la histeria se desató por completo.

La decoración del local, tan rococó como ilegal, prendió como papel de periódico; las grandes telas se convirtieron en antorchas y el humo no tardó en sustituir el hedor de los vampiros.

Las puertas se bloquearon por la gente tratando de huir, pisando a los porteros. Los primeros en llegar sucumbieron asfixiados por los empujones del resto, que les rompieron las costillas apretándolos contra las pesadas puertas de madera.

Ximo se agarró con fuerza al rosario que llevaba colgado del cuello. Miró arriba; en el mirador, Vuk reía a carcajada limpia como un demente, apoyado sobre la barandilla, disfrutando de los chillidos como si se tratase de un concierto de violines.

Vio a Sergio tirado en el suelo: lo habían pisado, tenía sangre en el cuello y el rosario arrancado; lo ayudó a levantarse. Había demasiada gente y empezaba a verse poco; en el suelo se respiraba mejor. Se taparon como pudieron las vías respiratorias.

Trataron de correr a gatas hacia la puerta, recibiendo un sinfín de rodillazos, patadas y empujones.

Algo se abalanzó sobre Ximo y sintió un desgarro profundo en el cuello.

Era una chica de alrededor de veinte años; no se parecía a Cande, pero pensó en ella mientras intentaba zafarse.

Le faltaba el oxígeno, como debió ocurrirle a ella en el mar.

La criatura reía como una histérica mientras a su espalda explotaban los cristales de las botellas por el calor.

Ximo aprovechó para lanzarla contra otras personas.

La temperatura era ya insostenible; dolía, quemaba en la piel. A media altura era imposible respirar. Muchos yacían ya inconscientes en el suelo, asfixiados.

Se sabían atrapados, aunque intentaron llegar a la puerta. Las salidas de emergencia estaban bloqueadas con cadenas desde fuera para que nadie se colara sin pagar la entrada.

Finalmente, la puerta pequeña cedió, pero con tal exceso del aforo quedó bloqueada por una amalgama de personas que chillaban de dolor, con quemaduras en la piel y huesos rotos.

A la gente de la zona vip le dio tiempo a salir, pero Vuk se había quedado a ver arder el local, a disfrutar del sufrimiento y el horror en ofrenda a su señor, que le había prometido que en el infierno podría volver a estar junto a su mujer.

El viejo médico no soltó la barandilla a pesar de que la temperatura alcanzaba ya la de un horno crematorio. No dejó de reír ni cuando la piel se desprendió de su rostro.

— Sineklerin Tanrısı, adının şanı ve yüceliği uğruna, efendimiz Dragut ve uğursuz sülalesinin şerefine, bu kurbanı ellerine al —exclamó en el idioma de su amo.

***

Inocencio despertó de repente en la soledad de su habitación. Sintió que algo horrible estaba pasando y comenzó a llorar. Allí todo estaba en calma; las luces del pasillo apenas se filtraban por la puerta que alguna enfermera había cerrado para procurarle tranquilidad.

El médico de guardia y las trabajadoras descansaban en su sala; los pasillos de la planta estaban en completo silencio. Solo el sonido de algunas máquinas interrumpía el remanso de la madrugada.

Entre lágrimas, sin saber qué estaba pasando, Inocencio comenzó a rezar el rosario. Sus ojos empezaron a adaptarse a la oscuridad de la habitación. Olía raro: a mugre, a suciedad pura, a humedad y ropa sin lavar de varios días. A tabaco.

En el rincón más oscuro de la habitación, entre la penumbra que proyectaba la cortina del ventanal, se adivinaba una forma humana. Estaba quieta, erguida, casi pegada a la pared, como si llevara allí mucho tiempo observándolo.

Inocencio parpadeó varias veces, convencido de que sería una ilusión provocada por la luz tenue del pasillo. Pero no lo era.

La figura dio un paso al frente, dejando ver una silueta de mujer con el cabello sucio, la piel ajada y los ojos hundidos.

Sonreía.

Inocencio intentó alzar la mano hacia el cable para avisar a la enfermera, pero la mujer se abalanzó sobre él y lo degolló con un enorme cuchillo de cocina.

No le dio tiempo a gritar.

La mujer se subió encima de él. El olor hubiera sido insoportable si hubiera podido respirar, pero se ahogaba con su propia sangre a borbotones. Era una indigente con cara de enajenada.

Empezó a simular que lo cabalgaba como una prostituta y sonrió con sus dientes amarillentos; la boca le olía a rata muerta, la base de su dieta. Se llevó el índice a los labios, indicando silencio, se volvió a reír como una hiena y susurró:

—Me lo ha pedido mi señor para devolverme a mi hijo.

La mujer lo agarró de la pechera y lo agitó. A duras penas podía Inocencio mantener los ojos abiertos cuando comenzó a acuchillarlo en los costados, una y otra vez.