Las Palmeras 28 #3
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Sergio se levantó como solía hacer, alrededor de las nueve, después de una noche tranquila. Por fin. Si no hubiera enterrado él mismo a Raquel y la marquesa, cavando hasta el amanecer del día anterior, podría haber llegado a autoconvencerse de que era mentira.

Pero Celia también había desaparecido. La pesadilla no había terminado.

Era su amiga después de muchos veranos creciendo juntos. Con Sete no había tenido trato hasta este año, pero, aunque no supiera a ciencia cierta quién había matado a Raquel y Cande, no pensaba que hubiera podido ser él. Ximo, que lo conocía más porque vivía allí todo el año, compartía su opinión.

Desayunó rápido con la esperanza de poder despedirse de Nacho y Demetrio, sobre todo para dejarlos tranquilos. No los culpaba por marcharse: no era elección suya y, además, todavía eran pequeños.

Él también; en el fondo, apenas era un crío, pero a su edad su abuelo ya estaba combatiendo en la guerra con los republicanos. Era su deber. Ya había fallado dudando la otra noche. Se quedó paralizado y casi les cuesta la vida.

—¿Qué pasa, tronco? ¿No os quedáis entonces a daros otro bañito? —dijo con sorna de camarada cuando se encontró con Demetrio mientras bajaba las primeras maletas al coche de su madre.

Por lo menos le arrancó una sonrisa.

Le caía especialmente bien; a diferencia de Quique, era muy maduro para su edad y buen chaval. Si se hubiera podido quedar, seguro que habría puesto un punto de sensatez al plan de la discoteca, si es que podía llamarse plan.

A falta de hablar con el padre Inocencio, la idea era juntarse con Ximo, presentarse en la fiesta de inauguración y esperar que sucediera algo o intentar colarse en el sótano, por si acaso estuviera Celia, como se encontraron a Raquel.

—Ojalá esté viva —pensó en voz alta al subir en el ascensor de vuelta a casa.

Celia era muy guapa, pero, sobre todo, su amiga y una muy buena chica con un futuro prometedor; seguro que hubiera podido estudiar medicina o una ingeniería.

Pensar en pretérito pluscuamperfecto lo sumió de nuevo en la tristeza al darse cuenta de lo convencido que estaba, en el fondo, de que era tarde para ella, como lo había sido para Raquel.

Él iba a estudiar ADE; no era una carrera vocacional, pero quería ganar el suficiente dinero como para garantizar una jubilación digna a su padre después de una vida en la mina.

Quería trabajar en la Caja Rural, como el padre de un compañero de colegio.

Le hubiera gustado estudiar algo de ciencias, pero no tenía dinero para academias y sabía que tenía las balas contadas para aprobar.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntó a Ximo una vez que la nueva camarera del Redo les sirvió sus respectivos dobles de cerveza, acompañados del pertinente cuenco de cacahuetes fritos. Jamón de mono, lo llamaban.

Ximo parecía distraído mirando a la chica, pensando en Cande. «Qué puta mierda de vida, morir tan joven y sola, sin que nadie pregunte por ti, sin que nadie te recuerde». Y juró recordarla siempre.

—Ximo…

—Sí, sí, perdona. Pues no sé. ¿El pavo este no va a venir hoy tampoco o qué?

—No parece.

—Joder con el cura, ¿estará vivo? ¿Crees que esta noche…?

—Joder, pues no lo sé, yo no he tenido problemas, vamos, he dormido del tirón y no noto… Bueno, que estoy bien.

—No, si yo también, pero igual…

—Estará agotado. Celia era su sobrina y creerá lo mismo que creemos nosotros.

—¿Y qué creemos nosotros, Sergio?

—Coño…

—Es que si lo piensas…

—Ya, pero es que no hay nada que pensar. No creo en nada; sé que ayer enterré a dos vampiros como que hay un dios —dijo bajando el volumen al mencionar a las criaturas.

—Ojalá…

—¿Ojalá qué, que estén enterrados?

—No, ojalá que haya un dios porque puta vida, tete.

Quedaron en acercarse a la parroquia al terminar el turno del kiosquero, que podría salir alrededor de las ocho y media. Afortunadamente, de día en verano.

Con algo de retraso, que Sergio aprovechó para beberse un granizado de limón sentado en el paseo, los dos amigos se dirigieron a la particular iglesia, donde un cartel en la puerta anunciaba la suspensión del oficio del próximo domingo porque a don Inocencio le había dado un infarto.

—Normal, con lo que bebe —dijo una señora que había ido a cerciorarse de lo que le habían contado sus amigas. Sergio le puso una cara de desprecio y asco infinito y ella se marchó murmurando cosas ininteligibles sobre la juventud.

—Hostia puta, tú, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Ximo.

—Deberíamos ir a verlo…

—Uy, hijos, olvidadlo, no está consciente —dijo otra señora que salía de la parroquia con los ojos vidriosos y cargada de utensilios de limpieza—. Me han dicho que está fuera de peligro, pero que tardará unos días en recuperarse y poder hablar. ¿Lo conocíais mucho?

—Vaya. ¿Y sabe usted dónde le ha ocurrido? —preguntó Sergio con voz de monaguillo.

—En el cementerio de Cullera. No sé qué andaría haciendo por allí, porque llevaba muchos días sin coincidir con él.

Este año, ya ves, ni concierto ni nada… Ay, si es que yo creo que había vuelto a…

—La mujer se mordió la lengua y guardó silencio de golpe, consciente de que había hablado más de la cuenta delante de dos críos.