Las Palmeras 30
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Nadie en su sano juicio pensaría que aquella noche pudiera ocurrir ningún evento paranormal, que los muertos pudieran levantarse de sus tumbas para alimentarse de la sangre de los vivos, que el infierno abriera sus puertas para extender el mal sobre la tierra.

No con tanta gente pensando en divertirse.

El ambiente estaba efervescente, fiesta grande; no era para menos: la casa invitaba a dos copas y ofrecía un cincuenta por ciento en el resto de las consumiciones. Entrada gratuita por ser la inauguración.

Volvieron a dudar de su propia cordura. «¿Cómo va a pasar algo hoy, con tanta gente?».

Parecía imposible que, hasta hacía unos pocos días, bajo los muros de aquel antro pudiera vivir un auténtico demonio con más de cien años.

Pero todavía podían masticar la adrenalina, el olor a podredumbre y humedad del sótano, escuchar sus gritos, la sensación de pánico al ver bajar a Raquel por las escaleras.

Comprobaron una última vez que el maletero estuviera bien surtido de palos afilados, cruces improvisadas y cabezas de ajo.

Se colgaron sendos rosarios al cuello, guardaron un par de crucifijos en los bolsillos y sacaron la botella de DYC, el refresco y los hielos para integrarse con el resto de los jóvenes.

Tenían una hora por delante hasta que abrieran.

Entre la multitud, buscándolos sin éxito, Demetrio había estado vagando desde mucho antes, tratando de disimular y esquivando miradas, con la sensación de ser demasiado joven para estar allí.

Había sentido los ojos escrutadores de las pandillas y recibió algún empujón, acompañado de risas, pero, lejos de tener miedo, estaba demasiado preocupado por encontrar a sus amigos, sin saber que había llegado muy pronto.

Cansado, había decidido marcharse un rato al cementerio, viendo que allí seguía todo normal. En la puerta, a solas, sintió miedo de nuevo en el silencio de la noche, frente a las tumbas. No se atrevió a colarse.

Cuando volvió a la discoteca, la mayor parte de la gente ya estaba dentro y no intentó pasar; lo vio imposible con los cuatro grandes porteros que controlaban la entrada. A cambio, encontró el coche de Ximo, con su característico Curro colgando del retrovisor.

Esperaría cerca por si salían en algún momento.

Mientras, sus padres, que acababan de llegar al apartamento de la playa, descubrieron con horror que no había pasado por allí.

El mundo se les vino encima, temerosos de que su hijo fuera el siguiente caso aislado de ese extraño verano, y sin tiempo para descansar marcharon hacia la comisaría de Sueca dispuestos a pedir ayuda.

Se cruzaron con el padre de la chica desaparecida, Celia, lo que todavía los puso más nerviosos.

No quisieron preguntar porque tenía mala cara, pero mucho se temían que tampoco hubiera aparecido.

La madre de Demetrio puso al corriente a su marido, aunque ya conocía la historia; no le ponía cara al hombre.

Rafael acababa de dejar a su hermano en el hospital, convaleciente pero con pronóstico favorable.

Estaría de vuelta en unos días, por precaución.

Al final había resultado menos grave de lo que pensaban.

Pasaría la noche solo. Le costaba levantarse para ir al baño, pero era capaz por sí mismo y, por si acaso, tenía una cuña.

Rafael casi hubiera preferido quedarse; por lo menos en el hospital no veía la habitación vacía de su hija.

Allí, mirando por la ventana, con la boca seca, olor a medicina en el orín y mucho calor, Inocencio rezaba por sus jóvenes amigos sin poder evitar las lágrimas de pura impotencia.

Rogaba para que no se hubieran atrevido a ir. «¿Qué van a hacer allí?».

Tenía suerte y la cama de al lado estaba vacía; no tenía que preocuparse por guardar su intimidad en esos momentos de debilidad. Aunque casi hubiera preferido tener compañía. Estando solo se sentía vulnerable.

Arropado por el ruido de sus monitores y el calor de la noche valenciana, poco a poco fue cayendo en un tímido sueño, inquieto y poco reparador pero inevitable a tenor del cóctel de medicamentos, el cansancio, la angustia y la hora.

En casa de Nacho, sus padres habían decidido salir a cenar con unos amigos para despejarse un poco.

Normalmente, lo habrían dejado solo al cuidado de Luz, pero seguían preocupados por ellos y los notaban bastante miedosos, así que pidieron ayuda a Rebeca, la hija universitaria de sus vecinos, que aceptó gustosa a cambio de mil quinientas pesetas y una pizza familiar para cenar los tres.

La devoraron con ansia, una vez consiguieron ponerse de acuerdo sobre qué ingredientes pedir.

Con la discusión, la pizza y un VHS de Hook —la aventura del Peter Pan talludito protagonizada por Robin Williams—, Nacho y Luz olvidaron por un par de horas la amenaza de Quique, que aguardaba quieto como una garrapata en un edificio abandonado, cerca de allí.

Su madre, enloquecida, custodiaba la planta baja, llena de humedades, cartones y ratas, mientras su hijo reposaba en el sótano, esperando a la madrugada para salir de su madriguera.

Llevaba días viviendo como una indigente, fumando restos de colillas y sobreviviendo a base de comida de la basura, para proteger a su vástago.

***

Pasadas las doce, Ximo y Sergio se colocaron en la fila que poco a poco se había comenzado a formar antes de que abrieran las puertas del garito.

Primero, como media hora antes, habían entrado los vip, entre los que distinguieron a Jorge, pero sin rastro de Sete, como era de esperar.

No querían ser los primeros, por si acaso, pero tampoco quedarse muy atrás, aunque no parecían demasiado escrupulosos con el aforo. Si dentro cabían doscientas o trescientas personas con comodidad, según les dijo el propio Vuk en la visita, se habrían congregado más de quinientas.

Lo normal el día de la inauguración.

Una completa revisión visual y un pequeño silencio inquisidor hicieron temer lo peor a los dos amigos, que, sin embargo, entraron sin mayor problema ante la indiferencia del portero, que posó su atención en las siguientes de la fila: un grupo de cuatro chicas que no podía decirse que tuvieran la edad necesaria.

Ximo y Sergio entraron sin dilación, sin importarles la suerte de sus sucesoras.

Un fuerte golpe de calor los recibió, con las ventanas blindadas y cerradas a cal y canto teñidas de negro; la moqueta roja y los grandes telares colgados de las paredes y del techo, como si fuera un palacio del Renacimiento, recargaban el ambiente.

El recibidor ya nada tenía que ver con lo que habían visto en obras: ahora sí parecía la casa de unos auténticos marqueses. El acceso al piso superior quedaba interrumpido por sendos cordeles de terciopelo en las escaleras que flanqueaban las puertas del salón principal, que se abrían hacia dentro.

El ambiente, mezcla del humo de los cigarrillos, el perfume —en su mayoría barato— y el sudor, les resultó opresivo. Llevaban tiempo sin ir a discotecas cerradas.

Se dirigieron a la barra y echaron un vistazo al interior, con las ventanas cegadas y recargadas de adornos, rodeadas de telares y plantas de plástico; la gente estaba maravillada por la falsa opulencia, y la música atronaba al ritmo marcado por un DJ de segunda fila antes de los platos principales de la noche.

—¿Copa o cerve? —preguntó Sergio.

—Aquí la peña está a botellas de agua, ¿eh?

—Sí, pero no llevan la misma munición que nosotros.

—Ya, no creo que haya mucha gente con un rosario al cuello —con­testó Ximo bajando la voz, entre prudente y avergonzado.

Con sendas cervezas en la mano, tras decidir que era mejor algo más suave para no perder el foco, emprendieron una vuelta de reconocimiento para buscar cualquier rostro sospechoso.

En el piso de arriba, con cristales tintados, intuyeron que se encontraban los invitados especiales porque de vez en cuando asomaban por una especie de mirador interior a contemplar a la plebe.

Allí era imposible colarse, con sendos gorilas en el comienzo y el final de las escaleras.

Ximo intentó asomarse desde uno de los laterales de la sala para ver con mejor perspectiva el mirador, pero tropezó con unos cables de sonido mal colocados y apelotonados.

«Vaya chapuza, coño», pensó.

Pasada la una y media, con evidente exceso de asistentes, cerraron las puertas del salón interior para no dejar entrar a nadie más.

Salir estaba permitido a través de una pequeña entrada dentro del portón, pero volver a entrar, de momento, no.

Aun con esas, Ximo y Sergio decidieron escapar un rato. Había demasiada gente dentro; no se podía casi ni respirar. Los cuerpos sudados, rozándose al bailar, se fundían como parte de un ritual pagano al ritmo del DJ.

El ambiente en el recibidor casi estaba más cargado, así que se aventuraron a abandonar el molino, previo golpe de sello en la mano, para dar una pequeña vuelta de reconocimiento por fuera.

—¡Coño, menos mal! —La voz de Demetrio los sorprendió, volteándose a mirar.

—¿Pero tú no estabas en Guadalajara, loco? —preguntó Ximo, atónito, mientras le daba un abrazo.

—Sí…, bueno, me he escapado.

—Hostia tú, lo que faltaba, tronco —exclamó Sergio, con tono preocupado.

—No podía dejaros solos.

—Pues me da que la has liado para nada, eh —contestó Ximo—. Esto está todo tranquilo, dentro de un orden.

—Ya, fuera no he visto nada… Bueno, nada de eso.

—Por cierto, no sabes lo del cura, ¿no? —Sergio seguía con el morro torcido, pensando en los padres de Demetrio—. Le dio un infarto, está en el hospital, igual se ha muerto.

—Joder…

—Ya… Y nosotros hemos venido aquí, que no sé muy bien qué buscamos, la verdad.

—Ya…

***

Nacho y Rebeca se quedaron viendo otra película, esta vez de miedo.

Él era un crío, apenas tenía catorce años, y ella estaba a punto de cumplir los diecinueve, pero era una diosa para Nacho.

Con su melena ondulada castaña, casi pelirroja, sus pantaloncitos cortos de nailon y su camiseta ajustada de algodón, era la fantasía de una calurosa noche de verano. Tanto como para casi olvidarse de su hermana cuando se fue a dormir con el walkie-talkie en la mano.

—¿Y eso?