29 #2
Hasta ahora todo había sido un juego en el que se habían adentrado sin ser conscientes del peligro. Pero esa noche irían a buscarlo siendo conscientes de lo que tendrían enfrente. Quique, Sete, Celia y Cande habían muerto y quién sabe si el padre Inocencio también.
Por no hablar de Raquel y de su padre, del que no sabían nada, aunque sospechaban lo peor.
Sergio sacó a Futre antes de comer por el descampado de detrás de su casa.
La vuelta a esas horas era rápida, lo justo para que hiciera sus necesidades sin quemarse las almohadillas, aunque por la fisionomía del perro se hacía más lenta de lo que les gustaría a ambos.
Era muy gracioso andando, pero incapaz de correr.
Esta vez Sergio disfrutaba de los rayos del sol. Aunque igual de asfixiantes e hirientes que siempre, los sentía protectores. Recordó las clases de historia del colegio, con los antiguos egipcios venerando al astro rey. Ya no le parecían tan tontos.
Miró a la casa de su vecino, Santi, con las contraventanas de madera cerradas a cal y canto desde hacía un par de semanas. ¿Era real lo que había visto? ¿Sería ahora su vecino de toda la vida una de esas criaturas o habría escapado a tiempo?
A pesar del sol, sintió un escalofrío al pensar que quizás dormía pared con pared con una de aquellas criaturas. Como Luz. A lo mejor Santiago, como Quique, seguía allí.
Un pequeño tirón del perro, que lo miraba asombrado y molesto por el calor, lo devolvió a la realidad y continuó la marcha. Pasó por enfrente de la pequeña tienda de Hortensia hasta volver por el paseo marítimo con la intención de saludar a Ximo.
—¿Qué?
—¿Qué?
—¿Sigue en pie lo de esta noche? —Sergio no quiso especificar a sabiendas de que el padre de Ximo podría estar escuchando oculto detrás de alguna de las estanterías.
—Claro, nene, ¿a las seis?
—Vale, preparamos eso y luego por la noche…
—Después de cenar, ¿no?
—Sí, quiero cenar con mis viejos.
—Yo también —dijo Ximo escrutando los ojos vidriosos de su amigo—. Hasta las doce creo que no abren, pero habrá peña antes en el parking , bebiendo.
—¿A las once?
—Claro, tío.
Sergio volvió todavía con más miedo a casa a comer. Estaban solos Ximo y él y ni siquiera tenían un plan o sabían qué iba a ocurrir. Como corderos al matadero.
Malcomió la tortilla de patatas con atún y la ensalada de tomate y pimientos de su madre. Eran sus platos favoritos; sabía que su madre trataba de animarlo y se molestó un poco con la apatía de su hijo, pero ella no era consciente de lo que quizás pasaría esa noche.
O tal vez no ocurriera nada. A lo mejor, simplemente, pasaban la noche en paz, no volvían a saber del tema y el sábado 1 de agosto se volvían a León hasta el año que viene.
Se sintió un poco cobarde al desearlo; Ximo vivía allí y no se libraría tan fácil.
En el mejor de los casos, no ocurriría nada en la discoteca, al menos aquella noche; Inocencio se recuperaría y podría ocuparse él del problema. O sus superiores. Eso tendría que escalar en la Iglesia; seguro que el obispo o quien fuera tendría que tomar parte.
Sergio recordó las historias de su abuelo sobre los mineros y la Guerra Civil y se avergonzó. Fuera como fuera, iría esa noche a plantarle cara a ese Vuk, a los vampiros o al pirata Dragut si es que ponía un pie en tierra española de nuevo.
Estaba claro que no se iba a dormir, así que buscó debajo de su cama y sacó todos los palos que había recogido en los alrededores susceptibles de convertirse en una estaca.
Buscó su machete de Rambo, que había ganado en la feria de León el año pasado, y se puso a afilarlos como pudo. No podrían meterlos en la discoteca, pero los llevarían por si acaso en el maletero de Ximo.
Sergio meditó unos instantes y grabó toscamente una cruz en la otra punta, la que quedaba sin afilar. Todo habría sido más fácil con el padre Inocencio a su lado.
***
Cerca del anochecer, alrededor de las nueve, Inocencio abrió los ojos en la habitación del Hospital Clínico de Valencia. Lo normal hubiera sido trasladarlo al Clínico de Sueca, pero, una vez consiguieron estabilizarlo en la ambulancia, consideraron preferible el traslado a la capital.
Junto a su cama estaba su hermano, agotado por la concatenación de tragedias que se habían sucedido en los últimos tres días de su vida.
—Ino.
—Rafael, ¿dónde estoy?
—En el hospital, Ino, en Valencia. Tuviste un infarto. ¿Qué hacías en el cementerio de Cullera a esas horas, hombre? Con ese calor…
—Estaba… —El sacerdote dudó si contarle la verdad a su hermano, pero, dadas las circunstancias, no lo consideró oportuno—. Estaba visitando la tumba de una mujer de la parroquia, bueno, de su marido, la viuda… Oye, ¿qué día es? ¿Han encontrado a…?
—No, no, bueno, pero nos han dicho que puede ser que…, que, bueno, parece que los han visto en un pueblo camino de Francia, que podrían ser ellos.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Pues me ha llamado un político, un alto cargo de la Comunitat. Están muy preocupados.
—Ya… —Todavía estaba agotado, dormido y con seguridad sedado, pero no pudo evitar recordar los siniestros hilos que Adolfo le había insinuado antes de quitarse la vida—. Seguro que hay suerte y la encuentran viva, Rafi. ¿Qué día me has dicho que era?
—Sábado, 18 de julio, el Día del Alzamiento.
Inocencio sonrió con pesar. Recordó que esa noche se inauguraría la discoteca y que Sergio y Ximo estaban solos.
No podía ayudarlos, pero tampoco podría localizarlos para pedirles que se olvidasen del asunto y no pusieran en riesgo sus vidas. Miró por la ventana; no le hizo falta preguntar la hora.
—Voy a avisar al médico de que te has despertado, Ino. Me han dicho que sería muy buena señal. Aunque el infarto ha sido leve, no estás en buena forma.
Inocencio volvió a sonreír, esta vez con sinceridad y de buena gana. Menudo eufemismo.
—Vale, pero ¿qué haces aquí? Vete a casa luego, ni se te ocurra quedarte.
—No, no, tranquilo. Por la noche, si no te hace falta, no pensaba quedarme, no quiero dejar a Mari sola.
—No, no, bastante tenéis ya. Vete ya, vete ya, avisa al médico, pero vete ya.
—Me quedo a ver qué te dicen y me voy.
Inocencio sopesó durante unos instantes escapar o, al menos, hacerlo esa misma noche para ayudar a los chicos. Pero fue incapaz siquiera de incorporarse. Tosió y le dolió el pecho. Las fuerzas que durante décadas había malgastado en beber vino lo habían abandonado definitivamente.
Le dolía algo más que el corazón: tantos años dedicado a estudiar el mal, orando, trabajando siempre por amor al prójimo, no le servirían para salvar a su sobrina. Ni a los chicos.
La rutina hospitalaria envolvía la habitación en una falsa sensación de normalidad.
El ruido en el pasillo, pasos apresurados, una camilla que pasó por delante de la puerta con un anciano levantando la mano, el zumbido de los tubos fosforescentes; todo era tan real que costaba imaginar el mal que descansaba en los sótanos de aquel antiguo molino, a punto de alzarse.