Las Palmeras 29
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Demetrio despertó al alba, sin necesidad de alarma. Dejó la persiana subida y, en cuanto los rayos de sol se filtraron por el cristal, abrió los ojos como en la mañana del día de Reyes.

No se atrevió a poner su viejo despertador para no alertar a sus padres. Solían despertarse con mayor facilidad que él, que podía seguir inconsciente aunque taladrasen la pared de su habitación.

No quiso entrar en detalles.

Se acercó a la cocina a beber un vaso de agua y comprobar que sus padres seguían durmiendo a pierna suelta. Era sábado y su padre rara vez madrugaba, pero a veces su madre se levantaba a preparar la comida si era laboriosa o a poner la lavadora.

Vio la camiseta de nuevo en la pila de ropa sucia y decidió cogerla como amuleto.

Abrió la entrada de casa con la mayor cautela del mundo, entrecerrando los ojos como si así pudiera hacer menos ruido.

Cerró con la misma delicadeza, usando la llave para girar el pestillo y minimizar el sonido de la puerta.

Bajó por las escaleras para no mover el ascensor. La adrenalina a tope: había cruzado el Rubicón. Ya no había marcha atrás.

El aire fresco de la mañana le golpeó la cara. No sabía que a esas horas bajaba tanto la temperatura. Había decidido ir en autobús porque la estación estaba más cerca; había ido alguna vez y le daba menos miedo que el tren.

Bajó corriendo la cuesta de Hita, la pronunciada ladera que comunicaba las torres del Alamín con el puente de las Infantas que atraviesa el barranco y conecta con el centro de la ciudad.

Llegó a la iglesia de Santa María a través del callejón de Salázaras; siempre le gustó ese nombre.

Recorrió la antigua carretera de Zaragoza, que habían desviado hacía un par de años con una variante de la Nacional II por el norte, descongestionando la capital de tráfico y camiones.

Cruzó la plaza de los Caídos, dejando a su izquierda el Palacio del Infantado, y recorrió el primer tramo de la avenida del Ejército hasta encontrarse con la estación.

El primer autobús a Madrid del sábado salía a las ocho de la mañana.

Quedaban veinticuatro minutos. No quería llegar tarde, pero tampoco esperar demasiado para evitar preguntas.

Su madre, salvo sorpresa, se levantaría sobre las ocho, pero era fácil que no se diese cuenta de su ausencia hasta las diez y media, cuando quisiera despertarlo.

Para aquel entonces, Demetrio esperaba estar camino del Levante.

En su carta manifestaba su intención de ir en tren. No sabía si funcionaría como señuelo, pero era su única oportunidad. Cualquier intento de engañar con el destino sería fútil; estaba claro que se había escapado para volver a Valencia.

El autobús salió puntual y poco cargado, lo normal en un sábado de julio a esas horas. Quiso mostrar seguridad, pero al conductor le dio lo mismo; bastante tenía con trabajar en sábado y con ese calor como para preguntarse qué hacía un chaval de alrededor de dieciséis años viajando a Madrid.

Pasó en tensión alrededor de una hora, que fue lo que tardó en llegar a Ventas, donde paraba el autobús. Solía tardar algo más, pero en julio no había atasco y menos en fin de semana. Al fin y al cabo, como cantaban Los Refrescos, Madrid no tenía playa: solo calor.

El conductor apagó la radio al tomar la curva hacia la calle Alcalá para desembocar frente a la Elipa.

Desde allí se veía la característica plaza de toros.

En su familia no eran taurinos, pero una vez lo llevaron de excursión con el colegio y quedó impresionado por la arquitectura.

Sabía que cerca vivía una hermana de su padre, pero no hubiera sabido llegar andando desde allí.

Madrid era una jungla, sucia y con muchos yonquis.

Antes de bajar, preguntó al conductor cómo llegar a Méndez Álvaro. Le indicó que lo más fácil era coger la línea 5 de metro hasta Diego de León y allí tomar la línea 6, la circular. Tardaría una media hora. Quizás más, porque Demetrio caminaba con miedo.

Al autobús de las 10:30 no llegaba; el conductor le informó que el siguiente saldría a las 11:00, no sin antes preguntarle si no lo acompañaba ningún adulto.

Demetrio explicó que en la estación lo esperaba su tío Inocencio y que iban juntos a Valencia a ver a su abuela, mentira que el conductor tomó por buena, con poco interés más allá del inicial.

Al llegar a la estación, Deme entró en pánico al ver la policía desplegada, pero tardó poco en comprobar, para su alivio, que no lo estaban buscando a él.

Con los Juegos Olímpicos a la semana siguiente en Barcelona y la Expo de Sevilla, temían posibles atentados de ETA para llamar la atención.

Madrid, aunque no acogiera ninguna de las citas, era punto de acceso para muchos viajeros internacionales que acudían a los eventos y, además, contaba con menos despliegue policial en aquellas fechas, por lo que el riesgo era extremo.

Demetrio sacó su billete —dos mil quinientas pesetas— y compró el Marca y la revista Fotogramas , con Richard Gere en portada —ese hombre siempre le había dado mucha pereza—, pero con un especial sobre el retorno de Batman que tenía muy buena pinta.

La peli del 89, la primera, le había impresionado de pequeño.

Qué lejos quedaba aquello, cuando hizo la colección de cromos de los chicles y su mayor problema era que no le saliera jamás el del Joker en el desfile por las calles de Gotham.

Tenía casi seis horas por delante si conseguía entrar en el autobús, así que, antes de salir del quiosco, rebuscó y se quedó también con un ejemplar de Más Allá de la Ciencia , una revista dirigida por el doctor Jiménez del Oso.

En la portada, dibujada por ordenador, prometían explorar el misterio de los ovnis y ofrecían un coleccionable sobre las apariciones de la Virgen.

Demetrio suspiró. Le hubiera gustado encontrar algo sobre vampiros entre sus páginas y pensó si no podría escribirlo él cuando fuera mayor. «Si es que llego a serlo, claro».

Se imaginó a sí mismo como experto cazavampiros y escritor y sonrió al sentarse en el autobús, en los asientos del medio, cerca de la puerta. El conductor les informó que no estaba permitido comer y que haría una parada en Motilla del Palancar, a mitad de camino.

El recuerdo del bocadillo de jamón le hizo pensar en su madre, que estaría histérica camino de la estación de trenes. Con suerte, llegaría a Valencia antes que ella y le daría tiempo a escapar hacia Cullera. Si no lo paraban antes.

Su madre, efectivamente, iba camino de la estación de tren junto a su padre, que no entendía cómo, en apenas tres semanas, su hijo —el delegado de clase, el estudiante responsable— se escapaba de casa para volver a Valencia en contra de la decisión de su madre.

Llegaron lo antes posible, cerca de las doce, a la estación de Atocha, donde nadie supo ayudarlos a pesar de la preocupación que emanaba de sus rostros.

Madrid era una ciudad muy grande a la que llegaban y de la que salían muchos adolescentes en busca de oportunidades.

Chicos de alrededor de dieciséis o diecisiete años que podrían pasar por Demetrio había muchos. Incluso pelirrojos.

Desesperados, decidieron marchar por su cuenta a Valencia alrededor de la una.

No llegarían a tiempo a la estación y encontrarlo en la capital sería igual de complicado, así que irían al apartamento sin rodeos.

Todavía no había llegado su hermana, así que estaba vacío.

Una copia de las llaves había desaparecido, así que entendían que pretendía ir a dormir a casa: un plan tan naíf que les costaba más enfadarse que preocuparse.

Tendría que haberlo escuchado, parecía más preocupado de lo habitual, pero había sido decisión de su madre volverse y era un niño: no tenía ni voz ni voto.

«Es que ya no es un niño», pensó su madre.

***

Como era sábado, Ximo solo trabajaba por la mañana. Por la tarde, el plan era echarse la siesta y quedar con Sergio a preparar lo que fuera que pudieran colar en la discoteca como arma por si acaso.

El olor a plástico, sal y tinta de la tienda se agarraba a sus pulmones, como cada verano, tratando de anclarlo a la realidad, pero su imaginación fintaba constantemente hacia lo macabro.

Estaba claro que no los dejarían pasar cargados de estacas, ni con vampiros ni sin vampiros: cualquier cosa que ocupase demasiado o pareciese un arma debía quedarse en el maletero del coche.

Con la ayuda de Inocencio habría sido más fácil conseguir agua bendita o incluso hostias consagradas si hubiera accedido. Pero, con el cura fuera de combate, las opciones quedaban reducidas a ajo y crucifijos. Al menos habían funcionado hasta el momento, con la marquesa y con Raquel.

Cada vez que pensaba en Raquel se acordaba de Cande.

Había tenido la suerte de no ser convertida; toda la que le faltó en vida le sirvió para librarse de aquella maldición una vez muerta.

Triste consuelo; la echaba de menos. Al menos descansaría en paz sin tener que atravesar su pecho con una estaca.

Por su parte, Sergio trató de descansar lo máximo posible a sabiendas de la noche que lo esperaba.

Pasó la mañana con sus padres, tratando de fingir una normalidad que por distintos motivos todos sabían que era ficticia: aunque sus progenitores no sospechasen nada de sus planes nocturnos, eran conscientes de que había perdido a tres amigos en poco menos de un mes.

Menudo veranito; no les extrañaba que algunas familias hubieran decidido marcharse antes de tiempo. Pero las vacaciones eran sagradas para ellos: no eran un lujo para el padre, sino una necesidad después de un largo año en la mina.

El chico estuvo serio, distraído y taciturno toda la mañana, aunque de vez en cuando se mostraba cariñoso con sus padres, consciente de que igual era la última vez que pasaba con ellos un día en la playa.